Acobijar

Volví a mis clases de yoga después de ocho meses. Volví con la misma profe, por suerte. El lugar es otro, pero ella sigue siendo la misma: atenta, suave, precisa. Me recibió como si el tiempo no hubiera pasado.

Una de las primeras veces que fui a su clase, hace más de un año, me pasó algo que no olvidé. Era el cierre, ese momento de quietud donde el cuerpo se aquieta y la respiración baja, como si una pudiera aflojar todo el peso que vino cargando. Ella hablaba bajito, guiándonos hacia esa conciencia de habitar el cuerpo. Dijo algo así como “el cuerpo es nuestra casa, tenemos que cuidarlo”. Y de pronto se hizo silencio. Y en ese silencio se escuchó el tic-tac característico de un reloj de pared.

Me vi en la cocina de barrio Altamira, en Córdoba. Mi casa de infancia y adolescencia. La misma donde aún viven mis viejos y que visito, si puedo, una vez al año. La misma en la que, cuando cae la noche, el único sonido permanente es el del reloj de pared que marca el tiempo como un corazón de fondo. Estaba en Luxemburgo, tapada con una colcha, casi en penumbras. Lloré, un poco. Lloré en silencio, como llora una cuando se reconoce lejos y cerca a la vez.

Ayer, ya sin ese reloj en la nueva sala, llegó de nuevo el cierre de la clase. Y sin decir nada, la profe me tapó con una colcha. A mí y a otras personas que estaban como yo, con los pies descalzos y el cuerpo tibio de moverse. Pero fue un gesto tan chiquito y tan inmenso, que volvió a atravesarme. Taparme para que no me enfríe. Taparme para cuidarme. Para sostener ese presente delicado y que el cuerpo no olvide que está siendo cuidado.

Y pensé en eso: en quienes nos abrigan sin hacer ruido, en quienes nos cubren la espalda cuando ni siquiera lo pedimos. En los vaivenes que atraviesan a los que quiero y a mí, en lo difícil que es a veces encontrar pausa entre tanto. Pero también en lo mágico que puede ser un gesto mínimo, si llega justo cuando una lo necesita.

A veces el amor se parece mucho a eso: alguien que te tapa con una colcha mientras vos descansás, para que no se te enfríe el alma.

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