Una visita al museo y mis preguntas por el cuidado a través del tiempo

Hace unas tres semanas entré por primera vez al Musée National d’Histoire et d’Art de Luxemburgo. Vivo en esta ciudad desde hace tres años y recién este mes, decidí visitarlo y la verdad es que me descolocó un poco. Por su tamaño —cinco pisos hacia arriba y cinco hacia abajo—, pero también por el modo en que el recorrido te obliga a descender en la historia: desde el arte contemporáneo hasta el paleolítico. No es solo una bajada física, es una bajada de capas, como de tiempo y de sentido.

Entre vitrinas, restos de piedra, esculturas sin nombre y pasillos cada vez más silenciosos, me encontré frente a dos pequeñas estatuillas. Cabe decir que no tenía señal de internet, como si la cronología del museo también desconectara lo digital. Como si, cuanto más bajaba, más lejos estuviera del presente.

Los pequeños seres de piedra en cuestión, no tenían ningún brillo. Nada en ellos sugería que fueran importantes o que debieran destacar dentro de la colección. Pero algo en su pequeña forma, en su gesto contenido, en esa mirada sin ojos, logró que me detenga. El clásico cartel descriptivo de los museos indicaba que se trataba de matronas y ahí, algo me hizo un muy sutil clic.

No porque no supiera sobre su existencia. Sé (como muchas otras personas) que las matronas han sido figuras clave en la historia del cuidado, de los nacimientos, del saber corporal. Pero algo en esa escena me generó curiosidad porque no esperaba encontrarlas ahí, tan quietas, tan europeas, tan locales. Por alguna razón, mi cabeza las había colocado siempre en otras geografías, sobre todo en América Latina. En culturas donde se honra a la tierra, a las diosas del agua, a las madres del maíz.

¿Quiénes eran esas matronas?

Ya fuera del museo, y con señal de internet, empecé a tirar del hilo y a leer un poco más, porque quería saber. Resulta que se trataba de figuras femeninas muy veneradas en ciertas regiones del Imperio Romano, divinidades locales, ligadas al cuidado, la fertilidad y la protección de la vida. Su culto era popular, comunitario, rural. No eran mujeres de carne y hueso, pero tampoco diosas del Olimpo: eran una presencia protectora, casi íntima. Representaban la fuerza que cuida.

En numerosas inscripciones votivas, altares y relieves encontrados en esta zona (especialmente en ColoniaTréverisBonn), las matronas aparecen representadas en grupos de tres mujeres sentadas, a menudo con elementos como frutas, flores, niños o cestas, que simbolizan la fertilidad, la abundancia y la protección. A menudo eran colocadas en tumbas, como si siguieran cuidando incluso después de la muerte. Estas representaciones tríadicas están tan repetidas que se consideran parte fundamental del culto. De hecho, a veces se las denomina directamente como las “Matronae Triformis”.

El cuidado como saber

Pero lo que me sacudió no fue solo su presencia ritual, fue comprender que durante siglos, las matronas no solo acompañaban partos. Sostenían, enseñaban, curaban. Sabían de hierbas, de cuerpos, de tiempos. No habían pasado por aulas, sino por casas. Por generaciones. Por experiencia.

En la Edad Media, su figura se volvió ambigua: por un lado se las necesitaba; por otro, se las sospechaba. Sabían demasiado, sabían sin permiso y eso, visto por los hombres poderosos de turno, era peligroso.

El conocimiento que poseían, heredado entre mujeres, era una amenaza para el orden racional y masculino. En muchos casos fueron perseguidas, acusadas de brujas, de criminales. No por hacer daño, sino por saber cómo sanar. Por tener, en sus manos y en sus plantas, una forma de poder que no respondía a ningún título, a ninguna institución.

El hilo que no se corta

Días después, llegué a un artículo de la Confederación Internacional de Matronas. Hablaba de los desafíos actuales del rol, de cómo esta figura sigue siendo clave para los derechos sexuales y reproductivos, para la autonomía, para el bienestar integral. Y me pareció increíble pensar en todo lo que resiste esa palabra: matrona. Desde las estatuillas de piedra hasta las profesionales que hoy defienden partos dignos, respetados, humanos.

Lo que cambia es la forma, pero el fondo es el mismo: cuidar. Y cuidar no es un acto menor, es una práctica, un saber y también, una posición política.

Tal vez por eso me quedé tan pegada a esa escena. Porque en medio de un museo subterráneo, rodeada de piedras, lo que vi fue una pregunta todavía viva: ¿quién nos cuida? ¿Quién está ahí cuando algo empieza? ¿O cuando algo termina? ¿Quién transmite los saberes que no entran en los libros, pero que han sostenido la vida durante siglos?

Las matronas del subsuelo del museo siguen ahí, silenciosas y firmes, mirando desde una vitrina de cristal. Recordándonos que el cuidado tiene historia, y que a veces basta con una figura de piedra, escondida en lo profundo, para volver a pensar en quién nos cuida. Y cómo.

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