Me equivoqué de función. Pensé que era la de los subtítulos en inglés, pero terminé sentada en una sala casi vacía —éramos nueve— viendo un documental de Miyazaki en japonés con subtítulos en francés y en alemán. No entendí todas las palabras, pero al mismo tiempo lo entendí todo.
Fui sola. Un poco por error de cálculos y un poco porque hay momentos en los que el silencio propio pesa menos cuando no se comparte. “Hayao Miyazaki y la garza” es una propuesta lenta, inevitablemente lenta, porque el director lo sigue durante seis años. Seis años en los que Miyazaki vuelve a dibujar, a escribir, a enojarse, a pelearse con su cuerpo, con su memoria, con sus fantasmas. Y a crear.
Eso es lo que se narra: un proceso creativo que pareciera no nacer de una inspiración propia, sino del duelo. Un hombre que ha perdido casi a todos los amigos con los que empezó su camino. Que duda de si será el próximo. Que habla de la muerte como quien habla del clima, pero también como quien la huele cerca.
Hay una escena de su película «El chico y la garza» donde un personaje le dice al protagonista:
«Por eso apestas a muerte»
Esa frase no se la dice al chico. Se la dice a sí mismo.
A lo largo del documental, vemos cómo la película se va armando con pedazos de su vida real. Cómo la garza estafadora nace de Suzuki, su compañero de trabajo. Cómo el Tío Abuelo representa a Takahata (Pak-San), su gran amigo y rival. Cómo Mahito, el protagonista, es claramente él. Y cómo cada personaje se va torciendo, o tal vez refinando, al ritmo de las ausencias.
Miyazaki, a quien muchos suponen lejano y fantasioso, resulta ser un hombre profundamente humano, consciente de su vejez, de sus limitaciones, de su fragilidad. Tiene problemas de concentración. Se pierde en la nada cuando cierra los ojos. Literalmente. Lo dice él mismo: “Normalmente saco personajes de la niebla negra que aparece cuando los cierro. Pero esta vez, no veo nada”.
En un momento, durante una caminata, pasa por un campo donde antes había dos perros y ahora hay solo uno. Lo mira y le dice:
“Envejeciste. Debés sentirte solo”.
Es una de las escenas más simples y más brutales.
Y ahí está él, intentando hacer una nueva película. Cuando alguien le pregunta por qué vuelve a hacerlo, si está tan cansado, responde: “Porque me olvidé cómo me sentía”.
Esa frase me quedó flotando mucho después de que terminó el documental. Como si la creación fuera el único modo que tiene de recordarse a sí mismo. De no desaparecer del todo.
Hay algo más que me conmovió especialmente, y fue la relación entre Miyazaki y Pak-San. La manera en que lo recuerda, lo menciona, lo evoca. Su pérdida no es solo la de un amigo entrañable, sino la de alguien que lo impulsaba a ser mejor. Un rival, en el mejor sentido. Alguien cuya sola existencia lo empujaba a ir más allá. Y entendí perfectamente ese sentimiento.
No voy a decir a quiénes me hizo recordar, pero me resonó muy hondo. He tenido personas así en mi vida: personas en las que me he apoyado al 100%, pero cuya inteligencia, creatividad, o forma de mirar el mundo me sacudía lo suficiente como para querer alcanzarlas, o incluso superarlas. Creo que no desde la envidia, sino desde un deseo genuino de crecer. De convertirme en una mejor versión de mí, impulsada por ese brillo.
Miyasaki sentencia en un momento “este mundo está lleno de malicia, cuestiono cómo vivir en un mundo que no sonríe» y me parece una frase de una ternura brutal que deja al descubierto no solo su desencanto, sino también su vulnerabilidad y su sensibilidad como artista. Podría decirse que es la confesión de alguien que, a pesar de todo, sigue buscando belleza en un mundo que muchas veces no la devuelve.
Y en su caso, eso toma una forma muy concreta: crear como respuesta al desencanto. Dibujar, escribir, imaginar —no como evasión, sino como forma de sobrevivir a esa malicia. Como si cada película fuera una forma de preguntarse si aún queda algo por lo que valga la pena quedarse.
Y aunque el documental se cierra con esa sentencia potente, nada existe sin creatividad, yo creo que hay algo más. Nada existe sin vínculos. Sin esa red invisible de amigos, colegas, rivales, compañeras de ruta.
Miyazaki ya no tiene a los suyos. Y por eso crear pareciera costarle el triple. Lo dice una y otra vez: si Pak-San estuviera acá, ya me hubiese ayudado a resolver esto. No porque le diera la solución. Sino porque lo hubiese picanteado con una ironía, con un chiste, con una mirada. Y a veces, eso basta.
Cuando terminó la función, la sala quedó a oscuras. Un poco parecida a esa niebla negra que Miyazaki dice que ve al cerrar los ojos. Esa nada donde antes encontraba historias. Y aunque tal vez ya no vea personajes nuevos, todavía hay quienes seguimos mirando ahí, intentando descifrarlos en su lugar.
Y me fui con la sensación de que, quien crea, nunca desaparece del todo. Sobrevive en los personajes que dibuja, en las frases que se quedan, en las historias que aún nos envuelven. Porque quizás eso también es crear, negarse a desaparecer del todo.

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