¿Qué estamos dispuestos a hacer por amor? Es una pregunta que cruza a muchas personas, en distintos momentos, de formas inesperadas. A mí me atravesó hace poco más de un año y medio, cuando se presentó una decisión difícil: por un lado, la posibilidad de compartir la vida con alguien a quien quería profundamente; por otro, todo lo que me vinculaba con mi entorno más cercano: amistades, familia, ciudad, idioma, rutina.
Alejandro —mi compañero— vivía en San Pablo. Yo en Córdoba. Durante más de tres años sostuvimos la distancia como pudimos, con todos los malabares que quienes transitan relaciones así conocen de sobra. Pero inevitablemente, llegan los momentos de quiebre. Y así, decidí mudarme. Me fui sabiendo todo lo que dejaba atrás, y sin saber aún todo lo que me esperaba por delante.
Llegar a un nuevo país no es solo cambiar de lugar; es reinventar la forma en la que una se relaciona con el mundo. Los vínculos, el idioma, las costumbres, los ritmos. Y en ese contexto, también el propio deseo se transforma. En medio de ese proceso, con todas las preguntas que una se hace cuando todo parece estar patas para arriba, surgió la idea de viajar. Después de tres años sin compartir vacaciones, decidimos emprender un viaje juntos a uno de los destinos muy esperados por mí al menos: París.
Fue mi primera vez en Europa. Una ciudad que me ha fascinado desde siempre, con todo ese halo literario, estético, cultural. Armé el itinerario con total libertad y devoción, como quien construye una ruta simbólica por un lugar que no se termina nunca de descubrir.
Sé que hablar de viajes puede sonar frívolo. Acceder a esa posibilidad no es universal, ni mucho menos. Pero también sé que no se trata solo de un destino o de una postal. A veces, moverse de lugar tiene que ver con reordenar las piezas internas. Y en mi caso, viajar fue una manera de volver a encontrarme.
Planifiqué todo con intensidad: anoté los horarios, los días de cierre de museos, las conexiones entre barrios. Compramos el Paris Museum Pass para evitar filas y optimizar los tiempos. Descubrí rutas, caminé hasta el cansancio, y confirmé algo que ya intuía: París es infinita, aunque uno solo tenga siete días.

El itinerario quedó así:
- Viernes: Panthéon. Jardines de Luxemburgo. Quartier Latin.
- Sábado: Musée d’Orsay. Château de Vincennes. La Défense (Grande Arche de la Fraternité). Fondation Louis Vuitton.
- Domingo: Palacio Garnier. Hôtel de Ville. Torre Eiffel. Boulevard Saint-Michel.
- Lunes: Musée du Louvre. Jardín de las Tullerías. Place de la Concorde. Obelisco de Luxor. Champs-Élysées. Arco del Triunfo.
- Martes: Villa Savoye (Poissy). Shakespeare and Company. Catedral de Notre-Dame. Basílica del Sagrado Corazón. Montmartre.
- Miércoles: Château de Versailles. Place de la Bastille.
- Jueves: Centre Pompidou. Torre Montparnasse. Saint-Germain-des-Prés. Caminata por la orilla del Sena.
Nada es imposible. Aunque el cuerpo reclame descanso, aunque haya que sortear cambios de clima o pies doloridos. Viajar también es una forma de insistir. De escuchar(se). Y de reconocerse de nuevo, incluso a miles de kilómetros de todo lo conocido.

Deja un comentario