Todo el mundo está hablando de El Eternauta. Y con razón. No todos los días una serie argentina se mete de lleno con uno de los cómics más importantes —y más cargados de historia— de nuestro país. No todos los días Netflix pone en la pantalla una historia que nos atraviesa en tantas capas: ciencia ficción nacional, memoria, resistencia colectiva, desapariciones, identidad. 

Se ha dicho mucho (y se seguirá diciendo) sobre el valor histórico del cómic, sobre su autor, Héctor Germán Oesterheld, desaparecido junto con sus cuatro hijas durante la dictadura militar. Sobre cómo su obra quedó inconclusa, interrumpida brutalmente por el terror de Estado. Y también se ha dicho —con razón— que esta nueva versión cinematográfica acerca la historia a nuevas generaciones, la actualiza, la transforma. Ahora hay celulares, autos más modernos, redes. Ahora la invasión ocurre en un mundo reconocible, el nuestro. 

Pero más allá de todo eso, y quizás sea un poco egocéntrico el planteo, lo que no paraba de pensar mientras miraba la serie fue otra cosa. Algo íntimo y lateral. Algo que me llevaba directamente a mi papá. 

En la historia aparece Favalli, el amigo de Juan Salvo. Un tipo con la casa llena de aparatos analógicos que parecían estar esperando su momento, que sabe cómo hacer que funcionen sin depender de nada externo, que resiste desde el conocimiento aplicado, desde la memoria técnica. Y entonces, inevitablemente, pensé en mi viejo. 

Mi viejo es de esas personas que siempre tienen una solución, técnica sobre todo, porque para las emocionales es un poco bastante más duro. Pero no la solución que te da un tutorial de YouTube. No. Él tiene otra lógica. Una más vieja, más mecánica, más artesanal. En mi familia decimos que mi papá siempre tiene “un chico” para lo que estás necesitando resolver. A veces eso me da gracia, pero es verdad. Se rompe algo, se traba una puerta, se cae una persiana, se necesita levantar una pared o plantar un árbol, y casi seguro que él tiene la respuesta: o lo hace él, o sabe quién puede hacerlo. Y si no, medio que lo inventa. 

Quizás mi recuerdo no sea el más fiel, pero así es como lo tengo guardado. Hace muchos años, por ejemplo, personalizó una camioneta Dodge que había comprado. Le hizo construir y acoplar una caja trasera más larga que la original. No sé exactamente cómo, pero hubo mucha soldadura. Y tiendo a creer que es una camioneta única en su especie, que funcionaba, que resistía, que lo representaba. 

También tiene una radio con antena. Con antena de verdad, de esas que se suben con la mano o se orientan a donde parece que se escucha mejor. Cuando se rompió la que tenían, con mi mamá se pasaron meses buscando una que todavía tuviera ese palito. Porque él quiere sintonizar como a él le gusta, la radio que le gusta, encontrando las voces en medio del ruido. 

Su celular creo que tiene dos aplicaciones (a lo sumo, si me olvido de algo, puede que haya alguna del banco, pero que no maneja él, sino mi vieja): WhatsApp (que solo usa para mandar audios de no más de cinco segundos) y la del PAMI, porque ahora para ir al médico hay que sacar un token. Y eso ya es todo un universo. Porque para él, si hay que hacer un trámite, se va al banco, se para en la fila, pregunta, escucha. No busca en Google, no navega por apps. Va y habla, mirando a la otra persona. 

Y todo eso, que en otro contexto parecería un anacronismo, hoy me parece una fortaleza. Porque mientras miraba El Eternauta, con todos sus efectos de última tecnología, con todo su despliegue visual, con esa estética post-apocalíptica puesta al día, me daba cuenta de que lo que más me conmovía era esa idea que Favalli dice en voz alta: lo viejo todavía funciona. Y en muchos casos, funciona mejor. 

Mi viejo es de los que no necesitan internet para sobrevivir. De los que entienden cómo está hecha una cosa. De los que arman, reparan, adaptan. De los que conocen los oficios y los saberes que el mundo moderno fue dejando de lado. Y por eso, si el fin del mundo se acerca —o si un manto blanco empieza a cubrir la ciudad—, yo quiero estar cerca de mi papá. 

Porque más allá de la ciencia ficción, más allá del culto al cómic, más allá incluso del poderoso mensaje colectivo que atraviesa la serie —esa frase que hoy resuena con más fuerza que nunca: nadie se salva solo—, yo sentí que algunas personas, por cómo están hechas, por lo que nos enseñaron, por lo que resisten, son un refugio. 

Y ese refugio, para mí, tiene nombre. 

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