Isabel Anita, mi abuela por el lado de mi papá, nació un 4 de abril de 1928 y hoy sería su cumpleaños.
Fue una persona muy particular. Murió en 2004, con un cuerpo que le reclamaba demasiadas cosas a la vez y una mente que se fue llenando de obstáculos, como si la vida la hubiera ido apagando de a poco. Los últimos fueron años difíciles, de momentos impredecibles, de desbordes.
Su presencia durante mi infancia es clara y grabada. Me enseñó a jugar a la escoba del 15, y a colocar los dedos de una forma particular para tocar las castañuelas. Le gustaba cantar, y cantaba bien. A mí también me gusta, y aunque no estoy segura de si eso se hereda, me gusta pensar que algo de mi afinidad viene de ella. Recuerdo cómo silbaba canciones por toda la casa, con una naturalidad que, en ese entonces, me parecía mágica. Yo, con los años que tengo, todavía no sé silbar, y muchas veces, cuando lo intento, me acuerdo de ella.
Aunque no es la música que escucho, con ella descubrí a Isabel Pantoja, Serrat y Ana Belén, que cada tanto sonaban en su casa como parte de la banda sonora de las siestas. Me quedé muchas noches a dormir con ella, haciéndole compañía cuando mi abuelo se iba a lo de mi tía. Incluso tengo el recuerdo patente de que en una de esas noches, mientras mirábamos la tele, sentí mi primer temblor: una vibración leve, apenas visible, que hizo moverse la lámpara del techo. Nunca más volví a sentir otro, al menos no de esos que una puede señalar con precisión.
Vivíamos patio de por medio. Su casa y la mía estaban tan cerca que la convivencia era inevitable, pero también natural. La acompañaba casi siempre a la casa de sus hermanas: la de tía Antonia, una muy paqueta en barrio San Vicente; la de su hermana Piedad, donde por primera vez vi a mujeres bailar flamenco en el living. Y es que toda su historia estaba cruzada por España. Sus padres habían nacido allá, y su hermana mayor —la única nacida en tierras españolas— ya no vivía cuando yo nací. Aun así, la conexión con ese país era algo que se sentía, que flotaba cada vez que ella se veía con las y los “Rebuelta”.
Y si pienso en eso, me hubiese gustado preguntarle alguna vez: ¿cómo fue crecer con una mamá y un papá que habían venido desde tan lejos, con otras costumbres, con otra lengua, con otra forma de ver el mundo?
Revisando documentos que tengo de ella me enteré de cosas que no sabía, como que su mamá tenía exactamente mi edad cuando la tuvo. Que se casó, por civil y por iglesia, en 1953, un año bastante convulsionado política y económicamente en Argentina. También me llamó la atención que, aunque ella misma firmaba con B larga, en muchos documentos su apellido fue escrito con V corta. Nunca terminé de saber cuál es la forma «correcta», si es que eso realmente importa a esta altura del partido. A veces pienso que lo importante no es cómo se escribía su apellido, sino todo lo que se sostuvo detrás de él.
De su infancia no sé mucho. Nunca me habló demasiado de esos años, o tal vez yo no supe cómo preguntarle. No sé cómo era de chica, cómo vivió su niñez. Lo que sí recuerdo es que no era una persona especialmente cariñosa en el sentido clásico. No era de abrazarte todo el tiempo, ni de usar diminutivos. Pero cuando te daba un beso, lo acompañaba con ese gesto tan típico que, cuando somos peques, medio que odiamos: te agarraba fuerte la mejilla y dejaba varios “muac, muac, muac”, bien marcados, bien sonoros.
Mi abuela se asustaba con facilidad. Si estaba concentrada en algo y alguien la interrumpía de golpe, saltaba como si el mundo se hubiera movido. Yo soy igual. Me pasa seguido. En casa ya se acostumbraron a mis sobresaltos, aunque todavía se sorprendan. Incluso sabiendo que hay alguien más en casa, si escucho una voz cuando no la esperaba, me desarmo por un instante.
Y también, como ella, he tenido que convivir con un cuerpo que a veces no responde como una quisiera. Cuando era más chica, y en más de una ocasión, alguna persona —en tono de chiste y sin mucha conciencia del peso de sus palabras— me dijo “María Dolores”. Y hoy no puedo evitar pensar en ella cuando me acuerdo de eso. Porque hay algo, en el modo en que su cuerpo sufrió y en cómo eso marcó sus últimos años, que simplemente resuena.
A veces me gustaría haber tenido más conciencia en ese entonces —en esos últimos años suyos— de lo que significaba realmente acompañar. No me justifico, pero probablemente la adolescencia estúpida en la que una anda por esos años hace que no seas consciente de lo importante que es la paciencia o la ternura. Me hubiera gustado haber sabido mirar mejor.
Y entonces la evoco. No solo en sus gestos, en sus juegos, en sus canciones, sino también en sus aromas: un talco perfumado que dejaba su rastro en el aire, y esa colonia intensa, con un dejo a limón o a cítrico fuerte. La imagino con su pelo corto lleno de rulos, como lo tuvo siempre, prolijo y en lo posible con permanente, nunca más abajo de la nuca. Y con un collar de perlas blanco, uno que usaba como quien se pone algo que la hace sentir lista para salir. Se vestía siempre con vestidos/polleras por debajo de la rodilla o pantalones tipo formales, más bien rectos (o al menos es lo que yo recuerdo).
Ella era católica y lo había votado a Carlos Menem, dos cosas con las que hoy nos mataríamos si tuviésemos que discutir de actualidad política y social. Si me concentro, aún me acuerdo de cómo sonaba el tono de su voz. Y cada vez que me cocino pollo hervido o zapallitos, siento que es ella la que eligió el menú del día.
Supongo que esas cosas también se heredan.
Y me gusta pensar que, de alguna manera, todavía está por ahí. En los sustos, en las ganas de cantar, en las comidas. En la forma de quedarse, incluso cuando ya no está.

































