Cuando tenía siete años caminaba con mi hermana más chica por la esquina de mi casa. Un auto se detuvo a nuestro lado. El hombre bajó la ventanilla y en un instante entendí que algo no estaba bien: tenía los pantalones bajos, un montón de revistas porno desparramadas en el asiento y se masturbaba frente a nosotras mientras me señalaba las imágenes.
Le agarré la mano a mi hermana y apuré el paso. Era solo una cuadra hasta mi casa, pero suficiente para que esa escena quedara grabada en mi memoria con una nitidez dolorosa. Todo ocurrió de mañana, en una avenida transitada, a pocos metros de la puerta de mi casa.
No fue la única vez. A los 15 o 16 años, un hombre estacionó frente a mí y mis amigas, y repitió la misma escena, sin vergüenza, a plena luz del día. Más tarde, ya en la facultad, me crucé con otro tipo escondido detrás de un árbol, bajándose los pantalones en la penumbra de Ciudad Universitaria (ese día volví sobre mis pasos para alejarme y para alertar a mis compañeras). Y en un boliche, un desconocido me metió la mano por debajo de la pollera mientras caminaba sola por un pasillo, después de salir del baño.
Historias así tengo varias. Demasiadas (y mucho más detalladas). En un taller, hace como siete años, me pidieron que anotara la primera vez que sentí inseguridad por ser mujer y terminé dejando de escribir porque me abrumó darme cuenta de cuántas veces había pasado. Nunca lo pedí. Nunca correspondía. Simplemente pasó porque alguien decidió que podía hacerlo, porque soy mujer, porque nuestro cuerpo en el espacio público se les presenta como algo disponible.
Estas anotaciones volvieron a mi mente ahora, a raíz de la entrevista que Pedro Rosemblat le hizo a Gustavo Cordera en Gelatina (y de la que todo el mundo está hablando). Cordera, que hace casi diez años dijo sin rodeos lo que no se enmarca en otra cosa más que en apología de la violación. Que a él, después de tanto tiempo, le vuelvan a dar un micrófono frente a miles de personas ya es indignante. Pero lo que más me molestó fue otra cosa: el descargo de Pedro.
Dijo, más o menos, que lo que las mujeres sentimos frente a esas palabras es distinto, porque nosotras lo pasamos por el cuerpo y ellos, los varones, no. Sus palabras textuales fueron: «Se juegan otras cosas. Hay cosas que no se me juegan que se le juegan a las mujeres en el cuerpo cuando escuchan a una persona que dijo eso, que efectivamente a mí no me pasa». Y ahí fue cuando me atravesó la bronca.
Porque yo no quiero que ningún varón tenga que vivir en su cuerpo lo que nosotras vivimos. No quiero que lo sufran en carne propia para entender. No lo considero necesario. Yo nunca fui violada y, aun así, cada vez que leo o escucho el testimonio de una mujer que sí lo fue, se me quiebra el alma en dos, LITERALMENTE. No necesito que me suceda a mí para comprender lo atroz que es.
Entonces, ¿por qué un varón debería atrincherarse detrás de esa excusa para no hacerse cargo? ¿Por qué ese manifiesto de “a mí no me pasa” tendría que ser aceptable como argumento? La empatía no pasa por el cuerpo, pasa por la humanidad. Y si no se puede reaccionar con humanidad frente a la apología de la violación, ¿qué nos queda?
No alcanza con que reconozcan que “nos pasa a nosotras”. Lo que necesitamos es que lo entiendan como un problema social, como una violencia estructural que requiere responsabilidad y acción. Porque mientras callen, miren para otro lado o se excusen, la violencia sigue teniendo cómplices.
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