“Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”…
Y así mis sensaciones se van mezclando con las palabras contenidas en uno de los capítulos (21) del libro más hermoso de Cortázar.
Cuando le di inicio a mis relatos sobre París, creo que se me escapó algún que otro detalle. Según el cronograma de viaje, nuestro domingo no sería un domingo cualquiera. Como buena previsora que soy, destiné el día no solo a conocer, sino también a esperar la puesta del sol en la Torre Eiffel. Y así, coronar el día en que se cumplen mis tres décadas de vida.
Reconozco que tenía cierta expectativa ante la cita con uno de los íconos parisinos por excelencia. Al mismo tiempo, un leve temor me asaltaba: días atrás habíamos escuchado en los medios locales que la Torre había permanecido cerrada al público debido a protestas de sus empleados, quienes exigían mayores medidas de seguridad. Por el momento, solo se habilitaba el ingreso hasta el segundo nivel. Mi suerte estaba echada al azar.
De camino al destino compramos agua para hidratarnos. El sol había decidido salir con más fuerza que los días anteriores. Cámara en mano, como casi todo el viaje, retraté cada detalle pintoresco de París: balcones, arreglos florales, fachadas de bares y casas, toldos coloridos y ventanas especiales. En mi vorágine fotográfica perdí un poco el sentido del tiempo y del espacio, y sin darme cuenta ya me encontraba a pocos metros de uno de los símbolos más visitados del mundo.

Ya en la base, una increíble mole de acero de más de 300 metros de altura se alzaba sobre nuestras cabezas. Personalmente creo que la imagen de la Torre, tal como la tenemos en la mente, comienza a volverse difusa al verla de cerca. Al mirar hacia arriba solo vemos hierros entrecruzados, que cautivan y generan curiosidad en sus admiradores.
Reconozco que puede ser un poco perturbador el aluvión de personas que intentan acceder a la Torre, pero después de cuatro horas de fila conseguimos llegar a la boletería. Momento crucial: al comprar los ingresos le pregunté a la vendedora en qué situación se encontraba el ascenso. Para mi sorpresa, pocas horas antes habían autorizado el acceso a la cima. Mi sonrisa fue difícil de esconder.
Cada uno de los niveles ofrece una vista distinta de París y desde lo alto, el espectáculo se traslada a la ciudad en sí. En su último nivel, la respiración se entrecorta un poco… pero tranquila, solo es de emoción. Las postales son infinitas: es posible ver el Arco del Triunfo, el Louvre, la torre de Montparnasse, la Catedral de Notre Dame o la Basílica del Sagrado Corazón, íconos que hacen a la esencia de la ciudad. El Sena parece nunca terminar, y las innumerables perspectivas pueden entretenerte más tiempo del imaginable. En el interior existe un gráfico que enumera uno a uno los monumentos más altos y característicos del mundo, claro que con el objetivo de situar a la Torre como una de las más imponentes.

El sol se despedía de un domingo maravilloso mientras disfrutábamos de un café en uno de los bares internos. Para cerrar un día lleno de matices, se encendieron las más de 20 mil luces que iluminan por completo a la Torre Eiffel.
Decidimos que la vuelta al departamento sería caminando y me acompañaría un algodón de azúcar, como para seguir sumando regalos a mi cumpleaños número treinta. A medida que nos alejábamos se volvió imposible no tomar algunas fotografías más: la dama de hierro y la luna fundida en un cielo limpio pedían a gritos ser capturadas.
Finalmente, vimos caer la noche mientras recorríamos el Boulevard Saint-Michel.


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