Años atrás, una de mis hermanas (Vicky) comenzó una investigación para una obra de teatro. Quería mirar hacia nuestros orígenes. Y esa búsqueda, que parecía un trabajo puntual, terminó abriendo muchas más preguntas que respuestas.
¿Quiénes fueron nuestros bisabuelos, nuestros tatarabuelos? ¿Por qué vinieron de España a Argentina? ¿Hay algo de lo que somos hoy que tenga que ver con lo que ellos fueron ayer? ¿Nos estamos perdiendo de algo por no saber?
Yo, en ese momento, no estaba tan cerca de esas preguntas. Pero la vida tiene una manera particular de acercarte cuando hace falta.
Estaba viviendo en San Pablo cuando me surgió la duda:
¿Puedo acceder a la ciudadanía española?
Soy bisnieta de cuatro personas nacidas en España (del lado de mi papá). Fui al consulado, empecé a leer sobre trámites, requisitos, plazos. Y ahí se derrumbó la primera parte de mi plan: desde 2008, las ciudadanías no se entregan si no sos hija directa de españoles. El “no” fue inmediato. Pero no fue el final. Fue el comienzo.
En una visita a Córdoba, me contacté con Miriam, una prima de mi papá. Ella había logrado reunir una buena parte de la documentación familiar: partidas de nacimiento, defunción, registros que iban por el lado de mi abuela paterna. Con su ayuda, me topé con algo que no esperaba: fotografías desconocidas y detalles sobre la vida de mis bisabuelos en España.
Y entonces llegó el cuaderno.

El cuaderno en cuestión…
Una de mis hermanas me prestó un folio con documentos que guardaba, y entre ellos, estaba el cuaderno.
Ya saben que tengo una afición evidente por los cuadernos. Compro aunque no los necesite. Tengo varios en uso a la vez. Y cuando no tengo uno a mano, las notas del celular se vuelven un caos.
Pero este cuaderno era distinto.
Desde una de sus tapas, se lee:
«Dirección y distancia desde Madrid a las capitales del mundo. Islas. Ciudades importantes.»
Lo sigue una lista de unidades monetarias y sus conversiones, más de 350 refranes manuscritos y ordenados alfabéticamente, el Tedeum en castellano y en latín, los mandamientos carlistas, fragmentos bíblicos…
Todo eso escrito con cuidado, prolijamente, por mi tatarabuelo.
Si lo empezás desde la otra tapa, es otra historia: una bitácora personal. Fechas de traslados por su ingreso a la Guardia Civil, recuerdos familiares, la fecha exacta en la que fue dado de alta tras dos operaciones.
Era todo lo que no podías buscar en Google.
Porque no existía.
Y mientras lo leía, algo se encendió. Empecé a preguntarme si mi compulsión por escribir, por anotar, por guardar fechas, tenía raíces más hondas. Si, sin saberlo, yo también venía de alguien que escribía para no olvidar.
Entonces decidí seguir el hilo. Mandé cartas a los ayuntamientos de los pueblos donde habían nacido mis bisabuelos. Algunos contestaron. Uno de ellos me envió la partida original de mi bisabuela. Otro me explicó por qué no podía darme la del bisabuelo: los libros habían ardido en un incendio en Vega de Ruiponce, Valladolid. Pero esa negativa fue el inicio de otra cosa.
Desde el ayuntamiento se comunicaron con Victorina Revuelta, conocida como Tori, una mujer de más de 80 años que pasaba los veranos en el pueblo. Le contaron que desde Argentina alguien preguntaba por su tío. Ella le pidió a su yerno que me escribiera. Nos conocimos por correo, después por WhatsApp, y más tarde nos supimos familia: ella era hija del hermano menor de mi bisabuelo. Prima carnal de mi abuela Isabel.
Y entonces llegó la invitación.
Que fuéramos. Que nos conociéramos.
Que lleváramos fotos. Que compartiéramos historias.
Eso fue en agosto de 2016. Desde entonces, cada fin de año intercambiamos saludos, imágenes, deseos.

Seguí investigando. Escaneé fotos. Revisé cajas.
Volví a hablar con otra tía, esta vez por el lado de mi abuelo Nicolás.
Ella, Elma, había viajado años antes a España.
Tenía los teléfonos de varias tías en Madrid y Bilbao.
Me los pasó.
Yo las agregué a WhatsApp.
Pero no me animé a escribirles.
Todavía no sé si fue por timidez, o porque no sabía cómo explicar quién soy.
¿Cómo empezás un mensaje que dice: “hola, soy hija de la nieta de tu tía abuela”?
¿Qué palabras se usan cuando querés volver a entrar a una historia que te excede?

En noviembre de 2017, pegué varias hojas tamaño A4 y dibujé a mano el árbol genealógico con todo lo que había logrado reunir: las fechas, los nombres, los relatos que me pasaron mis tías, mis hermanas, los documentos que aparecieron sin querer.
Un mes después, mientras caminaba con Alejandro por una avenida de Santa Fe, me sugirió algo que resonó fuerte:
“¿Y si viajás a España? No para cerrar la historia. Sino para abrirla.”
Y ahí empezó a tomar forma el viaje.
El de las tres hermanas.
El de las fotos compartidas.
El del cuaderno.
El de la memoria escrita a mano.

No sé si este camino tenga un final.
Pero sí sé que cada pedacito encontrado me devolvió algo que no sabía que estaba buscando: sentido.
La historia continuará…

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