No era exageración. Era endometriosis.

Hay una sensación que me visita cada vez que voy a la ginecóloga. No sé bien si es miedo, expectativa, desconfianza o una mezcla que no tiene nombre. Camino con el cuerpo tenso, como si supiera que va a ser juzgado. No me duele nada, pero igual tengo miedo. Y si sí me duele, tengo miedo de que no lo crean o de que aún pueda doler más.

Ese miedo no es nuevo. Viene de hace cinco o seis años, cuando empecé a sentir que algo no estaba bien, pero nadie podía decirme qué. De organizar mi vida entera en torno a una semana al mes. Viajes, trabajo, vínculos, todo condicionado por ese momento donde el cuerpo me encierra. Y no es una exageración. Por mucho tiempo sentí que me moría una vez por mes.

Así se lo dije a mi terapeuta. “Me muero una vez por mes”, le dije. Y ella, con su voz calma, me respondió: “Vamos a resignificar eso, porque morirse significa otra cosa.” Y sí. Pero a mí, en ese momento, me parecía que no.

Recién este año alguien dijo la palabra: Endometriosis.

Y fue rarísimo lo que sentí. Por un lado: alivio. ¡Al fin! Tiene nombre. No me lo inventé. Existe. Y por el otro: miedo. Tiene nombre. Significa que había algo. Que estuve sola con esto mucho tiempo.

La endometriosis, en versión “for dummies”, es cuando un tejido rebelde que debería quedarse dentro del útero, decide crecer en lugares donde no debería estar: ovarios, trompas, intestinos, vejiga. Ese tejido, aunque está fuera de lugar, sigue actuando como si estuviera en el útero. Entonces, cada mes, se inflama, sangra y duele. Pero como no tiene por dónde salir, ese dolor se queda. Se acumula. Se transforma.

Ahora, por fin, puedo nombrarlo. Y aunque el miedo sigue, ya no viene de la confusión. Ya no es el miedo de no saber. Es otro miedo, más claro: el de enfrentar lo que ya sé.

Y sin embargo, cada vez que salgo de ahí, sigo preguntándome: ¿por qué hay que doler tanto para ser escuchadas?

Y no puedo evitar pensar que si esto le pasara a los varones, ya tendríamos mil caminos distintos para abordarlo. Ya habría tratamientos más eficaces, mejores coberturas, más investigación, más interés. Pero los cuerpos que menstrúan, los cuerpos que se inflaman por dentro sin salida, los cuerpos que no se estudian lo suficiente, siguen sin respuesta o con respuestas a medias.

Cuando salí del consultorio con un mapa que empieza a dibujarse. Grabé un audio y lo mandé al grupo de las mujeres de mi familia. Desde Luxemburgo hasta Córdoba, mi voz cruzó el mundo para contarles: esto es lo que me pasa, esto es lo que sigue. Y ese mensaje fue devuelto con otros. Con preguntas, con dudas, con recuerdos, con información, con cuidado y con humor (ese del necesario para aflojar). Con eso que a veces necesitamos tanto: red. Una red que no es científica ni médica, pero es otra forma de medicina. La que sana cuando una se siente escuchada, contenida, acompañada. La que nos recuerda que no estamos solas, aunque el dolor lo hayamos vivido en silencio durante un tiempo considerable. Y que incluso en el cuerpo que duele, hay lugar para el amor que lo rodea.

Por lo pronto, acá sigo, acá estoy, armando mi vida alrededor de esto que me pasa una vez por mes. Pero también alrededor del nombre. Porque cuando algo tiene nombre, empieza a ser más difícil de callar.

Tal vez no puedo mirar esto con otros ojos que no sean feministas. Pero es que sin esos ojos, ni siquiera estaría pudiendo narrarlo.

Posted in

Deja un comentario