Gira cafetera | Episodio 3 en Buenos Aires: Los Galgos y Bar La Poesía

“Los Galgos”, un lugar perfecto para entender el sentir porteño

Después de tres días recorriendo Buenos Aires en solitario, la dueña del departamento en el que me alojaba volvió de un viaje con aires mendocinos. Ponerse al día con una amiga a la que no ves hace dos años no es tarea sencilla, aunque el enmarañado de tópicos que fuimos capaces de desplegar en cinco minutos fue encantador.

Creo haber mencionado alguna vez que soy fanática de las medialunas, sobre todo ahora que vivo en un país que no las produce (los domingos a la mañana me agarra la nostalgia solo de pensarlo). Y como el plan era sucumbir ante unas de manteca o con dulce de leche, salimos rumbo al bar de una amiga de mi amiga: Los Galgos.

A pocos metros de Callao y Corrientes, en plena ciudad de Buenos Aires, un señor de camisa negra nos abrió la puerta de lo que podría haber sido una máquina del tiempo. Sus paredes, celosas de tantos secretos, parecen custodiar no solo las historias de personalidades como Discépolo, Troilo o Frondizi, sino también algo del ADN porteño.

Para mi desilusión, las medialunas se habían agotado. Sin desanimarme, pedí un alfajor de maicena con dulce de leche, y aquella ausencia se convirtió en la excusa perfecta para volver.

Los paneles de madera que revisten las paredes nos hacían sentir como en los años 30. El gesto de sus actuales dueños de conservar esa estética clásica, a pesar del modernismo reinante, y de rendirle culto a los aperitivos como el vermú, le da aún más valor.

Me llamó la atención cómo ninguna mesa quedaba vacía por más de dos minutos. Entra y sale gente con criterio cinematográfico. Es cierto que hay barullo, pero del bueno: amigos conversando, señores que hojean el diario, sillas de madera que resuenan en el piso, cucharas que giran en el café, sifones que apuntan directo a los vasos del aperitivo de estación.

Durante mi estadía en Buenos Aires, volví tres veces a Los Galgos. La última fue para acompañar la inauguración de su planta alta, donde un oscuro piano y una enorme biblioteca de madera con libros de arte dan la bienvenida. A la luz de una vela, con una cerveza tirada bien fría, hablamos sobre futuros viajes mientras observábamos desde la ventana el movimiento del fin de una jornada porteña más.

En San Telmo hay una esquina que huele a poesía

La llegada fue una casualidad planeada. Salimos desde Congreso rumbo al estudio-taller-imprenta que una amiga de mi amiga montó hace casi siete años. Después de conocer el trabajo extraordinario que hacen en Papel Principal, y de almorzar con ellas, caímos en cuenta de que el Bar La Poesía quedaba a poquísimos metros.

Este lugar abrió sus puertas en 1982 de la mano del poeta Rubén Derlis, nacido en Entre Ríos en 1938, radicado en Buenos Aires desde 1941 y parte de la llamada Generación del Sesenta. Apenas se cruza la puerta parece un bar pequeño, pero basta atravesar un pasillo para entender que es mucho más grande.

En sus paredes, poemas, textos sueltos, cartas y frases se camuflan como parte de la decoración. San Telmo, durante los años ochenta, fue el barrio elegido por muchos bohemios porteños. Y no tengo dudas de que La Poesía albergó a cientos de ellos, a sus ideas… y a sus palabras.

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