Cuando un artista te apasiona —no solo por su obra, sino por su historia—, cualquier espacio dedicado a él alrededor del mundo se vuelve parte esencial del viaje. Y creo fervientemente que ni el propio Van Gogh imaginó que algún día sería el protagonista de un museo en Holanda.
En mi itinerario, apenas tres días estuvieron destinados a conocer Ámsterdam. Confieso que fue un error de cálculo que espero corregir algún día (de preferencia, no muy lejano). En su momento no se me ocurrió que podía llover sin pausa durante 24 horas, así que, en lugar de desanimarme, compré un paraguas (sí, con la leyenda “Amsterdam” impresa) y traté de entregarme a las excentricidades del lugar.
El tiempo era escaso, así que los sitios a visitar estaban bien definidos. Primera parada: Van Gogh Museum.
Hay cuestiones que no terminan de agradar, como enterarte de que ese fue el ingreso más caro que pagaste hasta ese momento por un museo: 17 euros. Sumale a eso una espera de, al menos, dos horas. Claro, luego descubrís que se trata de una de las cinco atracciones más visitadas de la ciudad y todo cobra sentido.
A diferencia de París, esta vez no compré la famosa I Amsterdam City Card. Quizás fue un error, la fila “especial” avanzaba bastante más rápido que la “general”.
La vida de Vincent, cuadro a cuadro
El museo tiene tres plantas. Lo primero y lo último que vas a ver durante el recorrido es una tienda de recuerdos donde cada objeto lleva alguna pintura o retrato del artista.
Más allá del costado comercial, hay algunos detalles a tener en cuenta:
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No está permitido sacar fotos ni grabar videos dentro del museo.
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Las mochilas y paraguas deben dejarse obligatoriamente en el guardarropa.
La primera planta es especialmente interesante porque recorre la vida de Van Gogh de forma cronológica y dividida por etapas geográficas: Holanda, París, Arles, Saint-Rémy y Auvers-sur-Oise.
Es cierto que muchas personas no se sienten cautivadas por sus primeras obras, pero al avanzar en el recorrido es un placer ver cómo ese aprendiz autodidacta se convirtió en un verdadero maestro.
Para quienes amamos el impresionismo, esta visita es inexcusable. Eso sí, no todas las obras “icónicas” de Van Gogh están aquí, pero sí hay algunas destacadas:
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El dormitorio (1888)
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La casa amarilla (1888)
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Autorretrato como pintor (1887-1888)
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Los girasoles (1889)
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Los comedores de patatas (1885)
Algunos datos de color
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Dentro del museo hay un sector llamado “Panorámica”, desde donde sí está permitido tomar fotografías, ya que no apunta a ninguna obra en particular.
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En una de las paredes hay una imagen ampliada de Van Gogh con una leyenda que autoriza sacarse fotos junto a ella.
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Se expone parte de la colección de grabados japoneses que el propio Vincent coleccionaba.
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En la librería interna encontré, por fin, un ejemplar en español de Cartas a Theo, por solo 10 euros. Llevaba años buscándolo sin suerte en Argentina.
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Y sí… también me entregaron un dibujo para colorear de Donald Duck, parodiando uno de los retratos más conocidos del pintor. Está colgado en una de las paredes del museo, con toda la dignidad posible.

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