Situaciones de un 2019 ATR

Los balances son un recurso que a veces no cae muy en gracia. El terreno de los “podría haber hecho” o “no llegué a hacer” provoca, como mínimo, una sensación amarga. Durante mi 2019 hubo muchos cambios. Algunos fui capaz de asimilar en poco tiempo y otros laten aún, sin encontrar un mapa que los oriente.

El año arrancó de vacaciones en España, dándome a entender que no sería pan comido. Y vaya que no se equivocó. Tambaleó el amor, las ganas, la vida profesional, la “estabilidad”, el amor propio. No sé cuán productivo sería enumerar todo lo que pasó, porque básicamente es la vida misma, siendo. Lo cierto es que hay tres situaciones que marcaron lo que deseo —y lo que no— para el 2020.

Primera situación

En agosto, nuestro —perfectamente imperfecto— mundo familiar se detuvo por unas semanas y depositó absolutamente todas sus energías en mi viejo.

No voy a mentir: fue imposible no experimentar miedo, al menos hasta que todo se tornó más claro, más sereno, más amable. La mañana que lo vi en la clínica, sentado con el diario en mano y sus lentes de marco grueso, leyendo y abstraído —incluso del dolor— en ese universo paralelo que solo él sabe construir cuando desentraña la vida política y económica de este país, entendí que, lento pero seguro, todo volvería a tomar su curso.

Que dolería por unas semanas, que habría que estar atentos, pero que sanaría. Elegí creer que, incluso los sufrimientos más impensados, traen consigo una lección silbándonos bajito. Simplemente para que recordemos qué es lo que realmente importa.

Segunda situación

En septiembre, Juana decidió que era momento de partir. Y eso se sintió casi —o tanto más— que un hachazo en el esternón. Creo que las redes sociales se han encargado de presentarla y mantenerlos al tanto sobre quién era y qué vida vivía a nuestro lado. Sería redundante explicar más. Pero estoy segura, muy segura, de que ningún post, por más bonito que suene, le hará justicia a lo que realmente significó su compañía.

Como por una jugada del destino, murió cuando yo no estaba cerca. A tan solo 24 horas de mi vuelo de regreso a casa. A veces pienso que me lo hizo a propósito. Otras veces elijo creerlo, y me aferro a eso para contener la angustia de sentir que no estuve a la altura de lo que ella hizo por mí. Que no estuve ahí cuando más me necesitaba.

Sin embargo, cuando supe que tal vez no resistiría una noche más, cerré los ojos en la cama y me despedí. Le dije que se fuera si así tenía que ser, pero que jamás se olvidara de cuánto la amaba. Que me parta un rayo si no digo la verdad.

Cinco horas después, el teléfono me notificó lo esperado. Lloré. Lloré un montón. Y mi familia me abrazó con más empatía que nunca. Quién iba a decir que, con 34 años, lagrimearía tanto la mañana de un jueves a las 7 am, entremedio de mis viejos, en su cama. El vuelo partió tres horas después. Dormí. Dormí un montón. Fueron 19 horas directo a una casa en donde ella ya no estaba.

Capaz algunos no lo entiendan, o lo vean como una exageración de sentimientos. Pero su ausencia se nota absolutamente TODOS los días. Incluso sigo sin saber cómo escribir sobre Juana ahora que ya no está. Antes era más fácil, porque su vitalidad hablaba por sí sola. Hoy no han pasado más de quince renglones y ya soy un puñado de lágrimas. (Y estamos recién a dos de enero).

Tercera situación

La tercera y última “situación” no tiene fecha ni mes. Porque soy yo. Yo misma.

Y después de este largo 2019, necesito:

  • Percibir, igual que lo hacen los demás, cuán fuerte soy.

  • Comprender que soy humana. Que cometo errores. Y que algunos no se resuelven con un chasquido de dedos.

  • Entender que las heridas deben cicatrizar a mis tiempos, no a los de los demás.

  • Sentir todo lo que quiera, aunque mi emocionalidad moleste, incomode o desconcierte.

  • Reconocer que vivir tiene sus días fieros, pero también otros de mucha enseñanza y autoconocimiento.

  • Ser responsable de mi vida profesional y dar el primer paso cuando lo crea necesario, aunque eso implique transitar sola ciertos caminos.

  • Darme amor. Querer por igual mis defectos y mis virtudes. No transformar a mi cuerpo en un área de conflicto constante.

  • No dejar nunca más que algo —o alguien— me haga sentir en inferioridad de condiciones.

A veces quisiera caminar más liviana. Menos intensa. Pero esta soy yo.

Hace un mes, ante una nueva e inminente mudanza, ordenando papeles encontré una carta que me escribí el 7 de febrero de 2019. Todavía estoy a tiempo de responder algunas de las preguntas que contiene. Y espero, finalmente, sanar varias de las heridas que esas líneas dejan ver.

2020, voy por vos. Aunque suenes a publicidad de TV… No sé qué conseguiremos, pero lo intentaremos todo.

«Y empecé a caminar.

Caminé.

Desaforada.

Caminé por inercia.

Caminé.

Y en eso recordé quién era.

Recordé quién fui.

Recordé quién quería ser.

¿Cuántas veces te fuiste para poder volver?

Ojalá es una palabra sin tiempos ni espacios.

Ojalá te vayas reconstruyendo por dentro, para ir floreciendo por fuera.

Ojalá te des la oportunidad.

Ojalá sanes.

Ojalá florezcas.»

(no sé quién es el autor/a)

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