Hace unas semanas viajamos a Estambul (Turquía) por seis días. Fue un viaje un poco anormal, porque se confirmó solo tres días antes de partir, y al haber trabajo de por medio —y siendo una ciudad que no conocía— hacer tiempo libre para explorarla fue una carrera contra el tiempo.
La primera impresión que tuve de Estambul podría resumirse en tres palabras: belleza y confusión. Podríamos agregar una cuarta: humedad. Si vas en verano, lo que te mata no es el calor… es la humedad.
El viaje desde el aeropuerto hasta el lugar donde nos alojábamos —del lado asiático, en Kartal— fue larguísimo. Sentí que cruzábamos la ciudad de punta a punta, lo cual ayudó a tener un primer pantallazo. Llegamos un martes, entrada la madrugada, y las calles estaban activas como si fueran las 11 de la mañana. Viajamos en una combi que, por sí sola, ya gritaba color y contraste.
En la primera tarde libre quisimos tomar el metro. El primer desafío fue entender cómo comprar los tickets. Todo se hace en máquinas, y nosotros de idioma turco: nada. El vendedor de un quiosco nos ayudó. Nos explicó que lo más económico era comprar la tarjeta de transporte y cargarle crédito según el uso. Lo que no nos dijo es que al pasarla por el molinete te cobra el trayecto completo (como si hicieras toda la línea), y que, al llegar a tu estación de destino, hay que volver a pasarla por otra máquina que ajusta el cobro según tu viaje real.



Estambul es una #CatCity. Los gatos son amos y señores de las calles. Los encontrás como recepcionistas de baños turcos, guardias de locales de ropa, esfinges en la boca del subte, conserjes de edificio o dormidos cual santiagueños sobre una maceta en plena vereda. Si bien son 100% callejeros, en cada barrio que caminamos, los vecinos se encargan de que no les falte ni agua ni comida. Supimos que hay una brigada que recorre las calles vacunándolos y controlando su salud. En una caminata, pasamos por la salida de un parque donde estaban revisando a una mamá gata y sus cuatro gatitos pequeños.






Algunos barrios parecen collages: casitas pegadas según el espacio que sobra, sin necesidad de combinar. En otras calles, los carteles de neón abundan: recurso publicitario por excelencia. Caminar algunas zonas exige cierta resistencia física: hay callecitas con pendientes que te hacen recalcular el camino. Por la noche, cuando el aire se vuelve más fresco, las familias toman las veredas. Nada que no hayas visto en una serie turca… si alguna vez viste una.



Fútbol, identidad y esas conexiones inesperadas
Como me ha pasado en otras ciudades, Argentina y el fútbol son una carta de socialización innegable. Maradona y Messi provocan emoción en los turcos. Un taxista que nos llevó una noche al hotel preguntó —como pudo— de dónde éramos. Respondimos “Argentina” y empezó a gritar “¡Maradona! ¡Maradona!”, visiblemente emocionado.
El chico de la recepción del segundo alojamiento, fanático del Galatasaray, abrió los ojos como monedas cuando vio mi pasaporte. Casualmente, yo había leído sobre el posible pase de Icardi a ese club, pero él no necesitó más que la palabra Argentina para sentirse en confianza.
En Üsküdar, mientras tomábamos té en un bar llamado Filizler Köftecisi, el mozo colocó banderas de ambos países sobre la mesa, diciendo algo sobre Messi. Pequeños gestos que derriban el idioma.
Café, té y postres que merecen un capítulo aparte
El café turco, o türk kahvesi, merece mención especial. Mi estómago, lleno de «asuntos no resueltos», no me permite más que olerlo y probar un sorbo. El más tradicional se elabora en una especie de sartén con arena caliente. Cuanto más hundís la taza en la arena, más temperatura toma. Hay un proverbio que dice:
«El café es: Negro como la noche, fuerte como el pecado, dulce como el amor y caliente como el infierno«
El té turco, o çay, es igual de popular. Lo sirven en esas tacitas de vidrio con cintura (así les digo yo), que te queman los deditos pero te abrazan el alma.


Regateo, especias y mentol
En el Gran Bazar, queríamos comprar tazas de té. Encontramos unas que nos gustaron, y empezó la puja de precios (una tradición en la que soy malísima). Mientras hablábamos en inglés, el vendedor se dirigió a Ale con un “pero Señooooor” en español y, con eso, ganó la pulseada. Nos llevamos las tazas, un jarro para café y unas cucharitas de regalo por la mitad del precio original.
En el Bazar de las Especias (Mısır Çarşısı) compramos café, té relax, algo para el colesterol y un producto llamado Cristal de Mentol, parecido a una estalactita. Al ponerlo en agua tibia se convierte en una tormenta de mentol. No se toma: se huele. Y “destapa la nariz” (y la vida, de paso). Intennnnnso.
Bandera, pipas y una tarta inesperada
La ciudad está vestida de banderas turcas. En cada esquina, de todos los tamaños. Por todas partes.
Los carritos de comida ofrecen turkish delight, baklava, turrones, choclo asado, castañas, y cosas que no llegué a entender. Me enamoré del simit (bagel con sésamo). Pero mi debilidad: las pipas. Las encontrás en cada rincón, a mi juego me llamaron.





Un día, Ale fue a un baño turco (Kılıç Ali Pasa Hamam). Mientras él estaba ahí, fui a una cafetería cercana: Coffee Sapiens, en Karaköy. Quería algo dulce, pero no conocía nada de lo que veía en la vitrina. Pregunté por una tarta y el barista no supo explicarme. Un hombre que estaba cerca intervino:
“Es la Tarta de Queso de San Sebastián.”
Me dijo que, aunque la receta no era turca, esa versión era artesanal y que no iba a probar nada mejor en la zona. Le creí. Le metí una cucharada antes de sacarle foto (y no me disculpo). Fue un camino de ida.
Entre paréntesis
El día que llegamos era feriado: el aniversario 99 de “La Gran Victoria”, liderada por Mustafa Kemal Atatürk, el primer presidente de la República de Turquía. Hay fotos y estatuas suyas por todas partes. Por todas.
Antes de viajar, lo único que sabía decir en turco era:
Evet (sí), Hayır (no), Günaydın (buenos días).
Este viaje me enseñó una palabra más importante (aún estoy trabajando en mi pronunciación):
Teşekkürler (muchas gracias).
Gracias, Estambul, por el caos y el orden. Por los gatos, las pipas, el neón, el café fuerrrrte, las veredas llenas de familias, los carteles que no entendí, el idioma que me abrazó igual.
Gracias por recordarme que a veces no hace falta entenderlo todo para sentir que uno estuvo ahí, bien despierta.

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