El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

El otro día me crucé con un streaming en español y lo abrí más por curiosidad que por otra cosa, ya que anunciaban su regreso después de mucho tiempo fuera del aire. Quería entender quiénes eran, de qué hablaban, qué tono tenían. En medio de esa charla descontracturada con la que suelen comenzar este tipo de programas, la única mujer del panel dijo, entre risas, que se había dado cuenta de que para ella los ginecólogos no deberían ser guapos porque eso la hacía sentir incómoda durante la consulta. Y ahí me quedé tiesa. No incómoda en abstracto, tiesa. Lo primero que hice fue copiar el link y mandárselo a una amiga por WhatsApp con una sola idea en la cabeza: ¿qué pasaría si esto lo dijese un hombre?

Honestamente, creo que la reacción sería inmediata. Probablemente lo pondríamos en el paredón. O, siendo más honestas todavía, lo mandaríamos directo a la hoguera. No tanto por la frase en sí, sino por todo lo que se activa según quién la diga.

Y ahí empezó entre nosotras algo que me interesó más que el comentario en sí: un análisis sobre la diferencia en nuestra reacción. No si está bien o mal, no si es lo mismo o no es lo mismo, sino por qué reaccionamos distinto según quién diga qué. Porque si un varón dice que dejó de salir con una mujer por cómo tenía el cuerpo, la reacción aparece sola, casi sin procesamiento previo. Sabemos que hay historia, poder, cosificación, jerarquías que llevan décadas, incluso siglos, funcionando. Pero cuando esos comentarios aparecen entre mujeres, o en contextos donde esa asimetría histórica y simbólica no aparece de forma tan evidente, la reacción se vuelve más lenta, más dudosa, a veces, silenciosa.

Acá aparece una incomodidad que, al menos para mí, es interesante en sí misma. Porque el feminismo muchas veces se piensa hacia afuera (contra estructuras, contra discursos, contra desigualdades evidentes) pero también existe hacia adentro, en esas zonas donde no hay respuestas automáticas, donde una no sabe si intervenir, cómo intervenir o si siquiera corresponde intervenir. 

Tal vez parte de la dificultad esté en que convivimos con dos verdades al mismo tiempo. Por un lado, que no todo comentario sobre cuerpos tiene el mismo peso estructural. Y por otro, que incluso quienes cuestionamos esos sistemas seguimos habitando una cultura que nos enseñó a evaluar cuerpos, jerarquizarlos y convertirlos en parte del lenguaje del deseo, del rechazo y de la pertenencia.

Esa cultura no la sostienen solo los varones. La sostenemos todos y todas, muchas veces sin quererlo, muchas veces creyendo que estamos completamente afuera de eso. Y quizás por eso el feminismo, al menos como yo lo transito hoy, no se parece tanto a un lugar de coherencia moral perfecta, sino más a un ejercicio permanente de revisión. A veces incómodo. A veces contradictorio. 

No somos sujetas políticamente puras. Somos personas atravesadas por la cultura en la que crecimos, por lo que aprendimos a desear, por lo que aprendimos a rechazar, por la necesidad de pertenecer, por las cosas que todavía estamos desaprendiendo. Y quizás el feminismo también sea esto: no tener siempre la reacción perfecta, pero sí tener la incomodidad suficiente como para no dejar de pensar y de (re)preguntar. Porque hay algo políticamente potente en poder decir que estas tensiones también existen entre nosotras, y que todavía estamos viendo qué hacer con eso.

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