En el centro de Luxemburgo hay una cafetería que resiste a su manera. Es una confitería con más de 150 años de historia que no tiene el aire cosmopolita de las cadenas que poco a poco van ocupando la ciudad. Es un espacio antiguo sin declararse como tal, incrustado entre edificios que arrastran décadas e historias.

Adentro, el tiempo parece correr con otro ritmo. El personal —casi siempre mujeres— se mueve con una precisión distante. Quizás peque al confesarlo, pero no sonríen demasiado, hablan casi exclusivamente en francés, y cuando yo intento pedir en ese idioma con mi acento, claramente, extranjero, repiten la palabra como corrigiendo, sin juicio, solo reafirmando. Es un ritual extraño y, al mismo tiempo, familiar para mí.

Me gusta sentarme en alguna de las mesas de la esquina. Desde ahí puedo mirar sin interrumpir, observar sin incomodar. Es un ejercicio de paciencia y ternura, porque lo que pasa entre esas mesas tiene algo de coreografía discreta.

En una mesa, una señora se entrega con mucha calma a una copa de helado de frutilla y crema.

En otra, dos mujeres llegaron lo más coquetas que pudieron: labios pintados, ropa elegida con cuidado, y el gesto ceremonioso de pedir unos eclairs de chocolate y un té para cada una.

Una señora con audífono discute suavemente sobre el ticket de su café con la cajera.

Otra, con apoyo motriz, entra por donde quiere, así que necesita que le abran una puerta-ventana para desencajar el andador y poder sentarse, finalmente, frente a una copa helada.

En casi todas las mesas hay un andador «estacionado» al costado, como si fueran bicicletas en la vereda de un verano cualquiera.

Mientras las miro, pienso en mis abuelos. Mi abuela, cuando aún podía salir, se preparaba como si el mundo la estuviera esperando: los rulos firmes, la falda planchada, las únicas perlas que tenía, la colonia que dejaba una estela fuerte. Era toda una producción para ir, quizá, a la casa de alguno/a de sus hermanos/as. La salida del mes, o del trimestre. Mi abuelo, en cambio, vivió más para cuidarla que para sí mismo. Después de que ella se fue, ya no tuvo mucho más que hacer. Muchas veces pienso que ninguno de los dos tuvo tiempo ni plata para disfrutar de una vejez en plenitud.

Por eso, cada vez que vuelvo a esta cafetería y veo a esas personas acomodando bastones, estacionando andadores o saboreando un postre como si fuera un pequeño lujo, me pregunto qué habrá detrás. Si es un gesto rutinario, parte de un calendario marcado, o si es, para algunos/as, un acontecimiento que se preparó desde temprano en casa.

Yo, desde mi rincón, lo único que siento es una ternura inmensa y un respeto silencioso. Porque en esa cafetería la vejez se hace visible y digna (con todo el privilegio que eso representa en la sociedad en la que vivimos hoy), en lo mínimo: en una taza de café, en una copa helada, en la obstinación de seguir saliendo al mundo.

Tal vez sea solo un café más. O tal vez sea un pequeño triunfo contra la soledad.

Deja un comentario