El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Marzo es el mes de concientización sobre la endometriosis. Después de atravesar un proceso diagnóstico largo y, por momentos, desconcertante, sentí la necesidad de empezar a poner algunas cosas en palabras.

Durante este mes voy a intentar escribir sobre esta experiencia. No como una guía médica ni como un intento de explicar la enfermedad, sino como una forma de ordenar preguntas, recuerdos y darle entidad a algo que durante bastante tiempo preferí mantener en un segundo plano, incluso en negación.

La endometriosis afecta aproximadamente a 190 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). A pesar de esa prevalencia, el diagnóstico suele demorarse varios años. Diversos estudios citados por organizaciones como la Endometriosis Foundation of America y la World Endometriosis Society estiman que el tiempo promedio entre la aparición de los síntomas y el diagnóstico puede oscilar entre 7 y 10 años.

Mi historia con la endometriosis no empezó en la adolescencia, como suele describirse en muchos casos. De hecho, ese fue uno de los motivos por los que durante mucho tiempo nadie pensó en esa posibilidad.

Durante años mis menstruaciones no estuvieron marcadas por dolores particularmente intensos. Incluso empecé a menstruar más tarde que muchas de mis compañeras del colegio. Recuerdo que varias de ellas comenzaron a hacerlo tres o cuatro años antes que yo, y en mi propia familia ocurrió algo parecido: una de mis hermanas empezó a menstruar antes que yo, a pesar de ser menor.

Por eso, cuando los síntomas comenzaron a aparecer en mi vida adulta (ya pasados los treinta), la posibilidad de endometriosis rara vez aparecía en las conversaciones médicas. Sin embargo, la enfermedad puede presentarse de formas muy distintas, y esa variabilidad es uno de los factores que contribuyen al retraso en el diagnóstico.

Con el tiempo empezaron a aparecer episodios de dolor menstrual cada vez más intensos. No era simplemente incomodidad: había días en los que el dolor se volvía incapacitante. Necesitaba ayuda incluso para ir al baño y llegué a perder el conocimiento más de una vez en un mismo día. Sin embargo, cuando comenzaron los estudios médicos, los resultados parecían indicar que todo estaba dentro de parámetros normales.

En agosto de 2023 me realicé una ecografía transvaginal, uno de los estudios más habituales en ginecología para evaluar los órganos pélvicos. Este tipo de ecografía permite obtener imágenes detalladas del útero, el endometrio, los ovarios y otras estructuras pélvicas.

El informe describía un útero de tamaño y forma conservados, un endometrio regular y ovarios sin masas quísticas ni sólidas. También señalaba que el útero se desplazaba libremente durante el examen, sin evidencia de adherencias al recto ni a la vejiga. En términos médicos, el estudio no mostraba alteraciones relevantes.

Ese mismo mes me realicé otros controles ginecológicos de rutina. El Papanicolaou, una prueba utilizada para detectar alteraciones celulares en el cuello del útero, informó la presencia de cambios inflamatorios inespecíficos.

También me realicé una videocolposcopía, un estudio que permite observar el cuello uterino mediante aumento óptico. En mi caso el informe mencionaba una exocervicitis difusa, es decir, una inflamación del tejido externo del cuello del útero.

En conjunto, todos estos estudios parecían confirmar una situación que muchas pacientes con endometriosis conocen bien: los resultados aparecían como “normales”, pero el dolor seguía estando ahí.

La endometriosis es una enfermedad en la que tejido similar al endometrio (la capa que recubre el interior del útero) crece fuera de él. Este tejido responde a las variaciones hormonales del ciclo menstrual y puede provocar inflamación, cicatrices internas y adherencias entre órganos.

Según publicaciones médicas como las revisiones clínicas de The Lancet o guías de la American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG), los focos de endometriosis pueden aparecer en distintas zonas de la pelvis, incluyendo los ovarios, el peritoneo, los ligamentos uterinos e incluso estructuras cercanas al intestino o la vejiga.

Sin embargo, cuando las lesiones son pequeñas o se encuentran en planos profundos de la pelvis, los estudios de rutina pueden no detectarlas. Durante mucho tiempo esa fue exactamente mi situación: el dolor estaba presente, pero las imágenes no mostraban nada concluyente.

El punto de inflexión llegó recién en febrero de 2025, cuando decidí consultar nuevamente con mi ginecólogo en Argentina. Después de haber pasado por varias especialistas en Luxemburgo sin obtener respuestas claras, fue él quien sugirió probar con un estudio más preciso: una resonancia magnética de pelvis con contraste.

La resonancia magnética es un estudio de imágenes que utiliza campos magnéticos para visualizar los tejidos internos del cuerpo con mayor detalle que una ecografía. En mi caso, el estudio se realizó además con gadolinio, un tipo de contraste intravenoso que permite resaltar mejor ciertas estructuras y detectar con mayor precisión lesiones pequeñas o adherencias entre órganos.

El procedimiento en sí no es particularmente agradable, y para quien no sabe, implica permanecer inmóvil dentro de un tubo estrecho durante varios minutos mientras el equipo genera una serie de ruidos intensos. A eso se suma la inyección del contraste, que puede generar una sensación de calor en el cuerpo durante algunos segundos.

Pero en este caso el estudio permitió ver lo que hasta entonces había permanecido invisible. El informe identificó un foco de endometriosis de aproximadamente 12 milímetros localizado en el torus uterino, una estructura anatómica situada en la parte posterior del útero que forma parte del complejo de ligamentos que lo sostienen dentro de la pelvis. Ese foco presentaba además una adherencia al tercio superior del recto, lo que indicaba la presencia de endometriosis profunda.

El estudio también describía un pequeño endometrioma de aproximadamente 4 milímetros en el ovario izquierdo. Los endometriomas son quistes ováricos formados por tejido endometriósico que acumula sangre antigua en su interior, lo que les da una apariencia característica en los estudios de imagen.

Durante mucho tiempo el dolor estuvo ahí sin una explicación clara. Nombrarlo no lo hace desaparecer, pero cambia algo fundamental: me permite empezar a entender qué está pasando dentro de mi cuerpo. Quizás por eso decidí escribir durante este mes sobre la endometriosis, no para cerrar una historia, sino para intentar pensarla un poco mejor.

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