Llevo semanas tratando de escribir algo. Y es que caminar por las calles de Córdoba, reencontrarme con mis amores de toda la vida y abrazar a esos nuevos que han llegado para ganarse mi corazón hace que se te mueva toda la estantería.
La vida da muchas vueltas y hoy me tiene lejos de esas calles. Pero cada vez que vuelvo, siento que sigue siendo mi lugar en el mundo.
Pa’ Córdoba, tengo una sola palabra, bastante corta y rápida de decir ¡gracias!
Gracias por ayudarme a calmar mi mente cuando está un poco ruidosa.
Gracias por enseñarme que pueden suceder cosas hermosas porque las merezco.
Gracias por recordarme la importancia de los abrazos a tiempo.
Gracias por mostrarme que aunque yo haya salido de Córdoba, Córdoba no ha salido de mí.
Gracias por darme amiguis con los que sonrío sin razón, y también con razones.
Gracias por ayudarme a entender que estar físicamente presente es importante, pero que también existen otras formas de acompañar a la distancia.
Gracias por darme la oportunidad de aprender cómo mostrar mi mundo, el que he recorrido durante diez años, a alguien que no supera el metro de altura y se divierte contándome si lo que acaba de pasar es un ‘ato’, una ‘cicleta’ o un ‘camiom’.
Gracias, Córdoba, por seguir siendo mi “rompa el vidrio en caso de emergencia”.
Anibal Troilo en una de sus canciones dice algo que casi casi siempre me emociona
“Alguien dijo una vez
Que yo me fui de mi barrio,
Cuándo? …
pero cuándo?
Si siempre estoy llegando!
Y si una vez me olvidé,
Las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja
Titilando como si fueran manos amigas,
Me dijeron: Gordo, gordo, quedáte aquí,
Quedáte aquí”.

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