Estuve en Ámsterdam solo dos días. El clima no ayudó, llovía intermitente, y hacía ese frío que no deja pensar con claridad. Pero aun así, la ciudad logró hacerme frenar.
Hay lugares que no necesitan sol para enamorar.
Ámsterdam fue uno de esos.
Estas son diez cosas que me sorprendieron, me hicieron sonreír, o me dejaron pensando mientras caminaba por sus calles, con el paraguas mal abierto y los ojos bien abiertos.
✦ Las casas que parecen respirar juntas
Lo primero que me llamó la atención fue la arquitectura. Las casas son altas, finitas, apretadas entre sí, como si se ayudaran a mantenerse erguidas. Me explicaron que, antiguamente, los impuestos se cobraban según el ancho de la fachada. De ahí su forma. Eso también explica por qué las mudanzas son un caos: los muebles se suben por fuera, con ganchos y sogas. Algunas casas están levemente inclinadas hacia adelante, justamente para evitar golpear los muebles al subir. Casi todas tienen inscripciones con el año de construcción. Algunas, incluso, dibujos o símbolos en vez de números. Como si te dijeran: “Hola, acá vivió alguien antes que vos. Y antes que ella, otra persona.”

✦ Un museo que no esquiva temas incómodos
El Ámsterdam Museum cuenta la historia de la ciudad, pero no solo desde lo turístico. Habla del comercio, sí, pero también de la legalización de la marihuana, del matrimonio igualitario, de la prostitución, del derecho a ser quien se es. En uno de los pisos hay una alfombra hecha con retazos de tela de diferentes países. Argentina está en el cuadro 27a. Y yo estuve ahí, mirando ese retazo y pensando en qué parte del mundo me ubico cuando camino por otras calles.

✦ El Begijnhof, o cómo llegar a 1346 sin querer
Encontramos este lugar por casualidad.
Un vecindario cerrado, en silencio, donde el tiempo parece haber hecho una pausa.
Fue fundado en 1346 para albergar a las beguinas, mujeres católicas que vivían en comunidad.
Allí se encuentra la casa más antigua de la ciudad, hecha de madera, y pequeñas capillas escondidas que servían para practicar la religión en secreto durante siglos de prohibición.
Todavía hoy, solo viven mujeres allí.
El jardín, cuidado hasta el último rincón, parece un homenaje silencioso a todas ellas.

✦ Ver la ciudad desde el agua
Hicimos un paseo por los canales. Nada muy elaborado, un tour básico.
Pero fue hermoso.
Escuchar la historia de Ámsterdam desde el agua es otra cosa.
Te das cuenta de cuánto construyeron para sobrevivirle al río, de cómo usaron el mar como aliado y frontera al mismo tiempo.
Así aprendí que fue en este país donde nacieron objetos como el atlas y el globo terráqueo.
Y que no hay postal más auténtica que una casa al borde del agua con una bici atada en la puerta.

✦ Bicis everywhere
No es un mito. Hay más bicicletas que personas. Y tienen prioridad absoluta. Más de una vez creí que me iban a atropellar. Los estacionamientos de bicis parecen esculturas futuristas. Una ilusión óptica que no termina nunca.

✦ Una calle de un metro de ancho
Se llama Trompettersteeg y tiene un metro de ancho. Sí, un metro. Está en pleno Barrio Rojo. Intentamos meternos, pero era tanta la gente que parecía una broma. Una de esas cosas que parecen de ficción, pero están ahí.
✦ Monumentos que no se esconden
En la Plaza de la Vieja Iglesia hay una estatua en homenaje a las trabajadoras sexuales. Se llama “Belle”, está hecha de bronce y muestra a una mujer de pie, firme, con el pecho en alto. Es la primera escultura del mundo que reconoce ese oficio desde el respeto. Cerca de ahí, en los adoquines, hay una mano que toca un pecho. Otra escultura, anónima. Ya intentaron removerla, pero ahí sigue.

✦ El Homomonument
Tres triángulos rosas en el suelo. Recordando a las personas LGTBIQ+ perseguidas durante el nazismo.
Los triángulos apuntan hacia tres puntos clave: el Monumento Nacional, la Casa de Ana Frank y la sede de un colectivo histórico de liberación gay. En uno se puede leer un verso:
“Tal deseo infinito de amistad.”
No hay mucho más que decir. Solo quedarse en silencio.

✦ La tienda de condones
Sí, hay una y se llama Condomerie. Tiene preservativos de todos los tamaños, formas, colores y sentidos del humor posibles. Y aunque puede parecer solo una curiosidad graciosa, detrás hay campañas de educación sexual, prevención y derechos. El sexo, en Ámsterdam, también se aborda sin miedo.

✦ Zuecos y pies que no se rinden
En todas las tiendas hay zuecos. De madera, de colores, con flores pintadas. Cuentan que se usaban desde el siglo XIV para proteger los pies de la humedad. No puedo imaginar lo que debe ser caminar con eso todo el día. Pero ahí están. Fijos en la historia, como si quisieran decir que lo incómodo también forma parte del camino.

Ámsterdam me pareció una ciudad llena de contradicciones hermosas: caótica y ordenada, antigua y provocadora, libre y solemne.
Pasé solo dos días. Pero volví con muchas más preguntas que fotos. Y con la certeza de que hay ciudades que no se entienden… se caminan.

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