Entre lo simbólico y lo concreto: desafíos de la política exterior feminista

Madrid, julio. Una de las primeras olas de calor del verano nos atravesó durante los días del curso. Afuera, los trayectos eran pesados; adentro, por suerte, el aire acondicionado sostenía el clima de las discusiones. 

La propuesta académica, organizada por la Universidad Complutense y la Fundación Carolina, llevaba un título ambicioso: “Avances y desafíos de la Política Exterior Feminista en América Latina y España”. Ambicioso porque aspiraba a condensar procesos complejos, en momentos muy distintos, con prioridades, trayectorias y niveles de institucionalización que no siempre dialogan en igualdad de condiciones.

“La política, si no transforma la vida de la gente, no sirve”, con esa frase clara y sin adornos, Michelle Bachelet abrió una de las primeras mesas de diálogo. Fue una intervención sin eufemismos, en la que habló de juventud acumulada, de democracia como un pacto que debe cumplirse, y de la necesidad de no romantizar el simbolismo si no viene acompañado de recursos, voluntad y ejecución.

Sus palabras funcionaron como apertura y advertencia: que el feminismo en política exterior no sea solo papel escrito o declaración de principios. Que se materialice. Que tenga presupuesto, impacto, institucionalidad y representación.

El curso siguió su curso planteando algunas primeras definiciones claras: la PEF debe integrar la perspectiva de género en todas las áreas de las relaciones internacionales —desde la diplomacia hasta el comercio, la seguridad y la cooperación al desarrollo—, con el objetivo de reducir las desigualdades de género, promover los derechos de mujeres y diversidades, y transformar las estructuras de poder global. Bajo ese marco, se intentarían analizar los avances tanto normativos como sustantivos en el contexto iberoamericano.

Y si bien hubo momentos potentes, también hubo otros en los que ese diálogo birregional pareció no cuajar del todo.

No es una crítica aislada, es algo que muchas comentamos al compartir cafés, almuerzos, y pausas al sol. El nombre del curso implicaba una conversación entre regiones, pero en algunos paneles la representación latinoamericana estuvo ausente. Entiendo las limitaciones logísticas de armar un programa en España, con funcionarias y expertos locales, pero si la mayoría del auditorio —como estoy casi segura de que fue el caso— está compuesto por mujeres latinoamericanas, ¿no sería oportuno abrir más espacio a esas voces?

En esos márgenes, sin embargo, es donde se gestaron los intercambios más valiosos. Se armó una pequeña constelación de compañeras, todas inmigrantes, cuyo origen era República Dominicana, Colombia, Perú, Brasil/Estados Unidos y Argentina. Hablamos de nuestras realidades, de nuestras rabias compartidas y de los desafíos que enfrentamos desde lugares distintos, pero con puntos de contacto nítidos. Para mí, generar estas redes es de lo más transformador que ofrecen estos espacios.

En cuanto a los contenidos, la exposición de Ana Rosa Alcalde (Directora en Action Aid International) fue de las más aplaudidas —y con razón—: no se limitó a enumerar políticas, sino que trajo desafíos, contradicciones y preguntas urgentes. Se sintió como una bocanada de aire fresco en medio de algunos discursos que, tenían lo suyo, pero se veían acartonados.

En su intervención, Ana Rosa subrayó que “la política exterior feminista no puede quedarse en una narrativa de cooperación impuesta desde el norte, sino que debe permitirnos construir relaciones más horizontales, basadas en la reciprocidad”. También habló de los peligros de la despolitización de los cuidados, y planteó la urgencia de que los Estados asuman compromisos concretos en materia presupuestaria si de verdad quieren transformar el sistema.

Sumó además una alerta clara sobre el uso excesivo del lenguaje como sustituto de la acción. Dijo:

“Hemos abusado de la retórica. En un contexto global tan grave, no podemos seguir avanzando solo con discursos. La falta de resultados concretos nos debilita”.

Y completó con una de sus reflexiones más contundentes: para que la cooperación feminista sea viable, se necesita “un compromiso político mucho más efectivo que permita reformas estructurales a nivel global”, y eso implica, entre otras cosas, reforzar el rol del sector público y enfrentar la desregulación financiera.

Ese tono crítico y propositivo fue lo que volvió inolvidable sus palabras.

También hubo algo en lo planteado por Érika Rodríguez Pinzón (Directora de Fundación Carolina) sobre el concepto de paz.

Para Érika, la noción de paz debe dejar de estar anclada a la seguridad estatal y pensarse desde una mirada más amplia: «El concepto de paz que manejamos tradicionalmente está secuestrado por una mirada securitizada, que prioriza el control, el castigo, el orden. Una política exterior feminista tiene que recuperar una idea de paz como justicia social, como reparación, como equidad”.

Esa idea —que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia— resonó con fuerza, aunque no tuvo eco en otros espacios del curso.

Lo planteado por Catalina Gil Pinzón (Colectivo de Mujeres por la Seguridad Trasatlántica) me pareció fundamental, sobre todo en lo que respecta a la punitividad en las mujeres en delitos relacionados con el narcotráfico.

Catalina alertó sobre cómo el enfoque penal sigue siendo hegemónico, incluso en muchas propuestas que se autodenominan feministas. Y lo dijo con claridad: “Las mujeres están sobrerepresentadas en delitos menores vinculados al narcotráfico, no por decisión autónoma sino por condiciones estructurales. Pero las respuestas estatales siguen siendo castigo, encarcelamiento, invisibilización”.

Su planteo invitó a mirar con más profundidad qué modelos de justicia estamos reproduciendo, incluso cuando hablamos de transformarlos.

Daniela Sepúlveda (Directora de Política Exterior Feminista de América Latina), desde PEFAL, aportó una mirada estratégica y descolonial al hablar de presupuestos, poder y gobernanza.

“El dato global muchas veces engaña”, dijo, para luego desmenuzar cómo cifras optimistas sobre la participación de mujeres en diplomacia no reflejan su real acceso a la toma de decisiones. Más adelante, sumó una propuesta provocadora: descolonizar los presupuestos. “No podemos seguir hablando de cooperación si no discutimos quién pone la plata, quién la recibe, y bajo qué condiciones se definen las prioridades”.

En una segunda intervención, Daniela trazó una diferencia clave entre las PEF del norte y del sur global. Mientras las del norte tienden a un enfoque asistencialista —ligado a marcos como la OTAN o la UE—, en América Latina emergen desde realidades más inestables: crimen organizado, migración forzada, cambio climático, mujeres indígenas, economía del cuidado. “La PEF no puede seguir siendo una política de élite que beneficia a diplomáticas y deja por fuera a las mujeres de los territorios”, dijo con contundencia.

Después de su intervención, no fue raro que la noción de “descolonizar los presupuestos” apareciera en más de una pregunta o de un análisis. A veces basta con nombrar lo que no se está nombrando para abrir caminos.

Y aunque hubo cierto desconcierto inicial al escuchar a Arlene Tickner —estadounidense de origen— como Embajadora itinerante para los asuntos de género y política global feminista de Colombia, su reflexión sobre la agenda del cuidado como “caballo de Troya” para colar temas clave en contextos hostiles fue provocadora.

“Feminismo no es solo una política para mujeres, es un ethos que desafía todas las formas de exclusión: por género, raza, clase, edad o discapacidad”, señaló. También compartió su duda estratégica sobre el uso del término “feminista” en ciertos espacios estatales, planteando cómo a veces la etiqueta puede bloquear agendas si no se construyen alianzas más amplias.

“Hay que blindar estas políticas frente a los cambios de gobierno”, dijo también, advirtiendo sobre la amenaza que representan los giros conservadores. Su propuesta: fortalecer vínculos con la sociedad civil y pensar la cooperación desde el sur hacia el sur, apostando a modelos circulares que cuestionen el sesgo colonial de la ayuda internacional.

Aunque aún me debato ante algunos de sus planteos, celebro su capacidad de pensar estratégicamente cómo se juega con el lenguaje para sostener avances en contextos regresivos.

Otro de los conceptos que me ayudó a enmarcar muchas de las tensiones discutidas fue el de policrisis, presentado por Kattya Cascante Hernández, presidenta de la Red Española de Estudios del Desarrollo. Ella explicó que lo que solemos nombrar como crisis múltiples —climática, económica, democrática, migratoria— son en realidad síntomas de una crisis civilizatoria más profunda.

Lo dijo con claridad: “La crisis climática no es el problema, sino el síntoma del quiebre en la relación entre humanidad y naturaleza”. Ese enfoque más estructural me pareció fundamental para entender por qué muchas veces las políticas (incluidas las feministas) no logran ser suficientemente transformadoras: porque atacan síntomas, pero no alcanzan a tocar las raíces del problema. Y eso, en parte, también se reflejó en algunas de las tensiones del curso.

Finalmente, como bien lo planteó Ana Rosa Alcalde, tenemos que convencer a la sociedad de que la paz es fundamental. Que sí es posible un nuevo mundo, centrado en el cuidado de la vida y del planeta. Si no lo hacemos, perdemos el debate público. Y, con él, también la posibilidad real de transformar.

Salí del curso con dos preguntas puntuales: ¿cómo construir políticas exteriores feministas que no se limiten al gesto institucional ni se queden encerradas en el ámbito diplomático? ¿Cómo democratizar esa agenda, cómo acercarla a las demandas cotidianas de nuestras regiones?

A veces, el calor sirve para eso: para acelerar procesos. Para que lo que estaba latente se vuelva evidente. Y entonces, actuar.

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