Mirar, sentir y narrar conflictos desde la fotografía 

El otro día fui a la Bibliothèque Nationale du Luxembourg a escuchar una charla que me interesaba mucho: Conversations on War Photography. No voy a hacer acá una crónica del evento. No es mi intención. Más bien quiero dejar registradas algunas ideas, pensamientos y sensaciones que me quedaron resonando.

Una de las personas invitadas fue Nicole Tung. Ella habló muchas veces de su tarea como la de “cubrir conflictos”. Me llamó la atención, porque no usó tanto los términos “periodismo de guerra” o “fotoperiodismo bélico”. Y en ese gesto, para mí sutil pero contundente, se me abrió una primera reflexión: no todo lo que se documenta en contextos de violencia o riesgo extremo sucede dentro de una “guerra formal”. Hay conflictos que no llevan la palabra “guerra” encima, pero que son igual de desgarradores, injustos, violentos o silenciados.

Y a partir de ahí, de ese lenguaje que elige, también surgieron otras ideas que anoté. Contó que si ella, como fotógrafa, no es capaz de sentir en su propio cuerpo las emociones que provoca una escena, entonces no podría lograr que quienes miran su imagen desde la distancia se conecten de verdad con lo que ahí está pasando. Y es cierto: las imágenes no transmiten olores, ni el eco de las sirenas, ni la tensión del aire. Entonces, ¿cómo lograr que una fotografía acerque al espectador a lo que solo se puede experimentar estando ahí? Su respuesta fue simple y compleja a la vez: estar presente, compenetrarse, comprometerse física y emocionalmente.

Hubo una frase que me quedó dando vueltas porque me pareció profundamente honesta. Dijo que a veces, aunque suene fuerte, una guerra puede ser muy aburrida. Hay días, incluso semanas, de pura espera, de silencio, de contemplar el vacío o la nada, aguardando que algo pase. La contradicción es brutal: ¿cómo puede algo tan extremo ser, a ratos, monótonamente estático? Sin embargo, esa es también la realidad de quienes cubren conflictos: la paciencia forma parte del testimonio.

También habló mucho de salud mental, algo que me parece clave y que pocas veces se dice en voz alta. Contó, desde su experiencia, que cuanto más se ve, inevitablemente más se puede sufrir. Porque las imágenes no se van, a veces se quedan. Y aun así, insistió en la importancia de no perderse una misma en medio de la cobertura. Mantener la presencia, la conexión con el propio cuerpo y la propia mente no es solo un acto de cuidado personal: es una cuestión de supervivencia.

En otro momento compartió cómo, al cubrir la caída de ciertos regímenes, documentó lo que sucedía dentro de morgues o comisarías. Allí, donde las familias buscan desesperadamente un cuerpo, saber si su ser querido está vivo o muerto, o si fue detenido y pasó por esa dependencia. Lo más perturbador, dice Nicole, no fue la muerte en sí, sino lo que sucede después: las personas que quedan atrás, intentando juntar los pedazos de su vida para reconstruirse. Esa violencia invisible que persiste mucho después de que cesan las balas.

La conversación también rindió homenaje a una pionera: Lee Miller. Se habló de su valentía, de su lugar como mujer cubriendo la Segunda Guerra Mundial, y del legado que dejó a generaciones posteriores. En un tiempo donde ser mujer y fotógrafa de guerra era casi un imposible, Miller se abrió paso junto a otros y contribuyó con reportajes y fotografías que documentaron el horror del nazismo. 

Durante la charla, fue su hijo, Antony Penrose, quien compartió recuerdos y reflexiones sobre la vida y obra de su madre, destacando su legado y la importancia de su trabajo en la historia del fotoperiodismo.

Una de las historias, creo yo, con mayor impacto, fue la del artículo que tituló «Believe It”, publicado por Miller en la edición británica de Vogue. En ese texto, buscaba con imágenes y palabras que la sociedad estadounidense tomara dimensión de la tragedia que se vivía en Europa, en un momento en el que muchos no creían lo que llegaba desde el otro lado del océano. Ese impulso, esa urgencia por contar lo que otros querían negar o minimizar, es algo que sentí que conecta profundamente con Nicole y su forma de ver su trabajo.

Ética: las decisiones que no siempre se ven

Si bien el tema de la ética fue un punto que tocaron durante la presentación, también surgió desde el público presente al momento del intercambio. Nicole abordó este aspecto con sinceridad, reconociendo que no siempre es fácil determinar cuándo es apropiado capturar una imagen. Mencionó, solo por poner un ejemplo, que en ocasiones algo la detiene antes de presionar el obturador, y es especialmente cuando hay infancias involucradas.

A lo largo de su trayectoria, ha desarrollado una forma de estar en el terreno que combina instinto y reflexión: el consentimiento y la dignidad de quienes aparecen en sus fotos son una prioridad constante, así como la necesidad de narrar la realidad sin caer en el sensacionalismo o la explotación del dolor ajeno. Ella misma reconoce que, muchas veces, la decisión más ética es bajar la cámara y no disparar. Y también habló de la importancia de cuidarse, de no perder de vista la salud mental y física, porque para poder documentar con responsabilidad primero hay que poder sostenerse una misma.

Salí de la charla pensando en que la cobertura de conflictos es una tarea que exige estar presente en cuerpo y alma. Exige ética, paciencia, empatía, resistencia. Me recordó que, detrás de cada fotografía que sacude al mundo, siempre hay alguien que también se ve sacudida.

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Sobre Nicole Tung y Lee Miller 

Nicole Tung es una fotógrafa nacida en Hong Kong en 1986. Graduada en periodismo e historia por la Universidad de Nueva York en 2009, ha cubierto conflictos en Siria, Libia, Ucrania y Hong Kong, entre otros. Su trabajo ha sido reconocido por su enfoque humano y ético, y forma parte de colecciones como la del Museum of Fine Arts Houston.

Lee Miller, por su parte, fue una pionera en la fotografía de guerra. Nacida en 1907 en Poughkeepsie, Nueva York, comenzó como modelo y musa de artistas como Man Ray, antes de convertirse en corresponsal de guerra para la revista Vogue durante la Segunda Guerra Mundial. Sus fotografías documentaron la liberación de París y los horrores de los campos de concentración. Una de sus imágenes más icónicas la muestra tomando un baño en la bañera de Hitler en Múnich, el mismo día de su suicidio.

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