Shakespeare and Company, un rincón que abriga a quienes escriben (y a quienes sueñan hacerlo)

París tiene lugares que no se explican, se viven. Y entre todos ellos, hay uno que me dejó el corazón tibio: Shakespeare and Company. Esta librería no es solo una parada turística, es un refugio. Un lugar donde la historia literaria respira entre estanterías torcidas, alfombras gastadas y gatos dormidos.

George Whitman, su fundador, supo desde el inicio que estaba construyendo algo más que un espacio para vender libros. Abrió las puertas a un universo compartido, donde los libros eran excusa y compañía, y los lectores, potenciales escritores. Hay quienes confunden a George con Walt Whitman —y quizás no sea tan desacertado—, porque ambos creyeron en el poder de las palabras para unir mundos.

En esta casa verde y amarilla, habitar era también escribir. Muchos jóvenes poetas y narradores se quedaron a vivir entre sus muros a cambio de unas horas de trabajo en la librería. Se les pedía leer un libro al día, escribir una breve autobiografía y ayudar en lo que hiciera falta. Así, en esa mezcla de oficio y utopía, se fue tejiendo un hogar para la Generación Beat, y para tantos otros.

No es casual que te pidan no tomar fotos en el interior. Tal vez no es solo por respeto al lugar, sino también porque hay espacios donde la magia no necesita pruebas. Y aun así, entre sus rincones polvorientos, cada quien registra a su manera: una frase apuntada en una libreta, el subrayado en una página, el suspiro frente a un verso que nos toca.

Me senté en un sillón improvisado a partir de una cama, rodeada de libros que no sabía cómo elegir. Me dolía no poder llevarlos todos. Finalmente, me decidí por “The Diary of Frida Kahlo: An Intimate Self-Portrait” y un cuaderno con la imagen de la librería en la tapa. Siempre tengo la sensación de que los cuadernos nuevos guardan promesas, y ese parecía prometerme algo que aún no sé nombrar.

Una de las paredes lleva escrita una frase de Yeats:

“No seas hostil con los extraños, quizá sean ángeles disfrazados”.

Y me hizo pensar en cuántas veces juzgamos, evitamos, esquivamos a personas que podrían ser simplemente eso: un regalo en tránsito.

En un rincón, un gato blanco dormía como si tuviera siglos en el cuerpo. Y en ese gesto tan simple y tan manso, comprendí que hay lugares que no solo se recorren, se quedan con vos. Y las librerías suelen ser eso para mi.

Volví a la calle con la sensación de haber visitado una parte de mí que estaba un poco olvidada. El amor por los libros, por los cuadernos, por las historias que aún no escribí. Me prometí volver. No sé cuándo, pero sé que volveré. Porque algunos espacios, como ciertos libros, no se terminan nunca.

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