Hay días —casi todos— en los que me siento llena de pendientes.
Como si la lista nunca se vaciara.
Y no me refiero solo a las tareas urgentes, sino a esas otras que me invento, que autogestiono, que nadie me pidió, pero que igual me pesan. Como si les debiera algo.
Esta mañana vi un video sobre el miedo. Pero no cualquier miedo: el miedo a lo que los demás piensan. De nuestra forma de ser, de vestir, de trabajar. De lo que hacemos. De lo que no hacemos. De lo que mostramos.
Y pensé que muchos de esos proyectos que dejo en pausa —esos que a veces contienen lo más genuino de mí: mis gustos, mis ideas, mis palabras más sinceras— no llegan a ser… simplemente por ese miedo sonso que vuelve cada tanto y se instala sin preguntar.
Supongo que no soy la única que siente que lo que escribe no tiene valor.
Que lo que fotografía no tiene técnica.
Que sus ideas no están “a la altura”.
Lo curioso es que ni siquiera sé a la altura de qué. O de quién.
¿Existe acaso alguien midiendo con una vara invisible qué tan interesantes somos?
¿Y por qué dejamos que esa vara —fantasmagórica, impuesta o autoimpuesta— defina si algo que amamos vale la pena ser compartido?
La verdad es que la mayoría de las veces no escribo para los demás.
No saco fotos para impresionar.
No pienso ideas para likes.
Entonces… ¿por qué sigo poniendo en manos ajenas el valor de lo que me nace?
Estos pensamientos me enojan.
Primero conmigo. A veces también con quien justo esté cerca.
Y en ese enojo vuelvo a preguntarme: ¿qué lugar tiene el enojo en nuestras vidas?
Si hago un repaso rápido de ciertos momentos, me veo ahí: enojada, frustrada, bloqueada. Y no es que todo haya sido así —también hubo momentos de alegría, de euforia, de calma— pero igual me pregunto: ¿era necesario enojarse tanto en los otros?
No sé por qué, pero a veces siento que nadie me enseñó a ser paciente.
O a relajar.
O a soltar el control cuando algo no sale como esperaba.
Tal vez ofuscarse es más fácil.
O más corto.
Aunque sepa que no lleva a nada.
Todo lo contrario: te saca del eje y te impide hacer lo que más necesitás en ese momento: barajar de nuevo. Barajar mejor.
Mientras escribo esto, tengo un cartel frente a mi mesa que dice:
“Keep both hands on the wheel of life.”
No sé si es una broma del destino o una nota que dejé justo para este momento. Pero tiene sentido. Mucho.

Hace un tiempo empecé a leer sobre el Bullet Journal.
Una técnica, un sistema, una moda.
Una nueva forma de organizar tareas para obtener resultados más claros. Pinterest está lleno de tableros con ejemplos preciosos. Y aunque todavía no arranqué, tengo varios cuadernos que podrían convertirse en mi diario de batalla.
Pero me freno. Porque no sé si sumar una tarea más sea lo más inteligente si lo que busco es despejar el horizonte.
¿No sería contradictorio?
Y sin embargo, ahí estoy: considerando empezar un bullet journal como forma de ordenar mi vida… y dándome cuenta de que eso, en sí mismo, ya es una nueva tarea en la lista.
Qué giro inesperado, ¿no?

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