• Hoy cumpliría 97

    Isabel Anita, mi abuela por el lado de mi papá, nació un 4 de abril de 1928 y hoy sería su cumpleaños.

    Fue una persona muy particular. Murió en 2004, con un cuerpo que le reclamaba demasiadas cosas a la vez y una mente que se fue llenando de obstáculos, como si la vida la hubiera ido apagando de a poco. Los últimos fueron años difíciles, de momentos impredecibles, de desbordes. 

    Su presencia durante mi infancia es clara y grabada. Me enseñó a jugar a la escoba del 15, y a colocar los dedos de una forma particular para tocar las castañuelas. Le gustaba cantar, y cantaba bien. A mí también me gusta, y aunque no estoy segura de si eso se hereda, me gusta pensar que algo de mi afinidad viene de ella. Recuerdo cómo silbaba canciones por toda la casa, con una naturalidad que, en ese entonces, me parecía mágica. Yo, con los años que tengo, todavía no sé silbar, y muchas veces, cuando lo intento, me acuerdo de ella.

    Aunque no es la música que escucho, con ella descubrí a Isabel Pantoja, Serrat y Ana Belén, que cada tanto sonaban en su casa como parte de la banda sonora de las siestas. Me quedé muchas noches a dormir con ella, haciéndole compañía cuando mi abuelo se iba a lo de mi tía. Incluso tengo el recuerdo patente de que en una de esas noches, mientras mirábamos la tele, sentí mi primer temblor: una vibración leve, apenas visible, que hizo moverse la lámpara del techo. Nunca más volví a sentir otro, al menos no de esos que una puede señalar con precisión.

    Vivíamos patio de por medio. Su casa y la mía estaban tan cerca que la convivencia era inevitable, pero también natural. La acompañaba casi siempre a la casa de sus hermanas: la de tía Antonia, una muy paqueta en barrio San Vicente; la de su hermana Piedad, donde por primera vez vi a mujeres bailar flamenco en el living. Y es que toda su historia estaba cruzada por España. Sus padres habían nacido allá, y su hermana mayor —la única nacida en tierras españolas— ya no vivía cuando yo nací. Aun así, la conexión con ese país era algo que se sentía, que flotaba cada vez que ella se veía con las y los “Rebuelta”.

    Y si pienso en eso, me hubiese gustado preguntarle alguna vez: ¿cómo fue crecer con una mamá y un papá que habían venido desde tan lejos, con otras costumbres, con otra lengua, con otra forma de ver el mundo?

    Revisando documentos que tengo de ella me enteré de cosas que no sabía, como que su mamá tenía exactamente mi edad cuando la tuvo. Que se casó, por civil y por iglesia, en 1953, un año bastante convulsionado política y económicamente en Argentina. También me llamó la atención que, aunque ella misma firmaba con B larga, en muchos documentos su apellido fue escrito con V corta. Nunca terminé de saber cuál es la forma «correcta», si es que eso realmente importa a esta altura del partido. A veces pienso que lo importante no es cómo se escribía su apellido, sino todo lo que se sostuvo detrás de él.

    De su infancia no sé mucho. Nunca me habló demasiado de esos años, o tal vez yo no supe cómo preguntarle. No sé cómo era de chica, cómo vivió su niñez. Lo que sí recuerdo es que no era una persona especialmente cariñosa en el sentido clásico. No era de abrazarte todo el tiempo, ni de usar diminutivos. Pero cuando te daba un beso, lo acompañaba con ese gesto tan típico que, cuando somos peques, medio que odiamos: te agarraba fuerte la mejilla y dejaba varios “muac, muac, muac”, bien marcados, bien sonoros.

    Mi abuela se asustaba con facilidad. Si estaba concentrada en algo y alguien la interrumpía de golpe, saltaba como si el mundo se hubiera movido. Yo soy igual. Me pasa seguido. En casa ya se acostumbraron a mis sobresaltos, aunque todavía se sorprendan. Incluso sabiendo que hay alguien más en casa, si escucho una voz cuando no la esperaba, me desarmo por un instante.

    Y también, como ella, he tenido que convivir con un cuerpo que a veces no responde como una quisiera. Cuando era más chica, y en más de una ocasión, alguna persona —en tono de chiste y sin mucha conciencia del peso de sus palabras— me dijo “María Dolores”. Y hoy no puedo evitar pensar en ella cuando me acuerdo de eso. Porque hay algo, en el modo en que su cuerpo sufrió y en cómo eso marcó sus últimos años, que simplemente resuena.

    A veces me gustaría haber tenido más conciencia en ese entonces —en esos últimos años suyos— de lo que significaba realmente acompañar. No me justifico, pero probablemente la adolescencia estúpida en la que una anda por esos años hace que no seas consciente de lo importante que es la paciencia o la ternura. Me hubiera gustado haber sabido mirar mejor.

    Y entonces la evoco. No solo en sus gestos, en sus juegos, en sus canciones, sino también en sus aromas: un talco perfumado que dejaba su rastro en el aire, y esa colonia intensa, con un dejo a limón o a cítrico fuerte. La imagino con su pelo corto lleno de rulos, como lo tuvo siempre, prolijo y en lo posible con permanente, nunca más abajo de la nuca. Y con un collar de perlas blanco, uno que usaba como quien se pone algo que la hace sentir lista para salir. Se vestía siempre con vestidos/polleras por debajo de la rodilla o pantalones tipo formales, más bien rectos (o al menos es lo que yo recuerdo).

    Ella era católica y lo había votado a Carlos Menem, dos cosas con las que hoy nos mataríamos si tuviésemos que discutir de actualidad política y social. Si me concentro, aún me acuerdo de cómo sonaba el tono de su voz. Y cada vez que me cocino pollo hervido o zapallitos, siento que es ella la que eligió el menú del día.

    Supongo que esas cosas también se heredan.

    Y me gusta pensar que, de alguna manera, todavía está por ahí. En los sustos, en las ganas de cantar, en las comidas. En la forma de quedarse, incluso cuando ya no está.

  • Todo lo personal es político (o por qué escribo así)

    A veces me cuesta explicar cómo escribo. O mejor dicho: por qué escribo como escribo. Porque no es técnico. No es estratégico. No responde a ningún manual de estilo ni a ninguna guía SEO. Escribo así porque no me sale de otra forma. Escribo así porque si no, me ahogo.

    Desde chica, al parecer, tenía “conciencia de mis derechos y el de mis compañeros”. Eso decía una maestra en una libreta del jardín, que encontré hace poco en una carpeta que guarda mi mamá en Córdoba. Yo tenía cinco años. No me acuerdo qué hice para que escribiera eso, pero me gusta pensar que algo de esa intuición temprana sigue ahí. Que de algún modo, sigo tratando de nombrar lo que duele, lo que falta, lo que arde. Que sigo intentando cuidar a los otros, a las otras, a mí.

    Durante años trabajé en el mundo de la publicidad, de las campañas rápidas, de las palabras que venden. Y aprendí mucho. Pero hubo un momento en el que necesitaba otra cosa. Necesitaba que mi escritura tuviera sentido. Que sirviera para algo más que persuadir. Que tocara, que moviera, que contara lo que muchas veces no se quiere contar.

    Entonces empecé a formarme en derechos humanos, en género, en justicia digital. Me fui a hacer una pasantía a la Corte Interamericana. Escribí sobre casos que me sacudieron. Vi cómo el lenguaje legal puede proteger o expulsar. Me pregunté muchas veces si tenía lugar ahí. Y cada vez que dudé, volví a la palabra. A esa palabra mía, sensible, a veces titubeante, pero honesta.

    También me hice de una red de amigas inesperadas. Mujeres que aparecieron en un país nuevo, en una etapa nueva, en una vida que estaba en movimiento. Con ellas aprendí otra forma de resistencia: la del abrazo, la del chiste, la del cuidado cotidiano. Y entendí que escribir sobre eso también era político. Que narrar lo que nos sostiene es una manera de dar pelea.

    No sé si lo que escribo se parece a lo que se espera de textos sobre derechos humanos. No tiene bibliografía ni estadísticas. No está lleno de citas. Pero tiene cuerpo. Tiene memoria. Tiene preguntas. Y para mí, eso alcanza.

    Escribo así porque el mundo, a veces, me queda grande. Y ponerlo en palabras me ayuda a hacerlo habitable. Escribo así porque lo personal no es un desvío: es el centro. Escribo así porque todo lo que me pasa —lo que dudo, lo que deseo, lo que pierdo, lo que cuido— está atravesado por estructuras más grandes. Y al nombrarlo, al dejarlo asentado, también estoy haciendo un gesto político.

    Así que sí: escribo como puedo. Como siento. Como entiendo. Como necesito. Y en ese gesto, encuentro refugio. Encuentro sentido. Y, a veces, también encuentro a otras.

  • Pasó mucho en poco tiempo

    Y me decido a dejarlo asentado.

    Pasaron cosas que todavía no terminé de entender. Algunas siguen ocurriendo mientras escribo esto. Pero hay un momento en el que una necesita sentarse y dejarlo asentado. Porque si no lo escribo, siento que se me escapa. Porque pasó mucho, en muy poco tiempo. Y eso también me pasó a mí.

    La Corte

    En septiembre me mudé por varios meses a Costa Rica para participar en el Programa de pasantías y visitas profesionales de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Honestamente llegué con una valija cargada de inseguridades que el tiempo se encargó de desarmar. Descubrí que una frontera no es solo una línea en un mapa, sino un cambio en el aire, en el pulso de los días, en la forma de habitar un espacio nuevo.

    En estos meses, trabajé de cerca con decisiones que marcan el rumbo de la justicia en nuestra región. Pero también vi de frente las distancias que quedan por acortar, los derechos que aún se negocian y los cuerpos que siguen siendo campo de batalla. En cada caso, en cada sentencia, entendí que la justicia no es un concepto abstracto, sino el eco de vidas que siguen esperando reparación.

    Costa Rica me dejó algunas certezas: la lucha por los derechos humanos exige un caminar constante, movimiento sin tregua, un compromiso que se siente en el estómago y en el corazón. Pero también me enseñó a habitar la incertidumbre sin que se vuelva una carga, a confiar en que los pasos, aunque a veces parezcan desordenados, me siguen llevando.

    Esta experiencia también me dejó conversaciones que abrieron preguntas que todavía no sé responder. Me dejó un recordatorio de que moverse es también una forma de resistencia, de que hay algo profundamente revolucionario en abrir caminos, en hacer espacio donde no siempre lo hay.

    Aprendí que la justicia no es solo el derecho consagrado en un papel, sino la historia viva de quienes la reclaman. Que hay luchas que no son lineales, pero que cada paso cuenta. Escuché idiomas nuevos para comunicar y pude comprenderlo todo de cerca. La equipa de comunicaciones me enseñó con generosidad, me acompañó en el camino, me dejó ser parte. Nunca imaginé estar acá, y sin embargo estuve. Ojalá pueda volver. Ojalá haya podido dejar algo, aunque sea chiquito. Yo me llevé un montón.

    Ahora ya estoy en casa, pero creo que nunca lo estoy del todo (tal como lo dice uno de mis tatuajes, gracias a una letra de Spinetta). Porque siempre queda algo de nosotras en los lugares que nos transforman. Y porque, en el fondo, lo aprendido sigue viajando conmigo.

    La red

    Y mientras todo eso pasaba, en simultáneo, se fue tejiendo otra experiencia igual de potente porque Costa Rica no hubiese sido lo mismo sin ellas. 

    Bastó que una persona en el grupo de WhatsApp preguntara si alguien llevaba vianda para que coincidiéramos en un almuerzo y ¡zas!. Una argentina y dos españolas aparecieron en mi vida como quien llega a una casa sin preguntar demasiado, pero con la certeza de que va a encontrar calor adentro.

    Con ellas compartí almuerzos apresurados y cenas interminables, caminatas bajo la lluvia y conversaciones que nos llevaron hasta el fondo de nuestras propias historias.

    Nos abrazamos en días de cansancio emocional, nos reímos hasta que dolió la panza y nos repetimos, sin darnos cuenta, que encontrarse en otro país no había sido una casualidad.

    Esta es una amistad que se armó en el vértigo de lo nuevo, en la necesidad de construir un refugio cuando todo alrededor era desconocido pero emocionante.

    Nos reconocimos en la manera de hacer preguntas, en la forma de mirar el mundo sin aceptarlo tal cual es, en el impulso de empujar los límites de lo que nos dijeron que era posible. Hablamos de justicia y de utopías, de miedos y deseos, de los caminos que elegimos y de los que aún estamos dibujando.

    En cada una encontré algo distinto y, juntas, construimos una complicidad que no necesitó ensayos. Somos mujeres que caminan, que se reinventan, que se sostienen. Que creen en la ternura como fuerza política y en la risa como trinchera.

    Hoy estoy muy agradecida con Ari, Lara y Meli, con la vida que nos cruzó, con Costa Rica que nos parió y con el vinito que nos acompañó. 

    El día que nos despedimos estábamos las cuatro paradas en una esquina de San José, llorando como si nos conociéramos de toda la vida y prometiéndonos un pronto encuentro.

    Sé que así será. Porque hay despedidas que no son quiebres, sino puentes. Porque algunas personas llegan para quedarse, aunque después cada una siga su rumbo. 

    Y esta conversación sigue abierta, en otros husos horarios, en otros paisajes, pero con la misma complicidad que nació sin pedir permiso. 

    Lo que queda

    Todo esto fue una especie de transición intensa, dulce y vertiginosa. Todavía no sé bien a dónde me lleva, pero sé que algo se movió. Aprendí que no hay una sola manera de habitar los lugares. Que lo personal es profundamente político, y que encontrar ternura en el camino también es una forma de resistir.

    A veces siento que estoy en el medio de algo que no se nombra, pero que se siente. Que no sé si es carrera, reinvención, deriva o búsqueda. Pero por primera vez, no me asusta tanto no saber. Lo importante, creo, es estar presente. Dejar constancia. Hacer memoria. Decirme, así como estoy, sin corregir tanto.

    Porque sí, pasó mucho en poco tiempo.

    Y yo también pasé por ahí.

  • Hay algo brotando en silencio desde Costa Rica

    Hace un mes que llegué a Costa Rica. Honestamente, esta oración lleva una semana acompañándome y primereando este texto.

    He intentado desmenuzar lo que quiero hacer con esa información. ¿Un balance?, ¿un recuento?, ¿una lista? Pero sé, con total certeza, que ninguna de esas opciones refleja lo que realmente estoy viviendo.

    Si bien no llevo la cuenta, hace tiempo que dejé de ocultar ciertas inseguridades que se han instalado en mí. Algunas son susurros de mi propio cuerpo, otras, consecuencia de pequeños descuidos para con conmigo misma.

    Con el pasar de los días descubrí que este viaje se siente como una puerta que quiere abrirse, pero que al mismo tiempo necesita mantenerse aferrada a algo. Me imaginé una bisagra, esa pequeña pieza que parece insignificante (y que jamás nos detendríamos a mirar), pero que es esencial para el movimiento. Y me di cuenta de que yo soy esa bisagra ahora. Estoy sostenida desde un punto, intentando mantenerme firme, pero sabiendo que debo girar, permitir el cambio. Hay una parte de mí que quiere modificar su perspectiva, que busca moverse, aunque aún no sé exactamente hacia dónde.

    Lo que me resulta curioso es que, aunque he empezado de nuevo en varios países (e incluso esta experiencia tenga fecha de vencimiento), hacerlo desde el amor y el cuidado hacia mí misma es lo que se siente realmente nuevo. Venir a San José fue una decisión conversada, profundamente conversada. Por primera vez en muchos años, permití que otras personas fueran testigo de mis dudas. De alguna forma, permití que cada una sostuviera un pedacito de mis vulnerabilidades. Y eso, aunque me costó al principio, fue revelador. Perspectivas que jamás consideré empezaron a tener todo el sentido del mundo. 

    Este viaje no es solo sobre lo profesional, aunque comenzó así. Es sobre reencontrarme con mi capacidad de decidir por mí misma, de ser suficiente para mí. No es que antes no pudiera, es que había olvidado cómo escucharme. Y cuando dejamos de escucharnos, nos desconectamos, nos volvemos desconocidas para nosotras mismas, perdiendo la oportunidad de recordar lo que realmente necesitamos.

    “La esperanza también está en lo que va creciendo lento, en lo que se gesta en silencio, en lo que se cuida con amor”, esto que alguna vez, alguien escribió, me recuerda a todo este proceso, que comenzó hace ya un tiempo pero que, poco a poco, se asienta para recordarme otra vez, que soy mi propia casa y que, como escribí a principios de este año en el ticket de un supermercado para no perder la sensación: Cada instante de autocuidado se siente como la onda expansiva que dibuja una piedra al ser arrojada a un mar en calma.

  • un martes como cualquier otro

    Hoy empecé un martes como cualquier otro pero permitiendo que LinkedIn me sugiriera cosas por email… Yo no sé quien armó los encabezados del tipo “Podrías encajar bien en el puesto de…”, pero a mi, la idea de “encajar» cada vez me resulta más incomoda y sigo pensando que así no es como debería ser.

    Llevo casi tres días lidiando con migrañas, una experiencia completamente nueva y desconcertante para mí, y me siento un poco perdida, sin saber cómo aliviarme.

    Decidí dar un paseo y terminé en la cafetería de los sábados, Namur. Por un largo rato, solo éramos dos almas compartiendo ese espacio. Supongo que un martes a las 10 de la mañana no es precisamente el momento más concurrido. La otra persona era un señor mayor que disfrutaba de un jugo de naranja XL (teniendo en cuenta los vasitos que habitualmente te dan) recién exprimido mientras leía el periódico con una lupa. Observé sus acciones con detenimiento, quizás porque me veía reflejada en él. Me hizo sonreír cuando se levantó para ir al baño y, como suelo hacer yo, se llevó consigo sus objetos de valor, en este caso, su teléfono y la lupa. El resto de sus pertenencias quedaron en la mesa, como una muestra de confianza en el mundo.

    En mis auriculares, sonaba una canción que decía: «Ella dijo, despierta, no tiene sentido fingir» (aunque en inglés). Pausé la música para sumergirme en un libro de Leila Guerreiro que leo lento porque suele llevarme a lugares muy personales. «¿Alguna vez te has dado cuenta de que tu corazón es como un trozo de carne atravesado por un anzuelo, que tienes la garganta llena de piedras, que la vida te envuelve como una lana húmeda, y te encuentras sin deseos, sin palabras y sin expectativas: sin nada? A mí me ocurrió. El otro día. Era jueves. Eran las cinco de la tarde”.

    Salí del café, crucé la calle y entré en una librería, de la que me llevé un libro de Rupi Kaur, quizás porque su título encajaba perfectamente con ese momento: «Healing through Words”. En la primera página, la escritora cita a Flannery O’Connor: “Escribo porque no sé lo que pienso hasta que leo lo que digo”.

    Regresé a casa caminando lentamente, mi espalda me está dando algunos problemas de nuevo, siento que existe un cansancio que todavía no puedo identificar y se acumula ahí. 

    Caminando, me reconfortó la conversación con alguien a quien amo profundamente: «El caos fuera de control a menudo es más desafiante que el estrés de la oficina. Y siempre es una procesión mucho más profunda e interna».

    Mientras tanto Luxemburgo volvió a su programación habitual de cielos grises y lluvias finitas. Entró a casa y en la compu le doy play a la playlist que escuchaba antes de salir a dar una vuelta y así suena:

    «Pequeña caja de busto y luz
    Desafiando la mañana
    Antílope en quietud
    Que destruye las murallas»

    Y es que hoy cumpliría años un delirante del amor (Fito dixit), más específicamente el flaco Spinetta. Y personalmente creo que, con esto, sí está bueno arrancar un martes como cualquier otro.

  • de corazón a corazón

    Llevo semanas tratando de escribir algo. Y es que caminar por las calles de Córdoba, reencontrarme con mis amores de toda la vida y abrazar a esos nuevos que han llegado para ganarse mi corazón hace que se te mueva toda la estantería. 

    La vida da muchas vueltas y hoy me tiene lejos de esas calles. Pero cada vez que vuelvo, siento que sigue siendo mi lugar en el mundo.

    Pa’ Córdoba, tengo una sola palabra, bastante corta y rápida de decir ¡gracias!
    Gracias por ayudarme a calmar mi mente cuando está un poco ruidosa.
    Gracias por enseñarme que pueden suceder cosas hermosas porque las merezco.
    Gracias por recordarme la importancia de los abrazos a tiempo.
    Gracias por mostrarme que aunque yo haya salido de Córdoba, Córdoba no ha salido de mí.
    Gracias por darme amiguis con los que sonrío sin razón, y también con razones.
    Gracias por ayudarme a entender que estar físicamente presente es importante, pero que también existen otras formas de acompañar a la distancia.
    Gracias por darme la oportunidad de aprender cómo mostrar mi mundo, el que he recorrido durante diez años, a alguien que no supera el metro de altura y se divierte contándome si lo que acaba de pasar es un ‘ato’, una ‘cicleta’ o un ‘camiom’.
    Gracias, Córdoba, por seguir siendo mi “rompa el vidrio en caso de emergencia”.

    Anibal Troilo en una de sus canciones dice algo que casi casi siempre me emociona

    “Alguien dijo una vez


    Que yo me fui de mi barrio,

    
Cuándo? …

    pero cuándo?


    Si siempre estoy llegando!


    Y si una vez me olvidé,


    Las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja


    Titilando como si fueran manos amigas,


    Me dijeron: Gordo, gordo, quedáte aquí,


    Quedáte aquí”.

  • Juana

    Hace ya 4 años que mi cama tiene menos pelos. Las mudanzas a nuevos países significan menos papeles y burocracia, y mis paseos por la calle para dar la vuelta a la manzana son menos frecuentes. Ya no busco precios ni opciones de bolsas gigantes de comida, y he dejado de prestar atención a la comida que se cae al suelo sin querer. Las pelotas de tenis para jugar ya no están por todo el piso de mi casa, y no tengo que programar visitas a la veterinaria cada tres meses ni buscar niñeras antes de un viaje.

    Pero digamos todo. Desde hace 4 años, la vida es mucho más aburrida sin vos. Sinceramente, me encantaría tener que sacar pelos de mi cama o del sillón, hacer mil papeles para que te permitan mudarte conmigo a cada nuevo lugar, salir a la calle tres veces al día para disfrutar del sol en mi cara mientras paseamos juntas. No tendría ningún problema en leer todas las descripciones del mundo si eso me ayudara a estar segura de que la comida que comés es la mejor. Tampoco me importaría estar pendiente de que ningún pedacito de chocolate se caiga al suelo en casa (porque, al igual que yo, vos también pasaste por innumerables visitas al veterinario en los nuevos países por problemas de estómago). Me encantaría llenar la casa de pelotas de tenis, juguetes de goma que hacen ruidos insoportablemente y planificar mis viajes en función de asegurar que siempre habrá alguien de confianza para cuidarte.

    Han sido 4 años extraños, en los que nos mudamos dos veces de país y en los que no pudiste ser parte de esas nuevas aventuras. Hoy en día, a veces lloro cuando pienso en vos, pero es porque te extraño. Tu ausencia fue difícil de aceptar y pedí disculpas muchas veces por estar triste durante tanto tiempo. Sin embargo, esa tristeza fue una especie de brújula, y aunque nada me acostumbra a tu ausencia, me ha traído un montón de aprendizajes que, aunque no los ventilaremos por acá, me ayudaron a comprender que quizás extrañarte tanto es el precio por habernos compartido, sentido y acompañado en momentos tan especiales.

    Y si a tu nombre lo decidí pensando en una persona histórica, valiente, inspiradora y un poco rebelde. 
    Claramente, vos sos mi única héroa en este lío.

  • la simetría de mis días

    Un día, en mi cuadernito, anoté que para llegar a un lugar, debo dejar otro atrás. Esta semana, esa frase tuvo más sentido que el día en que la escribí.

    Porque cuando hay personas a mi alrededor que están atravesando momentos de incertidumbre o muchas preguntas, inevitablemente empiezo a cuestionar mi lugar. Me pregunto si también me estoy moviendo. Si me estoy quedando. Si estoy habitando donde quiero estar.

    Esta semana, con mi terapeuta —y agarrándonos justamente de la importancia que el lenguaje tiene para mí— hablamos de (re)significar verbos. Porque definitivamente no es lo mismo ayudar que acompañar, ni cuidar que resolver.

    Hace un tiempo, cuando flasheaba con hacer un fotolibro, recuerdo que uno de los textos que armé para complementarlo se titulaba “Simetría: ¿mi orden frente al caos?”. Me había dado cuenta de que, ante el lío que representaba (y representa) mudarme y cambiar tantas veces de piel, andaba sacándole fotos a todo lo simétrico que me encontraba por ahí, en la calle.

    Por estos días, esa idea volvió a mí. Porque la necesidad de un dar y recibir simétrico —aún frente al caos— no deja a ninguna de las partes por encima de la otra. Acompañar no es quedarse quieta ni ser guía. Es estar al lado. Sin salvar. Sin resolver. Con presencia.

    Entendí que, aunque es un proceso de aprendizaje que apenas empieza, sí, sí, sí y sí: yo quiero acompañar, cuidar y contener mucho más de lo que quiero resolver.

    Simplemente quiero que esas personas —esas que quiero tanto— sepan que estoy acá. Como las nubes, el sol, el arcoíris y la lluvia que ahora aparecen en mis fotos.

    Estoy. No para ordenar el mundo. Sino para compartirlo.

  • A propósito de Estambul y las cosas que llamaron mi atención

    Hace unas semanas viajamos a Estambul (Turquía) por seis días. Fue un viaje un poco anormal, porque se confirmó solo tres días antes de partir, y al haber trabajo de por medio —y siendo una ciudad que no conocía— hacer tiempo libre para explorarla fue una carrera contra el tiempo.

    La primera impresión que tuve de Estambul podría resumirse en tres palabras: belleza y confusión. Podríamos agregar una cuarta: humedad. Si vas en verano, lo que te mata no es el calor… es la humedad.

    El viaje desde el aeropuerto hasta el lugar donde nos alojábamos —del lado asiático, en Kartal— fue larguísimo. Sentí que cruzábamos la ciudad de punta a punta, lo cual ayudó a tener un primer pantallazo. Llegamos un martes, entrada la madrugada, y las calles estaban activas como si fueran las 11 de la mañana. Viajamos en una combi que, por sí sola, ya gritaba color y contraste.

    En la primera tarde libre quisimos tomar el metro. El primer desafío fue entender cómo comprar los tickets. Todo se hace en máquinas, y nosotros de idioma turco: nada. El vendedor de un quiosco nos ayudó. Nos explicó que lo más económico era comprar la tarjeta de transporte y cargarle crédito según el uso. Lo que no nos dijo es que al pasarla por el molinete te cobra el trayecto completo (como si hicieras toda la línea), y que, al llegar a tu estación de destino, hay que volver a pasarla por otra máquina que ajusta el cobro según tu viaje real.

    Estambul es una #CatCity. Los gatos son amos y señores de las calles. Los encontrás como recepcionistas de baños turcos, guardias de locales de ropa, esfinges en la boca del subte, conserjes de edificio o dormidos cual santiagueños sobre una maceta en plena vereda. Si bien son 100% callejeros, en cada barrio que caminamos, los vecinos se encargan de que no les falte ni agua ni comida. Supimos que hay una brigada que recorre las calles vacunándolos y controlando su salud. En una caminata, pasamos por la salida de un parque donde estaban revisando a una mamá gata y sus cuatro gatitos pequeños.

    Algunos barrios parecen collages: casitas pegadas según el espacio que sobra, sin necesidad de combinar. En otras calles, los carteles de neón abundan: recurso publicitario por excelencia. Caminar algunas zonas exige cierta resistencia física: hay callecitas con pendientes que te hacen recalcular el camino. Por la noche, cuando el aire se vuelve más fresco, las familias toman las veredas. Nada que no hayas visto en una serie turca… si alguna vez viste una.

    Fútbol, identidad y esas conexiones inesperadas

    Como me ha pasado en otras ciudades, Argentina y el fútbol son una carta de socialización innegable. Maradona y Messi provocan emoción en los turcos. Un taxista que nos llevó una noche al hotel preguntó —como pudo— de dónde éramos. Respondimos “Argentina” y empezó a gritar “¡Maradona! ¡Maradona!”, visiblemente emocionado.

    El chico de la recepción del segundo alojamiento, fanático del Galatasaray, abrió los ojos como monedas cuando vio mi pasaporte. Casualmente, yo había leído sobre el posible pase de Icardi a ese club, pero él no necesitó más que la palabra Argentina para sentirse en confianza.

    En Üsküdar, mientras tomábamos té en un bar llamado Filizler Köftecisi, el mozo colocó banderas de ambos países sobre la mesa, diciendo algo sobre Messi. Pequeños gestos que derriban el idioma.

    Café, té y postres que merecen un capítulo aparte

    El café turco, o türk kahvesi, merece mención especial. Mi estómago, lleno de «asuntos no resueltos», no me permite más que olerlo y probar un sorbo. El más tradicional se elabora en una especie de sartén con arena caliente. Cuanto más hundís la taza en la arena, más temperatura toma. Hay un proverbio que dice:

    «El café es: Negro como la noche, fuerte como el pecado, dulce como el amor y caliente como el infierno«

    El té turco, o çay, es igual de popular. Lo sirven en esas tacitas de vidrio con cintura (así les digo yo), que te queman los deditos pero te abrazan el alma.

    Regateo, especias y mentol

    En el Gran Bazar, queríamos comprar tazas de té. Encontramos unas que nos gustaron, y empezó la puja de precios (una tradición en la que soy malísima). Mientras hablábamos en inglés, el vendedor se dirigió a Ale con un “pero Señooooor” en español y, con eso, ganó la pulseada. Nos llevamos las tazas, un jarro para café y unas cucharitas de regalo por la mitad del precio original.

    En el Bazar de las Especias (Mısır Çarşısı) compramos café, té relax, algo para el colesterol y un producto llamado Cristal de Mentol, parecido a una estalactita. Al ponerlo en agua tibia se convierte en una tormenta de mentol. No se toma: se huele. Y “destapa la nariz” (y la vida, de paso). Intennnnnso.

    Bandera, pipas y una tarta inesperada

    La ciudad está vestida de banderas turcas. En cada esquina, de todos los tamaños. Por todas partes.

    Los carritos de comida ofrecen turkish delight, baklava, turrones, choclo asado, castañas, y cosas que no llegué a entender. Me enamoré del simit (bagel con sésamo). Pero mi debilidad: las pipas. Las encontrás en cada rincón, a mi juego me llamaron.

    Un día, Ale fue a un baño turco (Kılıç Ali Pasa Hamam). Mientras él estaba ahí, fui a una cafetería cercana: Coffee Sapiens, en Karaköy. Quería algo dulce, pero no conocía nada de lo que veía en la vitrina. Pregunté por una tarta y el barista no supo explicarme. Un hombre que estaba cerca intervino:

    “Es la Tarta de Queso de San Sebastián.”
    Me dijo que, aunque la receta no era turca, esa versión era artesanal y que no iba a probar nada mejor en la zona. Le creí. Le metí una cucharada antes de sacarle foto (y no me disculpo). Fue un camino de ida.

    Entre paréntesis

    El día que llegamos era feriado: el aniversario 99 de “La Gran Victoria”, liderada por Mustafa Kemal Atatürk, el primer presidente de la República de Turquía. Hay fotos y estatuas suyas por todas partes. Por todas.

    Antes de viajar, lo único que sabía decir en turco era:
    Evet (sí), Hayır (no), Günaydın (buenos días).
    Este viaje me enseñó una palabra más importante (aún estoy trabajando en mi pronunciación):
    Teşekkürler (muchas gracias).

    Gracias, Estambul, por el caos y el orden. Por los gatos, las pipas, el neón, el café fuerrrrte, las veredas llenas de familias, los carteles que no entendí, el idioma que me abrazó igual.

    Gracias por recordarme que a veces no hace falta entenderlo todo para sentir que uno estuvo ahí, bien despierta.

  • Situaciones de un 2019 ATR

    Los balances son un recurso que a veces no cae muy en gracia. El terreno de los “podría haber hecho” o “no llegué a hacer” provoca, como mínimo, una sensación amarga. Durante mi 2019 hubo muchos cambios. Algunos fui capaz de asimilar en poco tiempo y otros laten aún, sin encontrar un mapa que los oriente.

    El año arrancó de vacaciones en España, dándome a entender que no sería pan comido. Y vaya que no se equivocó. Tambaleó el amor, las ganas, la vida profesional, la “estabilidad”, el amor propio. No sé cuán productivo sería enumerar todo lo que pasó, porque básicamente es la vida misma, siendo. Lo cierto es que hay tres situaciones que marcaron lo que deseo —y lo que no— para el 2020.

    Primera situación

    En agosto, nuestro —perfectamente imperfecto— mundo familiar se detuvo por unas semanas y depositó absolutamente todas sus energías en mi viejo.

    No voy a mentir: fue imposible no experimentar miedo, al menos hasta que todo se tornó más claro, más sereno, más amable. La mañana que lo vi en la clínica, sentado con el diario en mano y sus lentes de marco grueso, leyendo y abstraído —incluso del dolor— en ese universo paralelo que solo él sabe construir cuando desentraña la vida política y económica de este país, entendí que, lento pero seguro, todo volvería a tomar su curso.

    Que dolería por unas semanas, que habría que estar atentos, pero que sanaría. Elegí creer que, incluso los sufrimientos más impensados, traen consigo una lección silbándonos bajito. Simplemente para que recordemos qué es lo que realmente importa.

    Segunda situación

    En septiembre, Juana decidió que era momento de partir. Y eso se sintió casi —o tanto más— que un hachazo en el esternón. Creo que las redes sociales se han encargado de presentarla y mantenerlos al tanto sobre quién era y qué vida vivía a nuestro lado. Sería redundante explicar más. Pero estoy segura, muy segura, de que ningún post, por más bonito que suene, le hará justicia a lo que realmente significó su compañía.

    Como por una jugada del destino, murió cuando yo no estaba cerca. A tan solo 24 horas de mi vuelo de regreso a casa. A veces pienso que me lo hizo a propósito. Otras veces elijo creerlo, y me aferro a eso para contener la angustia de sentir que no estuve a la altura de lo que ella hizo por mí. Que no estuve ahí cuando más me necesitaba.

    Sin embargo, cuando supe que tal vez no resistiría una noche más, cerré los ojos en la cama y me despedí. Le dije que se fuera si así tenía que ser, pero que jamás se olvidara de cuánto la amaba. Que me parta un rayo si no digo la verdad.

    Cinco horas después, el teléfono me notificó lo esperado. Lloré. Lloré un montón. Y mi familia me abrazó con más empatía que nunca. Quién iba a decir que, con 34 años, lagrimearía tanto la mañana de un jueves a las 7 am, entremedio de mis viejos, en su cama. El vuelo partió tres horas después. Dormí. Dormí un montón. Fueron 19 horas directo a una casa en donde ella ya no estaba.

    Capaz algunos no lo entiendan, o lo vean como una exageración de sentimientos. Pero su ausencia se nota absolutamente TODOS los días. Incluso sigo sin saber cómo escribir sobre Juana ahora que ya no está. Antes era más fácil, porque su vitalidad hablaba por sí sola. Hoy no han pasado más de quince renglones y ya soy un puñado de lágrimas. (Y estamos recién a dos de enero).

    Tercera situación

    La tercera y última “situación” no tiene fecha ni mes. Porque soy yo. Yo misma.

    Y después de este largo 2019, necesito:

    • Percibir, igual que lo hacen los demás, cuán fuerte soy.

    • Comprender que soy humana. Que cometo errores. Y que algunos no se resuelven con un chasquido de dedos.

    • Entender que las heridas deben cicatrizar a mis tiempos, no a los de los demás.

    • Sentir todo lo que quiera, aunque mi emocionalidad moleste, incomode o desconcierte.

    • Reconocer que vivir tiene sus días fieros, pero también otros de mucha enseñanza y autoconocimiento.

    • Ser responsable de mi vida profesional y dar el primer paso cuando lo crea necesario, aunque eso implique transitar sola ciertos caminos.

    • Darme amor. Querer por igual mis defectos y mis virtudes. No transformar a mi cuerpo en un área de conflicto constante.

    • No dejar nunca más que algo —o alguien— me haga sentir en inferioridad de condiciones.

    A veces quisiera caminar más liviana. Menos intensa. Pero esta soy yo.

    Hace un mes, ante una nueva e inminente mudanza, ordenando papeles encontré una carta que me escribí el 7 de febrero de 2019. Todavía estoy a tiempo de responder algunas de las preguntas que contiene. Y espero, finalmente, sanar varias de las heridas que esas líneas dejan ver.

    2020, voy por vos. Aunque suenes a publicidad de TV… No sé qué conseguiremos, pero lo intentaremos todo.

    «Y empecé a caminar.

    Caminé.

    Desaforada.

    Caminé por inercia.

    Caminé.

    Y en eso recordé quién era.

    Recordé quién fui.

    Recordé quién quería ser.

    ¿Cuántas veces te fuiste para poder volver?

    Ojalá es una palabra sin tiempos ni espacios.

    Ojalá te vayas reconstruyendo por dentro, para ir floreciendo por fuera.

    Ojalá te des la oportunidad.

    Ojalá sanes.

    Ojalá florezcas.»

    (no sé quién es el autor/a)