Pasó mucho en poco tiempo

Y me decido a dejarlo asentado.

Pasaron cosas que todavía no terminé de entender. Algunas siguen ocurriendo mientras escribo esto. Pero hay un momento en el que una necesita sentarse y dejarlo asentado. Porque si no lo escribo, siento que se me escapa. Porque pasó mucho, en muy poco tiempo. Y eso también me pasó a mí.

La Corte

En septiembre me mudé por varios meses a Costa Rica para participar en el Programa de pasantías y visitas profesionales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Honestamente llegué con una valija cargada de inseguridades que el tiempo se encargó de desarmar. Descubrí que una frontera no es solo una línea en un mapa, sino un cambio en el aire, en el pulso de los días, en la forma de habitar un espacio nuevo.

En estos meses, trabajé de cerca con decisiones que marcan el rumbo de la justicia en nuestra región. Pero también vi de frente las distancias que quedan por acortar, los derechos que aún se negocian y los cuerpos que siguen siendo campo de batalla. En cada caso, en cada sentencia, entendí que la justicia no es un concepto abstracto, sino el eco de vidas que siguen esperando reparación.

Costa Rica me dejó algunas certezas: la lucha por los derechos humanos exige un caminar constante, movimiento sin tregua, un compromiso que se siente en el estómago y en el corazón. Pero también me enseñó a habitar la incertidumbre sin que se vuelva una carga, a confiar en que los pasos, aunque a veces parezcan desordenados, me siguen llevando.

Esta experiencia también me dejó conversaciones que abrieron preguntas que todavía no sé responder. Me dejó un recordatorio de que moverse es también una forma de resistencia, de que hay algo profundamente revolucionario en abrir caminos, en hacer espacio donde no siempre lo hay.

Aprendí que la justicia no es solo el derecho consagrado en un papel, sino la historia viva de quienes la reclaman. Que hay luchas que no son lineales, pero que cada paso cuenta. Escuché idiomas nuevos para comunicar y pude comprenderlo todo de cerca. La equipa de comunicaciones me enseñó con generosidad, me acompañó en el camino, me dejó ser parte. Nunca imaginé estar acá, y sin embargo estuve. Ojalá pueda volver. Ojalá haya podido dejar algo, aunque sea chiquito. Yo me llevé un montón.

Ahora ya estoy en casa, pero creo que nunca lo estoy del todo (tal como lo dice uno de mis tatuajes, gracias a una letra de Spinetta). Porque siempre queda algo de nosotras en los lugares que nos transforman. Y porque, en el fondo, lo aprendido sigue viajando conmigo.

La red

Y mientras todo eso pasaba, en simultáneo, se fue tejiendo otra experiencia igual de potente porque Costa Rica no hubiese sido lo mismo sin ellas. 

Bastó que una persona en el grupo de WhatsApp preguntara si alguien llevaba vianda para que coincidiéramos en un almuerzo y ¡zas!. Una argentina y dos españolas aparecieron en mi vida como quien llega a una casa sin preguntar demasiado, pero con la certeza de que va a encontrar calor adentro.

Con ellas compartí almuerzos apresurados y cenas interminables, caminatas bajo la lluvia y conversaciones que nos llevaron hasta el fondo de nuestras propias historias.

Nos abrazamos en días de cansancio emocional, nos reímos hasta que dolió la panza y nos repetimos, sin darnos cuenta, que encontrarse en otro país no había sido una casualidad.

Esta es una amistad que se armó en el vértigo de lo nuevo, en la necesidad de construir un refugio cuando todo alrededor era desconocido pero emocionante.

Nos reconocimos en la manera de hacer preguntas, en la forma de mirar el mundo sin aceptarlo tal cual es, en el impulso de empujar los límites de lo que nos dijeron que era posible. Hablamos de justicia y de utopías, de miedos y deseos, de los caminos que elegimos y de los que aún estamos dibujando.

En cada una encontré algo distinto y, juntas, construimos una complicidad que no necesitó ensayos. Somos mujeres que caminan, que se reinventan, que se sostienen. Que creen en la ternura como fuerza política y en la risa como trinchera.

Hoy estoy muy agradecida con Ari, Lara y Meli, con la vida que nos cruzó, con Costa Rica que nos parió y con el vinito que nos acompañó. 

El día que nos despedimos estábamos las cuatro paradas en una esquina de San José, llorando como si nos conociéramos de toda la vida y prometiéndonos un pronto encuentro.

Sé que así será. Porque hay despedidas que no son quiebres, sino puentes. Porque algunas personas llegan para quedarse, aunque después cada una siga su rumbo. 

Y esta conversación sigue abierta, en otros husos horarios, en otros paisajes, pero con la misma complicidad que nació sin pedir permiso. 

Lo que queda

Todo esto fue una especie de transición intensa, dulce y vertiginosa. Todavía no sé bien a dónde me lleva, pero sé que algo se movió. Aprendí que no hay una sola manera de habitar los lugares. Que lo personal es profundamente político, y que encontrar ternura en el camino también es una forma de resistir.

A veces siento que estoy en el medio de algo que no se nombra, pero que se siente. Que no sé si es carrera, reinvención, deriva o búsqueda. Pero por primera vez, no me asusta tanto no saber. Lo importante, creo, es estar presente. Dejar constancia. Hacer memoria. Decirme, así como estoy, sin corregir tanto.

Porque sí, pasó mucho en poco tiempo.

Y yo también pasé por ahí.

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