Hace una semana anduve por Roma. No por trabajo, no por estudios. Viajé por mi cumpleaños. En líneas generales, no me pesa cumplir años. No me niego a la idea de envejecer, y tampoco siento que el número me defina demasiado. Lo único que me incomoda —honestamente, desde siempre— es una sensación inevitable: si yo envejezco, mis papás también lo hacen.
Durante años, cuando alguien preguntaba si me gustaba cumplir años, yo decía que no. Pero no por mí, sino por ellos. No lo decía así, con estas palabras que ahora escribo sin disfraz, pero esa era la idea en mi mente: envejecer implica, tarde o temprano, perder. Lejos está esto de ser resuelto, pero se sigue andando.
Cumplí 40 y estuve bien. Lo recibí en Roma, soplando las velitas frente a un tiramisú casero, muy bien acompañada. Fue un momento suave, sin estridencias, pero lleno de sentido. Un ritual íntimo que marcaba algo que estaba sucediendo: una nueva década. A veces pienso que mi forma de celebrar tiene algo de eso, de lo mínimo con peso. Una velita, una mirada, un deseo en voz baja.
Más allá de Roma —que aún intento ordenar entre mis conclusiones, mis fotos, mis notas mentales sueltas—, estos días me llevaron a pensar en otra cosa: en la niña que fui.
Hace poco estuve en Córdoba, y entre papeles que, a pesar del paso del tiempo, ha guardado mi mamá, encontré mis libretas de jardín de infantes. Y las notas que una maestra puede escribir sobre vos siendo tan pequeña tomaron protagonismo. En una de ellas, decía que a María Luz le gustaban mucho los cuentos. En otra, de cuando tenía cinco años, decía que María Luz tiene conciencia de sus derechos y de los derechos de sus compañeritos, es querida y buscada por sus compañeritos en las diferentes situaciones. En música, se destaca especialmente. Leí eso y sentí una emoción que no sé si puedo explicar bien. Como si en esas palabras se escondiera una pista. Algo que me conecta directamente con la que soy hoy.
Porque a veces me cuesta encontrarla, a esa María Luz. Se desdibuja entre mudanzas, deadlines, dolores de espalda y proyectos inconclusos. Se me pierde en los aeropuertos, entre los idiomas que ahora hablo (o que intento hablar), entre los silencios nuevos que aprendí a habitar. Pero está. Está en las ganas de contar historias, en la búsqueda de justicia, en estar presente para mi familia y para mis amigas, en este cuerpo que —a pesar de todo— sigue sosteniéndome.
Poco he hablado acá sobre este cuerpo. A veces menciono la endometriosis, la hernia en la espalda, los días difíciles. Pero hay mucho más que aún no sé cómo nombrar, mucho que quizás algún día pueda ordenar con más claridad y menos pudor. Lo que sí sé es que este cuerpo me sostiene. Con todo lo que carga, con lo que duele y lo que calla, este cuerpo me permite seguir moviéndome. Camina, abraza, se deja abrazar. Se emociona, respira, insiste. Y eso —a esta altura— no me parece poco.
No sé si tengo algo claro sobre lo que significa cumplir 40. No me siento ni especialmente distinta ni igual a la que fui. Pero a veces, cuando lo digo en voz alta —tengo 40 años—, noto cómo el número pesa más afuera que adentro. Como si hubiera una forma esperada de estar en el mundo a esta edad. Pero hace tiempo que no sigo ese libreto. Y si alguna vez lo hice, lo estoy reescribiendo a mi manera.
Yo, medio que solo sé que voy creciendo. Mucho. De formas inesperadas. Me volví más suave con lo que no entiendo. Más firme con lo que no negocio. Más fiel a ciertas cosas que antes solo intuía. Pero también más dura conmigo misma. Digamos todo.
Y en ese proceso, también cambiaron mis deseos. Algunos se volvieron más nítidos. Otros se desinflaron sin culpa. Aparecieron ganas nuevas, más silenciosas, pero igual de potentes. No todo lo que quiero hoy es lo que imaginaba hace diez años. Y está bien.
Tal vez crecer también sea eso: no dejar de buscarse, incluso cuando una se cansa. Aceptar que no siempre hay respuestas, pero seguir preguntándose igual.
Hay algo de este cumpleaños que no quiero que se me escape: la idea de que no llegué hasta acá sola. Ni a Roma, ni a los 40. Me acompañan las y los que están, las y los que estuvieron, las y los que me formaron, las y los que me marcaron sin saberlo.
Me acompaña esa maestra que vio en mí una conciencia que ni yo sabía que tenía. Me acompaña esa María Luz de cinco años, a la que le gustaban los cuentos. Me acompaña la que fui a los veinte, cuando todavía no sabía que todo iba a ser más complejo —y más interesante— de lo que imaginaba. Y me acompaña esta de ahora, que escribe para no olvidarse.
Desde afuera, tal vez puede parecer que lo tengo más claro de lo que lo tengo. Que cumplir 40 me encontró armada, resuelta, con las piezas en su lugar. Supongo que verme viajar —y compartir algo de eso— puede prestarse a esa idea. Como si el viaje contara todo el cuento. Como si un destino pudiera resumir un proceso. Pero la verdad es que hay días en los que no entiendo nada. Y otros en los que me entiendo como nunca. Días en los que todo parece encajar y otros en los que todo se me desarma de golpe. Soy un poco de las dos. O quizás ninguna. Y también está bien.
Roma fue el escenario. Los 40, la excusa. Lo demás sigue pasando, a su ritmo, sin preguntarme si estoy lista. Pero estoy. No tan distinta. No tan igual. Y a veces, eso alcanza para seguir creyendo que hay caminos que todavía no pisé… y me están esperando.





