Llegamos a Madrid el 31 de diciembre. Fue un viaje medio sobre la marcha, sin mucho plan previo ni hoja de ruta. Y aunque el primer día del año suele dejar las ciudades en pausa —vacías como decorado de western—, decidimos salir a caminar.
La idea era aprovechar la calma para visitar esos lugares que, en otro contexto, estarían llenos de gente. Nos abrimos paso entre el frío y el desconcierto, con ganas de ver algo aunque no supiéramos muy bien qué. Y ese fue el plan: caminar, mirar, entrar donde se pudiera.
Puerta del Sol
Siempre imaginé que este lugar estaría abarrotado. Pero esa mañana, todavía con resaca de año nuevo, la plaza estaba menos tensa. Solo algunas personas caminaban rápido, con los hombros encogidos por el frío.
Recuerdo la estatua del Oso y el Madroño (aunque después me enteré que es Osa, no Oso). En otro viaje, ya más adelante, hicimos un walking tour y ahí me contaron que el escudo de Madrid tiene su historia propia: disputas con la Iglesia, un árbol borracho, una constelación. Como todo símbolo, al final dice más de quien lo mira que de lo que representa.

Teatro Real Español
Fue la primera visita guiada del año, y la elegimos porque a veces los viajes también son concesiones. Una de mis hermanas es licenciada en teatro y nos pareció un lindo punto de partida.
El lugar es imponente y delicado al mismo tiempo. Nos sumamos a la visita general, caminamos por los salones, el Palco Real, el Café del Palacio, la exposición de fotos (donde, por cierto, nos olvidamos de no sacar fotos y nos retaron). Tardamos más o menos una hora en recorrerlo todo.
Lo que más me quedó no fue tanto la arquitectura, sino la sensación de estar abriendo el año adentro de un teatro. Un gesto que, aunque accidental, pareció simbólico.


Palacio Real y la Cocina
Esta fue una de esas decisiones que se toman sobre la marcha, y que después resultan mejor de lo esperado. Entramos al Palacio Real, que no es tan fastuoso como uno imagina, pero tiene una sobriedad que impacta. Las vistas desde los balcones, si te toca un día de sol, son hermosas.
Lo más curioso fue la visita a la cocina real, recién abierta al público tras años de reforma. Mi otra hermana es cocinera, así que el plan nos cerraba por todos lados. Hicimos el recorrido con guía. La cocina no es enorme, pero tiene esa cosa de museo viviente, como si en cualquier momento alguien fuese a prender el fuego y poner una olla a hervir.
Nos explicaron que esa austeridad no era virtud sino consecuencia: falta de fondos en la monarquía española de la época. Me quedó resonando la idea de una cocina real, con muros grises, funcionando a la par de la historia.


Los jardines
Después de tanto interior, salimos a respirar. Los Jardines de Lepanto, Cabo Noval y Sabatini estaban en su mejor versión bajo el sol de enero. Caminar por ahí es dejarse llevar por las formas, los laberintos de arbustos, las esculturas que parecen esperarte desde hace siglos.
No sé si los jardines me gustaron tanto por su diseño o porque, después del encierro del museo y el teatro, me pareció necesario ese respiro.

La Almudena (pero desde afuera)
No teníamos intención de entrar. No por desinterés religioso, sino porque las filas eran eternas. A veces uno no necesita más que la fachada. Y a veces, no entrar también es una decisión estética. Nos quedamos con la vista desde la vereda y con la sensación de que algunos edificios tienen más que ver con su exterior que con lo que guardan adentro.

Plaza Mayor
Última parada. Llenísima. Entre ferias navideñas, turistas, puestos, fotos mal sacadas y ganas de comer. Nos metimos en la oficina de turismo a buscar mapas (más por la ceremonia que por necesidad), y después de no encontrar lugar donde sentarnos a comer, salimos rumbo a otra zona.
Esa noche dormimos como si hubiéramos recorrido un continente entero.
Y entonces
Mirando este día en perspectiva, me doy cuenta de que lo que más me gustó no fue lo que vimos, sino cómo lo vimos. Sin itinerario, sin presión, sin obligación de “aprovechar”. Un poco a la deriva. Un poco como cuando no sabés qué querés, pero caminás igual.
Madrid nos regaló un día de cielo despejado, arquitectura solemne, jardines prolijos y calles con historia. Y nosotras le dimos a cambio nuestra mirada atenta, los pies cansados y una cámara medio temblorosa.
Quizás eso sea lo que más me gusta de viajar: que a veces lo que queda no son los monumentos, sino las pausas entre lugar y lugar. Las caminatas sin mapa. Las anécdotas que no se buscan.































