El Cerro de los Siete Colores: La leyenda que tiñó la montaña

En el corazón de un pueblo mágico llamado Purmamarca, una montaña se alza con la elegancia de una flor recién abierta. El Cerro de los Siete Colores, con sus tonalidades cálidas y onduladas, podría formar parte de la paleta de un pintor rococó: matices suaves, caprichosos, que parecen haber sido puestos allí a mano, uno por uno.

Se suele decir que lo que importa no es el destino, sino el camino que se recorre para llegar. Pero en este caso, basta con contemplar para que esa frase pierda peso. Purmamarca tiene una de las cartas de presentación más hermosas de toda la Argentina.

Las explicaciones científicas sobre la formación de este paisaje existen y son tan fascinantes como complejas, pero los relatos que circulan entre los pobladores son infinitamente más poéticos.

Cuenta la leyenda que, mucho tiempo atrás —cuando aún no existía el pueblo al pie del cerro—, este no tenía los colores que hoy lo distinguen. Cuando llegaron las primeras familias, un grupo de niños decidió que pintaría el cerro. Durante siete noches seguidas se ausentaron de sus camas y, con cada nuevo amanecer, los adultos quedaban asombrados: el cerro amanecía teñido de un nuevo color. En la séptima noche, los mayores decidieron despertarse antes del alba para entender qué estaba ocurriendo. Al buscar a los niños, los encontraron descendiendo alegres por la colina, orgullosos por lo logrado y por la experiencia vivida. Desde entonces, el cerro se muestra así, vestido de fiesta, como quien sabe que ha sido tocado por algo sagrado.

La Pachamama guarda más poesía de la que podemos imaginar. ¿Quién diría que tanta aridez podría ofrecer tanta belleza? Viajé en verano, y al pasar las horas el sol jugaba a esconderse entre los cerros, tiñendo de dorado los tejados de las casitas que duermen a los pies de la montaña.

Una tarde, mientras caminaba, una señora que vendía tutucas me regaló un papel diminuto, escrito a mano. Era un fragmento del cancionero popular jujeño que decía:

“Algún día me han de ver, gozando la mejor flor, brillante como la luna, claro como alumbra el sol.”

No sé si existe un significado más profundo en esas líneas, una verdad local que se me escapa. Pero algo en mí se quedó con esa imagen: el Cerro de los Siete Colores viste su mejor flor, todos los días.

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