Escalones, espejos y 1500 lámparas: crónica de una visita a Garnier

El segundo día en París comenzó igual que el anterior: contemplando la vista matinal y haciendo una breve parada en una cafetería. El plan era visitar la Ópera de Garnier. Ya en la puerta, con ganas de conocer más sobre el lugar, decidimos alquilar la audioguía disponible en español (y en otras nueve lenguas).

Para describir Garnier, tal vez la única palabra justa sea: despampanante. Muchos conocen solo su fachada, pero tomarse dos o tres horas para explorar su interior es una experiencia completamente distinta.

Uno de los primeros datos que desconocía era que, antes de esta construcción, en el mismo sitio funcionaba la Ópera Montansier. Su demolición fue ordenada tras el asesinato del Duque de Berry a la salida de una función. Tras años de incertidumbre, se convocó a un concurso público para levantar un nuevo edificio. Entre más de 170 proyectos, y sin ser el favorito de la aristocracia, fue elegido el de Charles Garnier.

Lo curioso es que Garnier no fue invitado formalmente a la inauguración de la Ópera que él mismo diseñó. Tuvo que pagar su propio palco para asistir.

En esa época, a veces ni siquiera importaba el espectáculo en sí. Se vendían todas las localidades sin que el público supiera qué iba a ver. El edificio era, por sí mismo, el show.

Hoy París cuenta con dos grandes óperas: Garnier y la Bastilla. Cuando se construyó esta última, se temió por el futuro de Garnier, pero finalmente se llegó a un acuerdo: en la Bastilla se presentarían los espectáculos de gran producción, mientras que en Garnier se reservarían los más intimistas, especialmente ballets y obras líricas.

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Mientras recorríamos sus pasillos, uno no podía evitar dejarse llevar por la imaginación. Es inevitable pensar en aquellas representaciones teatrales fastuosas, en los vestuarios ostentosos, en la presencia de figuras históricas como Napoleón y, por supuesto, en el Fantasma de la Ópera.

La audioguía reveló un detalle encantador: gran parte de los dorados de la Ópera están hechos con la técnica «dorado con efecto», que consiste en aplicar oro solo en las superficies donde la luz se refleja; el resto se pinta del mismo color.

Es imposible no mirar hacia arriba. El techo de la gran escalera está decorado con cuatro composiciones alegóricas:

  • Norte: El triunfo de Apolo.
  • Este: Minerva combatiendo la fuerza bruta.
  • Sur: El encanto de la música.
  • Oeste: París recibiendo el plano de la nueva Ópera.

En uno de los pasillos, escuchamos a una guía contar una anécdota deliciosa: cuando la esposa de Napoleón III visitó el lugar por primera vez, preguntó con desdén: “¿Qué estilo es este? Aquí no hay estilo”. A lo que Garnier respondió: “Señora, esto es estilo Napoleón III”.

Las liras, símbolo de Apolo, dios de la música y de la luz, están por todas partes. Y hablando de luz, la Ópera tiene 1500 lámparas.

Una de las mejores salas del mundo

Llegamos finalmente a la sala de espectáculos, a la que casi no accedemos por un ensayo. A simple vista nadie imaginaría que está construida íntegramente en hierro, ya que todo está cubierto por terciopelo y oro. El corazón de la sala es una araña de bronce y cristal con 340 luces y siete toneladas de peso.

Con Alejandro no parábamos de sacar fotos. Por momentos, perdía el hilo de la audioguía. Uno de los datos que alcancé a escuchar fue que el color rojo dominante se eligió porque reflejaba un tono rosado que realzaba el brillo y la juventud de los rostros femeninos.

Justo cuando pensábamos que ya nada podía sorprendernos, giramos 180 grados y apareció el Gran Foyer. Mientras los visitantes sacaban millones de fotos, yo preferí quedarme quieta, observando. Alejandro salió al balcón, desde donde se escuchaba un concierto callejero.

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El salón, largo y deslumbrante, está adornado con dos espejos enormes de 2,50 x 6,25 metros. Imposible no mirarse. Las pinturas del techo fueron obra de Paul Baudry, quien tardó nueve años en completar los 33 lienzos que cubren 500 metros cuadrados.

Con el alma colmada de arte y música, nos fuimos no sin antes pasar por la tienda de souvenirs. Me llevé un DVD de María Callas y un sencillo lápiz. Una despedida perfecta para una experiencia inolvidable.

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