Libros que llegan en el momento justo

Pasé dos meses en Argentina. Estuve en Córdoba, en Buenos Aires. Se podría decir que fui turista en mi propio país.

La semana pasada volví a mi hogar brasilero, aunque no lo hice sola. Entre los objetos que me acompañaron de regreso, hubo uno en particular que llegó con insistencia. Me lo recomendó una gran amiga y, como suele pasar con esos libros que se nos imponen sin presión, terminé haciéndole caso.

El autor es Stephen Nachmanovitch y la obra se llama Free Play: la improvisación en el arte y en la vida.
Como después de todo viaje, necesité unos días para acomodarme. Recién el lunes logré posar los ojos sobre sus páginas. Cada párrafo pide una pausa. No porque sea complejo, sino porque es revelador. Es de esos libros que te invitan a parar, a pensar, a subrayar. Y me di cuenta de que esta lectura va a llevarme un poco más de lo habitual. Cuestión que, por cierto, no me incomoda para nada.

En uno de los primeros capítulos, habla sobre la inspiración y el fluir del tiempo. Invita a hacer sin preocuparse tanto por el tiempo. A dejarse llevar. A improvisar.

Comparto un fragmento que me quedó rebotando adentro:

“Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno.Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”

No sé si me trajo alivio o ganas de seguir viajando. Tal vez un poco de las dos cosas.

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