A veces leer nos devuelve claridad. No porque lo que aparece en las páginas sea completamente nuevo, sino porque le da un nombre a algo que ya habitaba en nuestra mente. Eso me pasó hace unos días con dos palabras que hasta entonces no había hecho muy mías: necropolítica y sexilio.

Al encontrarlas en un material de estudio, sentí una mezcla rara. Porque si bien los conceptos que señalan ya estaban en mi cabeza, nunca los había llamado de esa manera. En mi experiencia, muchas veces cargamos con ideas o intuiciones sueltas que orbitan como piezas dispersas; leer nos ayuda a ordenarlas, a ponerles nombre, a reconocer que tienen un lugar en un entramado mucho más grande.

La necropolítica, entendida como la administración del poder sobre la vida y la muerte, ya la había rozado a través de otro concepto más familiar: la tanatopolítica. Pero mientras la tanatopolítica refiere a cómo los Estados regulan la vida a través del control de la muerte —por ejemplo, con políticas de seguridad, salud o castigo—, la necropolítica va un paso más allá: señala qué vidas se consideran dignas de ser protegidas y qué vidas pueden ser expuestas, descartadas o directamente eliminadas. Es el poder de decidir quién vive y quién muere, y bajo qué condiciones.

El sexilio, en cambio, fue un término novedoso para mí: el exilio forzado que sufren muchas personas por su identidad de género o su orientación sexual. Es la migración que no se da por hambre, ni por guerra, sino por amor, por deseo, por identidad. Es el destierro silencioso de quienes, al no poder vivir su orientación sexual o identidad de género de manera libre y segura en su país de origen, se ven empujados a huir. Detrás de esta palabra están las historias de quienes fueron expulsados de sus comunidades, de sus familias, de sus espacios más íntimos, simplemente por existir tal como son.

El sexilio muestra otra cara de la violencia: aquella que arranca a las personas de su tierra sin disparar un arma, pero a través de la discriminación, la persecución social, el hostigamiento o las leyes que criminalizan sus cuerpos. Es un exilio doble: del país que se deja atrás y de la posibilidad de habitar el propio deseo en libertad.

Y pienso en lo poderoso que es el lenguaje. Nombrar no es un acto menor. Ponerle palabras a lo que existe nos permite pensarlo, identificarlo, reconocerlo como parte de un sistema. Necropolítica y sexilio no son solo conceptos teóricos: tienen cuerpo, tienen rostro, y atraviesan a quienes migran forzadamente.

Migraciones forzadas y cuerpos vulnerables

La decisión de migrar puede sonar como un acto de libertad personal, pero rara vez lo es de manera pura. Cuando hay factores estructurales que expulsan —guerras, persecuciones, hambre, crisis políticas, violencias de género— esa migración deja de ser elección y se convierte en necesidad. Es lo que se entiende por migración forzada. Y es en esos procesos donde más se multiplican las formas de violencia: física, simbólica, institucional, estructural.

Pero no todos los cuerpos migran en igualdad de condiciones. En el caso de las mujeres y niñas, la vulnerabilidad se multiplica. Migrar forzadamente puede significar huir de mutilación genital femenina, matrimonios forzados, crímenes de honor, violaciones, prostitución coactiva, violencia doméstica, feminicidios. Prácticas de violencia que no solo expulsan, sino que persiguen a lo largo del ciclo migratorio. Cada etapa del camino —la salida, el tránsito, la llegada, incluso la vida en destino— está atravesada por riesgos específicos que marcan de manera distinta a las mujeres.

Ya en la vida cotidiana de quienes tienen el privilegio de vivir, estudiar y trabajar en su propio país, ser mujeres implica cruzar barreras, obstáculos y estereotipos. En un contexto de desarraigo forzado, esas dificultades se vuelven exponenciales.

Un recuerdo en Brasil

Mi primer acercamiento concreto al peso de estas vulnerabilidades fue en Brasil, el primer país al que migré. Tenía que entregar parte de mi expediente en la Policía Federal para obtener mi residencia permanente. La sala estaba llena, entre otros, de migrantes haitianos que huían de la crisis política de su país.

Nunca voy a olvidar la cara de un hombre en la ventanilla contigua a la mía. Él solo hablaba francés. El oficial que lo atendía solo hablaba portugués. El funcionario le explicaba que su expediente ya estaba ingresado, que todo estaba en orden y que solo debía esperar a ser contactado. Pero el hombre no entendía. Y en su incomprensión, creyó que lo estaban por deportar.

Su rostro se transformó: angustia, miedo, desamparo absoluto. Esa imagen se quedó grabada en mi memoria. Lo que para el oficial era un trámite rutinario, para él era la amenaza de volver a un país en crisis. Esa fragilidad en la que se encontraba no era solo circunstancial: probablemente la vivía a diario.

Y pienso: si esa vulnerabilidad era tan visible y extrema en un hombre adulto, ¿cómo sería en una mujer? ¿Qué ocurre cuando esa escena se multiplica en cuerpos más expuestos, en quienes cargan con niñas y niños, en quienes son perseguidas además por su género o su identidad sexual?

El privilegio de elegir

Esa escena también me hizo pensar en mi propio lugar. Migrar, en mi caso, fue una elección y lo hice de manera ordenada, segura, con recursos. Eso es un privilegio.

Muy distinto a quienes migran forzadamente, sin opción, empujados por la violencia estructural, bélica o de género. Para esas personas, el viaje no es una aventura ni un proyecto personal: es un salto desesperado para salvar la vida.

Reconocer ese privilegio no implica culpa, sino responsabilidad (un tema muy recurrente en mis sesiones de terapia). La responsabilidad de no romantizar la experiencia migratoria, de no universalizarla, de entender que no todas las historias de movilidad se parecen, y de nombrar las desigualdades que las atraviesan.

Por eso me parece tan importante seguir leyendo, aprendiendo, acercándonos a nuevos materiales. No para acumular teorías, sino para reconocer realidades. Para darle forma a aquello que a veces intuimos pero no sabemos cómo pensar. Para nombrar.

Nombrar necropolítica. Nombrar sexilio. Nombrar las violencias que atraviesan a las mujeres y niñas en contextos de migración forzada. Porque poner palabras no elimina el dolor, pero nos permite reconocerlo, compartirlo y exigir que deje de repetirse.

Aprender nuevos términos es, también, aprender nuevas formas de mirar el mundo. Y en ese ejercicio, tal vez podamos ampliar un poco más nuestra visión, sacudirnos la comodidad de la distancia, y comprender que estas realidades suceden todos los días, en todos los puntos del planeta, de maneras violentas y urgentes.

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