Champs-Élysées: Entre Dior y la Revolución

“Je m’baladais sur l’avenue, le cœur ouvert à l’inconnu… J’avais envie de dire bonjour à n’importe qui…”
Ese es el comienzo de una canción que supo acompañarme muy bien durante mi paseo por una de las avenidas más famosas del mundo: los Campos Elíseos. Aux Champs-Élysées!

Después de una extensa visita al Museo del Louvre, el día aún no había terminado. Nuestra próxima parada era el Arco del Triunfo, y nos separaban poco más de tres kilómetros y medio. Iniciamos la marcha con calma, decididas a disfrutar cada rincón.

Del Louvre a la Plaza de la Concordia

La Champs-Élysées tiene más de dos kilómetros de largo, y uno de sus primeros puntos de interés es el Jardín de las Tullerías. Paso a paso, nos fuimos adentrando en su belleza serena. A diario, decenas de personas descansan al sol, leen, toman vino entre amigos o se entregan a un rato de contemplación. Estatuas, espejos de agua y fuentes se intercalan con elegancia.

Al llegar a la Plaza de la Concordia, el Obelisco de Luxor, con sus 23 metros de altura, se lleva todas las miradas. Donado por Egipto en 1829, está completamente cubierto por jeroglíficos de la época de Ramsés III.

Pero este lugar también tiene un lado oscuro: fue aquí donde la guillotina ejecutó a figuras clave durante la Revolución Francesa, entre ellos Luis XVI y María Antonieta.

obelisco-de-luxor

Marcas, historia y el Arco del Triunfo

Dejando atrás el obelisco, empezamos a notar que la avenida se transforma: fachadas antiguas conviven con un despliegue de vidrieras de lujo (Chanel, Dior, Louis Vuitton, Cartier, Hugo Boss). Aunque algunos podrían considerar esta parte de la Champs-Élysées excesivamente turística, lo cierto es que ha sido testigo de momentos históricos clave, como el desfile de liberación de Francia en 1944.

Ya cerca del Arco del Triunfo, aparece un detalle que muchos desconocen: no se puede cruzar la calle directamente. Para llegar al monumento hay que bajar por un pasaje subterráneo que conecta con la boletería y evita atravesar el tráfico denso.

vista-arco-triunfo

Subir, sufrir… y maravillarse

Lo que tampoco sabíamos era que nos esperaban casi 300 escalones hasta la cima. Luego de seis horas dentro del Louvre y más de una caminata intensa, la noticia no cayó con gracia… pero allá fuimos.

La subida es estrecha, empinada y no hay mucho lugar para descansar. Pero la recompensa lo vale: París desde las alturas. Desde lo alto del Arco, se pueden ver la Torre Eiffel, el Arco de la Defensa, la Torre Montparnasse y la Basílica del Sagrado Corazón, todos perfectamente alineados con las avenidas radiales.
Nos quedamos un buen rato ahí arriba, descansando, contemplando, tomando fotos…

Final de jornada

Desde lo alto del Arco del Triunfo, París se revela con todos sus contrastes: una ciudad que supo ser escenario de revoluciones y de resistencias, pero que hoy se rinde —al menos en los Campos Elíseos— al imperio de las marcas. Caminamos por una avenida donde las vidrieras relucen como templos del deseo y, sin embargo, bajo esas mismas baldosas, retumban historias de sangre, coraje y cambio. Tal vez el hechizo de París esté en eso: en convivir con elegancia su pasado feroz y su presente ostentoso, como si la memoria y el marketing no se contradijeran, sino que caminaran de la mano, al son de una canción vieja que todos, de alguna manera, seguimos tarareando.

Posted in

Deja un comentario