Este año, el Día Internacional de la Libertad de Prensa (World Press Freedom Day 2025), organizado en Bruselas por la UNESCO, estuvo atravesado por una idea: la inteligencia artificial. Se habló de su impacto en las redacciones, de las oportunidades y los riesgos que representa para el periodismo, de cómo está transformando la forma en que se genera, distribuye y consume información. Durante los tres días en los que participé, se respiró avance, innovación y tecnología (aunque en algunos discursos, con mucha cautela). 

Pero mi verdadera y personal reflexión no llegó allí. Cuando regresé a casa me encontré el video de una chica en Instagram contando que, al quedarse sola en un Airbnb, descubrió a un hombre escondido debajo de su cama. Después, en un medio brasileño, leí la noticia de Amanda Borges da Silva, la joven brasileña asesinada en Japón mientras viajaba sola, cumpliendo su sueño de asistir a un Gran Premio de Fórmula 1. 

Ahí recordé, casi como un acto automático, que durante las tres noches que me alojé en el hotel en Bruselas, repetí el mismo ritual: antes de dormir, arrastraba una silla cerca de la puerta. No la trababa del todo —si había un incendio debía poder abrirse—, pero la colocaba justo donde la puerta se apoya al abrirse. La puerta del baño, al lado, también la dejaba abierta para generar otro pequeño obstáculo. Si alguien intentaba entrar, al menos habría fricción, ruidos, algo que me diera tiempo de despertar. Una microbarrera inventada para calmar esa angustia sorda de la vulnerabilidad. 

Y, finalmente, al repasar las notas y los documentos del evento, se completó la conexión: mientras discutimos sobre el avance de la tecnología y los desafíos que la IA representa para la humanidad, nosotras seguimos atrapadas en los mismos rituales de protección básica que repetimos desde hace décadas. 

Por ende, hay áreas en las que el progreso parece ilimitado y otras en las que seguimos paradas exactamente en el mismo lugar. No importa en qué década estemos hablando de algoritmos, plataformas o automatización, nosotras seguimos teniendo que diseñar planes de emergencia caseros para sentirnos seguras en una habitación de hotel. 

Y en medio de todo, también aparece el cansancio. El agotamiento sordo de tener que estar siempre pensando en cuidarnos, incluso en situaciones que deberían ser simples, cotidianas, agradables. La sensación incómoda de saber que tengo el privilegio de poder viajar, pero que ese privilegio se ve interrumpido, atravesado, condicionado por el miedo.

No lo sé. Pero lo pienso. Lo sigo pensando. 

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad? ¿Qué significa celebrar la libertad de expresión si ni siquiera podemos movernos solas sin sentirnos amenazadas? ¿Cómo podemos festejar los avances digitales si, en la vida cotidiana, seguimos teniendo que inventar estrategias caseras para sobrevivir? 

El fenómeno se agrava con la tecnología: la violencia de género facilitada por tecnología (TFGBV) incluye acoso, amenazas, hackeos, filtraciones, campañas de desinformación, generación de imágenes falsas y deepfakes sexuales, que buscan silenciar y expulsar a mujeres y disidencias del debate público. 

La realidad es que ni el espacio online ni el espacio offline son seguros para nosotras. 

Ya lo hemos dicho. Ya lo hemos denunciado. Una y otra vez. Lo seguimos diciendo. Pero la realidad no cambia al ritmo de las declaraciones. No todas las voces son escuchadas, no todos los actores están comprometidos con que el mensaje llegue y, peor aún, con que se traduzca en acciones concretas. Nos toca seguir viviendo en ese desfasaje cruel entre el progreso tecnológico y la brutal lentitud del cambio cultural que necesitamos. 

Un cambio que no depende solo de pequeñas estrategias de supervivencia individual, sino de la transformación radical de las estructuras de poder, las culturas institucionales y las normas sociales que siguen permitiendo y reproduciendo esta violencia.

Posted in

Deja un comentario