• No tan distinta, no tan igual

    Hace una semana anduve por Roma. No por trabajo, no por estudios. Viajé por mi cumpleaños. En líneas generales, no me pesa cumplir años. No me niego a la idea de envejecer, y tampoco siento que el número me defina demasiado. Lo único que me incomoda —honestamente, desde siempre— es una sensación inevitable: si yo envejezco, mis papás también lo hacen.

    Durante años, cuando alguien preguntaba si me gustaba cumplir años, yo decía que no. Pero no por mí, sino por ellos. No lo decía así, con estas palabras que ahora escribo sin disfraz, pero esa era la idea en mi mente: envejecer implica, tarde o temprano, perder. Lejos está esto de ser resuelto, pero se sigue andando.

    Cumplí 40 y estuve bien. Lo recibí en Roma, soplando las velitas frente a un tiramisú casero, muy bien acompañada. Fue un momento suave, sin estridencias, pero lleno de sentido. Un ritual íntimo que marcaba algo que estaba sucediendo: una nueva década. A veces pienso que mi forma de celebrar tiene algo de eso, de lo mínimo con peso. Una velita, una mirada, un deseo en voz baja.

    Más allá de Roma —que aún intento ordenar entre mis conclusiones, mis fotos, mis notas mentales sueltas—, estos días me llevaron a pensar en otra cosa: en la niña que fui.

    Hace poco estuve en Córdoba, y entre papeles que, a pesar del paso del tiempo, ha guardado mi mamá, encontré mis libretas de jardín de infantes. Y las notas que una maestra puede escribir sobre vos siendo tan pequeña tomaron protagonismo. En una de ellas, decía que a María Luz le gustaban mucho los cuentos. En otra, de cuando tenía cinco años, decía que María Luz tiene conciencia de sus derechos y de los derechos de sus compañeritos, es querida y buscada por sus compañeritos en las diferentes situaciones. En música, se destaca especialmente. Leí eso y sentí una emoción que no sé si puedo explicar bien. Como si en esas palabras se escondiera una pista. Algo que me conecta directamente con la que soy hoy.

    Porque a veces me cuesta encontrarla, a esa María Luz. Se desdibuja entre mudanzas, deadlines, dolores de espalda y proyectos inconclusos. Se me pierde en los aeropuertos, entre los idiomas que ahora hablo (o que intento hablar), entre los silencios nuevos que aprendí a habitar. Pero está. Está en las ganas de contar historias, en la búsqueda de justicia, en estar presente para mi familia y para mis amigas, en este cuerpo que —a pesar de todo— sigue sosteniéndome.

    Poco he hablado acá sobre este cuerpo. A veces menciono la endometriosis, la hernia en la espalda, los días difíciles. Pero hay mucho más que aún no sé cómo nombrar, mucho que quizás algún día pueda ordenar con más claridad y menos pudor. Lo que sí sé es que este cuerpo me sostiene. Con todo lo que carga, con lo que duele y lo que calla, este cuerpo me permite seguir moviéndome. Camina, abraza, se deja abrazar. Se emociona, respira, insiste. Y eso —a esta altura— no me parece poco.

    No sé si tengo algo claro sobre lo que significa cumplir 40. No me siento ni especialmente distinta ni igual a la que fui. Pero a veces, cuando lo digo en voz alta —tengo 40 años—, noto cómo el número pesa más afuera que adentro. Como si hubiera una forma esperada de estar en el mundo a esta edad. Pero hace tiempo que no sigo ese libreto. Y si alguna vez lo hice, lo estoy reescribiendo a mi manera.

    Yo, medio que solo sé que voy creciendo. Mucho. De formas inesperadas. Me volví más suave con lo que no entiendo. Más firme con lo que no negocio. Más fiel a ciertas cosas que antes solo intuía. Pero también más dura conmigo misma. Digamos todo.

    Y en ese proceso, también cambiaron mis deseos. Algunos se volvieron más nítidos. Otros se desinflaron sin culpa. Aparecieron ganas nuevas, más silenciosas, pero igual de potentes. No todo lo que quiero hoy es lo que imaginaba hace diez años. Y está bien.

    Tal vez crecer también sea eso: no dejar de buscarse, incluso cuando una se cansa. Aceptar que no siempre hay respuestas, pero seguir preguntándose igual.

    Hay algo de este cumpleaños que no quiero que se me escape: la idea de que no llegué hasta acá sola. Ni a Roma, ni a los 40. Me acompañan las y los que están, las y los que estuvieron, las y los que me formaron, las y los que me marcaron sin saberlo.

    Me acompaña esa maestra que vio en mí una conciencia que ni yo sabía que tenía. Me acompaña esa María Luz de cinco años, a la que le gustaban los cuentos. Me acompaña la que fui a los veinte, cuando todavía no sabía que todo iba a ser más complejo —y más interesante— de lo que imaginaba. Y me acompaña esta de ahora, que escribe para no olvidarse.

    Desde afuera, tal vez puede parecer que lo tengo más claro de lo que lo tengo. Que cumplir 40 me encontró armada, resuelta, con las piezas en su lugar. Supongo que verme viajar —y compartir algo de eso— puede prestarse a esa idea. Como si el viaje contara todo el cuento. Como si un destino pudiera resumir un proceso. Pero la verdad es que hay días en los que no entiendo nada. Y otros en los que me entiendo como nunca. Días en los que todo parece encajar y otros en los que todo se me desarma de golpe. Soy un poco de las dos. O quizás ninguna. Y también está bien.

    Roma fue el escenario. Los 40, la excusa. Lo demás sigue pasando, a su ritmo, sin preguntarme si estoy lista. Pero estoy. No tan distinta. No tan igual. Y a veces, eso alcanza para seguir creyendo que hay caminos que todavía no pisé… y me están esperando.

  • Since December 2023, when ultraliberal economist Javier Milei became president, Argentina has begun dismantling many of the public policies on gender equality that were built over recent decades. What had been a gradual process of rights expansion — with landmark legislation in Latin America such as equal marriage, gender identity recognition, and legal abortion — is now being reversed at an alarming speed.

    This article is not intended as a list of setbacks, but rather a thematic overview of how, across various fronts, the state’s commitment to equality and human rights is being eroded.

    Dismantling institutions and cutting budgets

    The first blow was both symbolic and structural: the elimination of the Ministry of Women, Gender and Diversity, which had been created in 2019 to coordinate public policies in these areas. The ministry was first downgraded to a lower-level office and then removed entirely. But beyond the administrative shift, the consequences were measurable: according to a joint report by civil society organizations such as ACIJ and ELA, the government reduced funding to combat gender inequality by 33% during the first two months of 2024, compared to the same period the year before.

    One of the hardest-hit programs was ENIA (National Strategy for the Prevention of Unintended Teenage Pregnancy), a public policy that had successfully reduced adolescent pregnancies by promoting comprehensive sex education, providing free contraceptives, and ensuring youth-friendly healthcare services. Without funding, entire communities are now left without the tools to prevent forced or unplanned pregnancies.

    The erasure of content and rights

    Gender-related content has also been stripped from professional training spaces. In March 2024, the Ministry of Health removed key materials on sexual and reproductive rights from the official bibliography for the national medical residency exam. This included legal abortion protocols, guidelines for responding to child sexual abuse, and recommendations for providing healthcare to trans and gender-diverse youth. In a country where abortion has been legal since 2020, the exclusion of these materials undermines both the education of new professionals and the real-world application of the law.

    Another less visible but deeply impactful setback was the government’s decision not to renew the retirement moratorium — a policy that allowed people (mostly women) who hadn’t contributed enough to the pension system to still access retirement benefits. Without this mechanism, it’s estimated that only one in ten women of retirement age will qualify for a full pension; the rest must wait until age 65 to receive a reduced benefit amounting to just 80% of the minimum.

    Legislative and rhetorical backlash

    On the legal and rhetorical front, the administration also made its direction clear. One of the most controversial proposals was to eliminate the legal classification of femicide as an aggravated form of homicide. This legal tool — the result of years of feminist activism — acknowledges gender-based killings as a specific and systemic form of violence. The government’s rationale is that “all crimes should be treated equally,” ignoring the deeply rooted and widespread nature of gender-based violence in Argentina.

    Another move was the ban on inclusive language and any reference to a “gender perspective” in official government documents. Framed as a defense of the Spanish language, this measure effectively erases women, non-binary people, and LGBTIQ+ communities from public discourse and institutional visibility.

    A shifting stance on the international stage

    Argentina’s conservative turn has also echoed internationally. In March 2024, during the 69th session of the UN Commission on the Status of Women (CSW69), the country’s representative, Ursula Basset, formally declared Argentina’s anti-gender stance. She explicitly rejected the concept of a gender perspective and aligned with countries that have historically opposed progress on sexual and reproductive rights, including Russia, Saudi Arabia, and Iran.

    A few months earlier, Argentina had been the only country to vote against a UN General Assembly resolution calling for the elimination of all forms of violence against women and girls, particularly online violence. The move shocked diplomats across the region and marked a break from Argentina’s longstanding reputation as a defender of human rights on the global stage.

    The response in the streets

    Despite institutional rollbacks, social resistance in Argentina remains strong. The “Ni Una Menos” (Not One Less) movement — born in 2015 to protest femicides — continues to be a massive and organized force. LGBTIQ+ Pride marches, the “green scarf” movement defending abortion rights, and grassroots feminist organizations supporting survivors of gender-based violence are still present and active, occupying the space the state seems to have abandoned.

    What is happening in Argentina is a warning sign — not only for Latin America but for the world. Rights once gained are not guaranteed. They can be defunded, silenced, or repealed. But they can also be defended. Watching what’s unfolding in Argentina is not just about observing what’s being lost — it’s about witnessing how collective struggles for dignity, equality, and justice persist, even in the face of adversity.

  • Hace unos meses me anoté a una propuesta de la Escuela Latinoamericana de Abogacía Comunitaria, con una mezcla de intuición y necesidad. Intuición porque algo en el título ya me hablaba —ese cruce entre el derecho y lo comunitario, entre lo institucional y lo que se construye desde abajo, desde lo colectivo—. Y necesidad, porque aunque no soy abogada, hace tiempo que el ejercicio de la comunicación me plantea dilemas parecidos: ¿desde dónde se cuenta una injusticia? ¿cómo se nombra lo que duele? ¿y a quién le sirve lo que cuento?

    Lo que no imaginaba era que este trayecto, además de ofrecerme herramientas nuevas, me iba a confrontar con mis propias limitaciones. Con los bordes de mi rol. Con las preguntas que aún no sé responder. No porque estén mal formuladas, sino porque a veces la teoría va más rápido que la práctica. Porque no siempre hay espacio para construir lo comunitario sin fricciones.

    Hay situaciones en las que lo que la ley permite o resuelve no necesariamente repara, ni transforma, ni es percibido como justo por las personas o comunidades implicadas. Y, al revés, hay prácticas comunitarias que, aunque no estén contempladas en la ley o incluso se consideren al margen de lo legal, producen efectos justos, reparadores, emancipadores.

    Aun así, hubo respuestas que me ordenaron. Que me ayudaron a poner en palabras ciertas intuiciones, y a reafirmar un lugar posible desde donde ejercer mi oficio con compromiso. Ahí quiero detenerme.

    Cuando justicia no es sinónimo de ley

    Una de las preguntas buscaba explorar qué sentidos de justicia y derecho se ponen en juego en las prácticas de abogacía comunitaria. Y al pensarla, se me impuso una idea que no siempre es cómoda: muchas veces, la justicia no está en la ley. O, mejor dicho, lo justo no siempre se tramita en el expediente.

    Desde afuera del mundo jurídico, lo veo con claridad. Hay personas que logran una sentencia favorable pero siguen en la intemperie. Como una mujer que gana un juicio por violencia de género, pero no tiene dónde vivir ni acceso a un sistema de salud mental que la acompañe. Y hay otras que nunca pisan un juzgado, pero construyen procesos de reparación colectiva en su comunidad. Como los grupos de familiares de víctimas que se organizan para sostener la memoria, o quienes arman redes de cuidado frente a las violencias cotidianas, generando justicia en lo concreto, en lo afectivo, sin necesidad de una sentencia.

    Quizás la abogacía comunitaria no debería ser una práctica exclusiva de personas abogadas, sino una forma de estar en el mundo, una ética que reconoce que el derecho, como cualquier lenguaje de poder, puede ser desarmado, reinterpretado, reescrito desde las voces que históricamente fueron silenciadas.

    Pero tampoco idealizo. Hay tensiones reales entre lo comunitario y lo jurídico, entre lo técnico y lo político, entre el rol profesional y el vínculo humano. La horizontalidad no siempre se logra. A veces, aunque haya voluntad, persisten las jerarquías. Otras veces, la urgencia desplaza lo colectivo. Por eso me parece clave sostener una mirada crítica también hacia adentro: porque no todo lo que se nombra “comunitario” lo es. Y porque el cambio profundo requiere más que buenas intenciones.

    Desde dónde lo cuento: el derecho como relato

    Otra de las preguntas me permitió correr el eje de lo jurídico hacia lo comunicacional. Porque ahí es donde estoy parada yo.

    A veces me preguntan cómo se traduce “la intersección entre derechos humanos y comunicación”. Y no siempre tengo una respuesta simple. Pero en este proceso entendí algo que para mí fue clave: el derecho también es un relato. Un relato que se disputa, que se edita, que se puede contar desde otros lenguajes.

    En mi trabajo, intento narrar esos relatos de modo que no se queden en la distancia. Que tengan cuerpo. Que generen empatía pero también pensamiento. Que conmuevan, pero que no romanticen. Y ahí también aparece la crítica: porque muchas veces, incluso en el mundo de los derechos humanos, se comunica sin pensar en quién escucha. Se cae en un lenguaje cerrado, que reproduce el poder que dice querer transformar. Y se pierde la oportunidad de abrir el diálogo, de construir puentes, de invitar a imaginar otras formas de justicia.

    Las historias que atraviesan los derechos humanos no son abstractas. Tienen nombres, cuerpos, geografías. Y narrarlas con cuidado, con profundidad y con contexto, también es una forma de abogar. De amplificar. De reparar.

    Lo que me queda

    Este proceso me dejó certezas y dudas que me incomodan, y me gusta que así sea. Me confirmó que no hay una sola forma válida de aportar a la justicia social, y que los oficios —como el mío— también pueden ser herramientas de incidencia. Que incluso cuando no encajamos del todo en un campo —porque no tenemos el título, o el lenguaje, o el recorrido típico—, podemos construir desde los bordes. Pero al mismo tiempo me recordó que ese aporte no es automático. Que no alcanza con “contar bien una historia”. Que hay una responsabilidad política en cómo, cuándo y desde dónde comunicamos.

    Sigo creyendo en la palabra como herramienta política. En la escucha como práctica transformadora. En el poder de contar para que algo cambie. Y aunque no firme demandas, ni participe de litigios, me reconozco cada vez más cerca de esa abogacía que se hace en lo común, en lo colectivo, en lo comunitario.

    No salgo de esta experiencia con un modelo a seguir, sino con preguntas más afinadas. ¿Cómo hacemos para que lo comunitario no se vuelva solo una etiqueta? ¿Cómo construir estrategias sin caer en lógicas asistencialistas? ¿Cómo sostener el vínculo humano sin romantizar la precariedad?

    Y, sobre todo, ¿cómo seguir habitando estos cruces —entre derecho, comunicación, activismo— con honestidad, con autocrítica y con apertura?

    No tengo todas las respuestas. Pero las preguntas, cuando están bien hechas, también nos cambian. A mí, por lo menos, me siguen haciendo mover.

  • Este año, el Día Internacional de la Libertad de Prensa (World Press Freedom Day 2025), organizado en Bruselas por la UNESCO, estuvo atravesado por una idea: la inteligencia artificial. Se habló de su impacto en las redacciones, de las oportunidades y los riesgos que representa para el periodismo, de cómo está transformando la forma en que se genera, distribuye y consume información. Durante los tres días en los que participé, se respiró avance, innovación y tecnología (aunque en algunos discursos, con mucha cautela). 

    Pero mi verdadera y personal reflexión no llegó allí. Cuando regresé a casa me encontré el video de una chica en Instagram contando que, al quedarse sola en un Airbnb, descubrió a un hombre escondido debajo de su cama. Después, en un medio brasileño, leí la noticia de Amanda Borges da Silva, la joven brasileña asesinada en Japón mientras viajaba sola, cumpliendo su sueño de asistir a un Gran Premio de Fórmula 1. 

    Ahí recordé, casi como un acto automático, que durante las tres noches que me alojé en el hotel en Bruselas, repetí el mismo ritual: antes de dormir, arrastraba una silla cerca de la puerta. No la trababa del todo —si había un incendio debía poder abrirse—, pero la colocaba justo donde la puerta se apoya al abrirse. La puerta del baño, al lado, también la dejaba abierta para generar otro pequeño obstáculo. Si alguien intentaba entrar, al menos habría fricción, ruidos, algo que me diera tiempo de despertar. Una microbarrera inventada para calmar esa angustia sorda de la vulnerabilidad. 

    Y, finalmente, al repasar las notas y los documentos del evento, se completó la conexión: mientras discutimos sobre el avance de la tecnología y los desafíos que la IA representa para la humanidad, nosotras seguimos atrapadas en los mismos rituales de protección básica que repetimos desde hace décadas. 

    Por ende, hay áreas en las que el progreso parece ilimitado y otras en las que seguimos paradas exactamente en el mismo lugar. No importa en qué década estemos hablando de algoritmos, plataformas o automatización, nosotras seguimos teniendo que diseñar planes de emergencia caseros para sentirnos seguras en una habitación de hotel. 

    Y en medio de todo, también aparece el cansancio. El agotamiento sordo de tener que estar siempre pensando en cuidarnos, incluso en situaciones que deberían ser simples, cotidianas, agradables. La sensación incómoda de saber que tengo el privilegio de poder viajar, pero que ese privilegio se ve interrumpido, atravesado, condicionado por el miedo.

    No lo sé. Pero lo pienso. Lo sigo pensando. 

    Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad? ¿Qué significa celebrar la libertad de expresión si ni siquiera podemos movernos solas sin sentirnos amenazadas? ¿Cómo podemos festejar los avances digitales si, en la vida cotidiana, seguimos teniendo que inventar estrategias caseras para sobrevivir? 

    El fenómeno se agrava con la tecnología: la violencia de género facilitada por tecnología (TFGBV) incluye acoso, amenazas, hackeos, filtraciones, campañas de desinformación, generación de imágenes falsas y deepfakes sexuales, que buscan silenciar y expulsar a mujeres y disidencias del debate público. 

    La realidad es que ni el espacio online ni el espacio offline son seguros para nosotras. 

    Ya lo hemos dicho. Ya lo hemos denunciado. Una y otra vez. Lo seguimos diciendo. Pero la realidad no cambia al ritmo de las declaraciones. No todas las voces son escuchadas, no todos los actores están comprometidos con que el mensaje llegue y, peor aún, con que se traduzca en acciones concretas. Nos toca seguir viviendo en ese desfasaje cruel entre el progreso tecnológico y la brutal lentitud del cambio cultural que necesitamos. 

    Un cambio que no depende solo de pequeñas estrategias de supervivencia individual, sino de la transformación radical de las estructuras de poder, las culturas institucionales y las normas sociales que siguen permitiendo y reproduciendo esta violencia.

  • Mirar, sentir y narrar conflictos desde la fotografía 

    El otro día fui a la Bibliothèque Nationale du Luxembourg a escuchar una charla que me interesaba mucho: Conversations on War Photography. No voy a hacer acá una crónica del evento. No es mi intención. Más bien quiero dejar registradas algunas ideas, pensamientos y sensaciones que me quedaron resonando.

    Una de las personas invitadas fue Nicole Tung. Ella habló muchas veces de su tarea como la de “cubrir conflictos”. Me llamó la atención, porque no usó tanto los términos “periodismo de guerra” o “fotoperiodismo bélico”. Y en ese gesto, para mí sutil pero contundente, se me abrió una primera reflexión: no todo lo que se documenta en contextos de violencia o riesgo extremo sucede dentro de una “guerra formal”. Hay conflictos que no llevan la palabra “guerra” encima, pero que son igual de desgarradores, injustos, violentos o silenciados.

    Y a partir de ahí, de ese lenguaje que elige, también surgieron otras ideas que anoté. Contó que si ella, como fotógrafa, no es capaz de sentir en su propio cuerpo las emociones que provoca una escena, entonces no podría lograr que quienes miran su imagen desde la distancia se conecten de verdad con lo que ahí está pasando. Y es cierto: las imágenes no transmiten olores, ni el eco de las sirenas, ni la tensión del aire. Entonces, ¿cómo lograr que una fotografía acerque al espectador a lo que solo se puede experimentar estando ahí? Su respuesta fue simple y compleja a la vez: estar presente, compenetrarse, comprometerse física y emocionalmente.

    Hubo una frase que me quedó dando vueltas porque me pareció profundamente honesta. Dijo que a veces, aunque suene fuerte, una guerra puede ser muy aburrida. Hay días, incluso semanas, de pura espera, de silencio, de contemplar el vacío o la nada, aguardando que algo pase. La contradicción es brutal: ¿cómo puede algo tan extremo ser, a ratos, monótonamente estático? Sin embargo, esa es también la realidad de quienes cubren conflictos: la paciencia forma parte del testimonio.

    También habló mucho de salud mental, algo que me parece clave y que pocas veces se dice en voz alta. Contó, desde su experiencia, que cuanto más se ve, inevitablemente más se puede sufrir. Porque las imágenes no se van, a veces se quedan. Y aun así, insistió en la importancia de no perderse una misma en medio de la cobertura. Mantener la presencia, la conexión con el propio cuerpo y la propia mente no es solo un acto de cuidado personal: es una cuestión de supervivencia.

    En otro momento compartió cómo, al cubrir la caída de ciertos regímenes, documentó lo que sucedía dentro de morgues o comisarías. Allí, donde las familias buscan desesperadamente un cuerpo, saber si su ser querido está vivo o muerto, o si fue detenido y pasó por esa dependencia. Lo más perturbador, dice Nicole, no fue la muerte en sí, sino lo que sucede después: las personas que quedan atrás, intentando juntar los pedazos de su vida para reconstruirse. Esa violencia invisible que persiste mucho después de que cesan las balas.

    La conversación también rindió homenaje a una pionera: Lee Miller. Se habló de su valentía, de su lugar como mujer cubriendo la Segunda Guerra Mundial, y del legado que dejó a generaciones posteriores. En un tiempo donde ser mujer y fotógrafa de guerra era casi un imposible, Miller se abrió paso junto a otros y contribuyó con reportajes y fotografías que documentaron el horror del nazismo. 

    Durante la charla, fue su hijo, Antony Penrose, quien compartió recuerdos y reflexiones sobre la vida y obra de su madre, destacando su legado y la importancia de su trabajo en la historia del fotoperiodismo.

    Una de las historias, creo yo, con mayor impacto, fue la del artículo que tituló «Believe It”, publicado por Miller en la edición británica de Vogue. En ese texto, buscaba con imágenes y palabras que la sociedad estadounidense tomara dimensión de la tragedia que se vivía en Europa, en un momento en el que muchos no creían lo que llegaba desde el otro lado del océano. Ese impulso, esa urgencia por contar lo que otros querían negar o minimizar, es algo que sentí que conecta profundamente con Nicole y su forma de ver su trabajo.

    Ética: las decisiones que no siempre se ven

    Si bien el tema de la ética fue un punto que tocaron durante la presentación, también surgió desde el público presente al momento del intercambio. Nicole abordó este aspecto con sinceridad, reconociendo que no siempre es fácil determinar cuándo es apropiado capturar una imagen. Mencionó, solo por poner un ejemplo, que en ocasiones algo la detiene antes de presionar el obturador, y es especialmente cuando hay infancias involucradas.

    A lo largo de su trayectoria, ha desarrollado una forma de estar en el terreno que combina instinto y reflexión: el consentimiento y la dignidad de quienes aparecen en sus fotos son una prioridad constante, así como la necesidad de narrar la realidad sin caer en el sensacionalismo o la explotación del dolor ajeno. Ella misma reconoce que, muchas veces, la decisión más ética es bajar la cámara y no disparar. Y también habló de la importancia de cuidarse, de no perder de vista la salud mental y física, porque para poder documentar con responsabilidad primero hay que poder sostenerse una misma.

    Salí de la charla pensando en que la cobertura de conflictos es una tarea que exige estar presente en cuerpo y alma. Exige ética, paciencia, empatía, resistencia. Me recordó que, detrás de cada fotografía que sacude al mundo, siempre hay alguien que también se ve sacudida.

    —- 

    Sobre Nicole Tung y Lee Miller 

    Nicole Tung es una fotógrafa nacida en Hong Kong en 1986. Graduada en periodismo e historia por la Universidad de Nueva York en 2009, ha cubierto conflictos en Siria, Libia, Ucrania y Hong Kong, entre otros. Su trabajo ha sido reconocido por su enfoque humano y ético, y forma parte de colecciones como la del Museum of Fine Arts Houston.

    Lee Miller, por su parte, fue una pionera en la fotografía de guerra. Nacida en 1907 en Poughkeepsie, Nueva York, comenzó como modelo y musa de artistas como Man Ray, antes de convertirse en corresponsal de guerra para la revista Vogue durante la Segunda Guerra Mundial. Sus fotografías documentaron la liberación de París y los horrores de los campos de concentración. Una de sus imágenes más icónicas la muestra tomando un baño en la bañera de Hitler en Múnich, el mismo día de su suicidio.

  • Todo el mundo está hablando de El Eternauta. Y con razón. No todos los días una serie argentina se mete de lleno con uno de los cómics más importantes —y más cargados de historia— de nuestro país. No todos los días Netflix pone en la pantalla una historia que nos atraviesa en tantas capas: ciencia ficción nacional, memoria, resistencia colectiva, desapariciones, identidad. 

    Se ha dicho mucho (y se seguirá diciendo) sobre el valor histórico del cómic, sobre su autor, Héctor Germán Oesterheld, desaparecido junto con sus cuatro hijas durante la dictadura militar. Sobre cómo su obra quedó inconclusa, interrumpida brutalmente por el terror de Estado. Y también se ha dicho —con razón— que esta nueva versión cinematográfica acerca la historia a nuevas generaciones, la actualiza, la transforma. Ahora hay celulares, autos más modernos, redes. Ahora la invasión ocurre en un mundo reconocible, el nuestro. 

    Pero más allá de todo eso, y quizás sea un poco egocéntrico el planteo, lo que no paraba de pensar mientras miraba la serie fue otra cosa. Algo íntimo y lateral. Algo que me llevaba directamente a mi papá. 

    En la historia aparece Favalli, el amigo de Juan Salvo. Un tipo con la casa llena de aparatos analógicos que parecían estar esperando su momento, que sabe cómo hacer que funcionen sin depender de nada externo, que resiste desde el conocimiento aplicado, desde la memoria técnica. Y entonces, inevitablemente, pensé en mi viejo. 

    Mi viejo es de esas personas que siempre tienen una solución, técnica sobre todo, porque para las emocionales es un poco bastante más duro. Pero no la solución que te da un tutorial de YouTube. No. Él tiene otra lógica. Una más vieja, más mecánica, más artesanal. En mi familia decimos que mi papá siempre tiene “un chico” para lo que estás necesitando resolver. A veces eso me da gracia, pero es verdad. Se rompe algo, se traba una puerta, se cae una persiana, se necesita levantar una pared o plantar un árbol, y casi seguro que él tiene la respuesta: o lo hace él, o sabe quién puede hacerlo. Y si no, medio que lo inventa. 

    Quizás mi recuerdo no sea el más fiel, pero así es como lo tengo guardado. Hace muchos años, por ejemplo, personalizó una camioneta Dodge que había comprado. Le hizo construir y acoplar una caja trasera más larga que la original. No sé exactamente cómo, pero hubo mucha soldadura. Y tiendo a creer que es una camioneta única en su especie, que funcionaba, que resistía, que lo representaba. 

    También tiene una radio con antena. Con antena de verdad, de esas que se suben con la mano o se orientan a donde parece que se escucha mejor. Cuando se rompió la que tenían, con mi mamá se pasaron meses buscando una que todavía tuviera ese palito. Porque él quiere sintonizar como a él le gusta, la radio que le gusta, encontrando las voces en medio del ruido. 

    Su celular creo que tiene dos aplicaciones (a lo sumo, si me olvido de algo, puede que haya alguna del banco, pero que no maneja él, sino mi vieja): WhatsApp (que solo usa para mandar audios de no más de cinco segundos) y la del PAMI, porque ahora para ir al médico hay que sacar un token. Y eso ya es todo un universo. Porque para él, si hay que hacer un trámite, se va al banco, se para en la fila, pregunta, escucha. No busca en Google, no navega por apps. Va y habla, mirando a la otra persona. 

    Y todo eso, que en otro contexto parecería un anacronismo, hoy me parece una fortaleza. Porque mientras miraba El Eternauta, con todos sus efectos de última tecnología, con todo su despliegue visual, con esa estética post-apocalíptica puesta al día, me daba cuenta de que lo que más me conmovía era esa idea que Favalli dice en voz alta: lo viejo todavía funciona. Y en muchos casos, funciona mejor. 

    Mi viejo es de los que no necesitan internet para sobrevivir. De los que entienden cómo está hecha una cosa. De los que arman, reparan, adaptan. De los que conocen los oficios y los saberes que el mundo moderno fue dejando de lado. Y por eso, si el fin del mundo se acerca —o si un manto blanco empieza a cubrir la ciudad—, yo quiero estar cerca de mi papá. 

    Porque más allá de la ciencia ficción, más allá del culto al cómic, más allá incluso del poderoso mensaje colectivo que atraviesa la serie —esa frase que hoy resuena con más fuerza que nunca: nadie se salva solo—, yo sentí que algunas personas, por cómo están hechas, por lo que nos enseñaron, por lo que resisten, son un refugio. 

    Y ese refugio, para mí, tiene nombre. 

  • No era exageración. Era endometriosis.

    Hay una sensación que me visita cada vez que voy a la ginecóloga. No sé bien si es miedo, expectativa, desconfianza o una mezcla que no tiene nombre. Camino con el cuerpo tenso, como si supiera que va a ser juzgado. No me duele nada, pero igual tengo miedo. Y si sí me duele, tengo miedo de que no lo crean o de que aún pueda doler más.

    Ese miedo no es nuevo. Viene de hace cinco o seis años, cuando empecé a sentir que algo no estaba bien, pero nadie podía decirme qué. De organizar mi vida entera en torno a una semana al mes. Viajes, trabajo, vínculos, todo condicionado por ese momento donde el cuerpo me encierra. Y no es una exageración. Por mucho tiempo sentí que me moría una vez por mes.

    Así se lo dije a mi terapeuta. “Me muero una vez por mes”, le dije. Y ella, con su voz calma, me respondió: “Vamos a resignificar eso, porque morirse significa otra cosa.” Y sí. Pero a mí, en ese momento, me parecía que no.

    Recién este año alguien dijo la palabra: Endometriosis.

    Y fue rarísimo lo que sentí. Por un lado: alivio. ¡Al fin! Tiene nombre. No me lo inventé. Existe. Y por el otro: miedo. Tiene nombre. Significa que había algo. Que estuve sola con esto mucho tiempo.

    La endometriosis, en versión “for dummies”, es cuando un tejido rebelde que debería quedarse dentro del útero, decide crecer en lugares donde no debería estar: ovarios, trompas, intestinos, vejiga. Ese tejido, aunque está fuera de lugar, sigue actuando como si estuviera en el útero. Entonces, cada mes, se inflama, sangra y duele. Pero como no tiene por dónde salir, ese dolor se queda. Se acumula. Se transforma.

    Ahora, por fin, puedo nombrarlo. Y aunque el miedo sigue, ya no viene de la confusión. Ya no es el miedo de no saber. Es otro miedo, más claro: el de enfrentar lo que ya sé.

    Y sin embargo, cada vez que salgo de ahí, sigo preguntándome: ¿por qué hay que doler tanto para ser escuchadas?

    Y no puedo evitar pensar que si esto le pasara a los varones, ya tendríamos mil caminos distintos para abordarlo. Ya habría tratamientos más eficaces, mejores coberturas, más investigación, más interés. Pero los cuerpos que menstrúan, los cuerpos que se inflaman por dentro sin salida, los cuerpos que no se estudian lo suficiente, siguen sin respuesta o con respuestas a medias.

    Cuando salí del consultorio con un mapa que empieza a dibujarse. Grabé un audio y lo mandé al grupo de las mujeres de mi familia. Desde Luxemburgo hasta Córdoba, mi voz cruzó el mundo para contarles: esto es lo que me pasa, esto es lo que sigue. Y ese mensaje fue devuelto con otros. Con preguntas, con dudas, con recuerdos, con información, con cuidado y con humor (ese del necesario para aflojar). Con eso que a veces necesitamos tanto: red. Una red que no es científica ni médica, pero es otra forma de medicina. La que sana cuando una se siente escuchada, contenida, acompañada. La que nos recuerda que no estamos solas, aunque el dolor lo hayamos vivido en silencio durante un tiempo considerable. Y que incluso en el cuerpo que duele, hay lugar para el amor que lo rodea.

    Por lo pronto, acá sigo, acá estoy, armando mi vida alrededor de esto que me pasa una vez por mes. Pero también alrededor del nombre. Porque cuando algo tiene nombre, empieza a ser más difícil de callar.

    Tal vez no puedo mirar esto con otros ojos que no sean feministas. Pero es que sin esos ojos, ni siquiera estaría pudiendo narrarlo.

  • Acobijar

    Volví a mis clases de yoga después de ocho meses. Volví con la misma profe, por suerte. El lugar es otro, pero ella sigue siendo la misma: atenta, suave, precisa. Me recibió como si el tiempo no hubiera pasado.

    Una de las primeras veces que fui a su clase, hace más de un año, me pasó algo que no olvidé. Era el cierre, ese momento de quietud donde el cuerpo se aquieta y la respiración baja, como si una pudiera aflojar todo el peso que vino cargando. Ella hablaba bajito, guiándonos hacia esa conciencia de habitar el cuerpo. Dijo algo así como “el cuerpo es nuestra casa, tenemos que cuidarlo”. Y de pronto se hizo silencio. Y en ese silencio se escuchó el tic-tac característico de un reloj de pared.

    Me vi en la cocina de barrio Altamira, en Córdoba. Mi casa de infancia y adolescencia. La misma donde aún viven mis viejos y que visito, si puedo, una vez al año. La misma en la que, cuando cae la noche, el único sonido permanente es el del reloj de pared que marca el tiempo como un corazón de fondo. Estaba en Luxemburgo, tapada con una colcha, casi en penumbras. Lloré, un poco. Lloré en silencio, como llora una cuando se reconoce lejos y cerca a la vez.

    Ayer, ya sin ese reloj en la nueva sala, llegó de nuevo el cierre de la clase. Y sin decir nada, la profe me tapó con una colcha. A mí y a otras personas que estaban como yo, con los pies descalzos y el cuerpo tibio de moverse. Pero fue un gesto tan chiquito y tan inmenso, que volvió a atravesarme. Taparme para que no me enfríe. Taparme para cuidarme. Para sostener ese presente delicado y que el cuerpo no olvide que está siendo cuidado.

    Y pensé en eso: en quienes nos abrigan sin hacer ruido, en quienes nos cubren la espalda cuando ni siquiera lo pedimos. En los vaivenes que atraviesan a los que quiero y a mí, en lo difícil que es a veces encontrar pausa entre tanto. Pero también en lo mágico que puede ser un gesto mínimo, si llega justo cuando una lo necesita.

    A veces el amor se parece mucho a eso: alguien que te tapa con una colcha mientras vos descansás, para que no se te enfríe el alma.

  • Este contenido está protegido por contraseña. Para verlo, introduce la contraseña.

  • Un poco perro, un poco hogar

    Resulta que mi hermana, Ayelén, y mi cuñada, Laura, se hicieron cargo de dos bebitos abandonados, tan chiquitos que todavía no habían abierto los ojos. Uno de ellos se fue tempranito al cielo de los perritos. El otro, un cuerpito frágil, terco, aferrado a la vida como quien no sabe que hay opciones, siguió dando pelea.

    Desde entonces, empezaron a llegar videos. De él tomando la mamadera, haciendo ruiditos suaves, durmiendo enroscado con la panza llena y el mundo afuera. Respiraba hondo, como si todo le alcanzara. Durante semanas, ellas vivieron al ritmo de sus necesidades. Cada hora contaba. Cada cambio, cada avance, era motivo de celebración. Y no estuvieron solas: hubo un equipo que sostuvo, cuidó, acompañó. Por eso es imposible no nombrar a las y los profesionales de Enivet, que también pusieron el cuerpo y el corazón.

    Las personas que me conocen saben que, desde que Juana no está, la decisión de adoptar se hizo esperar. Fueron años de pensar “más adelante”. Pero en los días previos a viajar a Argentina, algo empezó a moverse. Una sospecha chiquita, al principio, que se colaba en cada foto, en cada historia que compartía mi hermana. Y que, sin darme cuenta, iba creciendo. Empecé a mirar distinto.
    Como quien no quiere, pero quiere. Como quien ya sabe, aunque aún no lo diga.

    Tres Doritos después, acá estamos. Viviendo juntos esta aventura. Él se llama Latte, acaba de cumplir seis meses y tiene una energía que me deja sin excusas.

    Con su llegada, me encontré a mí misma como muy poquitas personas han logrado ponerme: tirada en el piso jugando, hablando en diminutivo, yendo a la plaza con juguetes en el bolsillo y el corazón más liviano. Me descubrí dejando pasar el tema «pelos» y patitas por toda la casa.

    Pero no fue solo eso. Latte trajo algo más. Un tipo de presencia que desarma. Que no exige nada y, sin embargo, lo cambia todo. Su forma de mirarme a veces (tierna o destructora dependiendo de su estado de ánimo). Su manía de seguirme por la casa como si cada paso mío marcara el ritmo del día. Su manera de dormirse boca arriba, patas al cielo, como si en este mundo todavía fuera posible confiar así.

    Él me obliga a detenerme. A bloquear la pantalla de la compu. A dejar el teléfono. A poner los pies en la vereda para salir de casa. Me recuerda —sin decirlo, sin saberlo— que no todo es para después. Que hay que estar ahora. Y que estar no siempre significa hacer. A veces solo es respirar al lado del otro. Un estar en compañía, sin ruido, sin mérito, sin argumento.

    Desde que Latte está, siento que algo dentro mío volvió a su lugar. No es que antes estuviera mal, ni que ahora todo esté resuelto. Es más simple que eso. Es como si su presencia ordenara lo pequeño. Y en ese pequeño orden, yo también encontrara espacio para quedarme.

    Quedarme donde hay ternura. Donde hay juego. Donde hay vida en su estado más aventurero. Y también donde hay pausa, calor y mezcla. Como su nombre, como los colores de su pelo, como un café en calma después de un día difícil.

    Latte. Un poco blanco, un poco marrón. Un poco perro, un poco hogar.