Siempre hay alguien que, en tono burlón (o no tanto), afirma que ciertos países van a dominar el mundo. Y debo reconocer que, por un momento, durante mi visita al Museo del Louvre, sentí que ese extraño presagio podía confirmarse, al ver cómo algunas salas se convertían en verdaderos escenarios de turismo masivo.
Probablemente el Louvre sea uno de los museos más famosos del mundo. Quedamos pasmados por la gran superficie que abarca, y el esplendor que transmite no es algo que pueda pasarse por alto.
El primer paso fue conseguir un mapa. Después de examinarlo, decidimos que sería útil alguna otra guía para no perdernos o dar vueltas en círculos. Dentro de las opciones disponibles, elegimos alquilar una audioguía gratuita, instalada en un dispositivo similar a un GPS. La guía propone diferentes rutas. Nosotros, visitantes primerizos, optamos por el recorrido que pasa por los principales íconos del arte. Así nos asegurábamos ver lo que todo el mundo (y todos los amigos que ya estuvieron allí) recomienda.
La ruta nos llevó a La Victoria de Samotracia, la Gioconda de Da Vinci, la Venus de Milo, el Esclavo moribundo de Miguel Ángel, los Caballos de Marly de Coustou, los Aposentos de Napoleón III, el Escriba Sentado, La encajera de Vermeer, entre otras tantas piezas de renombre.
El momento más caótico —y fotográficamente disputado— se dio frente a la Gioconda. La multitud apretujada, palos de selfie en alto, celulares titilando y mochilas chocándose eran parte del paisaje. Conseguir una buena vista se volvió una pequeña hazaña. Alejandro, que es más alto que yo, se abrió paso entre el gentío y conseguimos nuestra foto para luego escapar hacia uno de los balcones del museo. Entre el humo del cigarrillo y el aire fresco, nos reacomodamos el ánimo.
Habiendo completado la primera ruta, nos dirigimos a una cafetería interna para disfrutar de un merecido café y debatir nuestros próximos pasos. La guía ofrecía otras tres o cuatro rutas, pero fuimos lo suficientemente honestos como para saber que el ritmo propuesto no sería exactamente el nuestro.
Así que decidimos continuar por cuenta propia, aunque con cierta colaboración. Cada vez que ingresábamos a una sala, el GPS nos indicaba las obras «más relevantes» y ofrecía una breve contextualización histórica.

Uno de los sectores que más me impresionó fue el de los aposentos de Napoleón III. Qué increíble despliegue. Colores vibrantes, texturas, molduras talladas con una delicadeza envidiable… todo a nuestro alrededor era lujo e historia en su máxima expresión. Cerca de allí, una guía de un grupo en español relataba algunos «chismes» de época sobre María Antonieta. La tertulia parecía más bien una sobremesa, digna de un té de las cinco.
Seguimos nuestro camino, ya algo cansados. Todo lo que nos habían dicho sobre la magnitud del Louvre era cierto: es gigantesco y parece no terminar nunca. Sala tras sala, se despliegan fragmentos de la historia de muchas civilizaciones.
Y no puedo negar que más de una vez me pregunté por qué tantas piezas que pertenecen a la esencia de otras culturas están aquí, y no en sus respectivos lugares de origen. Es una reflexión que merece más voces, más matices y, probablemente, más coraje institucional.
Una vez fuera del Louvre, nos sumamos a la clásica tradición: sacarnos una foto «tomando» con los dedos la punta de la pirámide. Parece que para facilitar la tarea, han colocado algunos cubos de cemento donde subirse. A veces una intenta esquivar los lugares comunes de un viaje, pero incluso cuando se resiste… termina cayendo. Y quizás, está bien así.

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