El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Hace muy poquito terminé Dorayaki, la novela de Durian Sukegawa. Es, en parte, la historia simple de una anciana que consigue trabajo en un puesto de dorayakis gracias a su talento para hacer an, la pasta de porotos dulces que rellena esas tortitas. Pero Tokue (así se llama) tiene las manos deformadas y algunas marcas visibles en el cuerpo por ser una sobreviviente de lepra, curada hace décadas, que sigue cargando con el estigma de una enfermedad que la sociedad japonesa trató durante gran parte del siglo XX como si fuera una mancha moral antes que un problema médico.

    Esto es un Dorayaki japonés

    Hay un pasaje del libro que es el disparador de todo este texto. Tokue les cuenta a los otros personajes cómo era vivir con la enfermedad activa: que la lepra afecta primero la vista, después la sensibilidad de manos y pies, y que la lengua es lo último en perderla. Y pregunta, casi al pasar: ¿se pueden imaginar lo que es sentir un sabor dulce en la boca sin poder ver ni tocar lo que se está comiendo? El desarrollo de la historia me generó inquietudes (por lo poco que sé sobre la lepra) y me llevó a investigar cómo fue esta historia en Argentina, y puntualmente mi provincia, Córdoba.

    Un mismo patrón, en todos lados

    La lepra (hoy se la llama enfermedad de Hansen, por el médico noruego que identificó el bacilo causante en 1873) tiene una historia de estigma que se repite con variaciones mínimas en culturas muy distintas entre sí. Desde la Antigüedad se la asoció con un castigo, y la respuesta casi universal fue la misma: expulsar a quien la tenía fuera de los muros de la ciudad. Recién en el siglo VI empieza a aparecer la figura del leprosario como un lugar de resguardo, generalmente a cargo de órdenes religiosas. No curaba a nadie, pero al menos había cuidado en vez de puro destierro.

    El quiebre real llega en el siglo XX con los antibióticos: la enfermedad se vuelve tratable de forma ambulatoria y de contagio mucho más difícil de lo que se creía. El encierro deja de tener sentido médico. El problema es que en muchos países (Argentina entre ellos) el encierro se sostuvo igual, mucho después de que la ciencia dijera que ya no hacía falta.

    Argentina: cuando el higienismo se cruzó con la eugenesia

    Investigando un poco más entendí algo que honestamente no conocía… en Argentina el aislamiento no fue solo un capítulo tardío y bastante llamativo, sino parte de un movimiento médico-social más amplio, el higienismo.

    El higienismo había nacido en el siglo XIX en Inglaterra y luego se expandió por Europa y América como respuesta al crecimiento acelerado de las ciudades y a las epidemias que ese crecimiento traía. La pobreza, el hacinamiento y la falta de agua potable se señalaban como causas de enfermedad, y también, cada vez más, los «hábitos» de la gente. En Argentina el higienismo no se quedó solo en cañerías… pasó a definir qué cuerpos, qué costumbres y qué poblaciones eran «sanas» o «peligrosas» para el conjunto social. Emilio Coni, el higienista argentino más destacado de fines del siglo XIX, llegó a imaginar una «ciudad ideal» moldeada enteramente por criterios de higiene pública.

    Ese discurso fue ganando peso en las decisiones del Estado, que buscaba construir una nación «moderna» controlando la salud de la población y ahí, es donde se cruza con la eugenesia: la idea de que se puede mejorar a una población controlando quién se reproduce y qué características se transmiten. En Argentina, esa mezcla llevó a vincular la lepra con la «degeneración de la raza» y con la inmigración de pueblos considerados «incivilizados».

    El resultado concreto fue que en 1939, doce años después de una ley que lo habilitaba, se inauguraron los leprosarios argentinos, con un régimen de aislamiento de tipo carcelario. Lo llamativo es el timing porque en Europa y en esos mismos años ya se discutía cerrar los leprosarios (la detección temprana y el tratamiento ambulatorio los habían vuelto innecesarios). Argentina los abrió igual, y los sostuvo hasta bien entrada la década de 1980, entre otras razones, para amortizar la costosa construcción, para mantener aislado a quien seguía viéndose como un peligro social, y porque el clima de ideas eugenésicas todavía pesaba mucho.

    Para los años cuarenta funcionaban siete de estos «leprocomios» en el país: la Colonia Buenos Aires (hoy Hospital Baldomero Sommer) en General Rodríguez, la Colonia Pedro Baliña en Misiones, la Colonia Enrique Fidanza en Entre Ríos, el Leprosario Manuel Rodríguez en Santa Fe, la Colonia Maximiliano Aberastury en la isla del Cerrito, Chaco y la Colonia Juan José Puente, en Córdoba.

    Entrar a uno de esos lugares significaba, en los hechos, dejar de ser hija, madre o esposa y pasar a ser «interna». Exactamente lo que le pasa a Tokue en la novela: separada de su familia siendo muy chica, trasladada a un hospital para enfermos de lepra, alejada incluso de la sociedad en general. El patrón se repite con una precisión incómoda a más de diez mil kilómetros de distancia.

    El aislamiento recién empieza a desarmarse en los 80 ya que en 1983 se promulgó la llamada «ley de lepra», que puso el tratamiento obligatorio y gratuito en manos del Estado, aplicada efectivamente desde 1985. Hoy la enfermedad sigue existiendo pero en franco retroceso: se detectan entre 300 y 400 casos nuevos por año, sobre todo en las provincias del noroeste, nordeste y centro del país.

    Córdoba, y un santo con lepra

    De la Colonia Juan José Puente en sí no encontré demasiado detalle (me queda pendiente seguir buscando, ojalá me encuentre con testimonios de quienes vivieron ahí), pero apareció una conexión que no esperaba. El Cura Brochero, sacerdote cordobés canonizado en 2016, tuvo lepra los últimos años de su vida. La habría contraído por el contacto directo con los enfermos a los que asistía en Traslasierra, al parecer compartiendo el mate con ellos. La enfermedad lo dejó sordo y prácticamente ciego antes de morir, en 1914.

    Me pareció un cruce curioso, casi un contrapunto de todo lo anterior porque la misma enfermedad que el Estado usaba para expulsar y esconder, en la biografía de Brochero terminó integrada a una narrativa de entrega y santidad. Vale la aclaración de que estas afirmaciones vienen de biografías periodísticas y eclesiásticas que coinciden entre sí, no de un estudio clínico al que pueda haber accedido.

    Walsh, siete días en la isla de los resucitados

    De todo lo que apareció en esta investigación, otra cosa que me quedó dando vueltas fue encontrarme con una faceta de Rodolfo Walsh que no conocía. En junio de 1966, con 39 años, escribió una crónica llamada «La isla de los resucitados» para la revista Panorama. Fue junto al fotógrafo Pablo Alonso a la Colonia Maximiliano Aberastury, en la isla del Cerrito, Chaco, y se quedaron ahí una semana, conviviendo con los internos.

    La nota formó parte de una serie que Walsh escribió para Panorama durante 1966 y 1967 (también publicó «Carnaval Caté», «El expreso de la siesta» y «San La Muerte»), crónicas que años después se reunieron en el libro El violento oficio de escribir (1995). Digamos que se trató de una tarea muy parecida  a la que hizo con Operación Masacre: meterse en un lugar que nadie quiere mirar y darle voz a quienes viven ahí, aunque en este caso el enemigo no fuera un régimen sino una enfermedad y el estigma que la rodeaba.

    Lo que más me llama la atención, pensando en el libro que disparó todo esto, es lo físico del planteo: la crónica arranca contando que a esas personas no se las podía tocar aunque uno terminara sintiéndolas amigas. Es casi el mismo nudo que atraviesa Dorayaki: el cuerpo marcado, el tacto prohibido, y alguien (Walsh, en este caso, o el joven pastelero Sentaro en la novela), que decide mirar a la persona antes que a la enfermedad.

    Hay un detalle pequeño y muy humano en la crónica: Walsh y Alonso tenían un ritual propio. Cada noche, al volver de estar con los internos, se lavaban las manos, y si alguno se olvidaba el otro le cantaba, a modo de broma, «agua y jabón, agua y jabón», (la fórmula con la que un cabo de la isla, casi un personaje mítico del lugar, llevaba veinticinco años esquivando el bacilo de Hansen).

    La publicación no cayó bien en el Chaco en su momento porque se la vio como un obstáculo para las gestiones que buscaban recuperar la isla, justo cuando avanzaba una campaña de educación sanitaria coordinada por un médico local. Ahí aparece una tensión que se repite mucho en el periodismo de no ficción… la distancia entre mostrar la realidad tal cual es y lo que ciertos sectores locales necesitan proyectar hacia afuera.

    Lo del higienismo fue lo que más me sorprendió de toda esta mini investigación y lectura, porque no lo conocía como movimiento y porque, al leerlo, es imposible no pensar en discursos de hoy. La lógica de fondo era que hay una «esencia» o una «pureza» del cuerpo social que hay que proteger, y ciertos cuerpos, ciertas costumbres, cierta gente que llega de afuera, ponen en riesgo esa esencia. La lepra fue, en su momento, uno de los vehículos concretos de esa lógica, se la asoció con la inmigración de pueblos considerados «incivilizados», y aislar a quien la tenía era, en el fondo, una forma de proteger algo más grande que la salud pública.

    Ese razonamiento (que mezclar demasiado «diluye» o «contamina» algo esencial de una nación o una cultura) es el mismo que hoy aparece, con otro vocabulario, en ciertos discursos nacionalistas que se oponen a la migración. Ya no se habla de razas ni de degeneración en esos términos explícitos (aunque algunos personajes de las derechas del mundo no están tan lejos), pero la estructura del argumento es reconocible: hay una identidad que preservar y una amenaza externa que la pone en riesgo. Es un paralelismo que vale la pena tener presente, no tanto para sacar conclusiones cerradas sino para reconocer el patrón cuando reaparece, aunque venga con ropa nueva.

    La curiosidad es esto: empezar un recorrido por una escena de ficción ambientada en Japón, sobre una mujer que no podía sentir el sabor dulce en la boca. Terminar en el Chaco, con Walsh lavándose las manos junto a un cabo que llevaba veinticinco años sin contagiarse, y en las sierras de Córdoba, con un cura que se contagió por compartir un mate. Nada mal, para un libro que solo hablaba de dorayakis.

    Fuentes consultadas: Wikipedia (José Gabriel Brochero), notas de Infobae, Perfil, La Nación, La Capital y El Destape sobre Brochero; La Gaceta (carta de Brochero, 1913); artículos académicos sobre higienismo en Argentina (Diego Armus, Salud Colectiva; Vanesa Teitelbaum, Papeles de Población); y coberturas periodísticas sobre «La isla de los resucitados» de Rodolfo Walsh.

  • Hace unas semanas empecé, y terminé, de leer Las gratitudes, de Delphine de Vigan. Lo agarré de una pila de libros que tengo comprados y sin leer, sin ninguna razón particular para elegir ese, y sin embargo el momento no fue casual: lo empecé en medio de algunas noticias no muy felices sobre la salud de gente que quiero mucho.

    El libro arranca con una pregunta simple: ¿cuántas veces al día decimos gracias? Gracias por la sal, por el vuelto, por el pan. Unas gracias de cortesía, mecánicas, casi huecas. Y después la autora va un poco más allá: ¿cuántas veces en la vida hemos dado realmente las gracias? Unas gracias sinceras, la expresión de una gratitud, de una deuda. ¿A quién?

    No pude leer esa página y seguir de largo sin hacerme la misma pregunta. Y lo primero que se me ocurrió fue mandarles esa foto a mis dos amigas más preciadas, con las que nos conocemos desde los once años (tal cual el número de la página), y escribirles: gracias. Gracias por estar ahí, por bancarme, por entender que vivo en la loma del culo y que no nos podemos ver seguido, por seguir cerca a pesar de la distancia.

    Mudarme a otro país me achicó la lista de gente que se acuerda de mí, o la de gente de la que yo me acuerdo. Con el tiempo aprendí a no insistir con vínculos que a la distancia no dan mucho más, y la lista se hizo más chica pero más concentrada. Ese día, después de mi caminata de todos los días, con el libro recién abierto en esa página, mandé la foto sin pensar en la diferencia horaria, sin calcular si las iba a despertar o si tenían el celular en silencio. Por una vez no medí nada, solo quise que ese gracias llegara en el momento en que lo sentí.

    La lista de personas a las que quisiera agradecerles así, sinceramente, es mucho más grande que dos nombres: mi compañero, mis papás, mis hermanas, mis primas, mi tía, mi sobrino, al que conozco hace solo cuatro años y quiero con todo el corazón, a otras amigas y amigos. No voy a escribirle a cada una un mensaje de gracias por tal o cual cosa (sería raro, casi un brote), pero tampoco me cierra del todo dejar esas gracias tácitas, dando por sentado que la otra persona ya sabe. No porque piense que alguien me va a faltar mañana, sino porque no hace falta que falte nadie para que valga la pena decirlo a tiempo.

    No soy una persona religiosa. No tengo a quién agradecerle en el sentido en que mucha gente que conozco le agradece a Dios, a la fe, a algo más grande. Pero creo que agradecer (a algo, a alguien, por algo concreto) debería ser bastante más habitual de lo que es. Tenemos incorporado el gracias automático del que compra el pan o el café. El otro gracias, el más profundo, el que reconoce que alguien te escuchó, te acompañó, te sostuvo, ese lo decimos mucho menos. Y ahí es donde, creo, empezamos a dar las cosas por tácitas.

    Por eso quería escribir esto: para pensar en cuáles son las gratitudes que me mueven, o que me conmueven, como las llama la autora. Y para acordarme, la próxima vez, de no esperar a que sea el momento perfecto para decir gracias.

  • Discreto pensamiento discal. Pequeña hernia discal postero-mediana, con conflicto radicular bilateral. Discopatía protrusiva moderada, con conflicto radicular bilateral sobre las raíces. Lesiones tipo Modic en espejo a ambos lados del último disco.

    Así empieza el informe. Lo leí cuatro, cinco veces, y cada vez entendía menos. Terminé haciendo lo que hace cualquiera que no tuvo nunca un acercamiento al mundo médico: googlear cada palabra, una por una, tratando de armar con retazos de internet una imagen de mi propia espalda.

    Mi doctora fue paciente, me explicó, con otras palabras, que mi columna no estaba en buen estado. Y en algún momento, entre tantas definiciones, dijo algo que no sonaba a diagnóstico: que todas las personas, a medida que envejecemos, tendemos a achicarnos, pero que yo me estaba achicando más de la cuenta. Que había que volver a estirar, volver a una posición más erguida, recuperar el espacio perdido entre las vértebras.

    Salí del consultorio con eso dando vueltas, sin prestarle demasiada atención. No explotó ahí. Explotó despacio, unas horas después, mientras hacía otra cosa completamente distinta… no me acuerdo qué.

    Empezó como una idea suelta, casi tonta: «me estoy achicando». Y de esa frase, sin pedirlo, empezaron a desprenderse otras cosas. Pensé en el trabajo, en realidad, pensé en que no tengo uno. Pensé en lo difícil que ha sido no tenerlo y, por consiguiente, no contar con sus beneficios: compañeros, una rutina, algo que te desafíe aunque sea de vez en cuando, un objetivo que hace que la cabeza y el cuerpo estén activos, la posibilidad de aprender algo nuevo, hasta la posibilidad de mandarte una cagada y tener que resolverla. Nunca supe del todo la importancia que yo le daba a todo eso hasta que no estuvo más en mi día a día, hasta que llegué a lugares donde no conocía a nadie ni hablaba la lengua, y siempre tuve que empezar de cero. Situación que no pasó una vez, pasó cuatro.

    De ahí la idea siguió bajando, pensé en los años en terapia, en cómo hace poco empecé a nombrar cosas que llevaba cargando sin saberlo, en cómo, en algún momento que no puedo señalar con precisión, me había desdibujado por completo. Había perdido noción de quién era, no porque alguien me lo hubiera quitado, sino porque la vida profesional (o la falta de ella) se había bifurcado y se había comido a todo el resto de la luz, que es, dicho sea de paso, mi nombre.

    Y recién ahí, con todo eso puesto sobre la mesa, apareció la frase de la doctora otra vez, pero distinta a como la había escuchado en el consultorio. «Me estoy achicando» ya no era sobre mi columna, era sobre esto.

    Achicándome en tamaño profesional, en ambición, en las ganas de comerme el mundo. Achicándome en la relación con mi cuerpo, con el dinero, con la mujer que era antes de migrar. No un achicarse de volumen (todo lo contrario, en un momento hasta subí de peso) sino un achicarme en las ganas de mostrarme.

    La primera hernia me la encontraron en 2018/2019. Ya han pasado siete años desde entonces, siete años que, ahora que lo pienso desde la espalda, se explican bastante bien desde otro lugar.

  • Hoy releía las partes que subrayé de un libro que es, en realidad, una serie de cartas. En una de ellas, la autora dice algo que me quedó resonando: que todo puede ser un desastre, pero que si podés escribirlo, ya no tanto. Que escribir es una proposición ante el dolor, una forma de no hacer como si nada hubiera pasado.

    Y sin embargo, para mí no siempre fue así.

    Hay momentos en los que escribir no funcionó como estrategia ante el desastre, sino todo lo contrario: me enfrentó a él. Me obligó a ordenar lo que me estaba pasando, lo que me estaba doliendo, y ese ordenamiento no siempre fue posible. Me acuerdo de sentarme a escribir para intentar expresar lo que sentía, como algo terapéutico, y no poder pasar de cuatro o cinco palabras sin quebrarme.

    Creo que tiene que ver con cómo proceso las cosas: primero por el cuerpo, después hacia afuera. Sentarme a escribir implicaba pasar por el cuerpo experiencias, sensaciones, dolores, felicidades… y no siempre podía hacer eso sin que me inundara por completo y me bloqueara al mismo tiempo.

    Pero también es cierto lo otro… Hay momentos en los que escribir, de alguna manera, me salvó. Suena exagerado decirlo así, pero hay algo de un espacio que, si lo encontrás, si lo podés aprovechar, es muy terapéutico, no necesariamente porque lo que escribas suene bonito, sino por el espacio en sí.

    Desde muy chica me vinculo con las palabras, siempre hubo quienes me hicieron saber que tenía la facilidad de encontrar las palabras adecuadas para determinados momentos. Al principio eso fue, sobre todo, un elogio: la que siempre sabe qué decir, la que encuentra la frase justa cuando nadie más la encuentra. Y por un tiempo lo viví así, como algo que me definía y que me gustaba que me definiera.

    Pero en algún momento ese elogio empezó a pesar distinto. Dejó de ser algo que yo tenía y pasó a ser algo que se esperaba de mí. Como si mi lugar, en cualquier situación, fuera el de encontrar las palabras para resolver, para definir, para amenizar, feliz o triste, no importaba. Y cuando una es la que siempre tiene las palabras para los demás, es más difícil todavía admitir que, para una misma, a veces no las tiene.

    Repensando esto ahora, me doy cuenta de algo: en los momentos en los que más perdida estuve, fue en los momentos donde más difícil se me hizo escribir. Es como si se bloqueara ese cable conductor que hay entre mi cabeza, mi corazón y mi mano. Ese triángulo se rompe.

    No sé si es por miedo a encontrar las palabras adecuadas para definir lo que siento (porque ahí no se trata de algo que enuncio de otra persona, sino de mí misma). Cuando escribo para otro, aunque también lo paso por el cuerpo, esa experiencia sigue siendo de esa otra persona. Cuando tiene que ver conmigo, ese mismo ejercicio no lo puedo sostener igual, algo se corta, y dejo que el desastre me tome por completo.

    Y entonces pienso: ¿y si en ese momento en el que realmente estaba pasando la horrible me hubiera refugiado en la escritura, en vez de alejarme a propósito? ¿Qué hubiera pasado? ¿Qué palabras hubieran sido las protagonistas de esos momentos tan oscuros?

    No tengo la respuesta, y creo que es la primera vez que no me urge tenerla. Me quedo un rato ahí, en esa pregunta abierta, sin la necesidad de resolverla con una frase prolija, sin buscarle la palabra exacta que le dé cierre. Quizás esa sea, después de todo, otra forma de escribir el desastre: no explicándolo, no encontrándole la salida, sino quedándose el tiempo que haga falta con lo que todavía no se entiende.

  • Hoy es Lunes y hace tiempo que «¿cómo estás?» se volvió una pregunta difícil. Con la endometriosis ya venía costándome encontrar lo lindo para decir. Y estos días, con la palabra carcinoma dando vueltas en grupos de gente que quiero, siento que se profundizó: no puedo nombrar del todo lo que pasa, pero tampoco puedo fingir que no pasa nada.

    Leyendo La encomienda, de Margarita García Roballo (escritora colombiana radicada en Argentina), subrayé un fragmento sobre el llanto: que arrasa con pesares atorados que nunca son los del momento, sino otros… se llora por lo pasado y por lo que ni siquiera sabemos que va a pasar. Y cuanto más intenso el llanto, más poderosa la corriente que se lleva todo por delante.

    Eso me hizo pensar en cuánto lloré estas últimas semanas, justo en el medio de dudar si escribirle a una amiga, si contarle lo que estuve sintiendo. Quizás ese llanto tampoco era solo por lo de ahora.

    Y ahí aparece también el silencio, en el medio de todo. El silencio a veces sana… da espacio, da tiempo para pensar mejor, para no descargar en el otro algo que todavía ni una misma terminó de procesar. Pero el mismo silencio, si se estira demasiado, empieza a malinterpretarse: parece indiferencia, parece que a la otra persona no le importa, cuando en realidad lo que hay del otro lado es justamente lo contrario. El equilibrio entre esos dos mundos (el silencio que cuida y el silencio que aleja) no tiene una regla fija, hay que ir midiéndolo cada vez.

    Pienso en lo que dijo mi terapeuta sobre el miedo y los fantasmas, que nombrar ayuda a reconocer. Pero hay cosas que todavía no tienen nombre y apellido, o no son mías para nombrarlas del todo. No se trata de forzar lo positivo ni de vaciar el mensaje de lo que de verdad siento, sino de encontrar una forma de estar en contacto con las demás personas y que eso no dependa de tener algo resuelto o algo lindo para ofrecer primero.

  • El domingo pasado salí del cine sola. Ale estaba de viaje ese fin de semana. Caminando de vuelta a casa, empecé a observar, como me pasa siempre, busqué patrones. Es una costumbre vieja… en los viajes largos cuento patentes de auto o busco frases con las iniciales, en el colectivo miro cuánta gente quedó del lado del sol y cuánta del lado de la sombra, y si alguien se cambia de asiento cuando el sol empieza a molestarle. Esa noche, sin proponérmelo, el patrón que armé fue otro. Normalmente saco asientos en la parte final de la sala y una vez sentada noté que la sala de cine se había dividido casi justo a la mitad entre las personas que habían ido solas y las que habían ido acompañadas.

    Había ido a ver The Christophers, de Steven Soderbergh, con Ian McKellen. Julian, el protagonista, es un pintor que se está muriendo y que dejó varios cuadros sin terminar, no por falta de talento ni de materiales, sino porque hay algo en la historia de esos cuadros, ligado a un amor que le marcó la vida, que no le permite cerrarlos.

    De vuelta a casa pasé inevitablemente por el bar de la esquina, frente al teatro, a cinco cuadras de mi casa. Empecé a contar las mesas ocupadas y noté que en más de la mitad había una sola persona sentada.

    Y como si me hubiese estado esperando, en ese mismo momento, del otro lado de la calle, un hombre empezó a gritar: I lost my wife, I lost my house, I lost my wife. Lo repetía, varias veces, aunque la verdad no sé qué le estaba pasando. Fuimos varios los que giramos la cabeza en busca del autor de la confesión, pero no fue mucho lo que pudimos hacer.

    Aunque ese grito creo que tenía algo de los cuadros del Julian de la película. El cuadro sin terminar no es una falla técnica… es la forma que tiene esa historia de seguir viva y, ese hombre, repitiendo en voz alta su pérdida en la calle, tampoco podía cerrarla. La decía una y otra vez porque decirla era, quizás, la única forma de sostenerla.

    No sé si lo que conecta esa noche (la sala dividida, las mesas del bar, el hombre en la esquina) es la soledad. Creo que es otra cosa, ¿cuánto de lo que nos pasa queda sin terminar de resolverse, y cómo, aun así, seguimos caminando?

    Aunque pensándolo un poco más, tampoco puedo separar del todo esa noche de la ciudad en la que pasó. Luxemburgo es tranquila, quizás demasiado, y en esa tranquilidad hay algo que a veces se parece al aburrimiento, y el aburrimiento, sostenido el tiempo suficiente, se termina pareciendo a la soledad. Es un país de paso… mucha de la gente que vive acá está de paso, con fecha de vuelta a otro lado (o pensando en que eso suceda), y eso también deja huella en cómo nos relacionamos con los demás. El clima ayuda poco, digamos todo, porque es gris la mayor parte del año. Así que tal vez esas mesas con una sola persona, esa sala de cine dividida a la mitad, no eran solo algo de un domingo en particular. Quizás eran, sin que yo lo pudiera definir mejor, un pequeño retrato de esta ciudad.

  • En junio di un módulo en el marco del Curso de Litigio Estratégico e Incidencia Política del CEDIDH (Círculo de Estudios de Derecho Internacional de los Derechos Humanos), una organización académica independiente chilena que trabaja desde el Sur Global. El grupo era en su mayoría de abogados y abogadas, personas que pasan sus días armando argumentos para que el sistema entienda lo que el sistema muchas veces no quiere entender.

    El eje del módulo era una tensión que no se resuelve fácil: en cualquier caso de derechos humanos conviven dos lenguajes. El jurídico, que le habla al sistema (jueces, organismos internacionales, estándares procesales). Y el narrativo, que le habla a las personas (opinión pública, organizaciones aliadas, comunidades afectadas), el contexto social que muchas veces termina importando incluso adentro de un tribunal.

    El problema no es que existan los dos. El problema es cuando solo existe uno.

    Casos como el de Berta Cáceres, la imagen de Aylan Kurdi, o Ni Una Menos muestran qué pasa cuando la narrativa logra romper el marco jurídico y tocar algo más amplio. Berta, defensora indígena y ambiental asesinada en Honduras, ya era conocida en el mundo antes de que su caso llegara a los organismos internacionales. La foto de Aylan en la playa modificó la política europea de refugio de forma más concreta que una década de informes técnicos. Ni Una Menos se movió en la calle antes de moverse en los tribunales. Pero estos mismos casos muestran también el costo: historias que a veces son simplificadas, protagonistas individuales que terminan cargando el peso de injusticias colectivas, personas que, en su mayoría mujeres, a veces sienten que fueron usadas más que representadas.

    Eso fue el punto de partida para el contenido que armé. Lo que vino después me dejó pensando más.

    Al final del módulo hubo preguntas que no tienen respuesta prolija. Las traigo para acá porque creo que son más útiles que cualquier cosa que pueda haber dicho con preparación.

    La primera fue sobre cómo abordar una estrategia de comunicación en DDHH en Chile dada la coyuntura actualaunque podría ser Argentina, Perú, Colombia, cualquier país de la región donde los derechos humanos están bajo presión de una derecha que sabe perfectamente cómo hablar.

    Me quedé un poco tildada. No porque no tuviera respuesta, sino porque la que tengo no es cómoda: no se puede abarcar todo al mismo tiempo. Con cada cambio político hay una tentación de querer comunicar todo a la vez (todas las violaciones, todos los contextos, todos los grupos afectados). Ese impulso viene de un lugar genuinamente comprometido, pero es también una forma segura de no comunicar nada bien.

    Comunicación estratégica implica elegir. Y elegir, en contextos de derechos humanos, es incómodo porque significa que algunas cosas quedan para después —o que algunas voces tienen más valor estratégico en un momento determinado que otras. Eso es difícil de sostener éticamente, pero es la realidad del trabajo.

    Hay algo más: elegir no es solo una decisión de recursos o de agenda, es también una decisión sobre desde dónde hablás. Cuando una organización responde al discurso de «orden y seguridad» de un gobierno hostil discutiendo en esos mismos términos, ya cedió terreno antes de empezar. La disputa narrativa no se gana en el territorio conceptual que construyó el adversario, y eso requiere un paso previo que la urgencia suele comerse: el diagnóstico. Qué narrativas ya están instaladas, a favor de quién, qué audiencias son realmente alcanzables. Sin ese mapa, la comunicación es reactiva. Responde en lugar de construir.

    Y cuando las instituciones locales están capturadas o son directamente hostiles, aparece otra capa: la presión que no llega al Estado desde adentro puede volver desde afuera, a través de organismos internacionales o de la atención diplomática. Eso también es una elección estratégica, y también tiene costos, entre ellos, el de dejar de hablarle al país para hablarle al mundo.

    La segunda pregunta fue cómo evitar instrumentalizar a las víctimas cuando comunicamos sus casos.

    Creo que es la pregunta más honesta que me hicieron. Y mi respuesta honesta es: no siempre se logra. Podés tener buenas intenciones, protocolos sólidos, consentimiento verificado, y aun así fallar.

    Comunicar un caso de derechos humanos sin reducir a una persona a su condición de víctima es difícil (pero no imposible). La lógica de la visibilidad mediática empuja hacia el impacto, hacia la emoción, hacia el elemento más dramático de una historia. Y las personas que trabajan del lado de la comunicación o del litigio quedan muchas veces atrapadas entre la necesidad de generar visibilidad y la obligación de no dañar. Esa tensión es especialmente pesada cuando hablamos de mujeres víctimas de violencia, donde la exposición pública puede reproducir exactamente la lógica de vulneración que se busca denunciar.

    Una parte del problema está en cómo se piensa el consentimiento. Generalmente se lo trata como un momento (la persona firma, aprueba, da el ok) y a partir de ahí se asume que el acuerdo está cerrado. Pero el consentimiento en estos contextos no es un evento puntual, es un proceso. Alguien puede consentir en un momento de crisis sin tener la información ni la distancia emocional para anticipar lo que la visibilidad le va a traer después: el acoso en redes, la exposición pública de su identidad o su historia en medios que no controlamos, el hecho de que una vez que algo sale ya no hay forma de retirarlo. No es mala fe de nadie. Es asimetría de información entre quien tiene experiencia en cómo funciona la maquinaria mediática y quien está atravesando una situación límite y acepta cualquier cosa que parezca ayudar. El feminismo lleva décadas señalando ese desbalance de poder, que existe también dentro de los movimientos y organizaciones que trabajan por los derechos.

    No tengo fórmula. Tengo preguntas que me hago antes de publicar cualquier cosa: ¿La persona entiende qué puede generar esto? ¿Tiene una red de apoyo si la visibilidad se convierte en un problema? ¿Estamos contando su historia o estamos usándola?

    La tercera fue cómo aplicamos los cuidados con las/los voceros, defensores de derechos humanos y víctimas a lo largo de un caso.

    Esta me sorprendió más que las otras, no porque sea una pregunta inusual, sino porque vino de un espacio de formación jurídica. La persona que lo preguntó apuntaba específicamente a la existencia de protocolos. Y tiene razón en buscarlos: el cuidado sin estructura es voluntarismo, depende de la sensibilidad y la energía de las personas de turno en lugar de estar incorporado al diseño del trabajo. Y el trabajo de cuidar (que culturalmente hemos aprendido a tratar como algo que «sale solo», como algo que hacen las mujeres sin que haga falta nombrarlo) necesita ser planificado y sostenido institucionalmente.

    Los protocolos de cuidado suelen pensarse para después: apoyo psicológico cuando termina el juicio, contención cuando alguien colapsa. Pero la vulnerabilidad empieza mucho antes. Una víctima que da testimonio público sobre lo que vivió no está solo relatando hechos: está reviviendo, está siendo evaluada, está quedando registrada en documentos y grabaciones que van a existir más allá de ese momento. Eso es re-victimización, aunque ocurra en un contexto que tiene por objetivo hacer justicia.

    A eso se le suma la exposición digital, que muchas veces no se contempla en los protocolos más tradicionales: el acoso en redes sociales, la difusión sin control de imágenes o datos personales, la posibilidad de que alguien busque el nombre de una persona y encuentre toda su historia catalogada para siempre. 

    Los defensores de derechos humanos en América Latina (y las defensoras, que enfrentan formas específicas de violencia y amenaza por ser mujeres) están entre los grupos más atacados del mundo. El hostigamiento digital es parte de ese escenario, no un capítulo aparte (según datos de Global Witness, la región concentra la mayor cantidad de activistas asesinados año tras año)

    La pregunta sobre cuidados es también una pregunta feminista. Hay una historia larga detrás de ignorar el desgaste de quienes sostienen a otros, de tratar la contención emocional como algo que simplemente ocurre, de suponer que las personas que trabajan en contextos de mucho dolor pueden hacerlo indefinidamente sin que nadie se haga cargo de ellas.

    Las tres preguntas tienen algo en común: todas preguntan por el costo. No por el impacto, no por la visibilidad, no por el resultado jurídico. Por lo que se paga para llegar ahí.

    También me quedé pensando en que las tres las hicieron personas que van a seguir en este trabajo independientemente de si tienen respuesta. No son preguntas de quien busca una salida; son de quien ya decidió quedarse adentro y quiere saber cómo hacerlo sin romper lo que no debería romperse. Esa conciencia de que incluso con las mejores intenciones se puede fallar no es un problema del campo. Es su punto de partida más honesto.

    Esa es la parte de la comunicación estratégica que suele quedarse fuera de los manuales.

  • Después del diagnóstico me pasó algo bastante simple: me di cuenta de que no tenía del todo claro qué era la endometriosis.

    Había escuchado la palabra, había pasado por estudios, había hablado con médicas, pero aun así había cosas muy básicas que no terminaba de entender. Y en un proceso que ya de por sí es confuso, no entender lo que está pasando en el propio cuerpo solo lo vuelve más difícil y, a veces, más solitario.

    Por eso, antes de seguir escribiendo sobre mi experiencia, quizás tenga sentido detenerme en lo más básico: qué es la endometriosis, cómo se manifiesta y por qué puede ser una enfermedad tan difícil de diagnosticar.

    A pesar de su prevalencia, sigue siendo una enfermedad poco conocida. Muchas personas no saben identificarla, e incluso dentro del ámbito médico puede no ser la primera hipótesis.

    ¿Qué es?

    La endometriosis es una enfermedad en la que tejido similar al endometrio (la capa que recubre el interior del útero) crece fuera de él. Ese tejido responde a las hormonas del ciclo menstrual de forma similar al endometrio normal: se inflama, sangra y puede generar procesos inflamatorios.

    Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que afecta a aproximadamente 190 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo.

    El problema es que, al encontrarse fuera del útero, esa sangre y esa inflamación no tienen una vía natural para salir del cuerpo. Con el tiempo pueden provocar dolor, adherencias entre órganos y distintos síntomas.

    No se trata solo de dolor. La endometriosis puede generar inflamación persistente, adherencias y cambios en la forma en que funciona el sistema pélvico.

    Aunque suele asociarse únicamente con el sistema reproductivo, puede tener efectos más amplios en el cuerpo. En algunos casos también existe un componente hereditario: tener familiares cercanas con endometriosis puede aumentar el riesgo de desarrollarla.

    Como se puede ver por todo lo que nombré antes, la endometriosis no es simplemente “un mal período”.

    📚 Fuentes:

    ¿Dónde aparece?

    Los focos de endometriosis pueden aparecer en distintos lugares de la pelvis: ovarios, ligamentos uterinos, peritoneo, intestino o vejiga. En algunos casos también pueden encontrarse en otras zonas del cuerpo, aunque es menos frecuente.

    📚 Fuentes:

    ¿Qué se siente?

    Los síntomas pueden variar mucho entre una persona y otra, pero algunos de los más frecuentes son:

    • dolor menstrual intenso
    • dolor pélvico crónico
    • dolor durante las relaciones sexuales
    • dolor al ir al baño durante el período
    • cansancio persistente
    • problemas digestivos
    • dolor lumbar o en otras zonas

    Algunas personas también pueden tener dificultades para quedar embarazadas, aunque la endometriosis no afecta la fertilidad en todos los casos.

    Aunque muchas veces se la asocia únicamente con el dolor menstrual, la endometriosis no se reduce a eso. Puede afectar distintos aspectos de la vida cotidiana y no siempre se presenta de la misma manera.

    Muchos de estos síntomas no son visibles para el resto. El dolor, el cansancio o la incomodidad pueden formar parte de la rutina sin que necesariamente se noten desde afuera.

    📚 Fuentes:

    ¿Qué pasa con el diagnóstico? 

    Uno de los mayores desafíos de esta enfermedad es que el diagnóstico suele demorarse años. Muchas veces los estudios ginecológicos de rutina (como ecografías simples) no logran detectar lesiones pequeñas o profundas. Por eso no es raro que las pacientes atraviesen largos períodos de dolor sin una explicación clara.

    Otro aspecto importante es que la endometriosis no se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Hay quienes conviven con síntomas leves y otras que experimentan dolores incapacitantes. Algunas reciben el diagnóstico en la adolescencia y otras, como fue mi caso, recién en la vida adulta.

    Incluso hay personas que no presentan dolor, o cuyos síntomas no se identifican inmediatamente como parte de la enfermedad, lo que también contribuye a los retrasos en el diagnóstico.

    A esto se suma que muchas personas reciben diagnósticos erróneos en una primera instancia, o se les indica que sus síntomas son “normales” o exagerados.

    En muchos casos, el dolor es minimizado o interpretado como algo esperable dentro de la menstruación, lo que retrasa aún más la posibilidad de llegar a un diagnóstico.

    Actualmente no existe una cura para la endometriosis, pero sí distintas formas de tratamiento que buscan aliviar los síntomas y mejorar la calidad de vida.

    📚 Fuentes:

    La endometriosis es una condición crónica que, en muchos casos, impacta en la vida cotidiana más de lo que se suele asumir.

    Explicar la endometriosis de forma simple no significa que la experiencia de vivir con ella también lo sea. Hablar de esto, incluso de lo más básico, también es una forma de acortar distancias: con el diagnóstico, con el propio cuerpo y con otras personas que pueden estar atravesando algo parecido.

    En los próximos textos quiero intentar contar algunas de esas dimensiones más cotidianas: el dolor, las consultas médicas, los miedos y también las preguntas que muchas veces aparecen alrededor de esta enfermedad.

  • Marzo es el mes de concientización sobre la endometriosis. Después de atravesar un proceso diagnóstico largo y, por momentos, desconcertante, sentí la necesidad de empezar a poner algunas cosas en palabras.

    Durante este mes voy a intentar escribir sobre esta experiencia. No como una guía médica ni como un intento de explicar la enfermedad, sino como una forma de ordenar preguntas, recuerdos y darle entidad a algo que durante bastante tiempo preferí mantener en un segundo plano, incluso en negación.

    La endometriosis afecta aproximadamente a 190 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A pesar de esa prevalencia, el diagnóstico suele demorarse varios años. Diversos estudios citados por organizaciones como la Endometriosis Foundation of America y la World Endometriosis Society estiman que el tiempo promedio entre la aparición de los síntomas y el diagnóstico puede oscilar entre 7 y 10 años.

    Mi historia con la endometriosis no empezó en la adolescencia, como suele describirse en muchos casos. De hecho, ese fue uno de los motivos por los que durante mucho tiempo nadie pensó en esa posibilidad.

    Durante años mis menstruaciones no estuvieron marcadas por dolores particularmente intensos. Incluso empecé a menstruar más tarde que muchas de mis compañeras del colegio. Recuerdo que varias de ellas comenzaron a hacerlo tres o cuatro años antes que yo, y en mi propia familia ocurrió algo parecido: una de mis hermanas empezó a menstruar antes que yo, a pesar de ser menor.

    Por eso, cuando los síntomas comenzaron a aparecer en mi vida adulta (ya pasados los treinta), la posibilidad de endometriosis rara vez aparecía en las conversaciones médicas. Sin embargo, la enfermedad puede presentarse de formas muy distintas, y esa variabilidad es uno de los factores que contribuyen al retraso en el diagnóstico.

    Con el tiempo empezaron a aparecer episodios de dolor menstrual cada vez más intensos. No era simplemente incomodidad: había días en los que el dolor se volvía incapacitante. Necesitaba ayuda incluso para ir al baño y llegué a perder el conocimiento más de una vez en un mismo día. Sin embargo, cuando comenzaron los estudios médicos, los resultados parecían indicar que todo estaba dentro de parámetros normales.

    En agosto de 2023 me realicé una ecografía transvaginal, uno de los estudios más habituales en ginecología para evaluar los órganos pélvicos. Este tipo de ecografía permite obtener imágenes detalladas del útero, el endometrio, los ovarios y otras estructuras pélvicas.

    El informe describía un útero de tamaño y forma conservados, un endometrio regular y ovarios sin masas quísticas ni sólidas. También señalaba que el útero se desplazaba libremente durante el examen, sin evidencia de adherencias al recto ni a la vejiga. En términos médicos, el estudio no mostraba alteraciones relevantes.

    Ese mismo mes me realicé otros controles ginecológicos de rutina. El Papanicolaou, una prueba utilizada para detectar alteraciones celulares en el cuello del útero, informó la presencia de cambios inflamatorios inespecíficos.

    También me realicé una videocolposcopía, un estudio que permite observar el cuello uterino mediante aumento óptico. En mi caso el informe mencionaba una exocervicitis difusa, es decir, una inflamación del tejido externo del cuello del útero.

    En conjunto, todos estos estudios parecían confirmar una situación que muchas pacientes con endometriosis conocen bien: los resultados aparecían como “normales”, pero el dolor seguía estando ahí.

    La endometriosis es una enfermedad en la que tejido similar al endometrio (la capa que recubre el interior del útero) crece fuera de él. Este tejido responde a las variaciones hormonales del ciclo menstrual y puede provocar inflamación, cicatrices internas y adherencias entre órganos.

    Según publicaciones médicas como las revisiones clínicas de The Lancet o guías de la American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG), los focos de endometriosis pueden aparecer en distintas zonas de la pelvis, incluyendo los ovarios, el peritoneo, los ligamentos uterinos e incluso estructuras cercanas al intestino o la vejiga.

    Sin embargo, cuando las lesiones son pequeñas o se encuentran en planos profundos de la pelvis, los estudios de rutina pueden no detectarlas. Durante mucho tiempo esa fue exactamente mi situación: el dolor estaba presente, pero las imágenes no mostraban nada concluyente.

    El punto de inflexión llegó recién en febrero de 2025, cuando decidí consultar nuevamente con mi ginecólogo en Argentina. Después de haber pasado por varias especialistas en Luxemburgo sin obtener respuestas claras, fue él quien sugirió probar con un estudio más preciso: una resonancia magnética de pelvis con contraste.

    La resonancia magnética es un estudio de imágenes que utiliza campos magnéticos para visualizar los tejidos internos del cuerpo con mayor detalle que una ecografía. En mi caso, el estudio se realizó además con gadolinio, un tipo de contraste intravenoso que permite resaltar mejor ciertas estructuras y detectar con mayor precisión lesiones pequeñas o adherencias entre órganos.

    El procedimiento en sí no es particularmente agradable, y para quien no sabe, implica permanecer inmóvil dentro de un tubo estrecho durante varios minutos mientras el equipo genera una serie de ruidos intensos. A eso se suma la inyección del contraste, que puede generar una sensación de calor en el cuerpo durante algunos segundos.

    Pero en este caso el estudio permitió ver lo que hasta entonces había permanecido invisible. El informe identificó un foco de endometriosis de aproximadamente 12 milímetros localizado en el torus uterino, una estructura anatómica situada en la parte posterior del útero que forma parte del complejo de ligamentos que lo sostienen dentro de la pelvis. Ese foco presentaba además una adherencia al tercio superior del recto, lo que indicaba la presencia de endometriosis profunda.

    El estudio también describía un pequeño endometrioma de aproximadamente 4 milímetros en el ovario izquierdo. Los endometriomas son quistes ováricos formados por tejido endometriósico que acumula sangre antigua en su interior, lo que les da una apariencia característica en los estudios de imagen.

    Durante mucho tiempo el dolor estuvo ahí sin una explicación clara. Nombrarlo no lo hace desaparecer, pero cambia algo fundamental: me permite empezar a entender qué está pasando dentro de mi cuerpo. Quizás por eso decidí escribir durante este mes sobre la endometriosis, no para cerrar una historia, sino para intentar pensarla un poco mejor.

  • Entre la experiencia y la categoría

    Consentimiento, victimización y escucha en el derecho penal a partir de “La llamada” de Leila Guerriero

    Hace unos meses terminé un seminario sobre autonomía de las víctimas en los procesos penales. Entre las lecturas estaba La llamada, de Leila Guerriero. No era un libro “de derecho”, pero terminó siendo el que más preguntas me dejó.

    Leer La llamada no produce la incomodidad habitual de los libros que trabajan con experiencias de violencia política. No hay revelaciones espectaculares ni un despliegue enfático del horror. Lo que aparece, en cambio, es una conversación sostenida en el tiempo, atravesada por silencios, resistencias y límites. Silvia Labayru, sobreviviente de la ESMA, habla, pero también se corre; responde, pero a veces desvía; recuerda, pero no siempre del modo en que se espera de alguien a quien se le pide testimoniar.

    Esa forma de decir (y de no decir) fue lo que más me obligó a detenerme durante la lectura. No por lo que faltaba, sino porque hacía evidente que no toda experiencia de daño quiere ser narrada bajo las formas disponibles. Hay pasajes en los que la entrevista parece rozar un borde: una pregunta que incomoda, una respuesta que se retrae, una escena que queda suspendida. Y en ese borde aparece algo que no es exactamente silencio, pero tampoco es confesión. Es una forma de agencia mínima, frágil, que se expresa en la administración del propio relato.

    Esa incomodidad se volvió un punto de partida al leer el libro en paralelo con los textos del curso sobre autonomía, consentimiento y víctimas en el derecho penal. Porque mientras el derecho trabaja con categorías que buscan ordenar la experiencia (víctima, violencia, consentimiento, daño), La llamada parece insistir en lo contrario: en la imposibilidad de una traducción completa. No porque la violencia no haya existido, sino porque su narración no se deja capturar sin restos.

    Desde una primera lectura, el libro puede leerse como un ejercicio de memoria. Sin embargo, leído desde las discusiones feministas y jurídicas que me atravesaron en el curso, aparece otra capa: La llamada pone en escena el problema de cómo se construye la verdad cuando lo que está en juego no es solo qué pasó, sino cómo puede ser dicho sin quedar fijado en una identidad que no necesariamente se desea habitar. Labayru no se presenta a sí misma como “víctima” en el sentido pleno que esa categoría suele adquirir en el lenguaje jurídico. Y, sin embargo, su experiencia es una experiencia de violencia extrema.

    Esta tensión abre una pregunta que atraviesa este ensayo: ¿qué ocurre cuando la experiencia del daño no encaja cómodamente en las categorías jurídicas disponibles? ¿Qué se pierde, y qué se fuerza, cuando el reconocimiento del daño exige adoptar una forma de relato específica, coherente, legible, incluso emocionalmente esperable? Lejos de proponer una respuesta cerrada, este trabajo parte de esa incomodidad como punto de entrada para pensar los límites del consentimiento como criterio explicativo, el riesgo de quedar fijada en la identidad de víctima y el lugar de la escucha como práctica feminista frente a un derecho penal que necesita clasificar para poder intervenir.

    El derecho penal y la necesidad de traducir la experiencia

    Si La llamada expone la fragilidad de toda narración del daño, el derecho penal aparece, en contraste, como un lenguaje que no puede permitirse esa fragilidad. Para actuar, necesita traducir la experiencia en categorías relativamente estables: hechos, tipos penales, sujetos, responsabilidades. En ese movimiento de traducción se juega una tensión central del derecho moderno: la distancia inevitable entre la experiencia vivida y su formulación jurídica.

    El derecho penal no trabaja con relatos abiertos, sino con versiones depuradas de la experiencia. Para que una violencia exista jurídicamente, debe volverse legible dentro de un marco normativo previo. Esa legibilidad no es neutra: exige que el daño adopte una forma reconocible, que el sujeto se inscriba en una posición determinada y que el relato pueda ser ordenado de acuerdo con criterios de prueba, coherencia y causalidad. En ese sentido, el derecho no solo escucha: selecciona, jerarquiza y descarta.

    En ese seminario entendí que la figura de la víctima cumple un rol clave en ese proceso. No se trata simplemente de reconocer a quien ha sufrido un daño, sino de producir un sujeto jurídico apto para activar el sistema penal. Como señalan distintas autoras feministas, la víctima no es una categoría descriptiva sino una posición construida institucionalmente, atravesada por expectativas sobre cómo debe narrarse el daño, qué emociones son creíbles y qué comportamientos resultan compatibles con la experiencia de la violencia.

    El llamado “giro afectivo” en el derecho penal, lejos de resolver esta tensión, la complejiza. Como advierte Macón, las emociones ya no son vistas como un residuo irracional que debe quedar fuera del proceso, sino como elementos que ingresan al juicio para dotar de sentido a la experiencia de la víctima. Sin embargo, esta incorporación no supone una apertura ilimitada a la singularidad del relato. Por el contrario, el derecho tiende a reconocer solo ciertas emociones (dolor, miedo, indignación) y a desconfiar de otras (ambivalencia, vergüenza, distancia) que no encajan fácilmente en el guion esperado de la victimización.

    Los textos sobre violencia sexual en contextos de terrorismo de Estado permiten ver con claridad este problema. Durante décadas, la violencia sexual fue invisible para el derecho argentino, no porque no hubiera ocurrido, sino porque no encajaba en las categorías disponibles para nombrar el daño. Como muestran tanto Engle como los documentos de la UFI, para que esas violencias fueran reconocidas como delitos autónomos fue necesario reconfigurar el modo en que el derecho entendía la sexualidad, el poder y la guerra. La experiencia existía, pero no era jurídicamente decible.

    Este desajuste entre experiencia y categoría reaparece, de otro modo, en La llamada. El libro no narra un proceso judicial ni busca producir prueba. Sin embargo, deja ver con nitidez el costo subjetivo de toda traducción forzada. Labayru habla desde un lugar que no coincide plenamente con el que el derecho suele asignar a la víctima: no ofrece un relato lineal, no enfatiza siempre el daño, no se deja reducir a una identidad fija. En esa distancia se vuelve visible una pregunta que también atraviesa este trabajo: ¿qué sucede cuando el derecho penal, en su necesidad de clasificar, no logra alojar formas de narrar el daño que no responden a sus expectativas?

    Plantear esta pregunta no implica desconocer la función protectora del derecho penal ni minimizar la importancia del reconocimiento jurídico de la violencia. Implica, más bien, interrogar los límites de un lenguaje que, al intentar dar forma a la experiencia, corre el riesgo de empobrecerla. En ese punto, el problema ya no es solo jurídico, sino también político y feminista: cómo construir respuestas institucionales a la violencia sin exigir a las mujeres que ajusten su relato (y su identidad) a un molde que no siempre las representa.

    Consentimiento, deseo y vergüenza: lo que queda en el medio

    En las discusiones contemporáneas sobre violencia sexual, el consentimiento se ha convertido en la frontera jurídica por excelencia. Es el criterio que permite distinguir lo permitido de lo prohibido, lo legítimo de lo punible, la experiencia que merece reconocimiento penal de aquella que queda fuera del derecho. Sin embargo, como muestran varias de las autoras trabajadas en el curso, esa centralidad es también una de sus mayores limitaciones.

    Desde una perspectiva feminista crítica, el consentimiento aparece como una categoría necesaria pero insuficiente. Trebisacce advierte que el desplazamiento desde viejas moralidades sexuales hacia un régimen centrado en el consentimiento no elimina el malestar en torno a la sexualidad, sino que lo reorganiza. La pregunta ya no es si una práctica fue “decente” o “indecente”, sino si fue consentida. Pero esa nueva gramática no logra capturar la complejidad de las experiencias sexuales reales, atravesadas por ambivalencias, desigualdades, silencios, deseos contradictorios y afectos difíciles de nombrar.

    Franke profundiza esta crítica al señalar que el consentimiento jurídico opera como una ficción estabilizadora: presupone sujetos capaces de identificar claramente su deseo, expresarlo sin ambigüedades y sostenerlo de manera coherente en el tiempo. Esa presunción choca con la forma en que muchas personas viven (y recuerdan) sus experiencias sexuales, especialmente en contextos de violencia estructural. El derecho, en su afán por delimitar responsabilidades, tiende a ignorar esa zona gris donde el deseo no se presenta como afirmación clara, sino como algo frágil, confuso o incluso vergonzante.

    La vergüenza es, precisamente, uno de los afectos que el derecho penal menos sabe procesar. A diferencia del miedo o del dolor (emociones más fácilmente traducibles en términos jurídicos), la vergüenza desorganiza el relato. No impulsa a hablar, sino a callar; no refuerza la identidad de víctima, sino que la pone en tensión. Desde el punto de vista jurídico, la vergüenza aparece como un obstáculo: dificulta la denuncia, fragmenta el testimonio, introduce vacilaciones que afectan la credibilidad. Sin embargo, desde una perspectiva feminista, la vergüenza puede ser leída como una respuesta socialmente producida, íntimamente ligada a las normas que regulan la sexualidad y el género.

    En este punto, La llamada vuelve a ofrecer una escena elocuente. En los pasajes en los que Silvia Labayru se aproxima a su experiencia sexual durante el cautiverio, el relato no adopta la forma de una denuncia ni de una confesión. Hay incomodidad, desplazamientos, silencios.

    No se trata de una negación del daño, sino de una resistencia a nombrarlo bajo ciertas categorías. Esa resistencia no puede ser leída simplemente como falta de conciencia o dificultad para elaborar el trauma; también puede ser entendida como una forma de agencia, mínima pero persistente, que se ejerce en el modo de contar (o de no contar).

    La centralidad del consentimiento en el derecho penal sexual deja poco espacio para estas formas de narrar la experiencia. Cuando la pregunta jurídica se formula exclusivamente en términos de consentimiento, todo lo que no se ajusta a esa lógica queda relegado a la irrelevancia o a la sospecha. El deseo ambiguo, la vergüenza, la adaptación a situaciones extremas o la imposibilidad de decir “no” de manera clara tienden a desaparecer del análisis. En su lugar, se impone una narrativa binaria que simplifica la experiencia para hacerla jurídicamente operable.

    Esta reducción tiene efectos concretos. No solo condiciona qué experiencias son reconocidas como violencia, sino también qué sujetas y sujetos pueden ser reconocidos como víctimas. Aquellas mujeres cuyos relatos no encajan en la gramática del consentimiento (porque dudan, porque callan, porque no se reconocen a sí mismas en la figura de la víctima) corren el riesgo de quedar fuera del campo de protección jurídica. En ese sentido, el problema no es únicamente la definición del delito, sino el modo en que el derecho produce expectativas sobre cómo debe narrarse el daño para que sea creíble y atendible.

    Pensar el consentimiento desde esta perspectiva no implica abandonarlo como criterio jurídico, sino reconocer sus límites. Implica aceptar que hay una distancia inevitable entre la experiencia vivida y su traducción normativa, y que esa distancia se vuelve especialmente visible cuando entran en juego afectos como la vergüenza o deseos que no se dejan fijar con claridad. La llamada, al insistir en esos bordes incómodos del relato, permite interrogar críticamente un modelo jurídico que, en su búsqueda de certezas, corre el riesgo de silenciar aquello que no logra nombrar.

    El riesgo de quedar fijada en la categoría de “víctima”

    Si el consentimiento funciona como una frontera jurídica que organiza el reconocimiento del daño, la categoría de víctima opera como su consecuencia identitaria. Para que el derecho penal intervenga, no solo es necesario que un hecho sea tipificado como delito; también es necesario que quien lo padeció pueda ser reconocida, y se reconozca, en una posición determinada dentro del proceso. Esa posición no es neutra: viene acompañada de expectativas sobre cómo debe hablar, qué debe sentir y qué tipo de coherencia debe sostener en su relato.

    Las discusiones del curso mostraron que la figura de la víctima no es una simple descripción de quien ha sufrido una violencia, sino una construcción institucional atravesada por lógicas de poder. Como señalan García Hopp, el derecho penal tiende a operar con modelos idealizados de victimización que dejan poco margen para la ambigüedad. La víctima “legible” es aquella que puede narrar su experiencia de manera clara, persistente y alineada con las categorías jurídicas disponibles. Todo aquello que se desvía de ese modelo (dudas, silencios, contradicciones, beneficios materiales, vínculos afectivos con el agresor) aparece como sospechoso o directamente excluyente.

    Esta lógica se vuelve especialmente visible en los debates sobre trata de personas y violencia de género. Orellano lo plantea de manera contundente al cuestionar el binomio víctima- rescatada que estructura muchas políticas estatales. Desde su perspectiva, el problema no es la existencia de situaciones de explotación, sino la forma en que el Estado produce una identidad de víctima que anula la agencia de las mujeres involucradas y legitima intervenciones punitivas que no siempre mejoran sus condiciones de vida. La categoría de víctima, en estos casos, no solo habilita protección; también impone un modo específico de ser y de narrarse.

    El derecho penal parece oscilar, entonces, entre dos riesgos opuestos. Por un lado, la negación de la violencia cuando el relato no encaja en las expectativas normativas; por otro, la fijación identitaria cuando el reconocimiento jurídico exige adoptar una posición de victimización total. Esta tensión atraviesa buena parte de los debates feministas sobre punitivismo. Autoras como Goodmark Larrauri han mostrado cómo ciertas respuestas penales, diseñadas con la intención de proteger a las mujeres, terminan restringiendo su autonomía al imponer soluciones obligatorias y desatender la diversidad de estrategias con las que las mujeres enfrentan situaciones de violencia.

    La figura de la víctima-victimaria, desarrollada por García y retomada por Hopp en sus trabajos sobre trata y maternidades enjuiciadas, complejiza aún más este panorama. En estos casos, mujeres que han sido sometidas a contextos de violencia estructural pueden terminar siendo penalmente responsabilizadas por acciones u omisiones que el derecho interpreta como ejercicio de agencia. La experiencia de victimización no desaparece, pero deja de operar como elemento relevante a la hora de atribuir responsabilidad. El resultado es paradójico: la misma estructura jurídica que exige una víctima “pura” para reconocer el daño puede, en otros contextos, desentenderse completamente de la violencia previa para justificar la sanción.

    La llamada permite pensar esta tensión desde otro registro. A lo largo del libro, Silvia Labayru narra su experiencia sin asumirse plenamente en la identidad de víctima que el discurso público suele asignar a los sobrevivientes del terrorismo de Estado. Su relato no busca fijar una posición moral ni reclamar una identidad estable, sino recuperar fragmentos de una experiencia atravesada por contradicciones, ambivalencias y decisiones tomadas en condiciones extremas. Esa forma de narrar incomoda porque desafía la expectativa de un testimonio lineal y coherente, pero también porque resiste ser capturada por una categoría que, aun cuando reconoce el daño, corre el riesgo de reducir la complejidad de la experiencia.

    El problema, entonces, no es el reconocimiento jurídico de la violencia, sino el costo subjetivo y político que puede implicar ese reconocimiento cuando exige una identificación total con la figura de la víctima. Desde una perspectiva feminista, la pregunta no es solo cómo proteger a las mujeres, sino cómo hacerlo sin exigirles que congelen su experiencia en una identidad que no siempre desean habitar. En este punto, la crítica al punitivismo se cruza con una preocupación más amplia por la autonomía: no entendida como independencia absoluta, sino como la posibilidad de narrarse a sí misma sin quedar atrapada en un molde impuesto desde afuera.

    Escuchar sin capturar: autonomía, relato y límites del derecho

    Llegados a este punto, el problema ya no es si el derecho penal debe intervenir frente a la violencia, sino cómo lo hace y a qué costo. Las discusiones del curso permitieron ver que muchas de las tensiones que atraviesan el campo (consentimiento, victimización, punitivismo) no se resuelven ampliando categorías ni endureciendo respuestas, sino revisando las condiciones en las que se produce el reconocimiento jurídico del daño.

    Desde las teorías feministas de la autonomía relacional, este problema adquiere otra densidad. Autoras como Mackenzie Nedelsky han insistido en que la autonomía no puede pensarse como una capacidad individual abstracta, sino como una práctica situada, sostenida (o erosionada) por relaciones, instituciones y marcos normativos. En ese sentido, la pregunta por la autonomía de las víctimas en el proceso penal no se agota en la posibilidad de denunciar o de consentir determinadas intervenciones estatales. Incluye, también, la posibilidad de narrarse a sí mismas sin que esa narración sea inmediatamente apropiada, simplificada o reordenada por el lenguaje jurídico.

    Aquí, la noción de escucha se vuelve central. No una escucha entendida como mera recepción de información, sino como práctica política e institucional. Escuchar implica aceptar que no todo lo que se dice será inmediatamente traducible, que no todo relato encajará en las categorías disponibles y que el silencio, la ambivalencia o la vergüenza no son necesariamente déficits de la experiencia, sino parte constitutiva de ella. Desde esta perspectiva, el desafío para el derecho no es solo ampliar su capacidad de nombrar la violencia, sino reconocer los límites de esa operación.

    La llamada ofrece una imagen elocuente de esta tensión. Guerriero no fuerza el relato de Labayru, no lo conduce hacia una verdad cerrada ni lo ordena para hacerlo más “comprensible”. La conversación se sostiene, precisamente, en el respeto por esos bordes: por lo que se dice a medias, por lo que se posterga, por lo que no se quiere nombrar. Esa forma de escucha no elimina el conflicto ni resuelve el daño, pero evita algo quizá más grave: la captura total de la experiencia por un marco que la excede.

    Trasladar esta lógica al derecho penal no es sencillo, ni quizá plenamente posible. El derecho necesita decidir, clasificar, intervenir. Sin embargo, reconocer esta tensión permite al menos formular una advertencia: cuando el reconocimiento jurídico del daño exige una narración clara, coherente y emocionalmente adecuada, corre el riesgo de producir nuevas formas de silenciamiento. No porque niegue la violencia, sino porque condiciona la forma en que esa violencia puede ser dicha.

    Desde un enfoque feminista, esta constatación no conduce a rechazar el derecho penal, sino a interrogar sus pretensiones de exhaustividad. Tal vez no se trate de pedirle al derecho que lo diga todo, sino de aceptar que hay experiencias que no pueden, ni quieren, ser completamente traducidas. En ese espacio de incompletitud se juega una concepción de la autonomía que no se agota en la decisión ni en el consentimiento, sino que incluye el derecho a decir, a callar y a narrarse sin quedar fijada en una identidad impuesta.

    Volver a La llamada al final de este recorrido permite reformular la incomodidad inicial con mayor claridad. La pregunta ya no es por qué Silvia Labayru no dice todo, ni por qué su relato no adopta la forma esperada del testimonio. La pregunta es qué hacemos (como sociedad, como feministas, como operadoras del derecho) con aquello que no se deja decir del todo.

    Los textos del curso mostraron que el derecho penal opera, muchas veces, sobre una tensión irresuelta entre protección y autonomía. En su intento por reconocer el daño, puede terminar exigiendo a las mujeres que habiten una identidad de víctima estable, coherente y legible. En su intento por garantizar justicia, puede silenciar zonas de la experiencia que no encajan en sus categorías. Frente a ese riesgo, pensar el derecho desde la escucha y desde los límites de su propio lenguaje aparece como un gesto necesario, aunque incómodo.

    No tengo respuestas cerradas para esto. Me queda, más bien, una inquietud: cómo construir formas de justicia que no obliguen a las mujeres a pagar el precio de una traducción total de su experiencia. Tal vez el desafío no sea elegir entre hablar o callar, entre consentir o denunciar, entre ser o no ser víctima, sino reconocer que la autonomía también se juega en ese espacio intermedio, frágil y a veces contradictorio, donde el daño existe aunque no pueda ser plenamente nombrado. Quizás escribir esto sea también una forma de aprender a escuchar mejor.