El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Una visita al museo y mis preguntas por el cuidado a través del tiempo

    Hace unas tres semanas entré por primera vez al Musée National d’Histoire et d’Art de Luxemburgo. Vivo en esta ciudad desde hace tres años y recién este mes, decidí visitarlo y la verdad es que me descolocó un poco. Por su tamaño (cinco pisos hacia arriba y cinco hacia abajo), pero también por el modo en que el recorrido te obliga a descender en la historia: desde el arte contemporáneo hasta el paleolítico. No es solo una bajada física, es una bajada de capas, como de tiempo y de sentido.

    Entre vitrinas, restos de piedra, esculturas sin nombre y pasillos cada vez más silenciosos, me encontré frente a dos pequeñas estatuillas. Cabe decir que no tenía señal de internet, como si la cronología del museo también desconectara lo digital. Como si, cuanto más bajaba, más lejos estuviera del presente.

    Los pequeños seres de piedra en cuestión, no tenían ningún brillo. Nada en ellos sugería que fueran importantes o que debieran destacar dentro de la colección. Pero algo en su pequeña forma, en su gesto contenido, en esa mirada sin ojos, logró que me detenga. El clásico cartel descriptivo de los museos indicaba que se trataba de matronas y ahí, algo me hizo un muy sutil clic.

    No porque no supiera sobre su existencia. Sé (como muchas otras personas) que las matronas han sido figuras clave en la historia del cuidado, de los nacimientos, del saber corporal. Pero algo en esa escena me generó curiosidad porque no esperaba encontrarlas ahí, tan quietas, tan europeas, tan locales. Por alguna razón, mi cabeza las había colocado siempre en otras geografías, sobre todo en América Latina. En culturas donde se honra a la tierra, a las diosas del agua, a las madres del maíz.

    ¿Quiénes eran esas matronas?

    Ya fuera del museo, y con señal de internet, empecé a tirar del hilo y a leer un poco más, porque quería saber. Resulta que se trataba de figuras femeninas muy veneradas en ciertas regiones del Imperio Romano, divinidades locales, ligadas al cuidado, la fertilidad y la protección de la vida. Su culto era popular, comunitario, rural. No eran mujeres de carne y hueso, pero tampoco diosas del Olimpo: eran una presencia protectora, casi íntima. Representaban la fuerza que cuida.

    En numerosas inscripciones votivas, altares y relieves encontrados en esta zona (especialmente en ColoniaTréverisBonn), las matronas aparecen representadas en grupos de tres mujeres sentadas, a menudo con elementos como frutas, flores, niños o cestas, que simbolizan la fertilidad, la abundancia y la protección. A menudo eran colocadas en tumbas, como si siguieran cuidando incluso después de la muerte. Estas representaciones tríadicas están tan repetidas que se consideran parte fundamental del culto. De hecho, a veces se las denomina directamente como las “Matronae Triformis”.

    El cuidado como saber

    Pero lo que me sacudió no fue solo su presencia ritual, fue comprender que durante siglos, las matronas no solo acompañaban partos. Sostenían, enseñaban, curaban. Sabían de hierbas, de cuerpos, de tiempos. No habían pasado por aulas, sino por casas. Por generaciones. Por experiencia.

    En la Edad Media, su figura se volvió ambigua: por un lado se las necesitaba; por otro, se las sospechaba. Sabían demasiado, sabían sin permiso y eso, visto por los hombres poderosos de turno, era peligroso.

    El conocimiento que poseían, heredado entre mujeres, era una amenaza para el orden racional y masculino. En muchos casos fueron perseguidas, acusadas de brujas, de criminales. No por hacer daño, sino por saber cómo sanar. Por tener, en sus manos y en sus plantas, una forma de poder que no respondía a ningún título, a ninguna institución.

    El hilo que no se corta

    Días después, llegué a un artículo de la Confederación Internacional de Matronas. Hablaba de los desafíos actuales del rol, de cómo esta figura sigue siendo clave para los derechos sexuales y reproductivos, para la autonomía, para el bienestar integral. Y me pareció increíble pensar en todo lo que resiste esa palabra: matrona. Desde las estatuillas de piedra hasta las profesionales que hoy defienden partos dignos, respetados, humanos.

    Lo que cambia es la forma, pero el fondo es el mismo: cuidar. Y cuidar no es un acto menor, es una práctica, un saber y también, una posición política.

    Tal vez por eso me quedé tan pegada a esa escena. Porque en medio de un museo subterráneo, rodeada de piedras, lo que vi fue una pregunta todavía viva: ¿quién nos cuida? ¿Quién está ahí cuando algo empieza? ¿O cuando algo termina? ¿Quién transmite los saberes que no entran en los libros, pero que han sostenido la vida durante siglos?

    Las matronas del subsuelo del museo siguen ahí, silenciosas y firmes, mirando desde una vitrina de cristal. Recordándonos que el cuidado tiene historia, y que a veces basta con una figura de piedra, escondida en lo profundo, para volver a pensar en quién nos cuida. Y cómo.

  • La semana pasada participé en la sesión “Mitigating Online Violence Against Women Human Rights Defenders”, parte de los TFGBV Policy Dialogues coorganizados por UN Women y Sexual Violence Research Initiative (SVRI). 

    El espacio buscó traducir los marcos globales sobre violencia de género facilitada por la tecnología (TFGBV, por sus siglas en inglés) en estrategias concretas y centradas en las sobrevivientes, especialmente para defensoras de derechos humanos, periodistas y activistas que enfrentan formas múltiples e interseccionales de discriminación.

    Lo interesante no fue solo la diversidad de voces, sino cómo ciertas ideas se repitieron y resonaron en distintas experiencias y latitudes, desde África hasta América Latina.

    Una cuestión que emergió con fuerza fue la importancia de nombrar y definir. Los marcos legales y las políticas públicas no pueden quedarse en categorías vagas: se necesitan definiciones claras, amplias e inclusivas, capaces de abarcar las formas de abuso que siguen emergiendo en los espacios digitales. La violencia cambia de forma todo el tiempo, y la norma que no se actualiza deja huecos por donde se cuela la impunidad.

    Otro concepto clave fue la responsabilidad compartida. No alcanza con pedirle cuentas solo a los Estados; las empresas tecnológicas tienen un rol fundamental en la prevención y la protección. Y también la sociedad civil, con sus redes de apoyo entre pares, con sus estrategias de autocuidado y con su capacidad de incidir en la agenda.

    Se habló mucho de los riesgos de caer en marcos punitivos que, en vez de proteger, terminen censurando o criminalizando a quienes defienden derechos. Esa tensión me parece clave: cómo prevenir y sancionar la violencia sin limitar el espacio cívico.

    Me quedo también con la urgencia de hablar sobre salud mental y cuidado colectivo. Lo digital no es un espacio paralelo: lo que ocurre allí atraviesa la vida cotidiana, el trabajo y hasta la posibilidad de seguir en pie en la defensa de los derechos humanos. De hecho, existen casos reales que reflejan con crudeza lo que significa ser mujer defensora en un entorno digital hostil:

    • Lydia Cacho (México): Periodista y defensora de derechos humanos, reconocida por su trabajo contra la trata de personas. Después de la publicación de un libro en el que investigó redes de explotación sexual infantil, fue arrestada ilegalmente, torturada y perseguida judicialmente.
    • Zara Alvarez (Filipinas): Defensora de derechos humanos y educadora comunitaria. Fue objeto de red-tagging (etiquetada como “terrorista” en redes y medios), antes de ser asesinada en 2020.
    • Nadia Murad (Irak / Yazidí): Sobreviviente de violencia sexual por parte del ISIS y activista por los derechos de las mujeres y minorías. Aunque es Premio Nobel de la Paz, ha recibido constantes ataques, acoso y campañas de odio en línea que buscan desacreditar su testimonio.
    • Berta Cáceres (Honduras)Líder indígena lenca y defensora ambiental, asesinada en 2016 tras años de amenazas. Antes de su muerte, fue blanco de campañas de hostigamiento digital y criminalización mediática por su lucha contra un proyecto hidroeléctrico. Su caso dejó al descubierto cómo la violencia en línea y la estigmatización pública pueden crear un clima de impunidad que facilita ataques físicos.
    • Sanaa Seif (Egipto): Activista prodemocracia y de derechos humanos. Ha sido detenida varias veces y víctima de campañas de difamación en medios oficiales y redes sociales por su defensa de presos políticos, incluido su hermano Alaa Abd El-Fattah.

    Estas historias reflejan un patrón: la violencia digital no se limita a insultos en redes, sino que busca silenciar, desacreditar y expulsar a las defensoras de los espacios públicos.

    Los debates sobre la TFGBV no pueden quedar en manos de unas pocas personas. Es urgente construir un entorno digital seguro, inclusivo y libre de violencia, para que las defensoras puedan seguir ejerciendo su trabajo (y viviendo su vida) sin miedo.

    A modo de nota personal y para seguir explorando el tema de la violencia de género facilitada por la tecnología (TFGBV), quedan aquí algunos materiales clave de UN Women y SVRI:

    📄 Preguntas frecuentes sobre violencia digital – UN Women. Una introducción clara a las distintas formas de abuso digital.

    📑 Agenda de Investigación Compartida sobre TFGBV – UN Women y SVRI. Traza las prioridades globales de investigación para enfrentar esta violencia.

    🌐 Comunidad de práctica TFGBV – SVRI. Un espacio para conectarse con defensoras, activistas y especialistas de todo el mundo.

    📘 Toolkit juvenil para terminar con la violencia en línea – UN Women. Una guía práctica pensada para jóvenes, con estrategias de acción.

  • Entre lo simbólico y lo concreto: desafíos de la política exterior feminista

    Madrid, julio. Una de las primeras olas de calor del verano nos atravesó durante los días del curso. Afuera, los trayectos eran pesados; adentro, por suerte, el aire acondicionado sostenía el clima de las discusiones. 

    La propuesta académica, organizada por la Universidad Complutense y la Fundación Carolina, llevaba un título ambicioso: “Avances y desafíos de la Política Exterior Feminista en América Latina y España”. Ambicioso porque aspiraba a condensar procesos complejos, en momentos muy distintos, con prioridades, trayectorias y niveles de institucionalización que no siempre dialogan en igualdad de condiciones.

    “La política, si no transforma la vida de la gente, no sirve”, con esa frase clara y sin adornos, Michelle Bachelet abrió una de las primeras mesas de diálogo. Fue una intervención sin eufemismos, en la que habló de juventud acumulada, de democracia como un pacto que debe cumplirse, y de la necesidad de no romantizar el simbolismo si no viene acompañado de recursos, voluntad y ejecución.

    Sus palabras funcionaron como apertura y advertencia: que el feminismo en política exterior no sea solo papel escrito o declaración de principios. Que se materialice. Que tenga presupuesto, impacto, institucionalidad y representación.

    El curso siguió su curso planteando algunas primeras definiciones claras: la PEF debe integrar la perspectiva de género en todas las áreas de las relaciones internacionales (desde la diplomacia hasta el comercio, la seguridad y la cooperación al desarrollo), con el objetivo de reducir las desigualdades de género, promover los derechos de mujeres y diversidades, y transformar las estructuras de poder global. Bajo ese marco, se intentarían analizar los avances tanto normativos como sustantivos en el contexto iberoamericano.

    Y si bien hubo momentos potentes, también hubo otros en los que ese diálogo birregional pareció no cuajar del todo.

    No es una crítica aislada, es algo que muchas comentamos al compartir cafés, almuerzos, y pausas al sol. El nombre del curso implicaba una conversación entre regiones, pero en algunos paneles la representación latinoamericana estuvo ausente. Entiendo las limitaciones logísticas de armar un programa en España, con funcionarias y expertos locales, pero si la mayoría del auditorio (como estoy casi segura de que fue el caso) está compuesto por mujeres latinoamericanas, ¿no sería oportuno abrir más espacio a esas voces?

    En esos márgenes, sin embargo, es donde se gestaron los intercambios más valiosos. Se armó una pequeña constelación de compañeras, todas inmigrantes, cuyo origen era República Dominicana, Colombia, Perú, Brasil/Estados Unidos y Argentina. Hablamos de nuestras realidades, de nuestras rabias compartidas y de los desafíos que enfrentamos desde lugares distintos, pero con puntos de contacto nítidos. Para mí, generar estas redes es de lo más transformador que ofrecen estos espacios.

    En cuanto a los contenidos, la exposición de Ana Rosa Alcalde (Directora en Action Aid International) fue de las más aplaudidas (y con razón): no se limitó a enumerar políticas, sino que trajo desafíos, contradicciones y preguntas urgentes. Se sintió como una bocanada de aire fresco en medio de algunos discursos que, tenían lo suyo, pero se veían acartonados.

    En su intervención, Ana Rosa subrayó que “la política exterior feminista no puede quedarse en una narrativa de cooperación impuesta desde el norte, sino que debe permitirnos construir relaciones más horizontales, basadas en la reciprocidad”. También habló de los peligros de la despolitización de los cuidados, y planteó la urgencia de que los Estados asuman compromisos concretos en materia presupuestaria si de verdad quieren transformar el sistema.

    Sumó además una alerta clara sobre el uso excesivo del lenguaje como sustituto de la acción. Dijo:

    “Hemos abusado de la retórica. En un contexto global tan grave, no podemos seguir avanzando solo con discursos. La falta de resultados concretos nos debilita”.

    Y completó con una de sus reflexiones más contundentes: para que la cooperación feminista sea viable, se necesita “un compromiso político mucho más efectivo que permita reformas estructurales a nivel global”, y eso implica, entre otras cosas, reforzar el rol del sector público y enfrentar la desregulación financiera.

    Ese tono crítico y propositivo fue lo que volvió inolvidable sus palabras.

    También hubo algo en lo planteado por Érika Rodríguez Pinzón (Directora de Fundación Carolina) sobre el concepto de paz.

    Para Érika, la noción de paz debe dejar de estar anclada a la seguridad estatal y pensarse desde una mirada más amplia: «El concepto de paz que manejamos tradicionalmente está secuestrado por una mirada securitizada, que prioriza el control, el castigo, el orden. Una política exterior feminista tiene que recuperar una idea de paz como justicia social, como reparación, como equidad”.

    Esa idea (que la paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia) resonó con fuerza, aunque no tuvo eco en otros espacios del curso.

    Lo planteado por Catalina Gil Pinzón (Colectivo de Mujeres por la Seguridad Trasatlántica) me pareció fundamental, sobre todo en lo que respecta a la punitividad en las mujeres en delitos relacionados con el narcotráfico.

    Catalina alertó sobre cómo el enfoque penal sigue siendo hegemónico, incluso en muchas propuestas que se autodenominan feministas. Y lo dijo con claridad: “Las mujeres están sobrerepresentadas en delitos menores vinculados al narcotráfico, no por decisión autónoma sino por condiciones estructurales. Pero las respuestas estatales siguen siendo castigo, encarcelamiento, invisibilización”.

    Su planteo invitó a mirar con más profundidad qué modelos de justicia estamos reproduciendo, incluso cuando hablamos de transformarlos.

    Daniela Sepúlveda (Directora de Política Exterior Feminista de América Latina), desde PEFAL, aportó una mirada estratégica y descolonial al hablar de presupuestos, poder y gobernanza.

    “El dato global muchas veces engaña”, dijo, para luego desmenuzar cómo cifras optimistas sobre la participación de mujeres en diplomacia no reflejan su real acceso a la toma de decisiones. Más adelante, sumó una propuesta provocadora: descolonizar los presupuestos. “No podemos seguir hablando de cooperación si no discutimos quién pone la plata, quién la recibe, y bajo qué condiciones se definen las prioridades”.

    En una segunda intervención, Daniela trazó una diferencia clave entre las PEF del norte y del sur global. Mientras las del norte tienden a un enfoque asistencialista (ligado a marcos como la OTAN o la UE), en América Latina emergen desde realidades más inestables: crimen organizado, migración forzada, cambio climático, mujeres indígenas, economía del cuidado. “La PEF no puede seguir siendo una política de élite que beneficia a diplomáticas y deja por fuera a las mujeres de los territorios”, dijo con contundencia.

    Después de su intervención, no fue raro que la noción de “descolonizar los presupuestos” apareciera en más de una pregunta o de un análisis. A veces basta con nombrar lo que no se está nombrando para abrir caminos.

    Y aunque hubo cierto desconcierto inicial al escuchar a Arlene Tickner (estadounidense de origen) como Embajadora itinerante para los asuntos de género y política global feminista de Colombia, su reflexión sobre la agenda del cuidado como “caballo de Troya” para colar temas clave en contextos hostiles fue provocadora.

    “Feminismo no es solo una política para mujeres, es un ethos que desafía todas las formas de exclusión: por género, raza, clase, edad o discapacidad”, señaló. También compartió su duda estratégica sobre el uso del término “feminista” en ciertos espacios estatales, planteando cómo a veces la etiqueta puede bloquear agendas si no se construyen alianzas más amplias.

    “Hay que blindar estas políticas frente a los cambios de gobierno”, dijo también, advirtiendo sobre la amenaza que representan los giros conservadores. Su propuesta: fortalecer vínculos con la sociedad civil y pensar la cooperación desde el sur hacia el sur, apostando a modelos circulares que cuestionen el sesgo colonial de la ayuda internacional.

    Aunque aún me debato ante algunos de sus planteos, celebro su capacidad de pensar estratégicamente cómo se juega con el lenguaje para sostener avances en contextos regresivos.

    Otro de los conceptos que me ayudó a enmarcar muchas de las tensiones discutidas fue el de policrisis, presentado por Kattya Cascante Hernández, presidenta de la Red Española de Estudios del Desarrollo. Ella explicó que lo que solemos nombrar como crisis múltiples (climática, económica, democrática, migratoria) son en realidad síntomas de una crisis civilizatoria más profunda.

    Lo dijo con claridad: “La crisis climática no es el problema, sino el síntoma del quiebre en la relación entre humanidad y naturaleza”. Ese enfoque más estructural me pareció fundamental para entender por qué muchas veces las políticas (incluidas las feministas) no logran ser suficientemente transformadoras: porque atacan síntomas, pero no alcanzan a tocar las raíces del problema. Y eso, en parte, también se reflejó en algunas de las tensiones del curso.

    Finalmente, como bien lo planteó Ana Rosa Alcalde, tenemos que convencer a la sociedad de que la paz es fundamental. Que sí es posible un nuevo mundo, centrado en el cuidado de la vida y del planeta. Si no lo hacemos, perdemos el debate público. Y, con él, también la posibilidad real de transformar.

    Salí del curso con dos preguntas puntuales: ¿cómo construir políticas exteriores feministas que no se limiten al gesto institucional ni se queden encerradas en el ámbito diplomático? ¿Cómo democratizar esa agenda, cómo acercarla a las demandas cotidianas de nuestras regiones?

    A veces, el calor sirve para eso: para acelerar procesos. Para que lo que estaba latente se vuelva evidente. Y entonces, actuar.

  • La música no siempre es solo música

    Hace casi dos meses fui a ver a Alanis Morissette en Luxemburgo. Fue un martes 24, lo confirmé varias veces para escribir esto, como si la fecha me ayudara a fijar algo que todavía sigue en proceso. No sabía del todo qué iba a encontrarme, pero sí sabía que algo se me iba a mover. Y pasó. No fue por la puesta, ni por el show en sí. Fue por lo que traía yo, por lo que se activó apenas sonaron los primeros acordes.

    Tengo dos “escenas musicales” marcadas de mis tiempos de secundaria. Una con Radiohead y la otra con Alanis. La de Alanis la siento más emocional: fue en el gimnasio del colegio, yo estaba en tercero y ella, Euge, en quinto. En esa época, el colegio se dividía en dos colores para los campeonatos deportivos y artísticos, y a nosotras nos había tocado el rojo. Ella era subcapitana; yo, aunque más chica, ya me metía en todo lo que podía. Participaba de las actividades, ayudaba a organizar, juntaba plata para los disfraces, las coreografías, los carteles. Por eso tenía bastante vínculo con las chicas más grandes: nos cruzábamos mucho para armar cosas y coordinar tareas.

    Ese día, en medio de todo ese movimiento típico de los campeonatos, en el gimnasio del colegio, ella me prestó un CD: Jagged Little Pill. No recuerdo si lo pedí o si lo ofreció. Solo me acuerdo de recibirlo y, de alguna manera, sentir que algo importante empezaba ahí. No sé exactamente qué fue lo que me atrapó tanto, pero desde entonces, Alanis se quedó.

    No fui fan en el sentido estricto, pero su voz y sus letras me acompañaron durante años. También su forma de estar. Algo del estilo: jeans, remera, camisa, pelo extremadamente largo, poco o casi nada de maquillaje. Algo de la actitud o de cantarle a las cosas sin suavizar.

    Ese otro día, en el recital, pensé en todo eso. En esa forma de vestirme que hoy ya no uso tanto, porque alguna vez sentí que ya no me quedaba igual. Porque el cuerpo cambia. Porque hay cosas que me gustaban mucho y un día algo me hizo sentir incómoda. Pero ese día, sin pensarlo, volví a ese look y al espejo. Y me vi distinta, pero también un poco más yo.

    El recital abrió con visuales que no traían ni frases hechas ni slogans sino datos. Estadísticas duras sobre desigualdad de género, sobre violencias, sobre cambio climático, sobre brechas que siguen existiendo. No me sorprendió que empezara así: siento que es coherente con su manera de hacer las cosas. Compartió información, no eslóganes. Un recurso que no busca impresionar, pero que deja claro dónde está parada.

    No fue una puesta para quedar bien o subirse a una ola, porque ella ya estaba ahí desde antes. Habló de salud mental cuando no era tema, de abuso, de maternidad, de espiritualidad, de desigualdad. No desde un lugar decorativo, sino desde su experiencia. No como discurso cerrado, sino como algo que atraviesa lo que hace y eso también se nota.

    Después vino la música, y ella, con su forma de moverse particular. Que no es una pose ni es teatralidad, es algo más físico, más visceral. Leí alguna vez que tiene una neurodivergencia. No sabría explicar bien cuál, pero en esa entrevista contaba que su forma de estar en el escenario era una forma de canalizarlo. No sé si es cierto, pero lo que se ve no es pulido ni prolijo. Y por eso mismo, es real.

    En un momento, desapareció del escenario principal y apareció en uno pequeño, que estaba armado al fondo del recinto. Desde que lo vimos al entrar supimos que algo podía pasar allí, pero no sabíamos muy bien qué. Yo estaba cerca y la vi pasar medio corriendo con sus pelos al viento. Creo que son gestos simples, pero valiosos, digo, eso moverse para que la puedan ver también quienes están más lejos. 

    Lloré varias veces pero no de tristeza. Más bien de acumulación, de memoria, de cosas que aparecen cuando una baja la guardia y rememora otros tiempos. No podía dejar de pensar en cuántas cosas habían pasado desde la primera vez que escuché esa voz, de lo chiquita que era en ese entonces. En todas las versiones mías que hubo en el medio, en cuántas quedaron atrás y en cuántas, quizás, siguen.

    Casi dos meses después sigo pensando en eso, no me cambió la vida, pero me tocó una fibra (quizás porque si haces cálculos, te das cuenta que “tener quince años” pasó hace mucho). No escucho Alanis todos los días, pero me quedó sonando algo y creo que como siempre, escribo esto para no olvidarlo, para dejarlo quieto y grabado en algún lugar, por si algún día me pregunto por qué me emocioné tanto ese martes 24.

  • Miyazaki y la garza: Cuando tus amigos ya no están, crear se vuelve un acto de memoria

    Me equivoqué de función. Pensé que era la de los subtítulos en inglés, pero terminé sentada en una sala casi vacía, éramos nueve, viendo un documental de Miyazaki en japonés con subtítulos en francés y en alemán. No entendí todas las palabras, pero al mismo tiempo lo entendí todo.

    Fui sola. Un poco por error de cálculos y un poco porque hay momentos en los que el silencio propio pesa menos cuando no se comparte. “Hayao Miyazaki y la garza” es una propuesta lenta, inevitablemente lenta, porque el director lo sigue durante seis años. Seis años en los que Miyazaki vuelve a dibujar, a escribir, a enojarse, a pelearse con su cuerpo, con su memoria, con sus fantasmas. Y a crear.

    Eso es lo que se narra: un proceso creativo que pareciera no nacer de una inspiración propia, sino del duelo. Un hombre que ha perdido casi a todos los amigos con los que empezó su camino. Que duda de si será el próximo. Que habla de la muerte como quien habla del clima, pero también como quien la huele cerca.

    Hay una escena de su película «El chico y la garza» donde un personaje le dice al protagonista:

    «Por eso apestas a muerte»

    Esa frase no se la dice al chico. Se la dice a sí mismo.

    A lo largo del documental, vemos cómo la película se va armando con pedazos de su vida real. Cómo la garza estafadora nace de Suzuki, su compañero de trabajo. Cómo el Tío Abuelo representa a Takahata (Pak-San), su gran amigo y rival. Cómo Mahito, el protagonista, es claramente él. Y cómo cada personaje se va torciendo, o tal vez refinando, al ritmo de las ausencias.

    Miyazaki, a quien muchos suponen lejano y fantasioso, resulta ser un hombre profundamente humano, consciente de su vejez, de sus limitaciones, de su fragilidad. Tiene problemas de concentración. Se pierde en la nada cuando cierra los ojos. Literalmente. Lo dice él mismo: “Normalmente saco personajes de la niebla negra que aparece cuando los cierro. Pero esta vez, no veo nada”.

    En un momento, durante una caminata, pasa por un campo donde antes había dos perros y ahora hay solo uno. Lo mira y le dice:

    “Envejeciste. Debés sentirte solo”.

    Es una de las escenas más simples y más brutales.

    Y ahí está él, intentando hacer una nueva película. Cuando alguien le pregunta por qué vuelve a hacerlo, si está tan cansado, responde: “Porque me olvidé cómo me sentía”.

    Esa frase me quedó flotando mucho después de que terminó el documental. Como si la creación fuera el único modo que tiene de recordarse a sí mismo. De no desaparecer del todo.

    Hay algo más que me conmovió especialmente, y fue la relación entre Miyazaki y Pak-San. La manera en que lo recuerda, lo menciona, lo evoca. Su pérdida no es solo la de un amigo entrañable, sino la de alguien que lo impulsaba a ser mejor. Un rival, en el mejor sentido. Alguien cuya sola existencia lo empujaba a ir más allá. Y entendí perfectamente ese sentimiento.

    No voy a decir a quiénes me hizo recordar, pero me resonó muy hondo. He tenido personas así en mi vida: personas en las que me he apoyado al 100%, pero cuya inteligencia, creatividad, o forma de mirar el mundo me sacudía lo suficiente como para querer alcanzarlas, o incluso superarlas. Creo que no desde la envidia, sino desde un deseo genuino de crecer. De convertirme en una mejor versión de mí, impulsada por ese brillo.

    Miyasaki sentencia en un momento “este mundo está lleno de malicia, cuestiono cómo vivir en un mundo que no sonríe» y me parece una frase de una ternura brutal que deja al descubierto no solo su desencanto, sino también su vulnerabilidad y su sensibilidad como artista. Podría decirse que es la confesión de alguien que, a pesar de todo, sigue buscando belleza en un mundo que muchas veces no la devuelve.

    Y en su caso, eso toma una forma muy concreta: crear como respuesta al desencanto. Dibujar, escribir, imaginar no como evasión, sino como forma de sobrevivir a esa malicia. Como si cada película fuera una forma de preguntarse si aún queda algo por lo que valga la pena quedarse.

    Y aunque el documental se cierra con esa sentencia potente, nada existe sin creatividad, yo creo que hay algo más. Nada existe sin vínculos. Sin esa red invisible de amigos, colegas, rivales, compañeras de ruta.

    Miyazaki ya no tiene a los suyos. Y por eso crear pareciera costarle el triple. Lo dice una y otra vez: si Pak-San estuviera acá, ya me hubiese ayudado a resolver esto. No porque le diera la solución. Sino porque lo hubiese picanteado con una ironía, con un chiste, con una mirada. Y a veces, eso basta.

    Cuando terminó la función, la sala quedó a oscuras. Un poco parecida a esa niebla negra que Miyazaki dice que ve al cerrar los ojos. Esa nada donde antes encontraba historias. Y aunque tal vez ya no vea personajes nuevos, todavía hay quienes seguimos mirando ahí, intentando descifrarlos en su lugar.

    Y me fui con la sensación de que, quien crea, nunca desaparece del todo. Sobrevive en los personajes que dibuja, en las frases que se quedan, en las historias que aún nos envuelven. Porque quizás eso también es crear, negarse a desaparecer del todo.

  • Querida amiga, 

    No sé bien por qué te escribo esto así, como una carta. Tal vez porque no encontré otra forma de decir todo lo que tengo atragantado desde que me contaste lo que te pasó. Lo que te está pasando. Tal vez porque necesito decirlo en voz alta, pero con la distancia justa para no quebrarme (pero no porque quebrarme sea un problema, sino porque quiero que encuentres en mí toda la fuerza y la entereza que hoy estás necesitando). O tal vez porque, aunque esto sea para vos, también es para todas. 

    Ayer se cumplieron diez años desde aquel grito colectivo que rompió el silencio en nuestro país: Ni Una Menos. Y no puedo dejar de pensar en vos, a quien conozco desde hace casi treinta años, como si todo este tiempo hubiese sido una preparación (inconsciente y compartida) para sostenernos en momentos como este.

    Pienso en esa tarde que empezó como tantas otras, hablando de lo cotidiano, hasta que tus palabras abrieron una grieta en el aire. Y entonces, el mundo cambió de forma. No porque no supiera que la violencia de género existe, no porque no haya leído, militado, marchado o llorado antes por otras historias. Pero esta vez fuiste vos. Vos, con tu voz entrecortada, con tus palabras empapadas de angustia, con tu miedo tan real, tan concreto, tan injusto. 

    Desde entonces, no dejo de pensar en lo que significa estar envuelta en una red de violencia. No solo una violencia física o verbal, sino algo más profundo, más estructural. Una red de poder, de silencio, de desamparo. De esas que no se ven desde afuera, pero que ahogan. Una red que no solo duele, sino que te va dejando sin margen. Que aísla, que desorienta, que te deja sola, expuesta y sin salida aparente.

    Y es ahí donde aparece la peor sensación: la soledad. Esa soledad que no se soluciona con estar acompañada físicamente. Esa que te hace sentir que no hay nadie que pueda protegerte, que no hay sistema que te resguarde, que el Estado está más ocupado en juzgarte que en cuidarte. Esa soledad que no es nueva, que nos viene acompañando desde hace generaciones. Pero que no por vieja duele menos.

    A veces, la verdad, me siento impotente. Porque te escucho y quiero hacer algo, lo que sea, y sin embargo todo me parece insuficiente. Porque no alcanza con estar. No alcanza con abrazarte, ni con nombrar lo que te pasó, ni con compartir la bronca. Porque hay un monstruo más grande que vos, que yo, que nosotras. Un monstruo con cara de institución, de violencia encubierta, de impunidad.

    Y no es que duela más porque te pasó a vos, pero sí me arrancó una capa más de piel. Me obliga a mirar más de cerca. Me deja sin excusas para seguir creyendo que estamos avanzando sin retrocesos. Me hizo pensar que a veces damos un paso y el tablero completo retrocede cinco. Como si estuviéramos atrapadas en un juego de la Oca con reglas cambiantes y dados cargados en contra. 

    Pienso en todo lo que todavía falta. En todas las mujeres que siguen atrapadas. En las que ya no están. En las que nadie ve. En las que no denuncian porque saben que denunciar no garantiza nada. En las que lo hacen igual, con un coraje que no se festeja porque sigue siendo solitario. Pienso en que salir no es una línea recta. Que hay recaídas. Que hay días de silencio, de miedo, de parálisis. Que hay un tiempo para sobrevivir y otro (largo, durísimo) para reconstruirse. 

    Y pienso también en lo que cambió. Porque sí, algo cambió. Gritamos juntas. Nos encontramos. Ya no estamos tan solas. El Ni Una Menos no inventó la lucha, pero la hizo visible. Nos hizo reconocernos en otras. Nos dio palabras. Nos dio espacio para decir lo indecible. Pero la realidad es que muchas veces esa esperanza no alcanza para frenar el dolor que se mete hasta los huesos. 

    Amiga, me cuesta encontrar un final para esta carta. Porque todo lo que quiero decir no entra en un solo texto. Porque el dolor no cierra con palabras. Porque vos todavía estás en medio del proceso. Porque el sistema te sigue fallando. Pero sí quiero recordarte algo que te dije desde el minuto uno: no estás sola. No te voy a soltar. Y sé que no soy la única. Estamos muchas. A veces agotadas, sí. A veces desesperanzadas. Pero estamos. Y eso también es resistencia. 

    Hoy, a diez años de ese primer grito, sigo creyendo en el poder de la palabra. En la necesidad de escribirnos, de contarnos, de abrazarnos con las palabras si hace falta, al menos hasta que la justicia llegue. Porque mientras sigamos pudiendo nombrar el dolor, también vamos a poder imaginar otra cosa. 

    Y porque sigo esperando ese día en el que realmente podamos decir que el Ni una menos no es solo un grito. Es un hecho. Ese día, que merecemos hace siglos. Ese día, que no vamos a dejar de buscar. 

    Con todo lo que tengo, 

    con todo lo que soy, 

    acá estoy, para vos. 

    Luz

  • No tan distinta, no tan igual

    Hace una semana anduve por Roma. No por trabajo, no por estudios. Viajé por mi cumpleaños. En líneas generales, no me pesa cumplir años. No me niego a la idea de envejecer, y tampoco siento que el número me defina demasiado. Lo único que me incomoda (honestamente, desde siempre) es una sensación inevitable: si yo envejezco, mis papás también lo hacen.

    Durante años, cuando alguien preguntaba si me gustaba cumplir años, yo decía que no. Pero no por mí, sino por ellos. No lo decía así, con estas palabras que ahora escribo sin disfraz, pero esa era la idea en mi mente: envejecer implica, tarde o temprano, perder. Lejos está esto de ser resuelto, pero se sigue andando.

    Cumplí 40 y estuve bien. Lo recibí en Roma, soplando las velitas frente a un tiramisú casero, muy bien acompañada. Fue un momento suave, sin estridencias, pero lleno de sentido. Un ritual íntimo que marcaba algo que estaba sucediendo: una nueva década. A veces pienso que mi forma de celebrar tiene algo de eso, de lo mínimo con peso. Una velita, una mirada, un deseo en voz baja.

    Más allá de Roma (que aún intento ordenar entre mis conclusiones, mis fotos, mis notas mentales sueltas), estos días me llevaron a pensar en otra cosa: en la niña que fui.

    Hace poco estuve en Córdoba, y entre papeles que, a pesar del paso del tiempo, ha guardado mi mamá, encontré mis libretas de jardín de infantes. Y las notas que una maestra puede escribir sobre vos siendo tan pequeña tomaron protagonismo. En una de ellas, decía que a María Luz le gustaban mucho los cuentos. En otra, de cuando tenía cinco años, decía que María Luz tiene conciencia de sus derechos y de los derechos de sus compañeritos, es querida y buscada por sus compañeritos en las diferentes situaciones. En música, se destaca especialmente. Leí eso y sentí una emoción que no sé si puedo explicar bien. Como si en esas palabras se escondiera una pista. Algo que me conecta directamente con la que soy hoy.

    Porque a veces me cuesta encontrarla, a esa María Luz. Se desdibuja entre mudanzas, deadlines, dolores de espalda y proyectos inconclusos. Se me pierde en los aeropuertos, entre los idiomas que ahora hablo (o que intento hablar), entre los silencios nuevos que aprendí a habitar. Pero está. Está en las ganas de contar historias, en la búsqueda de justicia, en estar presente para mi familia y para mis amigas, en este cuerpo que (a pesar de todo) sigue sosteniéndome.

    Poco he hablado acá sobre este cuerpo. A veces menciono la endometriosis, la hernia en la espalda, los días difíciles. Pero hay mucho más que aún no sé cómo nombrar, mucho que quizás algún día pueda ordenar con más claridad y menos pudor. Lo que sí sé es que este cuerpo me sostiene. Con todo lo que carga, con lo que duele y lo que calla, este cuerpo me permite seguir moviéndome. Camina, abraza, se deja abrazar. Se emociona, respira, insiste. Y eso (a esta altura) no me parece poco.

    No sé si tengo algo claro sobre lo que significa cumplir 40. No me siento ni especialmente distinta ni igual a la que fui. Pero a veces, cuando lo digo en voz alta (tengo 40 años), noto cómo el número pesa más afuera que adentro. Como si hubiera una forma esperada de estar en el mundo a esta edad. Pero hace tiempo que no sigo ese libreto. Y si alguna vez lo hice, lo estoy reescribiendo a mi manera.

    Yo, medio que solo sé que voy creciendo. Mucho. De formas inesperadas. Me volví más suave con lo que no entiendo. Más firme con lo que no negocio. Más fiel a ciertas cosas que antes solo intuía. Pero también más dura conmigo misma. Digamos todo.

    Y en ese proceso, también cambiaron mis deseos. Algunos se volvieron más nítidos. Otros se desinflaron sin culpa. Aparecieron ganas nuevas, más silenciosas, pero igual de potentes. No todo lo que quiero hoy es lo que imaginaba hace diez años. Y está bien.

    Tal vez crecer también sea eso: no dejar de buscarse, incluso cuando una se cansa. Aceptar que no siempre hay respuestas, pero seguir preguntándose igual.

    Hay algo de este cumpleaños que no quiero que se me escape: la idea de que no llegué hasta acá sola. Ni a Roma, ni a los 40. Me acompañan las y los que están, las y los que estuvieron, las y los que me formaron, las y los que me marcaron sin saberlo.

    Me acompaña esa maestra que vio en mí una conciencia que ni yo sabía que tenía. Me acompaña esa María Luz de cinco años, a la que le gustaban los cuentos. Me acompaña la que fui a los veinte, cuando todavía no sabía que todo iba a ser más complejo (y más interesante) de lo que imaginaba. Y me acompaña esta de ahora, que escribe para no olvidarse.

    Desde afuera, tal vez puede parecer que lo tengo más claro de lo que lo tengo. Que cumplir 40 me encontró armada, resuelta, con las piezas en su lugar. Supongo que verme viajar (y compartir algo de eso) puede prestarse a esa idea. Como si el viaje contara todo el cuento. Como si un destino pudiera resumir un proceso. Pero la verdad es que hay días en los que no entiendo nada. Y otros en los que me entiendo como nunca. Días en los que todo parece encajar y otros en los que todo se me desarma de golpe. Soy un poco de las dos. O quizás ninguna. Y también está bien.

    Roma fue el escenario. Los 40, la excusa. Lo demás sigue pasando, a su ritmo, sin preguntarme si estoy lista. Pero estoy. No tan distinta. No tan igual. Y a veces, eso alcanza para seguir creyendo que hay caminos que todavía no pisé… y me están esperando.

  • Since December 2023, when ultraliberal economist Javier Milei became president, Argentina has begun dismantling many of the public policies on gender equality that were built over recent decades. What had been a gradual process of rights expansion (with landmark legislation in Latin America such as equal marriage, gender identity recognition, and legal abortion) is now being reversed at an alarming speed.

    This article is not intended as a list of setbacks, but rather a thematic overview of how, across various fronts, the state’s commitment to equality and human rights is being eroded.

    Dismantling institutions and cutting budgets

    The first blow was both symbolic and structural: the elimination of the Ministry of Women, Gender and Diversity, which had been created in 2019 to coordinate public policies in these areas. The ministry was first downgraded to a lower-level office and then removed entirely. But beyond the administrative shift, the consequences were measurable: according to a joint report by civil society organizations such as ACIJ and ELA, the government reduced funding to combat gender inequality by 33% during the first two months of 2024, compared to the same period the year before.

    One of the hardest-hit programs was ENIA (National Strategy for the Prevention of Unintended Teenage Pregnancy), a public policy that had successfully reduced adolescent pregnancies by promoting comprehensive sex education, providing free contraceptives, and ensuring youth-friendly healthcare services. Without funding, entire communities are now left without the tools to prevent forced or unplanned pregnancies.

    The erasure of content and rights

    Gender-related content has also been stripped from professional training spaces. In March 2024, the Ministry of Health removed key materials on sexual and reproductive rights from the official bibliography for the national medical residency exam. This included legal abortion protocols, guidelines for responding to child sexual abuse, and recommendations for providing healthcare to trans and gender-diverse youth. In a country where abortion has been legal since 2020, the exclusion of these materials undermines both the education of new professionals and the real-world application of the law.

    Another less visible but deeply impactful setback was the government’s decision not to renew the retirement moratorium, a policy that allowed people (mostly women) who hadn’t contributed enough to the pension system to still access retirement benefits. Without this mechanism, it’s estimated that only one in ten women of retirement age will qualify for a full pension; the rest must wait until age 65 to receive a reduced benefit amounting to just 80% of the minimum.

    Legislative and rhetorical backlash

    On the legal and rhetorical front, the administration also made its direction clear. One of the most controversial proposals was to eliminate the legal classification of femicide as an aggravated form of homicide. This legal tool (the result of years of feminist activism) acknowledges gender-based killings as a specific and systemic form of violence. The government’s rationale is that “all crimes should be treated equally,” ignoring the deeply rooted and widespread nature of gender-based violence in Argentina.

    Another move was the ban on inclusive language and any reference to a “gender perspective” in official government documents. Framed as a defense of the Spanish language, this measure effectively erases women, non-binary people, and LGBTIQ+ communities from public discourse and institutional visibility.

    A shifting stance on the international stage

    Argentina’s conservative turn has also echoed internationally. In March 2024, during the 69th session of the UN Commission on the Status of Women (CSW69), the country’s representative, Ursula Basset, formally declared Argentina’s anti-gender stance. She explicitly rejected the concept of a gender perspective and aligned with countries that have historically opposed progress on sexual and reproductive rights, including Russia, Saudi Arabia, and Iran.

    A few months earlier, Argentina had been the only country to vote against a UN General Assembly resolution calling for the elimination of all forms of violence against women and girls, particularly online violence. The move shocked diplomats across the region and marked a break from Argentina’s longstanding reputation as a defender of human rights on the global stage.

    The response in the streets

    Despite institutional rollbacks, social resistance in Argentina remains strong. The “Ni Una Menos” (Not One Less) movement (born in 2015 to protest femicides) continues to be a massive and organized force. LGBTIQ+ Pride marches, the “green scarf” movement defending abortion rights, and grassroots feminist organizations supporting survivors of gender-based violence are still present and active, occupying the space the state seems to have abandoned.

    What is happening in Argentina is a warning sign, not only for Latin America but for the world. Rights once gained are not guaranteed. They can be defunded, silenced, or repealed. But they can also be defended. Watching what’s unfolding in Argentina is not just about observing what’s being lost, it’s about witnessing how collective struggles for dignity, equality, and justice persist, even in the face of adversity.

  • Hace unos meses me anoté a una propuesta de la Escuela Latinoamericana de Abogacía Comunitaria, con una mezcla de intuición y necesidad. Intuición porque algo en el título ya me hablaba (ese cruce entre el derecho y lo comunitario, entre lo institucional y lo que se construye desde abajo, desde lo colectivo). Y necesidad, porque aunque no soy abogada, hace tiempo que el ejercicio de la comunicación me plantea dilemas parecidos: ¿desde dónde se cuenta una injusticia? ¿cómo se nombra lo que duele? ¿y a quién le sirve lo que cuento?

    Lo que no imaginaba era que este trayecto, además de ofrecerme herramientas nuevas, me iba a confrontar con mis propias limitaciones. Con los bordes de mi rol. Con las preguntas que aún no sé responder. No porque estén mal formuladas, sino porque a veces la teoría va más rápido que la práctica. Porque no siempre hay espacio para construir lo comunitario sin fricciones.

    Hay situaciones en las que lo que la ley permite o resuelve no necesariamente repara, ni transforma, ni es percibido como justo por las personas o comunidades implicadas. Y, al revés, hay prácticas comunitarias que, aunque no estén contempladas en la ley o incluso se consideren al margen de lo legal, producen efectos justos, reparadores, emancipadores.

    Aun así, hubo respuestas que me ordenaron. Que me ayudaron a poner en palabras ciertas intuiciones, y a reafirmar un lugar posible desde donde ejercer mi oficio con compromiso. Ahí quiero detenerme.

    Cuando justicia no es sinónimo de ley

    Una de las preguntas buscaba explorar qué sentidos de justicia y derecho se ponen en juego en las prácticas de abogacía comunitaria. Y al pensarla, se me impuso una idea que no siempre es cómoda: muchas veces, la justicia no está en la ley. O, mejor dicho, lo justo no siempre se tramita en el expediente.

    Desde afuera del mundo jurídico, lo veo con claridad. Hay personas que logran una sentencia favorable pero siguen en la intemperie. Como una mujer que gana un juicio por violencia de género, pero no tiene dónde vivir ni acceso a un sistema de salud mental que la acompañe. Y hay otras que nunca pisan un juzgado, pero construyen procesos de reparación colectiva en su comunidad. Como los grupos de familiares de víctimas que se organizan para sostener la memoria, o quienes arman redes de cuidado frente a las violencias cotidianas, generando justicia en lo concreto, en lo afectivo, sin necesidad de una sentencia.

    Quizás la abogacía comunitaria no debería ser una práctica exclusiva de personas abogadas, sino una forma de estar en el mundo, una ética que reconoce que el derecho, como cualquier lenguaje de poder, puede ser desarmado, reinterpretado, reescrito desde las voces que históricamente fueron silenciadas.

    Pero tampoco idealizo. Hay tensiones reales entre lo comunitario y lo jurídico, entre lo técnico y lo político, entre el rol profesional y el vínculo humano. La horizontalidad no siempre se logra. A veces, aunque haya voluntad, persisten las jerarquías. Otras veces, la urgencia desplaza lo colectivo. Por eso me parece clave sostener una mirada crítica también hacia adentro: porque no todo lo que se nombra “comunitario” lo es. Y porque el cambio profundo requiere más que buenas intenciones.

    Desde dónde lo cuento: el derecho como relato

    Otra de las preguntas me permitió correr el eje de lo jurídico hacia lo comunicacional. Porque ahí es donde estoy parada yo.

    A veces me preguntan cómo se traduce “la intersección entre derechos humanos y comunicación”. Y no siempre tengo una respuesta simple. Pero en este proceso entendí algo que para mí fue clave: el derecho también es un relato. Un relato que se disputa, que se edita, que se puede contar desde otros lenguajes.

    En mi trabajo, intento narrar esos relatos de modo que no se queden en la distancia. Que tengan cuerpo. Que generen empatía pero también pensamiento. Que conmuevan, pero que no romanticen. Y ahí también aparece la crítica: porque muchas veces, incluso en el mundo de los derechos humanos, se comunica sin pensar en quién escucha. Se cae en un lenguaje cerrado, que reproduce el poder que dice querer transformar. Y se pierde la oportunidad de abrir el diálogo, de construir puentes, de invitar a imaginar otras formas de justicia.

    Las historias que atraviesan los derechos humanos no son abstractas. Tienen nombres, cuerpos, geografías. Y narrarlas con cuidado, con profundidad y con contexto, también es una forma de abogar. De amplificar. De reparar.

    Lo que me queda

    Este proceso me dejó certezas y dudas que me incomodan, y me gusta que así sea. Me confirmó que no hay una sola forma válida de aportar a la justicia social, y que los oficios (como el mío) también pueden ser herramientas de incidencia. Que incluso cuando no encajamos del todo en un campo (porque no tenemos el título, o el lenguaje, o el recorrido típico), podemos construir desde los bordes. Pero al mismo tiempo me recordó que ese aporte no es automático. Que no alcanza con “contar bien una historia”. Que hay una responsabilidad política en cómo, cuándo y desde dónde comunicamos.

    Sigo creyendo en la palabra como herramienta política. En la escucha como práctica transformadora. En el poder de contar para que algo cambie. Y aunque no firme demandas, ni participe de litigios, me reconozco cada vez más cerca de esa abogacía que se hace en lo común, en lo colectivo, en lo comunitario.

    No salgo de esta experiencia con un modelo a seguir, sino con preguntas más afinadas. ¿Cómo hacemos para que lo comunitario no se vuelva solo una etiqueta? ¿Cómo construir estrategias sin caer en lógicas asistencialistas? ¿Cómo sostener el vínculo humano sin romantizar la precariedad?

    Y, sobre todo, ¿cómo seguir habitando estos cruces (entre derecho, comunicación, activismo) con honestidad, con autocrítica y con apertura?

    No tengo todas las respuestas. Pero las preguntas, cuando están bien hechas, también nos cambian. A mí, por lo menos, me siguen haciendo mover.

  • Este año, el Día Internacional de la Libertad de Prensa (World Press Freedom Day 2025), organizado en Bruselas por la UNESCO, estuvo atravesado por una idea: la inteligencia artificial. Se habló de su impacto en las redacciones, de las oportunidades y los riesgos que representa para el periodismo, de cómo está transformando la forma en que se genera, distribuye y consume información. Durante los tres días en los que participé, se respiró avance, innovación y tecnología (aunque en algunos discursos, con mucha cautela). 

    Pero mi verdadera y personal reflexión no llegó allí. Cuando regresé a casa me encontré el video de una chica en Instagram contando que, al quedarse sola en un Airbnb, descubrió a un hombre escondido debajo de su cama. Después, en un medio brasileño, leí la noticia de Amanda Borges da Silva, la joven brasileña asesinada en Japón mientras viajaba sola, cumpliendo su sueño de asistir a un Gran Premio de Fórmula 1. 

    Ahí recordé, casi como un acto automático, que durante las tres noches que me alojé en el hotel en Bruselas, repetí el mismo ritual: antes de dormir, arrastraba una silla cerca de la puerta. No la trababa del todo —si había un incendio debía poder abrirse—, pero la colocaba justo donde la puerta se apoya al abrirse. La puerta del baño, al lado, también la dejaba abierta para generar otro pequeño obstáculo. Si alguien intentaba entrar, al menos habría fricción, ruidos, algo que me diera tiempo de despertar. Una microbarrera inventada para calmar esa angustia sorda de la vulnerabilidad. 

    Y, finalmente, al repasar las notas y los documentos del evento, se completó la conexión: mientras discutimos sobre el avance de la tecnología y los desafíos que la IA representa para la humanidad, nosotras seguimos atrapadas en los mismos rituales de protección básica que repetimos desde hace décadas. 

    Por ende, hay áreas en las que el progreso parece ilimitado y otras en las que seguimos paradas exactamente en el mismo lugar. No importa en qué década estemos hablando de algoritmos, plataformas o automatización, nosotras seguimos teniendo que diseñar planes de emergencia caseros para sentirnos seguras en una habitación de hotel. 

    Y en medio de todo, también aparece el cansancio. El agotamiento sordo de tener que estar siempre pensando en cuidarnos, incluso en situaciones que deberían ser simples, cotidianas, agradables. La sensación incómoda de saber que tengo el privilegio de poder viajar, pero que ese privilegio se ve interrumpido, atravesado, condicionado por el miedo.

    No lo sé. Pero lo pienso. Lo sigo pensando. 

    Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad? ¿Qué significa celebrar la libertad de expresión si ni siquiera podemos movernos solas sin sentirnos amenazadas? ¿Cómo podemos festejar los avances digitales si, en la vida cotidiana, seguimos teniendo que inventar estrategias caseras para sobrevivir? 

    El fenómeno se agrava con la tecnología: la violencia de género facilitada por tecnología (TFGBV) incluye acoso, amenazas, hackeos, filtraciones, campañas de desinformación, generación de imágenes falsas y deepfakes sexuales, que buscan silenciar y expulsar a mujeres y disidencias del debate público. 

    La realidad es que ni el espacio online ni el espacio offline son seguros para nosotras. 

    Ya lo hemos dicho. Ya lo hemos denunciado. Una y otra vez. Lo seguimos diciendo. Pero la realidad no cambia al ritmo de las declaraciones. No todas las voces son escuchadas, no todos los actores están comprometidos con que el mensaje llegue y, peor aún, con que se traduzca en acciones concretas. Nos toca seguir viviendo en ese desfasaje cruel entre el progreso tecnológico y la brutal lentitud del cambio cultural que necesitamos. 

    Un cambio que no depende solo de pequeñas estrategias de supervivencia individual, sino de la transformación radical de las estructuras de poder, las culturas institucionales y las normas sociales que siguen permitiendo y reproduciendo esta violencia.