• Tres semanas que unieron mis geografías

    Cuando mi mamá y mi hermana confirmaron que venían a Luxemburgo, algo empezó a moverse adentro mío. No era ansiedad ni tampoco esa nostalgia anticipada que a veces aparece cuando se vienen emociones grandes. Era más bien una especie de expansión tranquila, como si una parte de mi vida que siempre existió lejos de ellas empezara, de a poco, a ponerse en camino hacia mí.

    A veces me preguntaba cómo iba a ser tenerlas acá, verlas caminar por las calles que camino todos los días, entrar a mi casa, convivir con mis rutinas, mis horarios, mis silencios. Había algo de vértigo, pero también una sensación de que estaba por pasar algo que venía esperando más de lo que podía darme cuenta.

    La llegada a París no fue la escena “de película” que había imaginado, esa de filmarlas salir por la puerta con caras de felicidad. Fueron casi tres horas de espera, reclamos, cansancio, una valija perdida y la frustración de mi mamá de no poder defenderse en su idioma. Cuando finalmente salieron, la filmación se había vuelto irrelevante, pero aun así sacamos una foto. Y en esa foto, la cara de Latte decía todo lo que nosotros no estábamos diciendo: una alegría desaforada, pura, casi exagerada. Como si él hubiera entendido mejor que nosotros lo que significaba ese momento.

    La valija perdida marcó los primeros días. Para otros podría ser un detalle, pero mi mamá había elegido cada cosa con una dedicación que conozco de memoria. No era lo material, era la preparación. El tiempo. Las expectativas puestas en estrenar algo acá. Lo que alguien le había regalado. Lo que hacía a su comodidad. Así que, entre caminatas, compras improvisadas y pequeños enojos que aparecían de golpe, fuimos armando algo parecido a una normalidad.

    En casa, les dimos nuestra habitación y nosotros dormimos en la cocina, lo cual terminó siendo más tierno que incómodo. Las mañanas tomaron una forma hermosa: mates y café, miel para mi mamá, mermelada de durazno y manteca para mi hermana, comentarios sueltos sobre lo que íbamos a hacer ese día o sobre nada en particular. Yo sabía, incluso mientras estaba sucediendo, que iba a extrañar esos desayunos en cuanto se fueran. Porque en Argentina el tiempo se comprime, se rompe, se reparte con el objetivo de ver a muchos. Acá no. Acá se estiró de una manera que no había vivido con ellas.

    El reencuentro de Ayelén con Latte fue una escena aparte. Ella lo conoció y cuidó cuando era casi un bulto tibio y peludo que había que alimentar cada pocas horas. Verla volver a tenerlo entre los brazos me tocó una capa en la que creo que conviven la ternura de quien hizo lo posible para que sobreviviera en el pasado y la sorpresa de verlo crecer conmigo. Sin que lo supieran, un día los grabé desde el balcón mientras ella lo bajaba a la calle. Los dos corriendo como si fueran chicos, como si la distancia no hubiera pasado nunca.

    Con Estrasburgo empezó lo más visible del viaje, pero lo más trascendental para mí de ese día no fue la catedral gigante ni los canales, sino ese momento en el que mi mamá, al salir, se emocionó y me dijo que todavía no podía creer que estuviera ahí. Que no le parecía real. Fue un golpe suave, una confirmación de que una aventura como ésta la estaba atravesando. Esa mezcla de incredulidad y emoción que solo le vi en momentos muy puntuales de mi vida.

    Durante las tres semanas aparecieron escenas que no sé si algún día se borrarán: el cumpleaños de Ayelén y una pastafrola que terminó siendo más dura que cualquier invierno luxemburgués; mi mamá mirando una película con Alejandro como si nada más existiera; nosotras tres perdidas en una tienda navideña repleta de cascanueces, bolas de nieve y adornos delirantes, mientras Ayelén literalmente se hacía pis; mi mamá posando feliz, casi orgullosa, al lado de un cono gigante de papas fritas en Bruselas; las comidas en bodegones alemanes, los schnitzel enormes, las cervezas compartidas; la tarde mojada en Vianden; la noche de empanadas árabes donde mi mamá por fin pudo conocer a Cami y a Sebas (uniendo así esos dos mundos que forman parte de mi vida); y ese fotomatón parisino diminuto donde entramos como pudimos y salimos en la foto como si fuéramos personajes recortados de una revista vieja.

    Hubo también momentos de conversación real, de esos que solo aparecen en algunos viajes a Córdoba cuando el tiempo alcanza para profundizar. Con mi mamá pude hablar de lo que le pasaba hoy por hoy y de lo que sentía que se movía internamente con este viaje; con Ayelén, en cambio, aparecieron sus preocupaciones, sus deseos futuros y también esas cosas que no siempre le escucho decir sobre lo que piensa de mí. Recibí su cariño en formas tiernamente torpes pero honestas, y tuve la sensación de que no estábamos compartiendo solo un viaje, sino partes nuestras que, por distintas razones, no siempre tienen dónde quedar.

    Y, como si el viaje necesitara un cierre simbólico, la valija apareció una semana antes de que se fueran. Mi mamá parecía recién llegada a Europa y yo le saqué una foto que es casi una metáfora perfecta: recuperar algo que pareció perdido y, en ese gesto, recuperar también una tranquilidad que le había faltado todos esos días.

    La despedida fue lo que tenía que ser: lágrimas, agradecimientos y una mezcla de orgullo y ternura imposible de traducir. Les pusimos localizadores a las valijas para que pudieran seguirlas desde el teléfono, como una manera simple de evitar nuevos sustos, o al menos de no quedarse otra vez sin información. Fue un gesto práctico, pero también una forma de cuidarlas un poco más en ese tramo final.

    Cuando la puerta se cerró, la casa quedó distinta. No vacía, sino cambiada. Con restos de miel en la alacena, la mermelada de durazno abierta, el olor de los desayunos compartidos, las risas todavía suspendidas en algún rincón. Y esa sensación de haber vivido algo que solo se entiende cuando la familia logra encontrarse lejos del lugar de origen.

    Vivir lejos tiene eso: una mezcla rara entre ausencia y presente extendido. Una aprende a querer en diferido, a saludar cumpleaños por WhatsApp, a perder rituales sin querer, a sostener vínculos como puede. Pero también, cuando la distancia se interrumpe y las personas que amás pisan tu casa, tu barrio y tu vida cotidiana, todo se siente como un regalo que no sabías cuánto necesitabas. Tres semanas alcanzaron para recordarme de dónde vengo, quién soy hoy y cómo, aun con el corazón repartido entre dos continentes, hay momentos que se pueden vivir completos. Y este fue uno de ellos.

  • Cuando tenía siete años caminaba con mi hermana más chica por la esquina de mi casa. Un auto se detuvo a nuestro lado. El hombre bajó la ventanilla y en un instante entendí que algo no estaba bien: tenía los pantalones bajos, un montón de revistas porno desparramadas en el asiento y se masturbaba frente a nosotras mientras me señalaba las imágenes.

    Le agarré la mano a mi hermana y apuré el paso. Era solo una cuadra hasta mi casa, pero suficiente para que esa escena quedara grabada en mi memoria con una nitidez dolorosa. Todo ocurrió de mañana, en una avenida transitada, a pocos metros de la puerta de mi casa.

    No fue la única vez. A los 15 o 16 años, un hombre estacionó frente a mí y mis amigas, y repitió la misma escena, sin vergüenza, a plena luz del día. Más tarde, ya en la facultad, me crucé con otro tipo escondido detrás de un árbol, bajándose los pantalones en la penumbra de Ciudad Universitaria (ese día volví sobre mis pasos para alejarme y para alertar a mis compañeras). Y en un boliche, un desconocido me metió la mano por debajo de la pollera mientras caminaba sola por un pasillo, después de salir del baño.

    Historias así tengo varias. Demasiadas (y mucho más detalladas). En un taller, hace como siete años, me pidieron que anotara la primera vez que sentí inseguridad por ser mujer y terminé dejando de escribir porque me abrumó darme cuenta de cuántas veces había pasado. Nunca lo pedí. Nunca correspondía. Simplemente pasó porque alguien decidió que podía hacerlo, porque soy mujer, porque nuestro cuerpo en el espacio público se les presenta como algo disponible.

    Estas anotaciones volvieron a mi mente ahora, a raíz de la entrevista que Pedro Rosemblat le hizo a Gustavo Cordera en Gelatina (y de la que todo el mundo está hablando). Cordera, que hace casi diez años dijo sin rodeos lo que no se enmarca en otra cosa más que en apología de la violación. Que a él, después de tanto tiempo, le vuelvan a dar un micrófono frente a miles de personas ya es indignante. Pero lo que más me molestó fue otra cosa: el descargo de Pedro.

    Dijo, más o menos, que lo que las mujeres sentimos frente a esas palabras es distinto, porque nosotras lo pasamos por el cuerpo y ellos, los varones, no. Sus palabras textuales fueron: «Se juegan otras cosas. Hay cosas que no se me juegan que se le juegan a las mujeres en el cuerpo cuando escuchan a una persona que dijo eso, que efectivamente a mí no me pasa». Y ahí fue cuando me atravesó la bronca.

    Porque yo no quiero que ningún varón tenga que vivir en su cuerpo lo que nosotras vivimos. No quiero que lo sufran en carne propia para entender. No lo considero necesario. Yo nunca fui violada y, aun así, cada vez que leo o escucho el testimonio de una mujer que sí lo fue, se me quiebra el alma en dos, LITERALMENTE. No necesito que me suceda a mí para comprender lo atroz que es.

    Entonces, ¿por qué un varón debería atrincherarse detrás de esa excusa para no hacerse cargo? ¿Por qué ese manifiesto de “a mí no me pasa” tendría que ser aceptable como argumento? La empatía no pasa por el cuerpo, pasa por la humanidad. Y si no se puede reaccionar con humanidad frente a la apología de la violación, ¿qué nos queda?

    No alcanza con que reconozcan que “nos pasa a nosotras”. Lo que necesitamos es que lo entiendan como un problema social, como una violencia estructural que requiere responsabilidad y acción. Porque mientras callen, miren para otro lado o se excusen, la violencia sigue teniendo cómplices.

  • En el centro de Luxemburgo hay una cafetería que resiste a su manera. Es una confitería con más de 150 años de historia que no tiene el aire cosmopolita de las cadenas que poco a poco van ocupando la ciudad. Es un espacio antiguo sin declararse como tal, incrustado entre edificios que arrastran décadas e historias.

    Adentro, el tiempo parece correr con otro ritmo. El personal —casi siempre mujeres— se mueve con una precisión distante. Quizás peque al confesarlo, pero no sonríen demasiado, hablan casi exclusivamente en francés, y cuando yo intento pedir en ese idioma con mi acento, claramente, extranjero, repiten la palabra como corrigiendo, sin juicio, solo reafirmando. Es un ritual extraño y, al mismo tiempo, familiar para mí.

    Me gusta sentarme en alguna de las mesas de la esquina. Desde ahí puedo mirar sin interrumpir, observar sin incomodar. Es un ejercicio de paciencia y ternura, porque lo que pasa entre esas mesas tiene algo de coreografía discreta.

    En una mesa, una señora se entrega con mucha calma a una copa de helado de frutilla y crema.

    En otra, dos mujeres llegaron lo más coquetas que pudieron: labios pintados, ropa elegida con cuidado, y el gesto ceremonioso de pedir unos eclairs de chocolate y un té para cada una.

    Una señora con audífono discute suavemente sobre el ticket de su café con la cajera.

    Otra, con apoyo motriz, entra por donde quiere, así que necesita que le abran una puerta-ventana para desencajar el andador y poder sentarse, finalmente, frente a una copa helada.

    En casi todas las mesas hay un andador «estacionado» al costado, como si fueran bicicletas en la vereda de un verano cualquiera.

    Mientras las miro, pienso en mis abuelos. Mi abuela, cuando aún podía salir, se preparaba como si el mundo la estuviera esperando: los rulos firmes, la falda planchada, las únicas perlas que tenía, la colonia que dejaba una estela fuerte. Era toda una producción para ir, quizá, a la casa de alguno/a de sus hermanos/as. La salida del mes, o del trimestre. Mi abuelo, en cambio, vivió más para cuidarla que para sí mismo. Después de que ella se fue, ya no tuvo mucho más que hacer. Muchas veces pienso que ninguno de los dos tuvo tiempo ni plata para disfrutar de una vejez en plenitud.

    Por eso, cada vez que vuelvo a esta cafetería y veo a esas personas acomodando bastones, estacionando andadores o saboreando un postre como si fuera un pequeño lujo, me pregunto qué habrá detrás. Si es un gesto rutinario, parte de un calendario marcado, o si es, para algunos/as, un acontecimiento que se preparó desde temprano en casa.

    Yo, desde mi rincón, lo único que siento es una ternura inmensa y un respeto silencioso. Porque en esa cafetería la vejez se hace visible y digna (con todo el privilegio que eso representa en la sociedad en la que vivimos hoy), en lo mínimo: en una taza de café, en una copa helada, en la obstinación de seguir saliendo al mundo.

    Tal vez sea solo un café más. O tal vez sea un pequeño triunfo contra la soledad.

  • A veces leer nos devuelve claridad. No porque lo que aparece en las páginas sea completamente nuevo, sino porque le da un nombre a algo que ya habitaba en nuestra mente. Eso me pasó hace unos días con dos palabras que hasta entonces no había hecho muy mías: necropolítica y sexilio.

    Al encontrarlas en un material de estudio, sentí una mezcla rara. Porque si bien los conceptos que señalan ya estaban en mi cabeza, nunca los había llamado de esa manera. En mi experiencia, muchas veces cargamos con ideas o intuiciones sueltas que orbitan como piezas dispersas; leer nos ayuda a ordenarlas, a ponerles nombre, a reconocer que tienen un lugar en un entramado mucho más grande.

    La necropolítica, entendida como la administración del poder sobre la vida y la muerte, ya la había rozado a través de otro concepto más familiar: la tanatopolítica. Pero mientras la tanatopolítica refiere a cómo los Estados regulan la vida a través del control de la muerte —por ejemplo, con políticas de seguridad, salud o castigo—, la necropolítica va un paso más allá: señala qué vidas se consideran dignas de ser protegidas y qué vidas pueden ser expuestas, descartadas o directamente eliminadas. Es el poder de decidir quién vive y quién muere, y bajo qué condiciones.

    El sexilio, en cambio, fue un término novedoso para mí: el exilio forzado que sufren muchas personas por su identidad de género o su orientación sexual. Es la migración que no se da por hambre, ni por guerra, sino por amor, por deseo, por identidad. Es el destierro silencioso de quienes, al no poder vivir su orientación sexual o identidad de género de manera libre y segura en su país de origen, se ven empujados a huir. Detrás de esta palabra están las historias de quienes fueron expulsados de sus comunidades, de sus familias, de sus espacios más íntimos, simplemente por existir tal como son.

    El sexilio muestra otra cara de la violencia: aquella que arranca a las personas de su tierra sin disparar un arma, pero a través de la discriminación, la persecución social, el hostigamiento o las leyes que criminalizan sus cuerpos. Es un exilio doble: del país que se deja atrás y de la posibilidad de habitar el propio deseo en libertad.

    Y pienso en lo poderoso que es el lenguaje. Nombrar no es un acto menor. Ponerle palabras a lo que existe nos permite pensarlo, identificarlo, reconocerlo como parte de un sistema. Necropolítica y sexilio no son solo conceptos teóricos: tienen cuerpo, tienen rostro, y atraviesan a quienes migran forzadamente.

    Migraciones forzadas y cuerpos vulnerables

    La decisión de migrar puede sonar como un acto de libertad personal, pero rara vez lo es de manera pura. Cuando hay factores estructurales que expulsan —guerras, persecuciones, hambre, crisis políticas, violencias de género— esa migración deja de ser elección y se convierte en necesidad. Es lo que se entiende por migración forzada. Y es en esos procesos donde más se multiplican las formas de violencia: física, simbólica, institucional, estructural.

    Pero no todos los cuerpos migran en igualdad de condiciones. En el caso de las mujeres y niñas, la vulnerabilidad se multiplica. Migrar forzadamente puede significar huir de mutilación genital femenina, matrimonios forzados, crímenes de honor, violaciones, prostitución coactiva, violencia doméstica, feminicidios. Prácticas de violencia que no solo expulsan, sino que persiguen a lo largo del ciclo migratorio. Cada etapa del camino —la salida, el tránsito, la llegada, incluso la vida en destino— está atravesada por riesgos específicos que marcan de manera distinta a las mujeres.

    Ya en la vida cotidiana de quienes tienen el privilegio de vivir, estudiar y trabajar en su propio país, ser mujeres implica cruzar barreras, obstáculos y estereotipos. En un contexto de desarraigo forzado, esas dificultades se vuelven exponenciales.

    Un recuerdo en Brasil

    Mi primer acercamiento concreto al peso de estas vulnerabilidades fue en Brasil, el primer país al que migré. Tenía que entregar parte de mi expediente en la Policía Federal para obtener mi residencia permanente. La sala estaba llena, entre otros, de migrantes haitianos que huían de la crisis política de su país.

    Nunca voy a olvidar la cara de un hombre en la ventanilla contigua a la mía. Él solo hablaba francés. El oficial que lo atendía solo hablaba portugués. El funcionario le explicaba que su expediente ya estaba ingresado, que todo estaba en orden y que solo debía esperar a ser contactado. Pero el hombre no entendía. Y en su incomprensión, creyó que lo estaban por deportar.

    Su rostro se transformó: angustia, miedo, desamparo absoluto. Esa imagen se quedó grabada en mi memoria. Lo que para el oficial era un trámite rutinario, para él era la amenaza de volver a un país en crisis. Esa fragilidad en la que se encontraba no era solo circunstancial: probablemente la vivía a diario.

    Y pienso: si esa vulnerabilidad era tan visible y extrema en un hombre adulto, ¿cómo sería en una mujer? ¿Qué ocurre cuando esa escena se multiplica en cuerpos más expuestos, en quienes cargan con niñas y niños, en quienes son perseguidas además por su género o su identidad sexual?

    El privilegio de elegir

    Esa escena también me hizo pensar en mi propio lugar. Migrar, en mi caso, fue una elección y lo hice de manera ordenada, segura, con recursos. Eso es un privilegio.

    Muy distinto a quienes migran forzadamente, sin opción, empujados por la violencia estructural, bélica o de género. Para esas personas, el viaje no es una aventura ni un proyecto personal: es un salto desesperado para salvar la vida.

    Reconocer ese privilegio no implica culpa, sino responsabilidad (un tema muy recurrente en mis sesiones de terapia). La responsabilidad de no romantizar la experiencia migratoria, de no universalizarla, de entender que no todas las historias de movilidad se parecen, y de nombrar las desigualdades que las atraviesan.

    Por eso me parece tan importante seguir leyendo, aprendiendo, acercándonos a nuevos materiales. No para acumular teorías, sino para reconocer realidades. Para darle forma a aquello que a veces intuimos pero no sabemos cómo pensar. Para nombrar.

    Nombrar necropolítica. Nombrar sexilio. Nombrar las violencias que atraviesan a las mujeres y niñas en contextos de migración forzada. Porque poner palabras no elimina el dolor, pero nos permite reconocerlo, compartirlo y exigir que deje de repetirse.

    Aprender nuevos términos es, también, aprender nuevas formas de mirar el mundo. Y en ese ejercicio, tal vez podamos ampliar un poco más nuestra visión, sacudirnos la comodidad de la distancia, y comprender que estas realidades suceden todos los días, en todos los puntos del planeta, de maneras violentas y urgentes.

  • Una visita al museo y mis preguntas por el cuidado a través del tiempo

    Hace unas tres semanas entré por primera vez al Musée National d’Histoire et d’Art de Luxemburgo. Vivo en esta ciudad desde hace tres años y recién este mes, decidí visitarlo y la verdad es que me descolocó un poco. Por su tamaño —cinco pisos hacia arriba y cinco hacia abajo—, pero también por el modo en que el recorrido te obliga a descender en la historia: desde el arte contemporáneo hasta el paleolítico. No es solo una bajada física, es una bajada de capas, como de tiempo y de sentido.

    Entre vitrinas, restos de piedra, esculturas sin nombre y pasillos cada vez más silenciosos, me encontré frente a dos pequeñas estatuillas. Cabe decir que no tenía señal de internet, como si la cronología del museo también desconectara lo digital. Como si, cuanto más bajaba, más lejos estuviera del presente.

    Los pequeños seres de piedra en cuestión, no tenían ningún brillo. Nada en ellos sugería que fueran importantes o que debieran destacar dentro de la colección. Pero algo en su pequeña forma, en su gesto contenido, en esa mirada sin ojos, logró que me detenga. El clásico cartel descriptivo de los museos indicaba que se trataba de matronas y ahí, algo me hizo un muy sutil clic.

    No porque no supiera sobre su existencia. Sé (como muchas otras personas) que las matronas han sido figuras clave en la historia del cuidado, de los nacimientos, del saber corporal. Pero algo en esa escena me generó curiosidad porque no esperaba encontrarlas ahí, tan quietas, tan europeas, tan locales. Por alguna razón, mi cabeza las había colocado siempre en otras geografías, sobre todo en América Latina. En culturas donde se honra a la tierra, a las diosas del agua, a las madres del maíz.

    ¿Quiénes eran esas matronas?

    Ya fuera del museo, y con señal de internet, empecé a tirar del hilo y a leer un poco más, porque quería saber. Resulta que se trataba de figuras femeninas muy veneradas en ciertas regiones del Imperio Romano, divinidades locales, ligadas al cuidado, la fertilidad y la protección de la vida. Su culto era popular, comunitario, rural. No eran mujeres de carne y hueso, pero tampoco diosas del Olimpo: eran una presencia protectora, casi íntima. Representaban la fuerza que cuida.

    En numerosas inscripciones votivas, altares y relieves encontrados en esta zona (especialmente en ColoniaTréverisBonn), las matronas aparecen representadas en grupos de tres mujeres sentadas, a menudo con elementos como frutas, flores, niños o cestas, que simbolizan la fertilidad, la abundancia y la protección. A menudo eran colocadas en tumbas, como si siguieran cuidando incluso después de la muerte. Estas representaciones tríadicas están tan repetidas que se consideran parte fundamental del culto. De hecho, a veces se las denomina directamente como las “Matronae Triformis”.

    El cuidado como saber

    Pero lo que me sacudió no fue solo su presencia ritual, fue comprender que durante siglos, las matronas no solo acompañaban partos. Sostenían, enseñaban, curaban. Sabían de hierbas, de cuerpos, de tiempos. No habían pasado por aulas, sino por casas. Por generaciones. Por experiencia.

    En la Edad Media, su figura se volvió ambigua: por un lado se las necesitaba; por otro, se las sospechaba. Sabían demasiado, sabían sin permiso y eso, visto por los hombres poderosos de turno, era peligroso.

    El conocimiento que poseían, heredado entre mujeres, era una amenaza para el orden racional y masculino. En muchos casos fueron perseguidas, acusadas de brujas, de criminales. No por hacer daño, sino por saber cómo sanar. Por tener, en sus manos y en sus plantas, una forma de poder que no respondía a ningún título, a ninguna institución.

    El hilo que no se corta

    Días después, llegué a un artículo de la Confederación Internacional de Matronas. Hablaba de los desafíos actuales del rol, de cómo esta figura sigue siendo clave para los derechos sexuales y reproductivos, para la autonomía, para el bienestar integral. Y me pareció increíble pensar en todo lo que resiste esa palabra: matrona. Desde las estatuillas de piedra hasta las profesionales que hoy defienden partos dignos, respetados, humanos.

    Lo que cambia es la forma, pero el fondo es el mismo: cuidar. Y cuidar no es un acto menor, es una práctica, un saber y también, una posición política.

    Tal vez por eso me quedé tan pegada a esa escena. Porque en medio de un museo subterráneo, rodeada de piedras, lo que vi fue una pregunta todavía viva: ¿quién nos cuida? ¿Quién está ahí cuando algo empieza? ¿O cuando algo termina? ¿Quién transmite los saberes que no entran en los libros, pero que han sostenido la vida durante siglos?

    Las matronas del subsuelo del museo siguen ahí, silenciosas y firmes, mirando desde una vitrina de cristal. Recordándonos que el cuidado tiene historia, y que a veces basta con una figura de piedra, escondida en lo profundo, para volver a pensar en quién nos cuida. Y cómo.

  • La semana pasada participé en la sesión “Mitigating Online Violence Against Women Human Rights Defenders”, parte de los TFGBV Policy Dialogues coorganizados por UN Women y Sexual Violence Research Initiative (SVRI). 

    El espacio buscó traducir los marcos globales sobre violencia de género facilitada por la tecnología (TFGBV, por sus siglas en inglés) en estrategias concretas y centradas en las sobrevivientes, especialmente para defensoras de derechos humanos, periodistas y activistas que enfrentan formas múltiples e interseccionales de discriminación.

    Lo interesante no fue solo la diversidad de voces, sino cómo ciertas ideas se repitieron y resonaron en distintas experiencias y latitudes, desde África hasta América Latina.

    Una cuestión que emergió con fuerza fue la importancia de nombrar y definir. Los marcos legales y las políticas públicas no pueden quedarse en categorías vagas: se necesitan definiciones claras, amplias e inclusivas, capaces de abarcar las formas de abuso que siguen emergiendo en los espacios digitales. La violencia cambia de forma todo el tiempo, y la norma que no se actualiza deja huecos por donde se cuela la impunidad.

    Otro concepto clave fue la responsabilidad compartida. No alcanza con pedirle cuentas solo a los Estados; las empresas tecnológicas tienen un rol fundamental en la prevención y la protección. Y también la sociedad civil, con sus redes de apoyo entre pares, con sus estrategias de autocuidado y con su capacidad de incidir en la agenda.

    Se habló mucho de los riesgos de caer en marcos punitivos que, en vez de proteger, terminen censurando o criminalizando a quienes defienden derechos. Esa tensión me parece clave: cómo prevenir y sancionar la violencia sin limitar el espacio cívico.

    Me quedo también con la urgencia de hablar sobre salud mental y cuidado colectivo. Lo digital no es un espacio paralelo: lo que ocurre allí atraviesa la vida cotidiana, el trabajo y hasta la posibilidad de seguir en pie en la defensa de los derechos humanos. De hecho, existen casos reales que reflejan con crudeza lo que significa ser mujer defensora en un entorno digital hostil:

    • Lydia Cacho (México): Periodista y defensora de derechos humanos, reconocida por su trabajo contra la trata de personas. Después de la publicación de un libro en el que investigó redes de explotación sexual infantil, fue arrestada ilegalmente, torturada y perseguida judicialmente.
    • Zara Alvarez (Filipinas): Defensora de derechos humanos y educadora comunitaria. Fue objeto de red-tagging (etiquetada como “terrorista” en redes y medios), antes de ser asesinada en 2020.
    • Nadia Murad (Irak / Yazidí): Sobreviviente de violencia sexual por parte del ISIS y activista por los derechos de las mujeres y minorías. Aunque es Premio Nobel de la Paz, ha recibido constantes ataques, acoso y campañas de odio en línea que buscan desacreditar su testimonio.
    • Berta Cáceres (Honduras)Líder indígena lenca y defensora ambiental, asesinada en 2016 tras años de amenazas. Antes de su muerte, fue blanco de campañas de hostigamiento digital y criminalización mediática por su lucha contra un proyecto hidroeléctrico. Su caso dejó al descubierto cómo la violencia en línea y la estigmatización pública pueden crear un clima de impunidad que facilita ataques físicos.
    • Sanaa Seif (Egipto): Activista prodemocracia y de derechos humanos. Ha sido detenida varias veces y víctima de campañas de difamación en medios oficiales y redes sociales por su defensa de presos políticos, incluido su hermano Alaa Abd El-Fattah.

    Estas historias reflejan un patrón: la violencia digital no se limita a insultos en redes, sino que busca silenciar, desacreditar y expulsar a las defensoras de los espacios públicos.

    Los debates sobre la TFGBV no pueden quedar en manos de unas pocas personas. Es urgente construir un entorno digital seguro, inclusivo y libre de violencia, para que las defensoras puedan seguir ejerciendo su trabajo —y viviendo su vida— sin miedo.

    A modo de nota personal y para seguir explorando el tema de la violencia de género facilitada por la tecnología (TFGBV), quedan aquí algunos materiales clave de UN Women y SVRI:

    📄 Preguntas frecuentes sobre violencia digital – UN Women. Una introducción clara a las distintas formas de abuso digital.

    📑 Agenda de Investigación Compartida sobre TFGBV – UN Women y SVRI. Traza las prioridades globales de investigación para enfrentar esta violencia.

    🌐 Comunidad de práctica TFGBV – SVRI. Un espacio para conectarse con defensoras, activistas y especialistas de todo el mundo.

    📘 Toolkit juvenil para terminar con la violencia en línea – UN Women. Una guía práctica pensada para jóvenes, con estrategias de acción.

  • Entre lo simbólico y lo concreto: desafíos de la política exterior feminista

    Madrid, julio. Una de las primeras olas de calor del verano nos atravesó durante los días del curso. Afuera, los trayectos eran pesados; adentro, por suerte, el aire acondicionado sostenía el clima de las discusiones. 

    La propuesta académica, organizada por la Universidad Complutense y la Fundación Carolina, llevaba un título ambicioso: “Avances y desafíos de la Política Exterior Feminista en América Latina y España”. Ambicioso porque aspiraba a condensar procesos complejos, en momentos muy distintos, con prioridades, trayectorias y niveles de institucionalización que no siempre dialogan en igualdad de condiciones.

    “La política, si no transforma la vida de la gente, no sirve”, con esa frase clara y sin adornos, Michelle Bachelet abrió una de las primeras mesas de diálogo. Fue una intervención sin eufemismos, en la que habló de juventud acumulada, de democracia como un pacto que debe cumplirse, y de la necesidad de no romantizar el simbolismo si no viene acompañado de recursos, voluntad y ejecución.

    Sus palabras funcionaron como apertura y advertencia: que el feminismo en política exterior no sea solo papel escrito o declaración de principios. Que se materialice. Que tenga presupuesto, impacto, institucionalidad y representación.

    El curso siguió su curso planteando algunas primeras definiciones claras: la PEF debe integrar la perspectiva de género en todas las áreas de las relaciones internacionales —desde la diplomacia hasta el comercio, la seguridad y la cooperación al desarrollo—, con el objetivo de reducir las desigualdades de género, promover los derechos de mujeres y diversidades, y transformar las estructuras de poder global. Bajo ese marco, se intentarían analizar los avances tanto normativos como sustantivos en el contexto iberoamericano.

    Y si bien hubo momentos potentes, también hubo otros en los que ese diálogo birregional pareció no cuajar del todo.

    No es una crítica aislada, es algo que muchas comentamos al compartir cafés, almuerzos, y pausas al sol. El nombre del curso implicaba una conversación entre regiones, pero en algunos paneles la representación latinoamericana estuvo ausente. Entiendo las limitaciones logísticas de armar un programa en España, con funcionarias y expertos locales, pero si la mayoría del auditorio —como estoy casi segura de que fue el caso— está compuesto por mujeres latinoamericanas, ¿no sería oportuno abrir más espacio a esas voces?

    En esos márgenes, sin embargo, es donde se gestaron los intercambios más valiosos. Se armó una pequeña constelación de compañeras, todas inmigrantes, cuyo origen era República Dominicana, Colombia, Perú, Brasil/Estados Unidos y Argentina. Hablamos de nuestras realidades, de nuestras rabias compartidas y de los desafíos que enfrentamos desde lugares distintos, pero con puntos de contacto nítidos. Para mí, generar estas redes es de lo más transformador que ofrecen estos espacios.

    En cuanto a los contenidos, la exposición de Ana Rosa Alcalde (Directora en Action Aid International) fue de las más aplaudidas —y con razón—: no se limitó a enumerar políticas, sino que trajo desafíos, contradicciones y preguntas urgentes. Se sintió como una bocanada de aire fresco en medio de algunos discursos que, tenían lo suyo, pero se veían acartonados.

    En su intervención, Ana Rosa subrayó que “la política exterior feminista no puede quedarse en una narrativa de cooperación impuesta desde el norte, sino que debe permitirnos construir relaciones más horizontales, basadas en la reciprocidad”. También habló de los peligros de la despolitización de los cuidados, y planteó la urgencia de que los Estados asuman compromisos concretos en materia presupuestaria si de verdad quieren transformar el sistema.

    Sumó además una alerta clara sobre el uso excesivo del lenguaje como sustituto de la acción. Dijo:

    “Hemos abusado de la retórica. En un contexto global tan grave, no podemos seguir avanzando solo con discursos. La falta de resultados concretos nos debilita”.

    Y completó con una de sus reflexiones más contundentes: para que la cooperación feminista sea viable, se necesita “un compromiso político mucho más efectivo que permita reformas estructurales a nivel global”, y eso implica, entre otras cosas, reforzar el rol del sector público y enfrentar la desregulación financiera.

    Ese tono crítico y propositivo fue lo que volvió inolvidable sus palabras.

    También hubo algo en lo planteado por Érika Rodríguez Pinzón (Directora de Fundación Carolina) sobre el concepto de paz.

    Para Érika, la noción de paz debe dejar de estar anclada a la seguridad estatal y pensarse desde una mirada más amplia: «El concepto de paz que manejamos tradicionalmente está secuestrado por una mirada securitizada, que prioriza el control, el castigo, el orden. Una política exterior feminista tiene que recuperar una idea de paz como justicia social, como reparación, como equidad”.

    Esa idea —que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia— resonó con fuerza, aunque no tuvo eco en otros espacios del curso.

    Lo planteado por Catalina Gil Pinzón (Colectivo de Mujeres por la Seguridad Trasatlántica) me pareció fundamental, sobre todo en lo que respecta a la punitividad en las mujeres en delitos relacionados con el narcotráfico.

    Catalina alertó sobre cómo el enfoque penal sigue siendo hegemónico, incluso en muchas propuestas que se autodenominan feministas. Y lo dijo con claridad: “Las mujeres están sobrerepresentadas en delitos menores vinculados al narcotráfico, no por decisión autónoma sino por condiciones estructurales. Pero las respuestas estatales siguen siendo castigo, encarcelamiento, invisibilización”.

    Su planteo invitó a mirar con más profundidad qué modelos de justicia estamos reproduciendo, incluso cuando hablamos de transformarlos.

    Daniela Sepúlveda (Directora de Política Exterior Feminista de América Latina), desde PEFAL, aportó una mirada estratégica y descolonial al hablar de presupuestos, poder y gobernanza.

    “El dato global muchas veces engaña”, dijo, para luego desmenuzar cómo cifras optimistas sobre la participación de mujeres en diplomacia no reflejan su real acceso a la toma de decisiones. Más adelante, sumó una propuesta provocadora: descolonizar los presupuestos. “No podemos seguir hablando de cooperación si no discutimos quién pone la plata, quién la recibe, y bajo qué condiciones se definen las prioridades”.

    En una segunda intervención, Daniela trazó una diferencia clave entre las PEF del norte y del sur global. Mientras las del norte tienden a un enfoque asistencialista —ligado a marcos como la OTAN o la UE—, en América Latina emergen desde realidades más inestables: crimen organizado, migración forzada, cambio climático, mujeres indígenas, economía del cuidado. “La PEF no puede seguir siendo una política de élite que beneficia a diplomáticas y deja por fuera a las mujeres de los territorios”, dijo con contundencia.

    Después de su intervención, no fue raro que la noción de “descolonizar los presupuestos” apareciera en más de una pregunta o de un análisis. A veces basta con nombrar lo que no se está nombrando para abrir caminos.

    Y aunque hubo cierto desconcierto inicial al escuchar a Arlene Tickner —estadounidense de origen— como Embajadora itinerante para los asuntos de género y política global feminista de Colombia, su reflexión sobre la agenda del cuidado como “caballo de Troya” para colar temas clave en contextos hostiles fue provocadora.

    “Feminismo no es solo una política para mujeres, es un ethos que desafía todas las formas de exclusión: por género, raza, clase, edad o discapacidad”, señaló. También compartió su duda estratégica sobre el uso del término “feminista” en ciertos espacios estatales, planteando cómo a veces la etiqueta puede bloquear agendas si no se construyen alianzas más amplias.

    “Hay que blindar estas políticas frente a los cambios de gobierno”, dijo también, advirtiendo sobre la amenaza que representan los giros conservadores. Su propuesta: fortalecer vínculos con la sociedad civil y pensar la cooperación desde el sur hacia el sur, apostando a modelos circulares que cuestionen el sesgo colonial de la ayuda internacional.

    Aunque aún me debato ante algunos de sus planteos, celebro su capacidad de pensar estratégicamente cómo se juega con el lenguaje para sostener avances en contextos regresivos.

    Otro de los conceptos que me ayudó a enmarcar muchas de las tensiones discutidas fue el de policrisis, presentado por Kattya Cascante Hernández, presidenta de la Red Española de Estudios del Desarrollo. Ella explicó que lo que solemos nombrar como crisis múltiples —climática, económica, democrática, migratoria— son en realidad síntomas de una crisis civilizatoria más profunda.

    Lo dijo con claridad: “La crisis climática no es el problema, sino el síntoma del quiebre en la relación entre humanidad y naturaleza”. Ese enfoque más estructural me pareció fundamental para entender por qué muchas veces las políticas (incluidas las feministas) no logran ser suficientemente transformadoras: porque atacan síntomas, pero no alcanzan a tocar las raíces del problema. Y eso, en parte, también se reflejó en algunas de las tensiones del curso.

    Finalmente, como bien lo planteó Ana Rosa Alcalde, tenemos que convencer a la sociedad de que la paz es fundamental. Que sí es posible un nuevo mundo, centrado en el cuidado de la vida y del planeta. Si no lo hacemos, perdemos el debate público. Y, con él, también la posibilidad real de transformar.

    Salí del curso con dos preguntas puntuales: ¿cómo construir políticas exteriores feministas que no se limiten al gesto institucional ni se queden encerradas en el ámbito diplomático? ¿Cómo democratizar esa agenda, cómo acercarla a las demandas cotidianas de nuestras regiones?

    A veces, el calor sirve para eso: para acelerar procesos. Para que lo que estaba latente se vuelva evidente. Y entonces, actuar.

  • La música no siempre es solo música

    Hace casi dos meses fui a ver a Alanis Morissette en Luxemburgo. Fue un martes 24, lo confirmé varias veces para escribir esto, como si la fecha me ayudara a fijar algo que todavía sigue en proceso. No sabía del todo qué iba a encontrarme, pero sí sabía que algo se me iba a mover. Y pasó. No fue por la puesta, ni por el show en sí. Fue por lo que traía yo, por lo que se activó apenas sonaron los primeros acordes.

    Tengo dos “escenas musicales” marcadas de mis tiempos de secundaria. Una con Radiohead y la otra con Alanis. La de Alanis la siento más emocional: fue en el gimnasio del colegio, yo estaba en tercero y ella, Euge, en quinto. En esa época, el colegio se dividía en dos colores para los campeonatos deportivos y artísticos, y a nosotras nos había tocado el rojo. Ella era subcapitana; yo, aunque más chica, ya me metía en todo lo que podía. Participaba de las actividades, ayudaba a organizar, juntaba plata para los disfraces, las coreografías, los carteles. Por eso tenía bastante vínculo con las chicas más grandes: nos cruzábamos mucho para armar cosas y coordinar tareas.

    Ese día, en medio de todo ese movimiento típico de los campeonatos, en el gimnasio del colegio, ella me prestó un CD: Jagged Little Pill. No recuerdo si lo pedí o si lo ofreció. Solo me acuerdo de recibirlo y, de alguna manera, sentir que algo importante empezaba ahí. No sé exactamente qué fue lo que me atrapó tanto, pero desde entonces, Alanis se quedó.

    No fui fan en el sentido estricto, pero su voz y sus letras me acompañaron durante años. También su forma de estar. Algo del estilo: jeans, remera, camisa, pelo extremadamente largo, poco o casi nada de maquillaje. Algo de la actitud o de cantarle a las cosas sin suavizar.

    Ese otro día, en el recital, pensé en todo eso. En esa forma de vestirme que hoy ya no uso tanto, porque alguna vez sentí que ya no me quedaba igual. Porque el cuerpo cambia. Porque hay cosas que me gustaban mucho y un día algo me hizo sentir incómoda. Pero ese día, sin pensarlo, volví a ese look y al espejo. Y me vi distinta, pero también un poco más yo.

    El recital abrió con visuales que no traían ni frases hechas ni slogans sino datos. Estadísticas duras sobre desigualdad de género, sobre violencias, sobre cambio climático, sobre brechas que siguen existiendo. No me sorprendió que empezara así: siento que es coherente con su manera de hacer las cosas. Compartió información, no eslóganes. Un recurso que no busca impresionar, pero que deja claro dónde está parada.

    No fue una puesta para quedar bien o subirse a una ola, porque ella ya estaba ahí desde antes. Habló de salud mental cuando no era tema, de abuso, de maternidad, de espiritualidad, de desigualdad. No desde un lugar decorativo, sino desde su experiencia. No como discurso cerrado, sino como algo que atraviesa lo que hace y eso también se nota.

    Después vino la música, y ella, con su forma de moverse particular. Que no es una pose ni es teatralidad, es algo más físico, más visceral. Leí alguna vez que tiene una neurodivergencia. No sabría explicar bien cuál, pero en esa entrevista contaba que su forma de estar en el escenario era una forma de canalizarlo. No sé si es cierto, pero lo que se ve no es pulido ni prolijo. Y por eso mismo, es real.

    En un momento, desapareció del escenario principal y apareció en uno pequeño, que estaba armado al fondo del recinto. Desde que lo vimos al entrar supimos que algo podía pasar allí, pero no sabíamos muy bien qué. Yo estaba cerca y la vi pasar medio corriendo con sus pelos al viento. Creo que son gestos simples, pero valiosos, digo, eso moverse para que la puedan ver también quienes están más lejos. 

    Lloré varias veces pero no de tristeza. Más bien de acumulación, de memoria, de cosas que aparecen cuando una baja la guardia y rememora otros tiempos. No podía dejar de pensar en cuántas cosas habían pasado desde la primera vez que escuché esa voz, de lo chiquita que era en ese entonces. En todas las versiones mías que hubo en el medio, en cuántas quedaron atrás y en cuántas, quizás, siguen.

    Casi dos meses después sigo pensando en eso, no me cambió la vida, pero me tocó una fibra (quizás porque si haces cálculos, te das cuenta que “tener quince años” pasó hace mucho). No escucho Alanis todos los días, pero me quedó sonando algo y creo que como siempre, escribo esto para no olvidarlo, para dejarlo quieto y grabado en algún lugar, por si algún día me pregunto por qué me emocioné tanto ese martes 24.

  • Miyazaki y la garza: Cuando tus amigos ya no están, crear se vuelve un acto de memoria

    Me equivoqué de función. Pensé que era la de los subtítulos en inglés, pero terminé sentada en una sala casi vacía —éramos nueve— viendo un documental de Miyazaki en japonés con subtítulos en francés y en alemán. No entendí todas las palabras, pero al mismo tiempo lo entendí todo.

    Fui sola. Un poco por error de cálculos y un poco porque hay momentos en los que el silencio propio pesa menos cuando no se comparte. “Hayao Miyazaki y la garza” es una propuesta lenta, inevitablemente lenta, porque el director lo sigue durante seis años. Seis años en los que Miyazaki vuelve a dibujar, a escribir, a enojarse, a pelearse con su cuerpo, con su memoria, con sus fantasmas. Y a crear.

    Eso es lo que se narra: un proceso creativo que pareciera no nacer de una inspiración propia, sino del duelo. Un hombre que ha perdido casi a todos los amigos con los que empezó su camino. Que duda de si será el próximo. Que habla de la muerte como quien habla del clima, pero también como quien la huele cerca.

    Hay una escena de su película «El chico y la garza» donde un personaje le dice al protagonista:

    «Por eso apestas a muerte»

    Esa frase no se la dice al chico. Se la dice a sí mismo.

    A lo largo del documental, vemos cómo la película se va armando con pedazos de su vida real. Cómo la garza estafadora nace de Suzuki, su compañero de trabajo. Cómo el Tío Abuelo representa a Takahata (Pak-San), su gran amigo y rival. Cómo Mahito, el protagonista, es claramente él. Y cómo cada personaje se va torciendo, o tal vez refinando, al ritmo de las ausencias.

    Miyazaki, a quien muchos suponen lejano y fantasioso, resulta ser un hombre profundamente humano, consciente de su vejez, de sus limitaciones, de su fragilidad. Tiene problemas de concentración. Se pierde en la nada cuando cierra los ojos. Literalmente. Lo dice él mismo: “Normalmente saco personajes de la niebla negra que aparece cuando los cierro. Pero esta vez, no veo nada”.

    En un momento, durante una caminata, pasa por un campo donde antes había dos perros y ahora hay solo uno. Lo mira y le dice:

    “Envejeciste. Debés sentirte solo”.

    Es una de las escenas más simples y más brutales.

    Y ahí está él, intentando hacer una nueva película. Cuando alguien le pregunta por qué vuelve a hacerlo, si está tan cansado, responde: “Porque me olvidé cómo me sentía”.

    Esa frase me quedó flotando mucho después de que terminó el documental. Como si la creación fuera el único modo que tiene de recordarse a sí mismo. De no desaparecer del todo.

    Hay algo más que me conmovió especialmente, y fue la relación entre Miyazaki y Pak-San. La manera en que lo recuerda, lo menciona, lo evoca. Su pérdida no es solo la de un amigo entrañable, sino la de alguien que lo impulsaba a ser mejor. Un rival, en el mejor sentido. Alguien cuya sola existencia lo empujaba a ir más allá. Y entendí perfectamente ese sentimiento.

    No voy a decir a quiénes me hizo recordar, pero me resonó muy hondo. He tenido personas así en mi vida: personas en las que me he apoyado al 100%, pero cuya inteligencia, creatividad, o forma de mirar el mundo me sacudía lo suficiente como para querer alcanzarlas, o incluso superarlas. Creo que no desde la envidia, sino desde un deseo genuino de crecer. De convertirme en una mejor versión de mí, impulsada por ese brillo.

    Miyasaki sentencia en un momento “este mundo está lleno de malicia, cuestiono cómo vivir en un mundo que no sonríe» y me parece una frase de una ternura brutal que deja al descubierto no solo su desencanto, sino también su vulnerabilidad y su sensibilidad como artista. Podría decirse que es la confesión de alguien que, a pesar de todo, sigue buscando belleza en un mundo que muchas veces no la devuelve.

    Y en su caso, eso toma una forma muy concreta: crear como respuesta al desencanto. Dibujar, escribir, imaginar —no como evasión, sino como forma de sobrevivir a esa malicia. Como si cada película fuera una forma de preguntarse si aún queda algo por lo que valga la pena quedarse.

    Y aunque el documental se cierra con esa sentencia potente, nada existe sin creatividad, yo creo que hay algo más. Nada existe sin vínculos. Sin esa red invisible de amigos, colegas, rivales, compañeras de ruta.

    Miyazaki ya no tiene a los suyos. Y por eso crear pareciera costarle el triple. Lo dice una y otra vez: si Pak-San estuviera acá, ya me hubiese ayudado a resolver esto. No porque le diera la solución. Sino porque lo hubiese picanteado con una ironía, con un chiste, con una mirada. Y a veces, eso basta.

    Cuando terminó la función, la sala quedó a oscuras. Un poco parecida a esa niebla negra que Miyazaki dice que ve al cerrar los ojos. Esa nada donde antes encontraba historias. Y aunque tal vez ya no vea personajes nuevos, todavía hay quienes seguimos mirando ahí, intentando descifrarlos en su lugar.

    Y me fui con la sensación de que, quien crea, nunca desaparece del todo. Sobrevive en los personajes que dibuja, en las frases que se quedan, en las historias que aún nos envuelven. Porque quizás eso también es crear, negarse a desaparecer del todo.

  • Querida amiga, 

    No sé bien por qué te escribo esto así, como una carta. Tal vez porque no encontré otra forma de decir todo lo que tengo atragantado desde que me contaste lo que te pasó. Lo que te está pasando. Tal vez porque necesito decirlo en voz alta, pero con la distancia justa para no quebrarme (pero no porque quebrarme sea un problema, sino porque quiero que encuentres en mí toda la fuerza y la entereza que hoy estás necesitando). O tal vez porque, aunque esto sea para vos, también es para todas. 

    Ayer se cumplieron diez años desde aquel grito colectivo que rompió el silencio en nuestro país: Ni Una Menos. Y no puedo dejar de pensar en vos, a quien conozco desde hace casi treinta años, como si todo este tiempo hubiese sido una preparación —inconsciente y compartida— para sostenernos en momentos como este.

    Pienso en esa tarde que empezó como tantas otras, hablando de lo cotidiano, hasta que tus palabras abrieron una grieta en el aire. Y entonces, el mundo cambió de forma. No porque no supiera que la violencia de género existe, no porque no haya leído, militado, marchado o llorado antes por otras historias. Pero esta vez fuiste vos. Vos, con tu voz entrecortada, con tus palabras empapadas de angustia, con tu miedo tan real, tan concreto, tan injusto. 

    Desde entonces, no dejo de pensar en lo que significa estar envuelta en una red de violencia. No solo una violencia física o verbal, sino algo más profundo, más estructural. Una red de poder, de silencio, de desamparo. De esas que no se ven desde afuera, pero que ahogan. Una red que no solo duele, sino que te va dejando sin margen. Que aísla, que desorienta, que te deja sola, expuesta y sin salida aparente.

    Y es ahí donde aparece la peor sensación: la soledad. Esa soledad que no se soluciona con estar acompañada físicamente. Esa que te hace sentir que no hay nadie que pueda protegerte, que no hay sistema que te resguarde, que el Estado está más ocupado en juzgarte que en cuidarte. Esa soledad que no es nueva, que nos viene acompañando desde hace generaciones. Pero que no por vieja duele menos.

    A veces, la verdad, me siento impotente. Porque te escucho y quiero hacer algo, lo que sea, y sin embargo todo me parece insuficiente. Porque no alcanza con estar. No alcanza con abrazarte, ni con nombrar lo que te pasó, ni con compartir la bronca. Porque hay un monstruo más grande que vos, que yo, que nosotras. Un monstruo con cara de institución, de violencia encubierta, de impunidad.

    Y no es que duela más porque te pasó a vos, pero sí me arrancó una capa más de piel. Me obliga a mirar más de cerca. Me deja sin excusas para seguir creyendo que estamos avanzando sin retrocesos. Me hizo pensar que a veces damos un paso y el tablero completo retrocede cinco. Como si estuviéramos atrapadas en un juego de la Oca con reglas cambiantes y dados cargados en contra. 

    Pienso en todo lo que todavía falta. En todas las mujeres que siguen atrapadas. En las que ya no están. En las que nadie ve. En las que no denuncian porque saben que denunciar no garantiza nada. En las que lo hacen igual, con un coraje que no se festeja porque sigue siendo solitario. Pienso en que salir no es una línea recta. Que hay recaídas. Que hay días de silencio, de miedo, de parálisis. Que hay un tiempo para sobrevivir y otro —largo, durísimo— para reconstruirse. 

    Y pienso también en lo que cambió. Porque sí, algo cambió. Gritamos juntas. Nos encontramos. Ya no estamos tan solas. El Ni Una Menos no inventó la lucha, pero la hizo visible. Nos hizo reconocernos en otras. Nos dio palabras. Nos dio espacio para decir lo indecible. Pero la realidad es que muchas veces esa esperanza no alcanza para frenar el dolor que se mete hasta los huesos. 

    Amiga, me cuesta encontrar un final para esta carta. Porque todo lo que quiero decir no entra en un solo texto. Porque el dolor no cierra con palabras. Porque vos todavía estás en medio del proceso. Porque el sistema te sigue fallando. Pero sí quiero recordarte algo que te dije desde el minuto uno: no estás sola. No te voy a soltar. Y sé que no soy la única. Estamos muchas. A veces agotadas, sí. A veces desesperanzadas. Pero estamos. Y eso también es resistencia. 

    Hoy, a diez años de ese primer grito, sigo creyendo en el poder de la palabra. En la necesidad de escribirnos, de contarnos, de abrazarnos con las palabras si hace falta, al menos hasta que la justicia llegue. Porque mientras sigamos pudiendo nombrar el dolor, también vamos a poder imaginar otra cosa. 

    Y porque sigo esperando ese día en el que realmente podamos decir que el Ni una menos no es solo un grito. Es un hecho. Ese día, que merecemos hace siglos. Ese día, que no vamos a dejar de buscar. 

    Con todo lo que tengo, 

    con todo lo que soy, 

    acá estoy, para vos. 

    Luz