Hace unos años armé este blog como espacio para dejar huellas de lo que vivía al moverme por el mundo. Pero el 2018 pasó entero sin que escribiera una sola palabra. No porque no hubiera nada para contar. Justamente por todo lo contrario.
Fue un año raro.
No raro mal. Raro intenso.
Raro de esos que te sacuden, te desarman y después te piden que sigas.
Un año de aprendizajes.
De esos que no siempre se eligen, pero llegan igual.
Hubo momentos en los que me sentí desbordada. En los que el cuerpo me volvió a hablar en voz alta. En los que tuve que aprender a extrañar sin que duela tanto.
Y también hubo risas, abrazos, desafíos, viajes, rituales, conquistas.
Un poco de todo, como la vida misma.
En algún momento le dije a alguien:
“Siento que me apagué un poco”.
Y me causó gracia, porque mi nombre es Luz.
Pero bueno, todos tenemos un colmo.

En diciembre de 2017, Alejandro me propuso hacer un viaje con una de mis hermanas.
Terminamos viajando las tres.
Una especie de odisea familiar por tierras españolas: Madrid, Valladolid, Bilbao, Barcelona.
La excusa (o el origen) fue una investigación que venía haciendo sobre nuestra historia familiar, buscando las raíces españolas que quizás me permitieran acceder a la ciudadanía.
Encontré más de lo que esperaba:
Direcciones, fotos antiguas, iglesias donde se casaron mis bisabuelos, la calle donde había una librería en la que mi tatarabuelo compró un cuaderno que, sin saberlo, sería el comienzo de toda esta búsqueda.
(De eso escribí más en otro post. Spoiler: el cuaderno era casi una vida entera).
Después del viaje, una de mis hermanas volvió a Argentina.
Con la que quedaba, partimos una semana a Doha.
Ciudad que —sin saberlo del todo— se convertiría en mi nuevo hogar.
O en algo parecido.
Volví a Córdoba por unos meses.
Estuve con mis viejos, volví a ver amigxs, marché por causas que me atraviesan, trabajé en un espacio hermoso llamado Espacio Abasto, y me saqué una deuda personal que me venía pesando: me gradué.
Sí, la nena mayor de mi mamá se recibió.
Aunque, sinceramente, todavía no sé muy bien qué hacer con ese papel lleno de sellos.

En julio empezaron los preparativos de una nueva mudanza.
Y con eso, el estrés de llevar a Juana, mi compañera de cuatro patas.
Papeles, vacunas, escalas, calor, trámites, más trámites.
El viaje entero duró casi quince días.
Pasamos por Buenos Aires, por San Pablo (donde fuimos recibidas con un amor gigante por Jean y Fabio), y finalmente, un vuelo de 17 horas a Doha.
Yo solo quería una cosa:
Que Juana llegara viva.
Y entera.
Porque por su tamaño, debe viajar sola en bodega.
Cuando por fin la vi salir, respirando y agitada, sentí que el corazón volvía a su lugar.
Doha nos recibió con 45 grados y una humedad del 85%.
Venía de Buenos Aires, con 10 grados y olor a invierno.
Todo era distinto: la comida, el idioma, los gestos, las vestimentas, las reglas.
Después de dos meses, surgió la idea de hacer un curso intensivo de inglés en Oxford.
El inglés siempre fue un hueso duro para mí.
Y en Doha, o hablás inglés o hablás árabe.
Y el árabe… es otra galaxia.
Así que me lancé a otra aventura.
Doha → Estambul → Londres → Oxford.
Un mes entero en un país que hablaba justo ese idioma que siempre me dio vergüenza.
Conviviendo con una familia británica.
Asistiendo a seis horas de clase diaria.
Viajando sola para visitar ciudades como Liverpool y Londres.
Y aunque al principio dudé de todo, terminé encontrando gente hermosa que hizo de esos días algo extraordinario.

Al volver a Doha, no había ni deshecho la valija que ya estaba viajando otra vez.
Esta vez, a Córdoba.
Me esperaba el acto de colación, el título físico, la foto oficial.
Lo que mis viejos, creo, esperaban desde siempre.
Aunque esa vez, debo admitirlo: no tenía ganas de subirme a un avión.
Ni siquiera si el destino era “volver a casa”.
Me quedé mes y medio.
El acto cambió de fecha.
La universidad pública estaba en conflicto.
Nada salió como estaba planeado, pero igual lo atravesé.
Y entre noticias que no fueron fáciles, hubo algo que no cambió: la entereza.
La que me sale cuando ya no sé cómo hacer.
Esa que aprendí de mi viejo.
Y esa que, cuando se puso a prueba, nos dejó ilesos.

El año terminó como empezó: volando.
Desde Córdoba a Madrid, para pasar las fiestas. Y después, de vuelta a Doha.
A ese lugar que no sé cuánto tiempo me va a tener. Pero que, por ahora, me aloja.
Llegamos al 2019.
Estoy entera.
Algunas piezas sueltas, algunos tornillos flojos.
Pero entera.
A veces me apagué, sí. Pero también me mudé, me gradué, me animé. Y acá estoy.

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