Gira cafetera | Episodio 4 en París: Gay Lussac Café, Columbus, Café Diane, Mollien, Deux Moulins y Beaubourg

No sé bien qué es lo que me apasiona de las cafeterías. Tal vez es la suma de cosas: la infinidad de historias que pasan por sus mesas, las confesiones en voz baja, los brindis espontáneos, los duelos que se lloran frente a una taza, la hoja en blanco que espera en soledad… Quizás, también, sea una forma de conocer ciudades desde sus rincones más íntimos, los que no salen en las postales, pero guardan el pulso de lo cotidiano.

Cuando llegamos a París, apenas dejamos las mochilas en el monoambiente que alquilamos en la Rue Royer-Collard, salimos sin rumbo en busca de un café. Y, como suele pasar con las mejores cosas, lo encontramos sin buscarlo: el Gay Lussac Café, a metros del Panteón. Adentro, un aire detenido, aroma a tabaco y amplias ventanas por donde la luz entraba tímida. Ahí entendí que el viaje había comenzado. Pedimos café con leche primero, cerveza después. La moza trajo un tazón de maní con cáscara. Y sonreímos.

Columbus Café & Co

Entre jardines y rituales cotidianos

A la mañana siguiente nos detuvimos en Columbus Café & Co, una cadena francesa que se volvió habitual en esos días. Quedaba de paso rumbo a los Jardines de Luxemburgo, donde hacíamos nuestras primeras caminatas sin mapas. Probamos sus cafés (latte, macchiato, cappuccino) y nos rendimos ante sus muffins con chips de chocolate. París todavía era una promesa.

Le Café Diane

Un respiro entre el arte y el verde

Después de recorrer el Museo de Orsay, decidimos esperar a un amigo en los Jardines de las Tullerías. El cuerpo pedía pausa. Nos sentamos en Le Café Diane, entre árboles, vino blanco y baguettes. El mozo intentó hablar en español y nos hizo sentir como en casa. Fue uno de esos momentos simples que no se olvidan: sentarse en una silla de metal, mirar a los demás pasar y sentir que no hay apuro.

“Yo he medido mi vida en cucharitas de café.”
—T.S. Eliot

Café Mollien

Arte y refugio dentro del Louvre

En medio de la maratón de salas del Louvre, dimos con Café Mollien, a pasos de la Mona Lisa. Las columnas altas, los ventanales, la vista al Jardín Carrusel… Nos sentamos un rato largo. Allí el arte también se respira en el silencio, entre turistas que se detienen para bajar la guardia. No hay mucho más que decir: ver París desde adentro del Louvre, con una taza en la mano, fue algo especial.

Café des Deux Moulins

Un guiño a Amélie en Montmartre

Subimos a Montmartre, con la Basílica del Sagrado Corazón esperándonos. Y después de las escaleras, decidimos ir al icónico Café des Deux Moulins, escenario de Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. El lugar conserva su magia, aunque se ha vuelto un imán turístico. Pedí un crème brûlée, por supuesto. No rompí la costra con la parte de atrás de la cucharita como lo hacía Amélie, pero no estuve tan lejos.

En el baño, una especie de altar con recuerdos del film me arrancó una sonrisa. A veces, el cine deja huellas más profundas que un monumento.

Café Beaubourg

El último café (por ahora)

Antes de despedirnos de París, visitamos el Centre Pompidou. Arte moderno, tienda de libros, y un cielo que parecía teñido de nostalgia. Enfrente, el Café Beaubourg fue nuestro último café. Esta vez lo cambiamos por una cerveza bien fría. Nos sentamos afuera, entre turistas y locales, sabiendo que nos íbamos, pero también que habíamos vivido algo que se queda.

“Silbido, gorgoreo y goteo.
Buenas cosas llegan a aquellos que esperan.
Taza caliente de karma.”

—Haiku del Café

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