El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Mirar, sentir y narrar conflictos desde la fotografía 

    El otro día fui a la Bibliothèque Nationale du Luxembourg a escuchar una charla que me interesaba mucho: Conversations on War Photography. No voy a hacer acá una crónica del evento. No es mi intención. Más bien quiero dejar registradas algunas ideas, pensamientos y sensaciones que me quedaron resonando.

    Una de las personas invitadas fue Nicole Tung. Ella habló muchas veces de su tarea como la de “cubrir conflictos”. Me llamó la atención, porque no usó tanto los términos “periodismo de guerra” o “fotoperiodismo bélico”. Y en ese gesto, para mí sutil pero contundente, se me abrió una primera reflexión: no todo lo que se documenta en contextos de violencia o riesgo extremo sucede dentro de una “guerra formal”. Hay conflictos que no llevan la palabra “guerra” encima, pero que son igual de desgarradores, injustos, violentos o silenciados.

    Y a partir de ahí, de ese lenguaje que elige, también surgieron otras ideas que anoté. Contó que si ella, como fotógrafa, no es capaz de sentir en su propio cuerpo las emociones que provoca una escena, entonces no podría lograr que quienes miran su imagen desde la distancia se conecten de verdad con lo que ahí está pasando. Y es cierto: las imágenes no transmiten olores, ni el eco de las sirenas, ni la tensión del aire. Entonces, ¿cómo lograr que una fotografía acerque al espectador a lo que solo se puede experimentar estando ahí? Su respuesta fue simple y compleja a la vez: estar presente, compenetrarse, comprometerse física y emocionalmente.

    Hubo una frase que me quedó dando vueltas porque me pareció profundamente honesta. Dijo que a veces, aunque suene fuerte, una guerra puede ser muy aburrida. Hay días, incluso semanas, de pura espera, de silencio, de contemplar el vacío o la nada, aguardando que algo pase. La contradicción es brutal: ¿cómo puede algo tan extremo ser, a ratos, monótonamente estático? Sin embargo, esa es también la realidad de quienes cubren conflictos: la paciencia forma parte del testimonio.

    También habló mucho de salud mental, algo que me parece clave y que pocas veces se dice en voz alta. Contó, desde su experiencia, que cuanto más se ve, inevitablemente más se puede sufrir. Porque las imágenes no se van, a veces se quedan. Y aun así, insistió en la importancia de no perderse una misma en medio de la cobertura. Mantener la presencia, la conexión con el propio cuerpo y la propia mente no es solo un acto de cuidado personal: es una cuestión de supervivencia.

    En otro momento compartió cómo, al cubrir la caída de ciertos regímenes, documentó lo que sucedía dentro de morgues o comisarías. Allí, donde las familias buscan desesperadamente un cuerpo, saber si su ser querido está vivo o muerto, o si fue detenido y pasó por esa dependencia. Lo más perturbador, dice Nicole, no fue la muerte en sí, sino lo que sucede después: las personas que quedan atrás, intentando juntar los pedazos de su vida para reconstruirse. Esa violencia invisible que persiste mucho después de que cesan las balas.

    La conversación también rindió homenaje a una pionera: Lee Miller. Se habló de su valentía, de su lugar como mujer cubriendo la Segunda Guerra Mundial, y del legado que dejó a generaciones posteriores. En un tiempo donde ser mujer y fotógrafa de guerra era casi un imposible, Miller se abrió paso junto a otros y contribuyó con reportajes y fotografías que documentaron el horror del nazismo. 

    Durante la charla, fue su hijo, Antony Penrose, quien compartió recuerdos y reflexiones sobre la vida y obra de su madre, destacando su legado y la importancia de su trabajo en la historia del fotoperiodismo.

    Una de las historias, creo yo, con mayor impacto, fue la del artículo que tituló «Believe It”, publicado por Miller en la edición británica de Vogue. En ese texto, buscaba con imágenes y palabras que la sociedad estadounidense tomara dimensión de la tragedia que se vivía en Europa, en un momento en el que muchos no creían lo que llegaba desde el otro lado del océano. Ese impulso, esa urgencia por contar lo que otros querían negar o minimizar, es algo que sentí que conecta profundamente con Nicole y su forma de ver su trabajo.

    Ética: las decisiones que no siempre se ven

    Si bien el tema de la ética fue un punto que tocaron durante la presentación, también surgió desde el público presente al momento del intercambio. Nicole abordó este aspecto con sinceridad, reconociendo que no siempre es fácil determinar cuándo es apropiado capturar una imagen. Mencionó, solo por poner un ejemplo, que en ocasiones algo la detiene antes de presionar el obturador, y es especialmente cuando hay infancias involucradas.

    A lo largo de su trayectoria, ha desarrollado una forma de estar en el terreno que combina instinto y reflexión: el consentimiento y la dignidad de quienes aparecen en sus fotos son una prioridad constante, así como la necesidad de narrar la realidad sin caer en el sensacionalismo o la explotación del dolor ajeno. Ella misma reconoce que, muchas veces, la decisión más ética es bajar la cámara y no disparar. Y también habló de la importancia de cuidarse, de no perder de vista la salud mental y física, porque para poder documentar con responsabilidad primero hay que poder sostenerse una misma.

    Salí de la charla pensando en que la cobertura de conflictos es una tarea que exige estar presente en cuerpo y alma. Exige ética, paciencia, empatía, resistencia. Me recordó que, detrás de cada fotografía que sacude al mundo, siempre hay alguien que también se ve sacudida.

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    Sobre Nicole Tung y Lee Miller 

    Nicole Tung es una fotógrafa nacida en Hong Kong en 1986. Graduada en periodismo e historia por la Universidad de Nueva York en 2009, ha cubierto conflictos en Siria, Libia, Ucrania y Hong Kong, entre otros. Su trabajo ha sido reconocido por su enfoque humano y ético, y forma parte de colecciones como la del Museum of Fine Arts Houston.

    Lee Miller, por su parte, fue una pionera en la fotografía de guerra. Nacida en 1907 en Poughkeepsie, Nueva York, comenzó como modelo y musa de artistas como Man Ray, antes de convertirse en corresponsal de guerra para la revista Vogue durante la Segunda Guerra Mundial. Sus fotografías documentaron la liberación de París y los horrores de los campos de concentración. Una de sus imágenes más icónicas la muestra tomando un baño en la bañera de Hitler en Múnich, el mismo día de su suicidio.

  • Todo el mundo está hablando de El Eternauta. Y con razón. No todos los días una serie argentina se mete de lleno con uno de los cómics más importantes —y más cargados de historia— de nuestro país. No todos los días Netflix pone en la pantalla una historia que nos atraviesa en tantas capas: ciencia ficción nacional, memoria, resistencia colectiva, desapariciones, identidad. 

    Se ha dicho mucho (y se seguirá diciendo) sobre el valor histórico del cómic, sobre su autor, Héctor Germán Oesterheld, desaparecido junto con sus cuatro hijas durante la dictadura militar. Sobre cómo su obra quedó inconclusa, interrumpida brutalmente por el terror de Estado. Y también se ha dicho —con razón— que esta nueva versión cinematográfica acerca la historia a nuevas generaciones, la actualiza, la transforma. Ahora hay celulares, autos más modernos, redes. Ahora la invasión ocurre en un mundo reconocible, el nuestro. 

    Pero más allá de todo eso, y quizás sea un poco egocéntrico el planteo, lo que no paraba de pensar mientras miraba la serie fue otra cosa. Algo íntimo y lateral. Algo que me llevaba directamente a mi papá. 

    En la historia aparece Favalli, el amigo de Juan Salvo. Un tipo con la casa llena de aparatos analógicos que parecían estar esperando su momento, que sabe cómo hacer que funcionen sin depender de nada externo, que resiste desde el conocimiento aplicado, desde la memoria técnica. Y entonces, inevitablemente, pensé en mi viejo. 

    Mi viejo es de esas personas que siempre tienen una solución, técnica sobre todo, porque para las emocionales es un poco bastante más duro. Pero no la solución que te da un tutorial de YouTube. No. Él tiene otra lógica. Una más vieja, más mecánica, más artesanal. En mi familia decimos que mi papá siempre tiene “un chico” para lo que estás necesitando resolver. A veces eso me da gracia, pero es verdad. Se rompe algo, se traba una puerta, se cae una persiana, se necesita levantar una pared o plantar un árbol, y casi seguro que él tiene la respuesta: o lo hace él, o sabe quién puede hacerlo. Y si no, medio que lo inventa. 

    Quizás mi recuerdo no sea el más fiel, pero así es como lo tengo guardado. Hace muchos años, por ejemplo, personalizó una camioneta Dodge que había comprado. Le hizo construir y acoplar una caja trasera más larga que la original. No sé exactamente cómo, pero hubo mucha soldadura. Y tiendo a creer que es una camioneta única en su especie, que funcionaba, que resistía, que lo representaba. 

    También tiene una radio con antena. Con antena de verdad, de esas que se suben con la mano o se orientan a donde parece que se escucha mejor. Cuando se rompió la que tenían, con mi mamá se pasaron meses buscando una que todavía tuviera ese palito. Porque él quiere sintonizar como a él le gusta, la radio que le gusta, encontrando las voces en medio del ruido. 

    Su celular creo que tiene dos aplicaciones (a lo sumo, si me olvido de algo, puede que haya alguna del banco, pero que no maneja él, sino mi vieja): WhatsApp (que solo usa para mandar audios de no más de cinco segundos) y la del PAMI, porque ahora para ir al médico hay que sacar un token. Y eso ya es todo un universo. Porque para él, si hay que hacer un trámite, se va al banco, se para en la fila, pregunta, escucha. No busca en Google, no navega por apps. Va y habla, mirando a la otra persona. 

    Y todo eso, que en otro contexto parecería un anacronismo, hoy me parece una fortaleza. Porque mientras miraba El Eternauta, con todos sus efectos de última tecnología, con todo su despliegue visual, con esa estética post-apocalíptica puesta al día, me daba cuenta de que lo que más me conmovía era esa idea que Favalli dice en voz alta: lo viejo todavía funciona. Y en muchos casos, funciona mejor. 

    Mi viejo es de los que no necesitan internet para sobrevivir. De los que entienden cómo está hecha una cosa. De los que arman, reparan, adaptan. De los que conocen los oficios y los saberes que el mundo moderno fue dejando de lado. Y por eso, si el fin del mundo se acerca —o si un manto blanco empieza a cubrir la ciudad—, yo quiero estar cerca de mi papá. 

    Porque más allá de la ciencia ficción, más allá del culto al cómic, más allá incluso del poderoso mensaje colectivo que atraviesa la serie —esa frase que hoy resuena con más fuerza que nunca: nadie se salva solo—, yo sentí que algunas personas, por cómo están hechas, por lo que nos enseñaron, por lo que resisten, son un refugio. 

    Y ese refugio, para mí, tiene nombre. 

  • No era exageración. Era endometriosis.

    Hay una sensación que me visita cada vez que voy a la ginecóloga. No sé bien si es miedo, expectativa, desconfianza o una mezcla que no tiene nombre. Camino con el cuerpo tenso, como si supiera que va a ser juzgado. No me duele nada, pero igual tengo miedo. Y si sí me duele, tengo miedo de que no lo crean o de que aún pueda doler más.

    Ese miedo no es nuevo. Viene de hace cinco o seis años, cuando empecé a sentir que algo no estaba bien, pero nadie podía decirme qué. De organizar mi vida entera en torno a una semana al mes. Viajes, trabajo, vínculos, todo condicionado por ese momento donde el cuerpo me encierra. Y no es una exageración. Por mucho tiempo sentí que me moría una vez por mes.

    Así se lo dije a mi terapeuta. “Me muero una vez por mes”, le dije. Y ella, con su voz calma, me respondió: “Vamos a resignificar eso, porque morirse significa otra cosa.” Y sí. Pero a mí, en ese momento, me parecía que no.

    Recién este año alguien dijo la palabra: Endometriosis.

    Y fue rarísimo lo que sentí. Por un lado: alivio. ¡Al fin! Tiene nombre. No me lo inventé. Existe. Y por el otro: miedo. Tiene nombre. Significa que había algo. Que estuve sola con esto mucho tiempo.

    La endometriosis, en versión “for dummies”, es cuando un tejido rebelde que debería quedarse dentro del útero, decide crecer en lugares donde no debería estar: ovarios, trompas, intestinos, vejiga. Ese tejido, aunque está fuera de lugar, sigue actuando como si estuviera en el útero. Entonces, cada mes, se inflama, sangra y duele. Pero como no tiene por dónde salir, ese dolor se queda. Se acumula. Se transforma.

    Ahora, por fin, puedo nombrarlo. Y aunque el miedo sigue, ya no viene de la confusión. Ya no es el miedo de no saber. Es otro miedo, más claro: el de enfrentar lo que ya sé.

    Y sin embargo, cada vez que salgo de ahí, sigo preguntándome: ¿por qué hay que doler tanto para ser escuchadas?

    Y no puedo evitar pensar que si esto le pasara a los varones, ya tendríamos mil caminos distintos para abordarlo. Ya habría tratamientos más eficaces, mejores coberturas, más investigación, más interés. Pero los cuerpos que menstrúan, los cuerpos que se inflaman por dentro sin salida, los cuerpos que no se estudian lo suficiente, siguen sin respuesta o con respuestas a medias.

    Cuando salí del consultorio con un mapa que empieza a dibujarse. Grabé un audio y lo mandé al grupo de las mujeres de mi familia. Desde Luxemburgo hasta Córdoba, mi voz cruzó el mundo para contarles: esto es lo que me pasa, esto es lo que sigue. Y ese mensaje fue devuelto con otros. Con preguntas, con dudas, con recuerdos, con información, con cuidado y con humor (ese del necesario para aflojar). Con eso que a veces necesitamos tanto: red. Una red que no es científica ni médica, pero es otra forma de medicina. La que sana cuando una se siente escuchada, contenida, acompañada. La que nos recuerda que no estamos solas, aunque el dolor lo hayamos vivido en silencio durante un tiempo considerable. Y que incluso en el cuerpo que duele, hay lugar para el amor que lo rodea.

    Por lo pronto, acá sigo, acá estoy, armando mi vida alrededor de esto que me pasa una vez por mes. Pero también alrededor del nombre. Porque cuando algo tiene nombre, empieza a ser más difícil de callar.

    Tal vez no puedo mirar esto con otros ojos que no sean feministas. Pero es que sin esos ojos, ni siquiera estaría pudiendo narrarlo.

  • Acobijar

    Volví a mis clases de yoga después de ocho meses. Volví con la misma profe, por suerte. El lugar es otro, pero ella sigue siendo la misma: atenta, suave, precisa. Me recibió como si el tiempo no hubiera pasado.

    Una de las primeras veces que fui a su clase, hace más de un año, me pasó algo que no olvidé. Era el cierre, ese momento de quietud donde el cuerpo se aquieta y la respiración baja, como si una pudiera aflojar todo el peso que vino cargando. Ella hablaba bajito, guiándonos hacia esa conciencia de habitar el cuerpo. Dijo algo así como “el cuerpo es nuestra casa, tenemos que cuidarlo”. Y de pronto se hizo silencio. Y en ese silencio se escuchó el tic-tac característico de un reloj de pared.

    Me vi en la cocina de barrio Altamira, en Córdoba. Mi casa de infancia y adolescencia. La misma donde aún viven mis viejos y que visito, si puedo, una vez al año. La misma en la que, cuando cae la noche, el único sonido permanente es el del reloj de pared que marca el tiempo como un corazón de fondo. Estaba en Luxemburgo, tapada con una colcha, casi en penumbras. Lloré, un poco. Lloré en silencio, como llora una cuando se reconoce lejos y cerca a la vez.

    Ayer, ya sin ese reloj en la nueva sala, llegó de nuevo el cierre de la clase. Y sin decir nada, la profe me tapó con una colcha. A mí y a otras personas que estaban como yo, con los pies descalzos y el cuerpo tibio de moverse. Pero fue un gesto tan chiquito y tan inmenso, que volvió a atravesarme. Taparme para que no me enfríe. Taparme para cuidarme. Para sostener ese presente delicado y que el cuerpo no olvide que está siendo cuidado.

    Y pensé en eso: en quienes nos abrigan sin hacer ruido, en quienes nos cubren la espalda cuando ni siquiera lo pedimos. En los vaivenes que atraviesan a los que quiero y a mí, en lo difícil que es a veces encontrar pausa entre tanto. Pero también en lo mágico que puede ser un gesto mínimo, si llega justo cuando una lo necesita.

    A veces el amor se parece mucho a eso: alguien que te tapa con una colcha mientras vos descansás, para que no se te enfríe el alma.

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  • Un poco perro, un poco hogar

    Resulta que mi hermana, Ayelén, y mi cuñada, Laura, se hicieron cargo de dos bebitos abandonados, tan chiquitos que todavía no habían abierto los ojos. Uno de ellos se fue tempranito al cielo de los perritos. El otro, un cuerpito frágil, terco, aferrado a la vida como quien no sabe que hay opciones, siguió dando pelea.

    Desde entonces, empezaron a llegar videos. De él tomando la mamadera, haciendo ruiditos suaves, durmiendo enroscado con la panza llena y el mundo afuera. Respiraba hondo, como si todo le alcanzara. Durante semanas, ellas vivieron al ritmo de sus necesidades. Cada hora contaba. Cada cambio, cada avance, era motivo de celebración. Y no estuvieron solas: hubo un equipo que sostuvo, cuidó, acompañó. Por eso es imposible no nombrar a las y los profesionales de Enivet, que también pusieron el cuerpo y el corazón.

    Las personas que me conocen saben que, desde que Juana no está, la decisión de adoptar se hizo esperar. Fueron años de pensar “más adelante”. Pero en los días previos a viajar a Argentina, algo empezó a moverse. Una sospecha chiquita, al principio, que se colaba en cada foto, en cada historia que compartía mi hermana. Y que, sin darme cuenta, iba creciendo. Empecé a mirar distinto.
    Como quien no quiere, pero quiere. Como quien ya sabe, aunque aún no lo diga.

    Tres Doritos después, acá estamos. Viviendo juntos esta aventura. Él se llama Latte, acaba de cumplir seis meses y tiene una energía que me deja sin excusas.

    Con su llegada, me encontré a mí misma como muy poquitas personas han logrado ponerme: tirada en el piso jugando, hablando en diminutivo, yendo a la plaza con juguetes en el bolsillo y el corazón más liviano. Me descubrí dejando pasar el tema «pelos» y patitas por toda la casa.

    Pero no fue solo eso. Latte trajo algo más. Un tipo de presencia que desarma. Que no exige nada y, sin embargo, lo cambia todo. Su forma de mirarme a veces (tierna o destructora dependiendo de su estado de ánimo). Su manía de seguirme por la casa como si cada paso mío marcara el ritmo del día. Su manera de dormirse boca arriba, patas al cielo, como si en este mundo todavía fuera posible confiar así.

    Él me obliga a detenerme. A bloquear la pantalla de la compu. A dejar el teléfono. A poner los pies en la vereda para salir de casa. Me recuerda —sin decirlo, sin saberlo— que no todo es para después. Que hay que estar ahora. Y que estar no siempre significa hacer. A veces solo es respirar al lado del otro. Un estar en compañía, sin ruido, sin mérito, sin argumento.

    Desde que Latte está, siento que algo dentro mío volvió a su lugar. No es que antes estuviera mal, ni que ahora todo esté resuelto. Es más simple que eso. Es como si su presencia ordenara lo pequeño. Y en ese pequeño orden, yo también encontrara espacio para quedarme.

    Quedarme donde hay ternura. Donde hay juego. Donde hay vida en su estado más aventurero. Y también donde hay pausa, calor y mezcla. Como su nombre, como los colores de su pelo, como un café en calma después de un día difícil.

    Latte. Un poco blanco, un poco marrón. Un poco perro, un poco hogar.

  • Hoy cumpliría 97

    Isabel Anita, mi abuela por el lado de mi papá, nació un 4 de abril de 1928 y hoy sería su cumpleaños.

    Fue una persona muy particular. Murió en 2004, con un cuerpo que le reclamaba demasiadas cosas a la vez y una mente que se fue llenando de obstáculos, como si la vida la hubiera ido apagando de a poco. Los últimos fueron años difíciles, de momentos impredecibles, de desbordes. 

    Su presencia durante mi infancia es clara y grabada. Me enseñó a jugar a la escoba del 15, y a colocar los dedos de una forma particular para tocar las castañuelas. Le gustaba cantar, y cantaba bien. A mí también me gusta, y aunque no estoy segura de si eso se hereda, me gusta pensar que algo de mi afinidad viene de ella. Recuerdo cómo silbaba canciones por toda la casa, con una naturalidad que, en ese entonces, me parecía mágica. Yo, con los años que tengo, todavía no sé silbar, y muchas veces, cuando lo intento, me acuerdo de ella.

    Aunque no es la música que escucho, con ella descubrí a Isabel Pantoja, Serrat y Ana Belén, que cada tanto sonaban en su casa como parte de la banda sonora de las siestas. Me quedé muchas noches a dormir con ella, haciéndole compañía cuando mi abuelo se iba a lo de mi tía. Incluso tengo el recuerdo patente de que en una de esas noches, mientras mirábamos la tele, sentí mi primer temblor: una vibración leve, apenas visible, que hizo moverse la lámpara del techo. Nunca más volví a sentir otro, al menos no de esos que una puede señalar con precisión.

    Vivíamos patio de por medio. Su casa y la mía estaban tan cerca que la convivencia era inevitable, pero también natural. La acompañaba casi siempre a la casa de sus hermanas: la de tía Antonia, una muy paqueta en barrio San Vicente; la de su hermana Piedad, donde por primera vez vi a mujeres bailar flamenco en el living. Y es que toda su historia estaba cruzada por España. Sus padres habían nacido allá, y su hermana mayor —la única nacida en tierras españolas— ya no vivía cuando yo nací. Aun así, la conexión con ese país era algo que se sentía, que flotaba cada vez que ella se veía con las y los “Rebuelta”.

    Y si pienso en eso, me hubiese gustado preguntarle alguna vez: ¿cómo fue crecer con una mamá y un papá que habían venido desde tan lejos, con otras costumbres, con otra lengua, con otra forma de ver el mundo?

    Revisando documentos que tengo de ella me enteré de cosas que no sabía, como que su mamá tenía exactamente mi edad cuando la tuvo. Que se casó, por civil y por iglesia, en 1953, un año bastante convulsionado política y económicamente en Argentina. También me llamó la atención que, aunque ella misma firmaba con B larga, en muchos documentos su apellido fue escrito con V corta. Nunca terminé de saber cuál es la forma «correcta», si es que eso realmente importa a esta altura del partido. A veces pienso que lo importante no es cómo se escribía su apellido, sino todo lo que se sostuvo detrás de él.

    De su infancia no sé mucho. Nunca me habló demasiado de esos años, o tal vez yo no supe cómo preguntarle. No sé cómo era de chica, cómo vivió su niñez. Lo que sí recuerdo es que no era una persona especialmente cariñosa en el sentido clásico. No era de abrazarte todo el tiempo, ni de usar diminutivos. Pero cuando te daba un beso, lo acompañaba con ese gesto tan típico que, cuando somos peques, medio que odiamos: te agarraba fuerte la mejilla y dejaba varios “muac, muac, muac”, bien marcados, bien sonoros.

    Mi abuela se asustaba con facilidad. Si estaba concentrada en algo y alguien la interrumpía de golpe, saltaba como si el mundo se hubiera movido. Yo soy igual. Me pasa seguido. En casa ya se acostumbraron a mis sobresaltos, aunque todavía se sorprendan. Incluso sabiendo que hay alguien más en casa, si escucho una voz cuando no la esperaba, me desarmo por un instante.

    Y también, como ella, he tenido que convivir con un cuerpo que a veces no responde como una quisiera. Cuando era más chica, y en más de una ocasión, alguna persona —en tono de chiste y sin mucha conciencia del peso de sus palabras— me dijo “María Dolores”. Y hoy no puedo evitar pensar en ella cuando me acuerdo de eso. Porque hay algo, en el modo en que su cuerpo sufrió y en cómo eso marcó sus últimos años, que simplemente resuena.

    A veces me gustaría haber tenido más conciencia en ese entonces —en esos últimos años suyos— de lo que significaba realmente acompañar. No me justifico, pero probablemente la adolescencia estúpida en la que una anda por esos años hace que no seas consciente de lo importante que es la paciencia o la ternura. Me hubiera gustado haber sabido mirar mejor.

    Y entonces la evoco. No solo en sus gestos, en sus juegos, en sus canciones, sino también en sus aromas: un talco perfumado que dejaba su rastro en el aire, y esa colonia intensa, con un dejo a limón o a cítrico fuerte. La imagino con su pelo corto lleno de rulos, como lo tuvo siempre, prolijo y en lo posible con permanente, nunca más abajo de la nuca. Y con un collar de perlas blanco, uno que usaba como quien se pone algo que la hace sentir lista para salir. Se vestía siempre con vestidos/polleras por debajo de la rodilla o pantalones tipo formales, más bien rectos (o al menos es lo que yo recuerdo).

    Ella era católica y lo había votado a Carlos Menem, dos cosas con las que hoy nos mataríamos si tuviésemos que discutir de actualidad política y social. Si me concentro, aún me acuerdo de cómo sonaba el tono de su voz. Y cada vez que me cocino pollo hervido o zapallitos, siento que es ella la que eligió el menú del día.

    Supongo que esas cosas también se heredan.

    Y me gusta pensar que, de alguna manera, todavía está por ahí. En los sustos, en las ganas de cantar, en las comidas. En la forma de quedarse, incluso cuando ya no está.

  • Todo lo personal es político (o por qué escribo así)

    A veces me cuesta explicar cómo escribo. O mejor dicho: por qué escribo como escribo. Porque no es técnico. No es estratégico. No responde a ningún manual de estilo ni a ninguna guía SEO. Escribo así porque no me sale de otra forma. Escribo así porque si no, me ahogo.

    Desde chica, al parecer, tenía “conciencia de mis derechos y el de mis compañeros”. Eso decía una maestra en una libreta del jardín, que encontré hace poco en una carpeta que guarda mi mamá en Córdoba. Yo tenía cinco años. No me acuerdo qué hice para que escribiera eso, pero me gusta pensar que algo de esa intuición temprana sigue ahí. Que de algún modo, sigo tratando de nombrar lo que duele, lo que falta, lo que arde. Que sigo intentando cuidar a los otros, a las otras, a mí.

    Durante años trabajé en el mundo de la publicidad, de las campañas rápidas, de las palabras que venden. Y aprendí mucho. Pero hubo un momento en el que necesitaba otra cosa. Necesitaba que mi escritura tuviera sentido. Que sirviera para algo más que persuadir. Que tocara, que moviera, que contara lo que muchas veces no se quiere contar.

    Entonces empecé a formarme en derechos humanos, en género, en justicia digital. Me fui a hacer una pasantía a la Corte Interamericana. Escribí sobre casos que me sacudieron. Vi cómo el lenguaje legal puede proteger o expulsar. Me pregunté muchas veces si tenía lugar ahí. Y cada vez que dudé, volví a la palabra. A esa palabra mía, sensible, a veces titubeante, pero honesta.

    También me hice de una red de amigas inesperadas. Mujeres que aparecieron en un país nuevo, en una etapa nueva, en una vida que estaba en movimiento. Con ellas aprendí otra forma de resistencia: la del abrazo, la del chiste, la del cuidado cotidiano. Y entendí que escribir sobre eso también era político. Que narrar lo que nos sostiene es una manera de dar pelea.

    No sé si lo que escribo se parece a lo que se espera de textos sobre derechos humanos. No tiene bibliografía ni estadísticas. No está lleno de citas. Pero tiene cuerpo. Tiene memoria. Tiene preguntas. Y para mí, eso alcanza.

    Escribo así porque el mundo, a veces, me queda grande. Y ponerlo en palabras me ayuda a hacerlo habitable. Escribo así porque lo personal no es un desvío: es el centro. Escribo así porque todo lo que me pasa —lo que dudo, lo que deseo, lo que pierdo, lo que cuido— está atravesado por estructuras más grandes. Y al nombrarlo, al dejarlo asentado, también estoy haciendo un gesto político.

    Así que sí: escribo como puedo. Como siento. Como entiendo. Como necesito. Y en ese gesto, encuentro refugio. Encuentro sentido. Y, a veces, también encuentro a otras.

  • Pasó mucho en poco tiempo

    Y me decido a dejarlo asentado.

    Pasaron cosas que todavía no terminé de entender. Algunas siguen ocurriendo mientras escribo esto. Pero hay un momento en el que una necesita sentarse y dejarlo asentado. Porque si no lo escribo, siento que se me escapa. Porque pasó mucho, en muy poco tiempo. Y eso también me pasó a mí.

    La Corte

    En septiembre me mudé por varios meses a Costa Rica para participar en el Programa de pasantías y visitas profesionales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Honestamente llegué con una valija cargada de inseguridades que el tiempo se encargó de desarmar. Descubrí que una frontera no es solo una línea en un mapa, sino un cambio en el aire, en el pulso de los días, en la forma de habitar un espacio nuevo.

    En estos meses, trabajé de cerca con decisiones que marcan el rumbo de la justicia en nuestra región. Pero también vi de frente las distancias que quedan por acortar, los derechos que aún se negocian y los cuerpos que siguen siendo campo de batalla. En cada caso, en cada sentencia, entendí que la justicia no es un concepto abstracto, sino el eco de vidas que siguen esperando reparación.

    Costa Rica me dejó algunas certezas: la lucha por los derechos humanos exige un caminar constante, movimiento sin tregua, un compromiso que se siente en el estómago y en el corazón. Pero también me enseñó a habitar la incertidumbre sin que se vuelva una carga, a confiar en que los pasos, aunque a veces parezcan desordenados, me siguen llevando.

    Esta experiencia también me dejó conversaciones que abrieron preguntas que todavía no sé responder. Me dejó un recordatorio de que moverse es también una forma de resistencia, de que hay algo profundamente revolucionario en abrir caminos, en hacer espacio donde no siempre lo hay.

    Aprendí que la justicia no es solo el derecho consagrado en un papel, sino la historia viva de quienes la reclaman. Que hay luchas que no son lineales, pero que cada paso cuenta. Escuché idiomas nuevos para comunicar y pude comprenderlo todo de cerca. La equipa de comunicaciones me enseñó con generosidad, me acompañó en el camino, me dejó ser parte. Nunca imaginé estar acá, y sin embargo estuve. Ojalá pueda volver. Ojalá haya podido dejar algo, aunque sea chiquito. Yo me llevé un montón.

    Ahora ya estoy en casa, pero creo que nunca lo estoy del todo (tal como lo dice uno de mis tatuajes, gracias a una letra de Spinetta). Porque siempre queda algo de nosotras en los lugares que nos transforman. Y porque, en el fondo, lo aprendido sigue viajando conmigo.

    La red

    Y mientras todo eso pasaba, en simultáneo, se fue tejiendo otra experiencia igual de potente porque Costa Rica no hubiese sido lo mismo sin ellas. 

    Bastó que una persona en el grupo de WhatsApp preguntara si alguien llevaba vianda para que coincidiéramos en un almuerzo y ¡zas!. Una argentina y dos españolas aparecieron en mi vida como quien llega a una casa sin preguntar demasiado, pero con la certeza de que va a encontrar calor adentro.

    Con ellas compartí almuerzos apresurados y cenas interminables, caminatas bajo la lluvia y conversaciones que nos llevaron hasta el fondo de nuestras propias historias.

    Nos abrazamos en días de cansancio emocional, nos reímos hasta que dolió la panza y nos repetimos, sin darnos cuenta, que encontrarse en otro país no había sido una casualidad.

    Esta es una amistad que se armó en el vértigo de lo nuevo, en la necesidad de construir un refugio cuando todo alrededor era desconocido pero emocionante.

    Nos reconocimos en la manera de hacer preguntas, en la forma de mirar el mundo sin aceptarlo tal cual es, en el impulso de empujar los límites de lo que nos dijeron que era posible. Hablamos de justicia y de utopías, de miedos y deseos, de los caminos que elegimos y de los que aún estamos dibujando.

    En cada una encontré algo distinto y, juntas, construimos una complicidad que no necesitó ensayos. Somos mujeres que caminan, que se reinventan, que se sostienen. Que creen en la ternura como fuerza política y en la risa como trinchera.

    Hoy estoy muy agradecida con Ari, Lara y Meli, con la vida que nos cruzó, con Costa Rica que nos parió y con el vinito que nos acompañó. 

    El día que nos despedimos estábamos las cuatro paradas en una esquina de San José, llorando como si nos conociéramos de toda la vida y prometiéndonos un pronto encuentro.

    Sé que así será. Porque hay despedidas que no son quiebres, sino puentes. Porque algunas personas llegan para quedarse, aunque después cada una siga su rumbo. 

    Y esta conversación sigue abierta, en otros husos horarios, en otros paisajes, pero con la misma complicidad que nació sin pedir permiso. 

    Lo que queda

    Todo esto fue una especie de transición intensa, dulce y vertiginosa. Todavía no sé bien a dónde me lleva, pero sé que algo se movió. Aprendí que no hay una sola manera de habitar los lugares. Que lo personal es profundamente político, y que encontrar ternura en el camino también es una forma de resistir.

    A veces siento que estoy en el medio de algo que no se nombra, pero que se siente. Que no sé si es carrera, reinvención, deriva o búsqueda. Pero por primera vez, no me asusta tanto no saber. Lo importante, creo, es estar presente. Dejar constancia. Hacer memoria. Decirme, así como estoy, sin corregir tanto.

    Porque sí, pasó mucho en poco tiempo.

    Y yo también pasé por ahí.

  • Hay algo brotando en silencio desde Costa Rica

    Hace un mes que llegué a Costa Rica. Honestamente, esta oración lleva una semana acompañándome y primereando este texto.

    He intentado desmenuzar lo que quiero hacer con esa información. ¿Un balance?, ¿un recuento?, ¿una lista? Pero sé, con total certeza, que ninguna de esas opciones refleja lo que realmente estoy viviendo.

    Si bien no llevo la cuenta, hace tiempo que dejé de ocultar ciertas inseguridades que se han instalado en mí. Algunas son susurros de mi propio cuerpo, otras, consecuencia de pequeños descuidos para con conmigo misma.

    Con el pasar de los días descubrí que este viaje se siente como una puerta que quiere abrirse, pero que al mismo tiempo necesita mantenerse aferrada a algo. Me imaginé una bisagra, esa pequeña pieza que parece insignificante (y que jamás nos detendríamos a mirar), pero que es esencial para el movimiento. Y me di cuenta de que yo soy esa bisagra ahora. Estoy sostenida desde un punto, intentando mantenerme firme, pero sabiendo que debo girar, permitir el cambio. Hay una parte de mí que quiere modificar su perspectiva, que busca moverse, aunque aún no sé exactamente hacia dónde.

    Lo que me resulta curioso es que, aunque he empezado de nuevo en varios países (e incluso esta experiencia tenga fecha de vencimiento), hacerlo desde el amor y el cuidado hacia mí misma es lo que se siente realmente nuevo. Venir a San José fue una decisión conversada, profundamente conversada. Por primera vez en muchos años, permití que otras personas fueran testigo de mis dudas. De alguna forma, permití que cada una sostuviera un pedacito de mis vulnerabilidades. Y eso, aunque me costó al principio, fue revelador. Perspectivas que jamás consideré empezaron a tener todo el sentido del mundo. 

    Este viaje no es solo sobre lo profesional, aunque comenzó así. Es sobre reencontrarme con mi capacidad de decidir por mí misma, de ser suficiente para mí. No es que antes no pudiera, es que había olvidado cómo escucharme. Y cuando dejamos de escucharnos, nos desconectamos, nos volvemos desconocidas para nosotras mismas, perdiendo la oportunidad de recordar lo que realmente necesitamos.

    “La esperanza también está en lo que va creciendo lento, en lo que se gesta en silencio, en lo que se cuida con amor”, esto que alguna vez, alguien escribió, me recuerda a todo este proceso, que comenzó hace ya un tiempo pero que, poco a poco, se asienta para recordarme otra vez, que soy mi propia casa y que, como escribí a principios de este año en el ticket de un supermercado para no perder la sensación: Cada instante de autocuidado se siente como la onda expansiva que dibuja una piedra al ser arrojada a un mar en calma.