Cuando mi mamá y mi hermana confirmaron que venían a Luxemburgo, algo empezó a moverse adentro mío. No era ansiedad ni tampoco esa nostalgia anticipada que a veces aparece cuando se vienen emociones grandes. Era más bien una especie de expansión tranquila, como si una parte de mi vida que siempre existió lejos de ellas empezara, de a poco, a ponerse en camino hacia mí.
A veces me preguntaba cómo iba a ser tenerlas acá, verlas caminar por las calles que camino todos los días, entrar a mi casa, convivir con mis rutinas, mis horarios, mis silencios. Había algo de vértigo, pero también una sensación de que estaba por pasar algo que venía esperando más de lo que podía darme cuenta.
La llegada a París no fue la escena “de película” que había imaginado, esa de filmarlas salir por la puerta con caras de felicidad. Fueron casi tres horas de espera, reclamos, cansancio, una valija perdida y la frustración de mi mamá de no poder defenderse en su idioma. Cuando finalmente salieron, la filmación se había vuelto irrelevante, pero aun así sacamos una foto. Y en esa foto, la cara de Latte decía todo lo que nosotros no estábamos diciendo: una alegría desaforada, pura, casi exagerada. Como si él hubiera entendido mejor que nosotros lo que significaba ese momento.
La valija perdida marcó los primeros días. Para otros podría ser un detalle, pero mi mamá había elegido cada cosa con una dedicación que conozco de memoria. No era lo material, era la preparación. El tiempo. Las expectativas puestas en estrenar algo acá. Lo que alguien le había regalado. Lo que hacía a su comodidad. Así que, entre caminatas, compras improvisadas y pequeños enojos que aparecían de golpe, fuimos armando algo parecido a una normalidad.
En casa, les dimos nuestra habitación y nosotros dormimos en la cocina, lo cual terminó siendo más tierno que incómodo. Las mañanas tomaron una forma hermosa: mates y café, miel para mi mamá, mermelada de durazno y manteca para mi hermana, comentarios sueltos sobre lo que íbamos a hacer ese día o sobre nada en particular. Yo sabía, incluso mientras estaba sucediendo, que iba a extrañar esos desayunos en cuanto se fueran. Porque en Argentina el tiempo se comprime, se rompe, se reparte con el objetivo de ver a muchos. Acá no. Acá se estiró de una manera que no había vivido con ellas.
El reencuentro de Ayelén con Latte fue una escena aparte. Ella lo conoció y cuidó cuando era casi un bulto tibio y peludo que había que alimentar cada pocas horas. Verla volver a tenerlo entre los brazos me tocó una capa en la que creo que conviven la ternura de quien hizo lo posible para que sobreviviera en el pasado y la sorpresa de verlo crecer conmigo. Sin que lo supieran, un día los grabé desde el balcón mientras ella lo bajaba a la calle. Los dos corriendo como si fueran chicos, como si la distancia no hubiera pasado nunca.
Con Estrasburgo empezó lo más visible del viaje, pero lo más trascendental para mí de ese día no fue la catedral gigante ni los canales, sino ese momento en el que mi mamá, al salir, se emocionó y me dijo que todavía no podía creer que estuviera ahí. Que no le parecía real. Fue un golpe suave, una confirmación de que una aventura como ésta la estaba atravesando. Esa mezcla de incredulidad y emoción que solo le vi en momentos muy puntuales de mi vida.
Durante las tres semanas aparecieron escenas que no sé si algún día se borrarán: el cumpleaños de Ayelén y una pastafrola que terminó siendo más dura que cualquier invierno luxemburgués; mi mamá mirando una película con Alejandro como si nada más existiera; nosotras tres perdidas en una tienda navideña repleta de cascanueces, bolas de nieve y adornos delirantes, mientras Ayelén literalmente se hacía pis; mi mamá posando feliz, casi orgullosa, al lado de un cono gigante de papas fritas en Bruselas; las comidas en bodegones alemanes, los schnitzel enormes, las cervezas compartidas; la tarde mojada en Vianden; la noche de empanadas árabes donde mi mamá por fin pudo conocer a Cami y a Sebas (uniendo así esos dos mundos que forman parte de mi vida); y ese fotomatón parisino diminuto donde entramos como pudimos y salimos en la foto como si fuéramos personajes recortados de una revista vieja.
Hubo también momentos de conversación real, de esos que solo aparecen en algunos viajes a Córdoba cuando el tiempo alcanza para profundizar. Con mi mamá pude hablar de lo que le pasaba hoy por hoy y de lo que sentía que se movía internamente con este viaje; con Ayelén, en cambio, aparecieron sus preocupaciones, sus deseos futuros y también esas cosas que no siempre le escucho decir sobre lo que piensa de mí. Recibí su cariño en formas tiernamente torpes pero honestas, y tuve la sensación de que no estábamos compartiendo solo un viaje, sino partes nuestras que, por distintas razones, no siempre tienen dónde quedar.
Y, como si el viaje necesitara un cierre simbólico, la valija apareció una semana antes de que se fueran. Mi mamá parecía recién llegada a Europa y yo le saqué una foto que es casi una metáfora perfecta: recuperar algo que pareció perdido y, en ese gesto, recuperar también una tranquilidad que le había faltado todos esos días.
La despedida fue lo que tenía que ser: lágrimas, agradecimientos y una mezcla de orgullo y ternura imposible de traducir. Les pusimos localizadores a las valijas para que pudieran seguirlas desde el teléfono, como una manera simple de evitar nuevos sustos, o al menos de no quedarse otra vez sin información. Fue un gesto práctico, pero también una forma de cuidarlas un poco más en ese tramo final.
Cuando la puerta se cerró, la casa quedó distinta. No vacía, sino cambiada. Con restos de miel en la alacena, la mermelada de durazno abierta, el olor de los desayunos compartidos, las risas todavía suspendidas en algún rincón. Y esa sensación de haber vivido algo que solo se entiende cuando la familia logra encontrarse lejos del lugar de origen.
Vivir lejos tiene eso: una mezcla rara entre ausencia y presente extendido. Una aprende a querer en diferido, a saludar cumpleaños por WhatsApp, a perder rituales sin querer, a sostener vínculos como puede. Pero también, cuando la distancia se interrumpe y las personas que amás pisan tu casa, tu barrio y tu vida cotidiana, todo se siente como un regalo que no sabías cuánto necesitabas. Tres semanas alcanzaron para recordarme de dónde vengo, quién soy hoy y cómo, aun con el corazón repartido entre dos continentes, hay momentos que se pueden vivir completos. Y este fue uno de ellos.












