Viajar con tus hermanas después de veinte años

Con la ayuda de muchas personas que forman parte de nuestra vida, logramos embarcar las tres rumbo a España. Pero antes de eso, hubo que cumplir con el plan: viajar de Córdoba a Buenos Aires. Y en ese tramo, mis viejos volvieron a ocupar sus puestos históricos: papá al volante, mamá de copiloto, y nosotras —las hijas— en el asiento trasero, como cuando teníamos 8, 9 y 10 años. La única diferencia era que habían pasado más de 20 años desde la última vez.

Reservamos una habitación para cinco en el Hotel Castelar, sobre Avenida de Mayo, donde teníamos descuento por el sindicato docente de mi mamá. Llegamos con hambre y poca paciencia, así que fuimos a lo seguro: una pizza en calle Corrientes. Intentamos almorzar en un bodegón que me habían recomendado, pero estaba cerrado. Buenos Aires también tiene sus propias formas de decir “hoy no”.

Un rato después, el grupo se dividió. Mi viejo se fue a Once a comprar medias —sí, medias en verano—. Creemos que tiene una obsesión con ellas. Supongo que su infierno sería un lugar donde no existan. No soy quién para hablar de tocs, así que cada cual con sus ritos.

Esa noche fuimos a una parrilla y nos fuimos a dormir temprano. Mis viejos tenían que volver en auto a Córdoba. Nosotras debíamos salir para Ezeiza a primera hora.

A las nueve de la mañana del día siguiente, todos estábamos listos para seguir nuestras rutas. Las despedidas son raras, siempre. Pero esta tenía el sabor de una nueva aventura. Algo que se abre. Algo que empieza.

Ya en Ezeiza, el grupo volvió a dividirse. No conseguimos vuelo para todas en el mismo avión. Aye viajaba por Iberia, con escala en Londres. Vicky y yo, por Air France, con escala en París. Aye llegaba primero y se haría cargo del check-in en el Airbnb. Nosotras llegaríamos a Madrid el 31 de diciembre, a las 23:25. Apenas.

Viajar con tus hermanas, después de veinte años, es una experiencia que puede salir muy bien o muy mal. En nuestro caso, fue un poco de las dos. Hubo días hermosos y también momentos en los que la tensión lo cubría todo. A veces estábamos riendo, y de repente estallaba una pequeña Hiroshima emocional.

Somos tres.
Somos tres mujeres.
Somos tres mujeres fuertes.
Tres mujeres fuertes con personalidades distintas.

Y nos amamos. A nuestra manera.
Somos frontales, intensas, demandantes.
Nos exigimos. Nos exigimos demasiado. A veces más de lo que podemos darle a la otra. Pero creo que eso también habla de cómo vivimos nuestras vidas. Cada una con su intensidad:
una desde los sabores,
otra desde el cuerpo,
y quien escribe, desde la palabra.

Nadie nos explicó cómo combinar esos elementos. Pero sé que, cuando lo logramos, el resultado es hermoso. Nosotras tres lo somos.

Nuestro viaje combinaba una semana en Madrid, tres días en Valladolid, cuatro en Bilbao y cuatro más en Barcelona. Las tres juntas. Luego Aye volvería a Argentina, y con Vicky seguiríamos una semana más, con destino incierto.

Llegamos a Madrid la noche del 31. No sabíamos si íbamos a lograr cruzar la ciudad antes de las 12, pero salimos tan rápido del aeropuerto que tomamos el taxi antes que nadie. Fuimos directo a Chueca, uno de esos barrios que te recibe como si supiera que venís de lejos. Cerca de la Puerta del Sol, de la Gran Vía, y con bares para todos los gustos.

Esa noche pasó casi desapercibida. Estábamos agotadas. Las escalas, el cambio horario, el cuerpo que tarda en llegar aunque vos ya estés ahí. No teníamos energía para ponernos a la altura de la fiesta que la ciudad traía encima.

Así empezó la aventura de las tres por España.
El primero de enero.
El primer día del año.
El primer paso de algo que todavía hoy sigue resonando.

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