El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Un poco perro, un poco hogar

Resulta que mi hermana, Ayelén, y mi cuñada, Laura, se hicieron cargo de dos bebitos abandonados, tan chiquitos que todavía no habían abierto los ojos. Uno de ellos se fue tempranito al cielo de los perritos. El otro, un cuerpito frágil, terco, aferrado a la vida como quien no sabe que hay opciones, siguió dando pelea.

Desde entonces, empezaron a llegar videos. De él tomando la mamadera, haciendo ruiditos suaves, durmiendo enroscado con la panza llena y el mundo afuera. Respiraba hondo, como si todo le alcanzara. Durante semanas, ellas vivieron al ritmo de sus necesidades. Cada hora contaba. Cada cambio, cada avance, era motivo de celebración. Y no estuvieron solas: hubo un equipo que sostuvo, cuidó, acompañó. Por eso es imposible no nombrar a las y los profesionales de Enivet, que también pusieron el cuerpo y el corazón.

Las personas que me conocen saben que, desde que Juana no está, la decisión de adoptar se hizo esperar. Fueron años de pensar “más adelante”. Pero en los días previos a viajar a Argentina, algo empezó a moverse. Una sospecha chiquita, al principio, que se colaba en cada foto, en cada historia que compartía mi hermana. Y que, sin darme cuenta, iba creciendo. Empecé a mirar distinto.
Como quien no quiere, pero quiere. Como quien ya sabe, aunque aún no lo diga.

Tres Doritos después, acá estamos. Viviendo juntos esta aventura. Él se llama Latte, acaba de cumplir seis meses y tiene una energía que me deja sin excusas.

Con su llegada, me encontré a mí misma como muy poquitas personas han logrado ponerme: tirada en el piso jugando, hablando en diminutivo, yendo a la plaza con juguetes en el bolsillo y el corazón más liviano. Me descubrí dejando pasar el tema «pelos» y patitas por toda la casa.

Pero no fue solo eso. Latte trajo algo más. Un tipo de presencia que desarma. Que no exige nada y, sin embargo, lo cambia todo. Su forma de mirarme a veces (tierna o destructora dependiendo de su estado de ánimo). Su manía de seguirme por la casa como si cada paso mío marcara el ritmo del día. Su manera de dormirse boca arriba, patas al cielo, como si en este mundo todavía fuera posible confiar así.

Él me obliga a detenerme. A bloquear la pantalla de la compu. A dejar el teléfono. A poner los pies en la vereda para salir de casa. Me recuerda —sin decirlo, sin saberlo— que no todo es para después. Que hay que estar ahora. Y que estar no siempre significa hacer. A veces solo es respirar al lado del otro. Un estar en compañía, sin ruido, sin mérito, sin argumento.

Desde que Latte está, siento que algo dentro mío volvió a su lugar. No es que antes estuviera mal, ni que ahora todo esté resuelto. Es más simple que eso. Es como si su presencia ordenara lo pequeño. Y en ese pequeño orden, yo también encontrara espacio para quedarme.

Quedarme donde hay ternura. Donde hay juego. Donde hay vida en su estado más aventurero. Y también donde hay pausa, calor y mezcla. Como su nombre, como los colores de su pelo, como un café en calma después de un día difícil.

Latte. Un poco blanco, un poco marrón. Un poco perro, un poco hogar.

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