El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • la simetría de mis días

    Un día, en mi cuadernito, anoté que para llegar a un lugar, debo dejar otro atrás. Esta semana, esa frase tuvo más sentido que el día en que la escribí.

    Porque cuando hay personas a mi alrededor que están atravesando momentos de incertidumbre o muchas preguntas, inevitablemente empiezo a cuestionar mi lugar. Me pregunto si también me estoy moviendo. Si me estoy quedando. Si estoy habitando donde quiero estar.

    Esta semana, con mi terapeuta —y agarrándonos justamente de la importancia que el lenguaje tiene para mí— hablamos de (re)significar verbos. Porque definitivamente no es lo mismo ayudar que acompañar, ni cuidar que resolver.

    Hace un tiempo, cuando flasheaba con hacer un fotolibro, recuerdo que uno de los textos que armé para complementarlo se titulaba “Simetría: ¿mi orden frente al caos?”. Me había dado cuenta de que, ante el lío que representaba (y representa) mudarme y cambiar tantas veces de piel, andaba sacándole fotos a todo lo simétrico que me encontraba por ahí, en la calle.

    Por estos días, esa idea volvió a mí. Porque la necesidad de un dar y recibir simétrico —aún frente al caos— no deja a ninguna de las partes por encima de la otra. Acompañar no es quedarse quieta ni ser guía. Es estar al lado. Sin salvar. Sin resolver. Con presencia.

    Entendí que, aunque es un proceso de aprendizaje que apenas empieza, sí, sí, sí y sí: yo quiero acompañar, cuidar y contener mucho más de lo que quiero resolver.

    Simplemente quiero que esas personas —esas que quiero tanto— sepan que estoy acá. Como las nubes, el sol, el arcoíris y la lluvia que ahora aparecen en mis fotos.

    Estoy. No para ordenar el mundo. Sino para compartirlo.

  • A propósito de Estambul y las cosas que llamaron mi atención

    Hace unas semanas viajamos a Estambul (Turquía) por seis días. Fue un viaje un poco anormal, porque se confirmó solo tres días antes de partir, y al haber trabajo de por medio —y siendo una ciudad que no conocía— hacer tiempo libre para explorarla fue una carrera contra el tiempo.

    La primera impresión que tuve de Estambul podría resumirse en tres palabras: belleza y confusión. Podríamos agregar una cuarta: humedad. Si vas en verano, lo que te mata no es el calor… es la humedad.

    El viaje desde el aeropuerto hasta el lugar donde nos alojábamos —del lado asiático, en Kartal— fue larguísimo. Sentí que cruzábamos la ciudad de punta a punta, lo cual ayudó a tener un primer pantallazo. Llegamos un martes, entrada la madrugada, y las calles estaban activas como si fueran las 11 de la mañana. Viajamos en una combi que, por sí sola, ya gritaba color y contraste.

    En la primera tarde libre quisimos tomar el metro. El primer desafío fue entender cómo comprar los tickets. Todo se hace en máquinas, y nosotros de idioma turco: nada. El vendedor de un quiosco nos ayudó. Nos explicó que lo más económico era comprar la tarjeta de transporte y cargarle crédito según el uso. Lo que no nos dijo es que al pasarla por el molinete te cobra el trayecto completo (como si hicieras toda la línea), y que, al llegar a tu estación de destino, hay que volver a pasarla por otra máquina que ajusta el cobro según tu viaje real.

    Estambul es una #CatCity. Los gatos son amos y señores de las calles. Los encontrás como recepcionistas de baños turcos, guardias de locales de ropa, esfinges en la boca del subte, conserjes de edificio o dormidos cual santiagueños sobre una maceta en plena vereda. Si bien son 100% callejeros, en cada barrio que caminamos, los vecinos se encargan de que no les falte ni agua ni comida. Supimos que hay una brigada que recorre las calles vacunándolos y controlando su salud. En una caminata, pasamos por la salida de un parque donde estaban revisando a una mamá gata y sus cuatro gatitos pequeños.

    Algunos barrios parecen collages: casitas pegadas según el espacio que sobra, sin necesidad de combinar. En otras calles, los carteles de neón abundan: recurso publicitario por excelencia. Caminar algunas zonas exige cierta resistencia física: hay callecitas con pendientes que te hacen recalcular el camino. Por la noche, cuando el aire se vuelve más fresco, las familias toman las veredas. Nada que no hayas visto en una serie turca… si alguna vez viste una.

    Fútbol, identidad y esas conexiones inesperadas

    Como me ha pasado en otras ciudades, Argentina y el fútbol son una carta de socialización innegable. Maradona y Messi provocan emoción en los turcos. Un taxista que nos llevó una noche al hotel preguntó —como pudo— de dónde éramos. Respondimos “Argentina” y empezó a gritar “¡Maradona! ¡Maradona!”, visiblemente emocionado.

    El chico de la recepción del segundo alojamiento, fanático del Galatasaray, abrió los ojos como monedas cuando vio mi pasaporte. Casualmente, yo había leído sobre el posible pase de Icardi a ese club, pero él no necesitó más que la palabra Argentina para sentirse en confianza.

    En Üsküdar, mientras tomábamos té en un bar llamado Filizler Köftecisi, el mozo colocó banderas de ambos países sobre la mesa, diciendo algo sobre Messi. Pequeños gestos que derriban el idioma.

    Café, té y postres que merecen un capítulo aparte

    El café turco, o türk kahvesi, merece mención especial. Mi estómago, lleno de «asuntos no resueltos», no me permite más que olerlo y probar un sorbo. El más tradicional se elabora en una especie de sartén con arena caliente. Cuanto más hundís la taza en la arena, más temperatura toma. Hay un proverbio que dice:

    «El café es: Negro como la noche, fuerte como el pecado, dulce como el amor y caliente como el infierno«

    El té turco, o çay, es igual de popular. Lo sirven en esas tacitas de vidrio con cintura (así les digo yo), que te queman los deditos pero te abrazan el alma.

    Regateo, especias y mentol

    En el Gran Bazar, queríamos comprar tazas de té. Encontramos unas que nos gustaron, y empezó la puja de precios (una tradición en la que soy malísima). Mientras hablábamos en inglés, el vendedor se dirigió a Ale con un “pero Señooooor” en español y, con eso, ganó la pulseada. Nos llevamos las tazas, un jarro para café y unas cucharitas de regalo por la mitad del precio original.

    En el Bazar de las Especias (Mısır Çarşısı) compramos café, té relax, algo para el colesterol y un producto llamado Cristal de Mentol, parecido a una estalactita. Al ponerlo en agua tibia se convierte en una tormenta de mentol. No se toma: se huele. Y “destapa la nariz” (y la vida, de paso). Intennnnnso.

    Bandera, pipas y una tarta inesperada

    La ciudad está vestida de banderas turcas. En cada esquina, de todos los tamaños. Por todas partes.

    Los carritos de comida ofrecen turkish delight, baklava, turrones, choclo asado, castañas, y cosas que no llegué a entender. Me enamoré del simit (bagel con sésamo). Pero mi debilidad: las pipas. Las encontrás en cada rincón, a mi juego me llamaron.

    Un día, Ale fue a un baño turco (Kılıç Ali Pasa Hamam). Mientras él estaba ahí, fui a una cafetería cercana: Coffee Sapiens, en Karaköy. Quería algo dulce, pero no conocía nada de lo que veía en la vitrina. Pregunté por una tarta y el barista no supo explicarme. Un hombre que estaba cerca intervino:

    “Es la Tarta de Queso de San Sebastián.”
    Me dijo que, aunque la receta no era turca, esa versión era artesanal y que no iba a probar nada mejor en la zona. Le creí. Le metí una cucharada antes de sacarle foto (y no me disculpo). Fue un camino de ida.

    Entre paréntesis

    El día que llegamos era feriado: el aniversario 99 de “La Gran Victoria”, liderada por Mustafa Kemal Atatürk, el primer presidente de la República de Turquía. Hay fotos y estatuas suyas por todas partes. Por todas.

    Antes de viajar, lo único que sabía decir en turco era:
    Evet (sí), Hayır (no), Günaydın (buenos días).
    Este viaje me enseñó una palabra más importante (aún estoy trabajando en mi pronunciación):
    Teşekkürler (muchas gracias).

    Gracias, Estambul, por el caos y el orden. Por los gatos, las pipas, el neón, el café fuerrrrte, las veredas llenas de familias, los carteles que no entendí, el idioma que me abrazó igual.

    Gracias por recordarme que a veces no hace falta entenderlo todo para sentir que uno estuvo ahí, bien despierta.

  • Situaciones de un 2019 ATR

    Los balances son un recurso que a veces no cae muy en gracia. El terreno de los “podría haber hecho” o “no llegué a hacer” provoca, como mínimo, una sensación amarga. Durante mi 2019 hubo muchos cambios. Algunos fui capaz de asimilar en poco tiempo y otros laten aún, sin encontrar un mapa que los oriente.

    El año arrancó de vacaciones en España, dándome a entender que no sería pan comido. Y vaya que no se equivocó. Tambaleó el amor, las ganas, la vida profesional, la “estabilidad”, el amor propio. No sé cuán productivo sería enumerar todo lo que pasó, porque básicamente es la vida misma, siendo. Lo cierto es que hay tres situaciones que marcaron lo que deseo —y lo que no— para el 2020.

    Primera situación

    En agosto, nuestro —perfectamente imperfecto— mundo familiar se detuvo por unas semanas y depositó absolutamente todas sus energías en mi viejo.

    No voy a mentir: fue imposible no experimentar miedo, al menos hasta que todo se tornó más claro, más sereno, más amable. La mañana que lo vi en la clínica, sentado con el diario en mano y sus lentes de marco grueso, leyendo y abstraído —incluso del dolor— en ese universo paralelo que solo él sabe construir cuando desentraña la vida política y económica de este país, entendí que, lento pero seguro, todo volvería a tomar su curso.

    Que dolería por unas semanas, que habría que estar atentos, pero que sanaría. Elegí creer que, incluso los sufrimientos más impensados, traen consigo una lección silbándonos bajito. Simplemente para que recordemos qué es lo que realmente importa.

    Segunda situación

    En septiembre, Juana decidió que era momento de partir. Y eso se sintió casi —o tanto más— que un hachazo en el esternón. Creo que las redes sociales se han encargado de presentarla y mantenerlos al tanto sobre quién era y qué vida vivía a nuestro lado. Sería redundante explicar más. Pero estoy segura, muy segura, de que ningún post, por más bonito que suene, le hará justicia a lo que realmente significó su compañía.

    Como por una jugada del destino, murió cuando yo no estaba cerca. A tan solo 24 horas de mi vuelo de regreso a casa. A veces pienso que me lo hizo a propósito. Otras veces elijo creerlo, y me aferro a eso para contener la angustia de sentir que no estuve a la altura de lo que ella hizo por mí. Que no estuve ahí cuando más me necesitaba.

    Sin embargo, cuando supe que tal vez no resistiría una noche más, cerré los ojos en la cama y me despedí. Le dije que se fuera si así tenía que ser, pero que jamás se olvidara de cuánto la amaba. Que me parta un rayo si no digo la verdad.

    Cinco horas después, el teléfono me notificó lo esperado. Lloré. Lloré un montón. Y mi familia me abrazó con más empatía que nunca. Quién iba a decir que, con 34 años, lagrimearía tanto la mañana de un jueves a las 7 am, entremedio de mis viejos, en su cama. El vuelo partió tres horas después. Dormí. Dormí un montón. Fueron 19 horas directo a una casa en donde ella ya no estaba.

    Capaz algunos no lo entiendan, o lo vean como una exageración de sentimientos. Pero su ausencia se nota absolutamente TODOS los días. Incluso sigo sin saber cómo escribir sobre Juana ahora que ya no está. Antes era más fácil, porque su vitalidad hablaba por sí sola. Hoy no han pasado más de quince renglones y ya soy un puñado de lágrimas. (Y estamos recién a dos de enero).

    Tercera situación

    La tercera y última “situación” no tiene fecha ni mes. Porque soy yo. Yo misma.

    Y después de este largo 2019, necesito:

    • Percibir, igual que lo hacen los demás, cuán fuerte soy.

    • Comprender que soy humana. Que cometo errores. Y que algunos no se resuelven con un chasquido de dedos.

    • Entender que las heridas deben cicatrizar a mis tiempos, no a los de los demás.

    • Sentir todo lo que quiera, aunque mi emocionalidad moleste, incomode o desconcierte.

    • Reconocer que vivir tiene sus días fieros, pero también otros de mucha enseñanza y autoconocimiento.

    • Ser responsable de mi vida profesional y dar el primer paso cuando lo crea necesario, aunque eso implique transitar sola ciertos caminos.

    • Darme amor. Querer por igual mis defectos y mis virtudes. No transformar a mi cuerpo en un área de conflicto constante.

    • No dejar nunca más que algo —o alguien— me haga sentir en inferioridad de condiciones.

    A veces quisiera caminar más liviana. Menos intensa. Pero esta soy yo.

    Hace un mes, ante una nueva e inminente mudanza, ordenando papeles encontré una carta que me escribí el 7 de febrero de 2019. Todavía estoy a tiempo de responder algunas de las preguntas que contiene. Y espero, finalmente, sanar varias de las heridas que esas líneas dejan ver.

    2020, voy por vos. Aunque suenes a publicidad de TV… No sé qué conseguiremos, pero lo intentaremos todo.

    «Y empecé a caminar.

    Caminé.

    Desaforada.

    Caminé por inercia.

    Caminé.

    Y en eso recordé quién era.

    Recordé quién fui.

    Recordé quién quería ser.

    ¿Cuántas veces te fuiste para poder volver?

    Ojalá es una palabra sin tiempos ni espacios.

    Ojalá te vayas reconstruyendo por dentro, para ir floreciendo por fuera.

    Ojalá te des la oportunidad.

    Ojalá sanes.

    Ojalá florezcas.»

    (no sé quién es el autor/a)

  • Llegando a Madrid. Entre el frío, el azar y los mapas improvisados

    Llegamos a Madrid el 31 de diciembre. Fue un viaje medio sobre la marcha, sin mucho plan previo ni hoja de ruta. Y aunque el primer día del año suele dejar las ciudades en pausa —vacías como decorado de western—, decidimos salir a caminar.

    La idea era aprovechar la calma para visitar esos lugares que, en otro contexto, estarían llenos de gente. Nos abrimos paso entre el frío y el desconcierto, con ganas de ver algo aunque no supiéramos muy bien qué. Y ese fue el plan: caminar, mirar, entrar donde se pudiera.

    Puerta del Sol

    Siempre imaginé que este lugar estaría abarrotado. Pero esa mañana, todavía con resaca de año nuevo, la plaza estaba menos tensa. Solo algunas personas caminaban rápido, con los hombros encogidos por el frío.

    Recuerdo la estatua del Oso y el Madroño (aunque después me enteré que es Osa, no Oso). En otro viaje, ya más adelante, hicimos un walking tour y ahí me contaron que el escudo de Madrid tiene su historia propia: disputas con la Iglesia, un árbol borracho, una constelación. Como todo símbolo, al final dice más de quien lo mira que de lo que representa.

    Teatro Real Español

    Fue la primera visita guiada del año, y la elegimos porque a veces los viajes también son concesiones. Una de mis hermanas es licenciada en teatro y nos pareció un lindo punto de partida.

    El lugar es imponente y delicado al mismo tiempo. Nos sumamos a la visita general, caminamos por los salones, el Palco Real, el Café del Palacio, la exposición de fotos (donde, por cierto, nos olvidamos de no sacar fotos y nos retaron). Tardamos más o menos una hora en recorrerlo todo.

    Lo que más me quedó no fue tanto la arquitectura, sino la sensación de estar abriendo el año adentro de un teatro. Un gesto que, aunque accidental, pareció simbólico.

    Palacio Real y la Cocina

    Esta fue una de esas decisiones que se toman sobre la marcha, y que después resultan mejor de lo esperado. Entramos al Palacio Real, que no es tan fastuoso como uno imagina, pero tiene una sobriedad que impacta. Las vistas desde los balcones, si te toca un día de sol, son hermosas.

    Lo más curioso fue la visita a la cocina real, recién abierta al público tras años de reforma. Mi otra hermana es cocinera, así que el plan nos cerraba por todos lados. Hicimos el recorrido con guía. La cocina no es enorme, pero tiene esa cosa de museo viviente, como si en cualquier momento alguien fuese a prender el fuego y poner una olla a hervir.

    Nos explicaron que esa austeridad no era virtud sino consecuencia: falta de fondos en la monarquía española de la época. Me quedó resonando la idea de una cocina real, con muros grises, funcionando a la par de la historia.

    Los jardines

    Después de tanto interior, salimos a respirar. Los Jardines de Lepanto, Cabo Noval y Sabatini estaban en su mejor versión bajo el sol de enero. Caminar por ahí es dejarse llevar por las formas, los laberintos de arbustos, las esculturas que parecen esperarte desde hace siglos.

    No sé si los jardines me gustaron tanto por su diseño o porque, después del encierro del museo y el teatro, me pareció necesario ese respiro.

    La Almudena (pero desde afuera)

    No teníamos intención de entrar. No por desinterés religioso, sino porque las filas eran eternas. A veces uno no necesita más que la fachada. Y a veces, no entrar también es una decisión estética. Nos quedamos con la vista desde la vereda y con la sensación de que algunos edificios tienen más que ver con su exterior que con lo que guardan adentro.

    Plaza Mayor 

    Última parada. Llenísima. Entre ferias navideñas, turistas, puestos, fotos mal sacadas y ganas de comer. Nos metimos en la oficina de turismo a buscar mapas (más por la ceremonia que por necesidad), y después de no encontrar lugar donde sentarnos a comer, salimos rumbo a otra zona.

    Esa noche dormimos como si hubiéramos recorrido un continente entero.

    Y entonces

    Mirando este día en perspectiva, me doy cuenta de que lo que más me gustó no fue lo que vimos, sino cómo lo vimos. Sin itinerario, sin presión, sin obligación de “aprovechar”. Un poco a la deriva. Un poco como cuando no sabés qué querés, pero caminás igual.

    Madrid nos regaló un día de cielo despejado, arquitectura solemne, jardines prolijos y calles con historia. Y nosotras le dimos a cambio nuestra mirada atenta, los pies cansados y una cámara medio temblorosa.

    Quizás eso sea lo que más me gusta de viajar: que a veces lo que queda no son los monumentos, sino las pausas entre lugar y lugar. Las caminatas sin mapa. Las anécdotas que no se buscan.

  • El eterno dilema de la «to do list» y el peso invisible de lo que nunca tachamos

    Hay días —casi todos— en los que me siento llena de pendientes.
    Como si la lista nunca se vaciara.
    Y no me refiero solo a las tareas urgentes, sino a esas otras que me invento, que autogestiono, que nadie me pidió, pero que igual me pesan. Como si les debiera algo.

    Esta mañana vi un video sobre el miedo. Pero no cualquier miedo: el miedo a lo que los demás piensan. De nuestra forma de ser, de vestir, de trabajar. De lo que hacemos. De lo que no hacemos. De lo que mostramos.

    Y pensé que muchos de esos proyectos que dejo en pausa —esos que a veces contienen lo más genuino de mí: mis gustos, mis ideas, mis palabras más sinceras— no llegan a ser… simplemente por ese miedo sonso que vuelve cada tanto y se instala sin preguntar.

    Supongo que no soy la única que siente que lo que escribe no tiene valor.
    Que lo que fotografía no tiene técnica.
    Que sus ideas no están “a la altura”.

    Lo curioso es que ni siquiera sé a la altura de qué. O de quién.

    ¿Existe acaso alguien midiendo con una vara invisible qué tan interesantes somos?
    ¿Y por qué dejamos que esa vara —fantasmagórica, impuesta o autoimpuesta— defina si algo que amamos vale la pena ser compartido?

    La verdad es que la mayoría de las veces no escribo para los demás.
    No saco fotos para impresionar.
    No pienso ideas para likes.
    Entonces… ¿por qué sigo poniendo en manos ajenas el valor de lo que me nace?

    Estos pensamientos me enojan.
    Primero conmigo. A veces también con quien justo esté cerca.
    Y en ese enojo vuelvo a preguntarme: ¿qué lugar tiene el enojo en nuestras vidas?

    Si hago un repaso rápido de ciertos momentos, me veo ahí: enojada, frustrada, bloqueada. Y no es que todo haya sido así —también hubo momentos de alegría, de euforia, de calma— pero igual me pregunto: ¿era necesario enojarse tanto en los otros?

    No sé por qué, pero a veces siento que nadie me enseñó a ser paciente.
    O a relajar.
    O a soltar el control cuando algo no sale como esperaba.

    Tal vez ofuscarse es más fácil.
    O más corto.
    Aunque sepa que no lleva a nada.
    Todo lo contrario: te saca del eje y te impide hacer lo que más necesitás en ese momento: barajar de nuevo. Barajar mejor.

    Mientras escribo esto, tengo un cartel frente a mi mesa que dice:

    “Keep both hands on the wheel of life.”

    No sé si es una broma del destino o una nota que dejé justo para este momento. Pero tiene sentido. Mucho.

    Caribou Coffee

    Hace un tiempo empecé a leer sobre el Bullet Journal.
    Una técnica, un sistema, una moda.
    Una nueva forma de organizar tareas para obtener resultados más claros. Pinterest está lleno de tableros con ejemplos preciosos. Y aunque todavía no arranqué, tengo varios cuadernos que podrían convertirse en mi diario de batalla.

    Pero me freno. Porque no sé si sumar una tarea más sea lo más inteligente si lo que busco es despejar el horizonte.
    ¿No sería contradictorio?

    Y sin embargo, ahí estoy: considerando empezar un bullet journal como forma de ordenar mi vida… y dándome cuenta de que eso, en sí mismo, ya es una nueva tarea en la lista.

    Qué giro inesperado, ¿no?

  • Viajar con tus hermanas después de veinte años

    Con la ayuda de muchas personas que forman parte de nuestra vida, logramos embarcar las tres rumbo a España. Pero antes de eso, hubo que cumplir con el plan: viajar de Córdoba a Buenos Aires. Y en ese tramo, mis viejos volvieron a ocupar sus puestos históricos: papá al volante, mamá de copiloto, y nosotras —las hijas— en el asiento trasero, como cuando teníamos 8, 9 y 10 años. La única diferencia era que habían pasado más de 20 años desde la última vez.

    Reservamos una habitación para cinco en el Hotel Castelar, sobre Avenida de Mayo, donde teníamos descuento por el sindicato docente de mi mamá. Llegamos con hambre y poca paciencia, así que fuimos a lo seguro: una pizza en calle Corrientes. Intentamos almorzar en un bodegón que me habían recomendado, pero estaba cerrado. Buenos Aires también tiene sus propias formas de decir “hoy no”.

    Un rato después, el grupo se dividió. Mi viejo se fue a Once a comprar medias —sí, medias en verano—. Creemos que tiene una obsesión con ellas. Supongo que su infierno sería un lugar donde no existan. No soy quién para hablar de tocs, así que cada cual con sus ritos.

    Esa noche fuimos a una parrilla y nos fuimos a dormir temprano. Mis viejos tenían que volver en auto a Córdoba. Nosotras debíamos salir para Ezeiza a primera hora.

    A las nueve de la mañana del día siguiente, todos estábamos listos para seguir nuestras rutas. Las despedidas son raras, siempre. Pero esta tenía el sabor de una nueva aventura. Algo que se abre. Algo que empieza.

    Ya en Ezeiza, el grupo volvió a dividirse. No conseguimos vuelo para todas en el mismo avión. Aye viajaba por Iberia, con escala en Londres. Vicky y yo, por Air France, con escala en París. Aye llegaba primero y se haría cargo del check-in en el Airbnb. Nosotras llegaríamos a Madrid el 31 de diciembre, a las 23:25. Apenas.

    Viajar con tus hermanas, después de veinte años, es una experiencia que puede salir muy bien o muy mal. En nuestro caso, fue un poco de las dos. Hubo días hermosos y también momentos en los que la tensión lo cubría todo. A veces estábamos riendo, y de repente estallaba una pequeña Hiroshima emocional.

    Somos tres.
    Somos tres mujeres.
    Somos tres mujeres fuertes.
    Tres mujeres fuertes con personalidades distintas.

    Y nos amamos. A nuestra manera.
    Somos frontales, intensas, demandantes.
    Nos exigimos. Nos exigimos demasiado. A veces más de lo que podemos darle a la otra. Pero creo que eso también habla de cómo vivimos nuestras vidas. Cada una con su intensidad:
    una desde los sabores,
    otra desde el cuerpo,
    y quien escribe, desde la palabra.

    Nadie nos explicó cómo combinar esos elementos. Pero sé que, cuando lo logramos, el resultado es hermoso. Nosotras tres lo somos.

    Nuestro viaje combinaba una semana en Madrid, tres días en Valladolid, cuatro en Bilbao y cuatro más en Barcelona. Las tres juntas. Luego Aye volvería a Argentina, y con Vicky seguiríamos una semana más, con destino incierto.

    Llegamos a Madrid la noche del 31. No sabíamos si íbamos a lograr cruzar la ciudad antes de las 12, pero salimos tan rápido del aeropuerto que tomamos el taxi antes que nadie. Fuimos directo a Chueca, uno de esos barrios que te recibe como si supiera que venís de lejos. Cerca de la Puerta del Sol, de la Gran Vía, y con bares para todos los gustos.

    Esa noche pasó casi desapercibida. Estábamos agotadas. Las escalas, el cambio horario, el cuerpo que tarda en llegar aunque vos ya estés ahí. No teníamos energía para ponernos a la altura de la fiesta que la ciudad traía encima.

    Así empezó la aventura de las tres por España.
    El primero de enero.
    El primer día del año.
    El primer paso de algo que todavía hoy sigue resonando.

  • El cuaderno de mi tatarabuelo (y otras formas de saber quién soy)

    Años atrás, una de mis hermanas (Vicky) comenzó una investigación para una obra de teatro. Quería mirar hacia nuestros orígenes. Y esa búsqueda, que parecía un trabajo puntual, terminó abriendo muchas más preguntas que respuestas.

    ¿Quiénes fueron nuestros bisabuelos, nuestros tatarabuelos? ¿Por qué vinieron de España a Argentina? ¿Hay algo de lo que somos hoy que tenga que ver con lo que ellos fueron ayer? ¿Nos estamos perdiendo de algo por no saber?

    Yo, en ese momento, no estaba tan cerca de esas preguntas. Pero la vida tiene una manera particular de acercarte cuando hace falta.

    Estaba viviendo en San Pablo cuando me surgió la duda:
    ¿Puedo acceder a la ciudadanía española?

    Soy bisnieta de cuatro personas nacidas en España (del lado de mi papá). Fui al consulado, empecé a leer sobre trámites, requisitos, plazos. Y ahí se derrumbó la primera parte de mi plan: desde 2008, las ciudadanías no se entregan si no sos hija directa de españoles. El “no” fue inmediato. Pero no fue el final. Fue el comienzo.

    En una visita a Córdoba, me contacté con Miriam, una prima de mi papá. Ella había logrado reunir una buena parte de la documentación familiar: partidas de nacimiento, defunción, registros que iban por el lado de mi abuela paterna. Con su ayuda, me topé con algo que no esperaba: fotografías desconocidas y detalles sobre la vida de mis bisabuelos en España.

    Y entonces llegó el cuaderno.

    El cuaderno en cuestión…

    Una de mis hermanas me prestó un folio con documentos que guardaba, y entre ellos, estaba el cuaderno.
    Ya saben que tengo una afición evidente por los cuadernos. Compro aunque no los necesite. Tengo varios en uso a la vez. Y cuando no tengo uno a mano, las notas del celular se vuelven un caos.

    Pero este cuaderno era distinto.

    Desde una de sus tapas, se lee:

    «Dirección y distancia desde Madrid a las capitales del mundo. Islas. Ciudades importantes.»

    Lo sigue una lista de unidades monetarias y sus conversiones, más de 350 refranes manuscritos y ordenados alfabéticamente, el Tedeum en castellano y en latín, los mandamientos carlistas, fragmentos bíblicos…
    Todo eso escrito con cuidado, prolijamente, por mi tatarabuelo.

    Si lo empezás desde la otra tapa, es otra historia: una bitácora personal. Fechas de traslados por su ingreso a la Guardia Civil, recuerdos familiares, la fecha exacta en la que fue dado de alta tras dos operaciones.

    Era todo lo que no podías buscar en Google.
    Porque no existía.

    Y mientras lo leía, algo se encendió. Empecé a preguntarme si mi compulsión por escribir, por anotar, por guardar fechas, tenía raíces más hondas. Si, sin saberlo, yo también venía de alguien que escribía para no olvidar.

    Entonces decidí seguir el hilo. Mandé cartas a los ayuntamientos de los pueblos donde habían nacido mis bisabuelos. Algunos contestaron. Uno de ellos me envió la partida original de mi bisabuela. Otro me explicó por qué no podía darme la del bisabuelo: los libros habían ardido en un incendio en Vega de Ruiponce, Valladolid. Pero esa negativa fue el inicio de otra cosa.

    Desde el ayuntamiento se comunicaron con Victorina Revuelta, conocida como Tori, una mujer de más de 80 años que pasaba los veranos en el pueblo. Le contaron que desde Argentina alguien preguntaba por su tío. Ella le pidió a su yerno que me escribiera. Nos conocimos por correo, después por WhatsApp, y más tarde nos supimos familia: ella era hija del hermano menor de mi bisabuelo. Prima carnal de mi abuela Isabel.

    Y entonces llegó la invitación.
    Que fuéramos. Que nos conociéramos.
    Que lleváramos fotos. Que compartiéramos historias.
    Eso fue en agosto de 2016. Desde entonces, cada fin de año intercambiamos saludos, imágenes, deseos.

    Familia Revuelta

    Seguí investigando. Escaneé fotos. Revisé cajas.
    Volví a hablar con otra tía, esta vez por el lado de mi abuelo Nicolás.
    Ella, Elma, había viajado años antes a España.
    Tenía los teléfonos de varias tías en Madrid y Bilbao.
    Me los pasó.
    Yo las agregué a WhatsApp.
    Pero no me animé a escribirles.

    Todavía no sé si fue por timidez, o porque no sabía cómo explicar quién soy.
    ¿Cómo empezás un mensaje que dice: “hola, soy hija de la nieta de tu tía abuela”?
    ¿Qué palabras se usan cuando querés volver a entrar a una historia que te excede?

    Mi abuelo Nicolás y sus hermanos

    En noviembre de 2017, pegué varias hojas tamaño A4 y dibujé a mano el árbol genealógico con todo lo que había logrado reunir: las fechas, los nombres, los relatos que me pasaron mis tías, mis hermanas, los documentos que aparecieron sin querer.

    Un mes después, mientras caminaba con Alejandro por una avenida de Santa Fe, me sugirió algo que resonó fuerte:

    “¿Y si viajás a España? No para cerrar la historia. Sino para abrirla.”

    Y ahí empezó a tomar forma el viaje.
    El de las tres hermanas.
    El de las fotos compartidas.
    El del cuaderno.
    El de la memoria escrita a mano.

    Parte del árbol que fui creando

    No sé si este camino tenga un final.
    Pero sí sé que cada pedacito encontrado me devolvió algo que no sabía que estaba buscando: sentido.

    La historia continuará…

  • 365 días no entran ni en un blog

    Hace unos años armé este blog como espacio para dejar huellas de lo que vivía al moverme por el mundo. Pero el 2018 pasó entero sin que escribiera una sola palabra. No porque no hubiera nada para contar. Justamente por todo lo contrario.

    Fue un año raro.
    No raro mal. Raro intenso.
    Raro de esos que te sacuden, te desarman y después te piden que sigas.
    Un año de aprendizajes.
    De esos que no siempre se eligen, pero llegan igual.

    Hubo momentos en los que me sentí desbordada. En los que el cuerpo me volvió a hablar en voz alta. En los que tuve que aprender a extrañar sin que duela tanto.
    Y también hubo risas, abrazos, desafíos, viajes, rituales, conquistas.
    Un poco de todo, como la vida misma.

    En algún momento le dije a alguien:
    “Siento que me apagué un poco”.
    Y me causó gracia, porque mi nombre es Luz.
    Pero bueno, todos tenemos un colmo.

    Las Rubio en Madrid

    En diciembre de 2017, Alejandro me propuso hacer un viaje con una de mis hermanas.
    Terminamos viajando las tres.
    Una especie de odisea familiar por tierras españolas: Madrid, Valladolid, Bilbao, Barcelona.
    La excusa (o el origen) fue una investigación que venía haciendo sobre nuestra historia familiar, buscando las raíces españolas que quizás me permitieran acceder a la ciudadanía.

    Encontré más de lo que esperaba:
    Direcciones, fotos antiguas, iglesias donde se casaron mis bisabuelos, la calle donde había una librería en la que mi tatarabuelo compró un cuaderno que, sin saberlo, sería el comienzo de toda esta búsqueda.
    (De eso escribí más en otro post. Spoiler: el cuaderno era casi una vida entera).

    Después del viaje, una de mis hermanas volvió a Argentina.
    Con la que quedaba, partimos una semana a Doha.
    Ciudad que —sin saberlo del todo— se convertiría en mi nuevo hogar.
    O en algo parecido.

    Volví a Córdoba por unos meses.
    Estuve con mis viejos, volví a ver amigxs, marché por causas que me atraviesan, trabajé en un espacio hermoso llamado Espacio Abasto, y me saqué una deuda personal que me venía pesando: me gradué.
    Sí, la nena mayor de mi mamá se recibió.
    Aunque, sinceramente, todavía no sé muy bien qué hacer con ese papel lleno de sellos.

    Girl Power Family

    En julio empezaron los preparativos de una nueva mudanza.
    Y con eso, el estrés de llevar a Juana, mi compañera de cuatro patas.
    Papeles, vacunas, escalas, calor, trámites, más trámites.
    El viaje entero duró casi quince días.
    Pasamos por Buenos Aires, por San Pablo (donde fuimos recibidas con un amor gigante por Jean y Fabio), y finalmente, un vuelo de 17 horas a Doha.

    Yo solo quería una cosa:
    Que Juana llegara viva.
    Y entera.
    Porque por su tamaño, debe viajar sola en bodega.
    Cuando por fin la vi salir, respirando y agitada, sentí que el corazón volvía a su lugar.

    Doha nos recibió con 45 grados y una humedad del 85%.
    Venía de Buenos Aires, con 10 grados y olor a invierno.
    Todo era distinto: la comida, el idioma, los gestos, las vestimentas, las reglas.

    Después de dos meses, surgió la idea de hacer un curso intensivo de inglés en Oxford.
    El inglés siempre fue un hueso duro para mí.
    Y en Doha, o hablás inglés o hablás árabe.
    Y el árabe… es otra galaxia.

    Así que me lancé a otra aventura.
    Doha → Estambul → Londres → Oxford.
    Un mes entero en un país que hablaba justo ese idioma que siempre me dio vergüenza.
    Conviviendo con una familia británica.
    Asistiendo a seis horas de clase diaria.
    Viajando sola para visitar ciudades como Liverpool y Londres.
    Y aunque al principio dudé de todo, terminé encontrando gente hermosa que hizo de esos días algo extraordinario.

    Por las calles de Londres

    Al volver a Doha, no había ni deshecho la valija que ya estaba viajando otra vez.
    Esta vez, a Córdoba.
    Me esperaba el acto de colación, el título físico, la foto oficial.
    Lo que mis viejos, creo, esperaban desde siempre.
    Aunque esa vez, debo admitirlo: no tenía ganas de subirme a un avión.
    Ni siquiera si el destino era “volver a casa”.

    Me quedé mes y medio.
    El acto cambió de fecha.
    La universidad pública estaba en conflicto.
    Nada salió como estaba planeado, pero igual lo atravesé.
    Y entre noticias que no fueron fáciles, hubo algo que no cambió: la entereza.
    La que me sale cuando ya no sé cómo hacer.
    Esa que aprendí de mi viejo.
    Y esa que, cuando se puso a prueba, nos dejó ilesos.

    Acto de Colación UNC

    El año terminó como empezó: volando.
    Desde Córdoba a Madrid, para pasar las fiestas. Y después, de vuelta a Doha.
    A ese lugar que no sé cuánto tiempo me va a tener. Pero que, por ahora, me aloja.

    Llegamos al 2019.
    Estoy entera.
    Algunas piezas sueltas, algunos tornillos flojos.
    Pero entera.

    A veces me apagué, sí. Pero también me mudé, me gradué, me animé. Y acá estoy.

  • Caminar una ciudad (aunque sea por primera vez)

    Sobre los free walking tours, y otras formas de empezar a entender un lugar

    Cuando miro un mapa y empiezo a imaginar un destino nuevo, siempre aparece esa duda:
    ¿Por dónde empiezo?
    ¿Qué dejar afuera? ¿Qué priorizar? ¿Qué vale la pena si tengo solo un par de días? ¿Y si tengo una semana entera pero sin energía para organizar todo?

    Con el tiempo descubrí una respuesta sencilla y generosa: los Free Walking Tours.
    Y no, no son la fórmula mágica.
    Pero sí una buena forma de dar los primeros pasos en una ciudad desconocida. Literalmente.

    Cuando viajás con poco tiempo, estos recorridos te ofrecen un primer pantallazo. Caminás con alguien que conoce, que vivió ahí o que eligió quedarse. Y eso, para mí, ya es un montón. Porque hay una diferencia entre leer una historia en Wikipedia y escucharla en una plaza, con las voces, los olores, los gestos de ese lugar.

    Y si tenés más tiempo, los tours también sirven para lo contrario: elegir con más conciencia dónde querés quedarte más rato. Qué museo vale la entrada. Qué barrio merece una segunda caminata en soledad. Qué historias te dan ganas de buscar más.

    Recuerdo uno de los recorridos por el centro de Ámsterdam. Entre anécdotas y mitos, alguien nombró una obra de Rembrandt. Ese pequeño comentario fue suficiente para que decidiera visitar el Rijksmuseum al día siguiente. Y ahí, en silencio, frente a la pintura original, entendí que a veces un paseo gratuito puede llevarte a una emoción que no imaginaste que existiría.

    Algunas cosas que aprendí en estos tours

    • El recorrido ya está armado, no lo elegís vos. Pero eso no le quita valor. A veces está bueno dejarse llevar.

    • No hay un precio fijo. Al final, cada quien aporta lo que cree justo (o lo que puede). Y eso democratiza la experiencia.

    • Los puntos de encuentro suelen estar bien señalizados. No es buena idea unirse a la mitad: llegá al principio, y mejor si te registrás antes.

    • Caminás. Bastante. Así que calzado cómodo y, según el clima, sombrero o paraguas.

    • El idioma por defecto es el inglés, pero cada vez hay más opciones en español. Y algunos tours incluso suman otras lenguas.

    • Los guías son locales, o casi. No leen de un folleto. Hablan desde la experiencia. Y al final, si les preguntás dónde comer o qué calle evitar, probablemente tengan la mejor respuesta.

    • Casi nunca se entra a los edificios. Se mira desde afuera, se cuenta lo esencial, y si te interesa más, después volvés por tu cuenta.

    • Lo mejor, para mí, son las historias pequeñas. Esas que no están en los libros: una leyenda, un rumor, una costumbre extraña. Eso también hace a una ciudad.

    • Duran entre una y tres horas. Depende del recorrido. Pero casi siempre se te pasa volando.

    No digo que un Free Walking Tour te revele todos los secretos. Pero sí creo que puede darte algo mucho más valioso: un primer vínculo. Acercarte un modo de mirar.
    Caminar una ciudad con alguien que ya la caminó es, en cierta forma, una forma de pertenecerle —aunque sea por un rato.

    Y a veces, ese rato alcanza para no sentirte tan de afuera.
    A veces, ese rato es el principio de algo que te va a acompañar por un tiempo.

  • Diez cosas que me sorprendieron de Ámsterdam

    Estuve en Ámsterdam solo dos días. El clima no ayudó, llovía intermitente, y hacía ese frío que no deja pensar con claridad. Pero aun así, la ciudad logró hacerme frenar.
    Hay lugares que no necesitan sol para enamorar.
    Ámsterdam fue uno de esos.

    Estas son diez cosas que me sorprendieron, me hicieron sonreír, o me dejaron pensando mientras caminaba por sus calles, con el paraguas mal abierto y los ojos bien abiertos.

    ✦ Las casas que parecen respirar juntas

    Lo primero que me llamó la atención fue la arquitectura. Las casas son altas, finitas, apretadas entre sí, como si se ayudaran a mantenerse erguidas. Me explicaron que, antiguamente, los impuestos se cobraban según el ancho de la fachada. De ahí su forma. Eso también explica por qué las mudanzas son un caos: los muebles se suben por fuera, con ganchos y sogas. Algunas casas están levemente inclinadas hacia adelante, justamente para evitar golpear los muebles al subir. Casi todas tienen inscripciones con el año de construcción. Algunas, incluso, dibujos o símbolos en vez de números. Como si te dijeran: “Hola, acá vivió alguien antes que vos. Y antes que ella, otra persona.”

    Vista de las viviendas desde los canales – Foto: @lzrubio

    ✦ Un museo que no esquiva temas incómodos

    El Ámsterdam Museum cuenta la historia de la ciudad, pero no solo desde lo turístico. Habla del comercio, sí, pero también de la legalización de la marihuana, del matrimonio igualitario, de la prostitución, del derecho a ser quien se es. En uno de los pisos hay una alfombra hecha con retazos de tela de diferentes países. Argentina está en el cuadro 27a. Y yo estuve ahí, mirando ese retazo y pensando en qué parte del mundo me ubico cuando camino por otras calles.

    Alfombra internacional – Foto: @lzrubio

    ✦ El Begijnhof, o cómo llegar a 1346 sin querer

    Encontramos este lugar por casualidad.
    Un vecindario cerrado, en silencio, donde el tiempo parece haber hecho una pausa.
    Fue fundado en 1346 para albergar a las beguinas, mujeres católicas que vivían en comunidad.
    Allí se encuentra la casa más antigua de la ciudad, hecha de madera, y pequeñas capillas escondidas que servían para practicar la religión en secreto durante siglos de prohibición.
    Todavía hoy, solo viven mujeres allí.
    El jardín, cuidado hasta el último rincón, parece un homenaje silencioso a todas ellas.

    Vista panorámica de Begijnhof – Foto: @lzrubio

    ✦ Ver la ciudad desde el agua

    Hicimos un paseo por los canales. Nada muy elaborado, un tour básico.
    Pero fue hermoso.
    Escuchar la historia de Ámsterdam desde el agua es otra cosa.
    Te das cuenta de cuánto construyeron para sobrevivirle al río, de cómo usaron el mar como aliado y frontera al mismo tiempo.
    Así aprendí que fue en este país donde nacieron objetos como el atlas y el globo terráqueo.
    Y que no hay postal más auténtica que una casa al borde del agua con una bici atada en la puerta.

    Paseo por los Canales con audioguía – Foto: @lzrubio

    ✦ Bicis everywhere

    No es un mito. Hay más bicicletas que personas. Y tienen prioridad absoluta. Más de una vez creí que me iban a atropellar. Los estacionamientos de bicis parecen esculturas futuristas. Una ilusión óptica que no termina nunca.

    Bicicletario en el Distrito Financiero – Foto: @lzrubio

    ✦ Una calle de un metro de ancho

    Se llama Trompettersteeg y tiene un metro de ancho. Sí, un metro. Está en pleno Barrio Rojo. Intentamos meternos, pero era tanta la gente que parecía una broma. Una de esas cosas que parecen de ficción, pero están ahí.

    ✦ Monumentos que no se esconden

    En la Plaza de la Vieja Iglesia hay una estatua en homenaje a las trabajadoras sexuales. Se llama “Belle”, está hecha de bronce y muestra a una mujer de pie, firme, con el pecho en alto. Es la primera escultura del mundo que reconoce ese oficio desde el respeto. Cerca de ahí, en los adoquines, hay una mano que toca un pecho. Otra escultura, anónima. Ya intentaron removerla, pero ahí sigue.

    Escultura anónima – Foto: @lzrubio

    ✦ El Homomonument

    Tres triángulos rosas en el suelo. Recordando a las personas LGTBIQ+ perseguidas durante el nazismo.
    Los triángulos apuntan hacia tres puntos clave: el Monumento Nacional, la Casa de Ana Frank y la sede de un colectivo histórico de liberación gay. En uno se puede leer un verso:

    “Tal deseo infinito de amistad.”

    No hay mucho más que decir. Solo quedarse en silencio.

    Triángulo que apunta a la Casa de Ana Frank – Foto: @lzrubio

    ✦ La tienda de condones

    Sí, hay una y se llama Condomerie. Tiene preservativos de todos los tamaños, formas, colores y sentidos del humor posibles. Y aunque puede parecer solo una curiosidad graciosa, detrás hay campañas de educación sexual, prevención y derechos. El sexo, en Ámsterdam, también se aborda sin miedo.

    Tienda de Condones – Foto: @lzrubio

    ✦ Zuecos y pies que no se rinden

    En todas las tiendas hay zuecos. De madera, de colores, con flores pintadas. Cuentan que se usaban desde el siglo XIV para proteger los pies de la humedad. No puedo imaginar lo que debe ser caminar con eso todo el día. Pero ahí están. Fijos en la historia, como si quisieran decir que lo incómodo también forma parte del camino.

    Zueco sobre la peatonal – Foto: @lzrubio

    Ámsterdam me pareció una ciudad llena de contradicciones hermosas: caótica y ordenada, antigua y provocadora, libre y solemne.
    Pasé solo dos días. Pero volví con muchas más preguntas que fotos. Y con la certeza de que hay ciudades que no se entienden… se caminan.