Llegar a París: entre expectativas, caos y belleza

18:10hs, Puerta 36B. Ahí estoy, con esa mezcla incontrolable de ansiedad y emoción. Más de diez horas de vuelo me separan de un deseo que llevaba tiempo gestando. El París literario no es solo un mito: para quienes amamos leer y escribir, la ciudad es más que un destino, es una promesa.

El vuelo transcurrió con normalidad, salvo por la cantidad de veces que debimos movernos de lugar, más un pequeño incidente con una copa de vino. Las horas pasaron entre incomodidades mínimas, y pronto estábamos bajando en el aeropuerto Charles de Gaulle, todavía procesando que habíamos llegado.

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Una vez allí, paramos por café. Había que tomar un tren rumbo al centro de París, con una parada frente a los Jardines de Luxemburgo, y desde ahí caminar hasta el monoambiente que habíamos reservado por internet.

La compra del ticket fue algo caótica: una pantalla poco intuitiva y el temor clásico de subirnos al tren equivocado. Terminamos ayudando a otra pareja en la misma situación, como si supiéramos lo que hacíamos. Pequeñas victorias del viajero novato.

Habíamos decidido viajar con mochilas en lugar de valijas, lo que resultó una gran elección. En el tren, ambos equipajes encajaron justo en el espacio disponible y pudimos viajar cómodos, observando el entorno y tratando de absorber los primeros signos del lugar.

El tren impecable. No es romanticismo turístico, realmente todo estaba ordenado y funcional. Sí, inevitable la comparación. A veces inevitable también, la idealización.

Al llegar a nuestra parada, el miedo de que la persona con la que habíamos coordinado el alojamiento no apareciera comenzó a hacerse presente. No habíamos pagado nada por adelantado, y aunque el dinero no estaba en juego, sí lo estaban nuestro techo y cierta fe en la humanidad. Esperamos una, dos, casi tres horas. Intentamos comunicarnos con el chip local que habíamos comprado, pero no había forma de activarlo.

En una búsqueda desesperada, vimos un pequeño cibercafé. Entramos sin hablar francés, confiando en el lenguaje universal de la mímica. Nos recibió un hombre alto, amable, que enseguida detectó nuestra necesidad y, para nuestra suerte, hablaba portugués. Fue él quien nos salvó: activó el chip, nos prestó su teléfono y habló con la dueña del departamento. Al parecer, solo había habido un malentendido en las indicaciones. La mujer estaba a unas cuadras de distancia, esperándonos también.

Corinne, la anfitriona, resultó ser una mujer de voz suave y tono amable. Nos explicó todo con dedicación. El monoambiente era simple pero acogedor. Tenía detalles encantadores: una caja con folletos, una agenda con teléfonos útiles, mapas, recomendaciones de restaurantes, guías turísticas y hasta chocolates con forma de corazón sobre los platos.

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Salimos a caminar. Nuestra idea era visitar los Jardines de Luxemburgo en otro momento, así que tomamos la dirección contraria. En el camino nos cruzamos con escuelas, estudiantes saliendo, calles tranquilas.

Sin darnos cuenta, llegamos al Panthéon, que se encontraba cerrado al público por un evento diplomático. Una pequeña frustración que fue rápidamente disipada con una cerveza y maní con cáscara en un bar cercano, donde escuchamos una acalorada discusión literaria entre parroquianos con look de pensadores.

Seguimos caminando mientras caía la noche. París comenzaba a vestirse de luces. Una verdulería en la vereda nos tentó: compramos vino, pan, queso, mermelada de arándanos y manzanas. Lo suficiente para una cena improvisada en nuestro nuevo hogar.

#DatosExtra:

  • Alojamiento: Reservamos a través de Airbnb. Buena experiencia.
  • Comunicación: Si comprás un chip en el aeropuerto, activalo ahí mismo con ayuda del personal. Evitá complicaciones posteriores.
  • Transporte: El tren desde el aeropuerto al centro tiene una tarifa especial. Podés comprar los pasajes en máquinas similares a los cajeros automáticos, y podés usar tarjeta.
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