Querida amiga, 

No sé bien por qué te escribo esto así, como una carta. Tal vez porque no encontré otra forma de decir todo lo que tengo atragantado desde que me contaste lo que te pasó. Lo que te está pasando. Tal vez porque necesito decirlo en voz alta, pero con la distancia justa para no quebrarme (pero no porque quebrarme sea un problema, sino porque quiero que encuentres en mí toda la fuerza y la entereza que hoy estás necesitando). O tal vez porque, aunque esto sea para vos, también es para todas. 

Ayer se cumplieron diez años desde aquel grito colectivo que rompió el silencio en nuestro país: Ni Una Menos. Y no puedo dejar de pensar en vos, a quien conozco desde hace casi treinta años, como si todo este tiempo hubiese sido una preparación —inconsciente y compartida— para sostenernos en momentos como este.

Pienso en esa tarde que empezó como tantas otras, hablando de lo cotidiano, hasta que tus palabras abrieron una grieta en el aire. Y entonces, el mundo cambió de forma. No porque no supiera que la violencia de género existe, no porque no haya leído, militado, marchado o llorado antes por otras historias. Pero esta vez fuiste vos. Vos, con tu voz entrecortada, con tus palabras empapadas de angustia, con tu miedo tan real, tan concreto, tan injusto. 

Desde entonces, no dejo de pensar en lo que significa estar envuelta en una red de violencia. No solo una violencia física o verbal, sino algo más profundo, más estructural. Una red de poder, de silencio, de desamparo. De esas que no se ven desde afuera, pero que ahogan. Una red que no solo duele, sino que te va dejando sin margen. Que aísla, que desorienta, que te deja sola, expuesta y sin salida aparente.

Y es ahí donde aparece la peor sensación: la soledad. Esa soledad que no se soluciona con estar acompañada físicamente. Esa que te hace sentir que no hay nadie que pueda protegerte, que no hay sistema que te resguarde, que el Estado está más ocupado en juzgarte que en cuidarte. Esa soledad que no es nueva, que nos viene acompañando desde hace generaciones. Pero que no por vieja duele menos.

A veces, la verdad, me siento impotente. Porque te escucho y quiero hacer algo, lo que sea, y sin embargo todo me parece insuficiente. Porque no alcanza con estar. No alcanza con abrazarte, ni con nombrar lo que te pasó, ni con compartir la bronca. Porque hay un monstruo más grande que vos, que yo, que nosotras. Un monstruo con cara de institución, de violencia encubierta, de impunidad.

Y no es que duela más porque te pasó a vos, pero sí me arrancó una capa más de piel. Me obliga a mirar más de cerca. Me deja sin excusas para seguir creyendo que estamos avanzando sin retrocesos. Me hizo pensar que a veces damos un paso y el tablero completo retrocede cinco. Como si estuviéramos atrapadas en un juego de la Oca con reglas cambiantes y dados cargados en contra. 

Pienso en todo lo que todavía falta. En todas las mujeres que siguen atrapadas. En las que ya no están. En las que nadie ve. En las que no denuncian porque saben que denunciar no garantiza nada. En las que lo hacen igual, con un coraje que no se festeja porque sigue siendo solitario. Pienso en que salir no es una línea recta. Que hay recaídas. Que hay días de silencio, de miedo, de parálisis. Que hay un tiempo para sobrevivir y otro —largo, durísimo— para reconstruirse. 

Y pienso también en lo que cambió. Porque sí, algo cambió. Gritamos juntas. Nos encontramos. Ya no estamos tan solas. El Ni Una Menos no inventó la lucha, pero la hizo visible. Nos hizo reconocernos en otras. Nos dio palabras. Nos dio espacio para decir lo indecible. Pero la realidad es que muchas veces esa esperanza no alcanza para frenar el dolor que se mete hasta los huesos. 

Amiga, me cuesta encontrar un final para esta carta. Porque todo lo que quiero decir no entra en un solo texto. Porque el dolor no cierra con palabras. Porque vos todavía estás en medio del proceso. Porque el sistema te sigue fallando. Pero sí quiero recordarte algo que te dije desde el minuto uno: no estás sola. No te voy a soltar. Y sé que no soy la única. Estamos muchas. A veces agotadas, sí. A veces desesperanzadas. Pero estamos. Y eso también es resistencia. 

Hoy, a diez años de ese primer grito, sigo creyendo en el poder de la palabra. En la necesidad de escribirnos, de contarnos, de abrazarnos con las palabras si hace falta, al menos hasta que la justicia llegue. Porque mientras sigamos pudiendo nombrar el dolor, también vamos a poder imaginar otra cosa. 

Y porque sigo esperando ese día en el que realmente podamos decir que el Ni una menos no es solo un grito. Es un hecho. Ese día, que merecemos hace siglos. Ese día, que no vamos a dejar de buscar. 

Con todo lo que tengo, 

con todo lo que soy, 

acá estoy, para vos. 

Luz

Una respuesta a “Carta para una amiga: A 10 años del Ni Una Menos en Argentina”

  1. Avatar de Yo
    Yo

    te amo, y gracias por tu abrazo que calma mi dolor y angustia

    Me gusta

Deja un comentario