A veces me cuesta explicar cómo escribo. O mejor dicho: por qué escribo como escribo. Porque no es técnico. No es estratégico. No responde a ningún manual de estilo ni a ninguna guía SEO. Escribo así porque no me sale de otra forma. Escribo así porque si no, me ahogo.
Desde chica, al parecer, tenía “conciencia de mis derechos y el de mis compañeros”. Eso decía una maestra en una libreta del jardín, que encontré hace poco en una carpeta que guarda mi mamá en Córdoba. Yo tenía cinco años. No me acuerdo qué hice para que escribiera eso, pero me gusta pensar que algo de esa intuición temprana sigue ahí. Que de algún modo, sigo tratando de nombrar lo que duele, lo que falta, lo que arde. Que sigo intentando cuidar a los otros, a las otras, a mí.
Durante años trabajé en el mundo de la publicidad, de las campañas rápidas, de las palabras que venden. Y aprendí mucho. Pero hubo un momento en el que necesitaba otra cosa. Necesitaba que mi escritura tuviera sentido. Que sirviera para algo más que persuadir. Que tocara, que moviera, que contara lo que muchas veces no se quiere contar.
Entonces empecé a formarme en derechos humanos, en género, en justicia digital. Me fui a hacer una pasantía a la Corte Interamericana. Escribí sobre casos que me sacudieron. Vi cómo el lenguaje legal puede proteger o expulsar. Me pregunté muchas veces si tenía lugar ahí. Y cada vez que dudé, volví a la palabra. A esa palabra mía, sensible, a veces titubeante, pero honesta.
También me hice de una red de amigas inesperadas. Mujeres que aparecieron en un país nuevo, en una etapa nueva, en una vida que estaba en movimiento. Con ellas aprendí otra forma de resistencia: la del abrazo, la del chiste, la del cuidado cotidiano. Y entendí que escribir sobre eso también era político. Que narrar lo que nos sostiene es una manera de dar pelea.
No sé si lo que escribo se parece a lo que se espera de textos sobre derechos humanos. No tiene bibliografía ni estadísticas. No está lleno de citas. Pero tiene cuerpo. Tiene memoria. Tiene preguntas. Y para mí, eso alcanza.
Escribo así porque el mundo, a veces, me queda grande. Y ponerlo en palabras me ayuda a hacerlo habitable. Escribo así porque lo personal no es un desvío: es el centro. Escribo así porque todo lo que me pasa —lo que dudo, lo que deseo, lo que pierdo, lo que cuido— está atravesado por estructuras más grandes. Y al nombrarlo, al dejarlo asentado, también estoy haciendo un gesto político.
Así que sí: escribo como puedo. Como siento. Como entiendo. Como necesito. Y en ese gesto, encuentro refugio. Encuentro sentido. Y, a veces, también encuentro a otras.

Deja un comentario