• Llegando a Madrid. Entre el frío, el azar y los mapas improvisados

    Llegamos a Madrid el 31 de diciembre. Fue un viaje medio sobre la marcha, sin mucho plan previo ni hoja de ruta. Y aunque el primer día del año suele dejar las ciudades en pausa —vacías como decorado de western—, decidimos salir a caminar.

    La idea era aprovechar la calma para visitar esos lugares que, en otro contexto, estarían llenos de gente. Nos abrimos paso entre el frío y el desconcierto, con ganas de ver algo aunque no supiéramos muy bien qué. Y ese fue el plan: caminar, mirar, entrar donde se pudiera.

    Puerta del Sol

    Siempre imaginé que este lugar estaría abarrotado. Pero esa mañana, todavía con resaca de año nuevo, la plaza estaba menos tensa. Solo algunas personas caminaban rápido, con los hombros encogidos por el frío.

    Recuerdo la estatua del Oso y el Madroño (aunque después me enteré que es Osa, no Oso). En otro viaje, ya más adelante, hicimos un walking tour y ahí me contaron que el escudo de Madrid tiene su historia propia: disputas con la Iglesia, un árbol borracho, una constelación. Como todo símbolo, al final dice más de quien lo mira que de lo que representa.

    Teatro Real Español

    Fue la primera visita guiada del año, y la elegimos porque a veces los viajes también son concesiones. Una de mis hermanas es licenciada en teatro y nos pareció un lindo punto de partida.

    El lugar es imponente y delicado al mismo tiempo. Nos sumamos a la visita general, caminamos por los salones, el Palco Real, el Café del Palacio, la exposición de fotos (donde, por cierto, nos olvidamos de no sacar fotos y nos retaron). Tardamos más o menos una hora en recorrerlo todo.

    Lo que más me quedó no fue tanto la arquitectura, sino la sensación de estar abriendo el año adentro de un teatro. Un gesto que, aunque accidental, pareció simbólico.

    Palacio Real y la Cocina

    Esta fue una de esas decisiones que se toman sobre la marcha, y que después resultan mejor de lo esperado. Entramos al Palacio Real, que no es tan fastuoso como uno imagina, pero tiene una sobriedad que impacta. Las vistas desde los balcones, si te toca un día de sol, son hermosas.

    Lo más curioso fue la visita a la cocina real, recién abierta al público tras años de reforma. Mi otra hermana es cocinera, así que el plan nos cerraba por todos lados. Hicimos el recorrido con guía. La cocina no es enorme, pero tiene esa cosa de museo viviente, como si en cualquier momento alguien fuese a prender el fuego y poner una olla a hervir.

    Nos explicaron que esa austeridad no era virtud sino consecuencia: falta de fondos en la monarquía española de la época. Me quedó resonando la idea de una cocina real, con muros grises, funcionando a la par de la historia.

    Los jardines

    Después de tanto interior, salimos a respirar. Los Jardines de Lepanto, Cabo Noval y Sabatini estaban en su mejor versión bajo el sol de enero. Caminar por ahí es dejarse llevar por las formas, los laberintos de arbustos, las esculturas que parecen esperarte desde hace siglos.

    No sé si los jardines me gustaron tanto por su diseño o porque, después del encierro del museo y el teatro, me pareció necesario ese respiro.

    La Almudena (pero desde afuera)

    No teníamos intención de entrar. No por desinterés religioso, sino porque las filas eran eternas. A veces uno no necesita más que la fachada. Y a veces, no entrar también es una decisión estética. Nos quedamos con la vista desde la vereda y con la sensación de que algunos edificios tienen más que ver con su exterior que con lo que guardan adentro.

    Plaza Mayor 

    Última parada. Llenísima. Entre ferias navideñas, turistas, puestos, fotos mal sacadas y ganas de comer. Nos metimos en la oficina de turismo a buscar mapas (más por la ceremonia que por necesidad), y después de no encontrar lugar donde sentarnos a comer, salimos rumbo a otra zona.

    Esa noche dormimos como si hubiéramos recorrido un continente entero.

    Y entonces

    Mirando este día en perspectiva, me doy cuenta de que lo que más me gustó no fue lo que vimos, sino cómo lo vimos. Sin itinerario, sin presión, sin obligación de “aprovechar”. Un poco a la deriva. Un poco como cuando no sabés qué querés, pero caminás igual.

    Madrid nos regaló un día de cielo despejado, arquitectura solemne, jardines prolijos y calles con historia. Y nosotras le dimos a cambio nuestra mirada atenta, los pies cansados y una cámara medio temblorosa.

    Quizás eso sea lo que más me gusta de viajar: que a veces lo que queda no son los monumentos, sino las pausas entre lugar y lugar. Las caminatas sin mapa. Las anécdotas que no se buscan.

  • El eterno dilema de la «to do list» y el peso invisible de lo que nunca tachamos

    Hay días —casi todos— en los que me siento llena de pendientes.
    Como si la lista nunca se vaciara.
    Y no me refiero solo a las tareas urgentes, sino a esas otras que me invento, que autogestiono, que nadie me pidió, pero que igual me pesan. Como si les debiera algo.

    Esta mañana vi un video sobre el miedo. Pero no cualquier miedo: el miedo a lo que los demás piensan. De nuestra forma de ser, de vestir, de trabajar. De lo que hacemos. De lo que no hacemos. De lo que mostramos.

    Y pensé que muchos de esos proyectos que dejo en pausa —esos que a veces contienen lo más genuino de mí: mis gustos, mis ideas, mis palabras más sinceras— no llegan a ser… simplemente por ese miedo sonso que vuelve cada tanto y se instala sin preguntar.

    Supongo que no soy la única que siente que lo que escribe no tiene valor.
    Que lo que fotografía no tiene técnica.
    Que sus ideas no están “a la altura”.

    Lo curioso es que ni siquiera sé a la altura de qué. O de quién.

    ¿Existe acaso alguien midiendo con una vara invisible qué tan interesantes somos?
    ¿Y por qué dejamos que esa vara —fantasmagórica, impuesta o autoimpuesta— defina si algo que amamos vale la pena ser compartido?

    La verdad es que la mayoría de las veces no escribo para los demás.
    No saco fotos para impresionar.
    No pienso ideas para likes.
    Entonces… ¿por qué sigo poniendo en manos ajenas el valor de lo que me nace?

    Estos pensamientos me enojan.
    Primero conmigo. A veces también con quien justo esté cerca.
    Y en ese enojo vuelvo a preguntarme: ¿qué lugar tiene el enojo en nuestras vidas?

    Si hago un repaso rápido de ciertos momentos, me veo ahí: enojada, frustrada, bloqueada. Y no es que todo haya sido así —también hubo momentos de alegría, de euforia, de calma— pero igual me pregunto: ¿era necesario enojarse tanto en los otros?

    No sé por qué, pero a veces siento que nadie me enseñó a ser paciente.
    O a relajar.
    O a soltar el control cuando algo no sale como esperaba.

    Tal vez ofuscarse es más fácil.
    O más corto.
    Aunque sepa que no lleva a nada.
    Todo lo contrario: te saca del eje y te impide hacer lo que más necesitás en ese momento: barajar de nuevo. Barajar mejor.

    Mientras escribo esto, tengo un cartel frente a mi mesa que dice:

    “Keep both hands on the wheel of life.”

    No sé si es una broma del destino o una nota que dejé justo para este momento. Pero tiene sentido. Mucho.

    Caribou Coffee

    Hace un tiempo empecé a leer sobre el Bullet Journal.
    Una técnica, un sistema, una moda.
    Una nueva forma de organizar tareas para obtener resultados más claros. Pinterest está lleno de tableros con ejemplos preciosos. Y aunque todavía no arranqué, tengo varios cuadernos que podrían convertirse en mi diario de batalla.

    Pero me freno. Porque no sé si sumar una tarea más sea lo más inteligente si lo que busco es despejar el horizonte.
    ¿No sería contradictorio?

    Y sin embargo, ahí estoy: considerando empezar un bullet journal como forma de ordenar mi vida… y dándome cuenta de que eso, en sí mismo, ya es una nueva tarea en la lista.

    Qué giro inesperado, ¿no?

  • Viajar con tus hermanas después de veinte años

    Con la ayuda de muchas personas que forman parte de nuestra vida, logramos embarcar las tres rumbo a España. Pero antes de eso, hubo que cumplir con el plan: viajar de Córdoba a Buenos Aires. Y en ese tramo, mis viejos volvieron a ocupar sus puestos históricos: papá al volante, mamá de copiloto, y nosotras —las hijas— en el asiento trasero, como cuando teníamos 8, 9 y 10 años. La única diferencia era que habían pasado más de 20 años desde la última vez.

    Reservamos una habitación para cinco en el Hotel Castelar, sobre Avenida de Mayo, donde teníamos descuento por el sindicato docente de mi mamá. Llegamos con hambre y poca paciencia, así que fuimos a lo seguro: una pizza en calle Corrientes. Intentamos almorzar en un bodegón que me habían recomendado, pero estaba cerrado. Buenos Aires también tiene sus propias formas de decir “hoy no”.

    Un rato después, el grupo se dividió. Mi viejo se fue a Once a comprar medias —sí, medias en verano—. Creemos que tiene una obsesión con ellas. Supongo que su infierno sería un lugar donde no existan. No soy quién para hablar de tocs, así que cada cual con sus ritos.

    Esa noche fuimos a una parrilla y nos fuimos a dormir temprano. Mis viejos tenían que volver en auto a Córdoba. Nosotras debíamos salir para Ezeiza a primera hora.

    A las nueve de la mañana del día siguiente, todos estábamos listos para seguir nuestras rutas. Las despedidas son raras, siempre. Pero esta tenía el sabor de una nueva aventura. Algo que se abre. Algo que empieza.

    Ya en Ezeiza, el grupo volvió a dividirse. No conseguimos vuelo para todas en el mismo avión. Aye viajaba por Iberia, con escala en Londres. Vicky y yo, por Air France, con escala en París. Aye llegaba primero y se haría cargo del check-in en el Airbnb. Nosotras llegaríamos a Madrid el 31 de diciembre, a las 23:25. Apenas.

    Viajar con tus hermanas, después de veinte años, es una experiencia que puede salir muy bien o muy mal. En nuestro caso, fue un poco de las dos. Hubo días hermosos y también momentos en los que la tensión lo cubría todo. A veces estábamos riendo, y de repente estallaba una pequeña Hiroshima emocional.

    Somos tres.
    Somos tres mujeres.
    Somos tres mujeres fuertes.
    Tres mujeres fuertes con personalidades distintas.

    Y nos amamos. A nuestra manera.
    Somos frontales, intensas, demandantes.
    Nos exigimos. Nos exigimos demasiado. A veces más de lo que podemos darle a la otra. Pero creo que eso también habla de cómo vivimos nuestras vidas. Cada una con su intensidad:
    una desde los sabores,
    otra desde el cuerpo,
    y quien escribe, desde la palabra.

    Nadie nos explicó cómo combinar esos elementos. Pero sé que, cuando lo logramos, el resultado es hermoso. Nosotras tres lo somos.

    Nuestro viaje combinaba una semana en Madrid, tres días en Valladolid, cuatro en Bilbao y cuatro más en Barcelona. Las tres juntas. Luego Aye volvería a Argentina, y con Vicky seguiríamos una semana más, con destino incierto.

    Llegamos a Madrid la noche del 31. No sabíamos si íbamos a lograr cruzar la ciudad antes de las 12, pero salimos tan rápido del aeropuerto que tomamos el taxi antes que nadie. Fuimos directo a Chueca, uno de esos barrios que te recibe como si supiera que venís de lejos. Cerca de la Puerta del Sol, de la Gran Vía, y con bares para todos los gustos.

    Esa noche pasó casi desapercibida. Estábamos agotadas. Las escalas, el cambio horario, el cuerpo que tarda en llegar aunque vos ya estés ahí. No teníamos energía para ponernos a la altura de la fiesta que la ciudad traía encima.

    Así empezó la aventura de las tres por España.
    El primero de enero.
    El primer día del año.
    El primer paso de algo que todavía hoy sigue resonando.

  • El cuaderno de mi tatarabuelo (y otras formas de saber quién soy)

    Años atrás, una de mis hermanas (Vicky) comenzó una investigación para una obra de teatro. Quería mirar hacia nuestros orígenes. Y esa búsqueda, que parecía un trabajo puntual, terminó abriendo muchas más preguntas que respuestas.

    ¿Quiénes fueron nuestros bisabuelos, nuestros tatarabuelos? ¿Por qué vinieron de España a Argentina? ¿Hay algo de lo que somos hoy que tenga que ver con lo que ellos fueron ayer? ¿Nos estamos perdiendo de algo por no saber?

    Yo, en ese momento, no estaba tan cerca de esas preguntas. Pero la vida tiene una manera particular de acercarte cuando hace falta.

    Estaba viviendo en San Pablo cuando me surgió la duda:
    ¿Puedo acceder a la ciudadanía española?

    Soy bisnieta de cuatro personas nacidas en España (del lado de mi papá). Fui al consulado, empecé a leer sobre trámites, requisitos, plazos. Y ahí se derrumbó la primera parte de mi plan: desde 2008, las ciudadanías no se entregan si no sos hija directa de españoles. El “no” fue inmediato. Pero no fue el final. Fue el comienzo.

    En una visita a Córdoba, me contacté con Miriam, una prima de mi papá. Ella había logrado reunir una buena parte de la documentación familiar: partidas de nacimiento, defunción, registros que iban por el lado de mi abuela paterna. Con su ayuda, me topé con algo que no esperaba: fotografías desconocidas y detalles sobre la vida de mis bisabuelos en España.

    Y entonces llegó el cuaderno.

    El cuaderno en cuestión…

    Una de mis hermanas me prestó un folio con documentos que guardaba, y entre ellos, estaba el cuaderno.
    Ya saben que tengo una afición evidente por los cuadernos. Compro aunque no los necesite. Tengo varios en uso a la vez. Y cuando no tengo uno a mano, las notas del celular se vuelven un caos.

    Pero este cuaderno era distinto.

    Desde una de sus tapas, se lee:

    «Dirección y distancia desde Madrid a las capitales del mundo. Islas. Ciudades importantes.»

    Lo sigue una lista de unidades monetarias y sus conversiones, más de 350 refranes manuscritos y ordenados alfabéticamente, el Tedeum en castellano y en latín, los mandamientos carlistas, fragmentos bíblicos…
    Todo eso escrito con cuidado, prolijamente, por mi tatarabuelo.

    Si lo empezás desde la otra tapa, es otra historia: una bitácora personal. Fechas de traslados por su ingreso a la Guardia Civil, recuerdos familiares, la fecha exacta en la que fue dado de alta tras dos operaciones.

    Era todo lo que no podías buscar en Google.
    Porque no existía.

    Y mientras lo leía, algo se encendió. Empecé a preguntarme si mi compulsión por escribir, por anotar, por guardar fechas, tenía raíces más hondas. Si, sin saberlo, yo también venía de alguien que escribía para no olvidar.

    Entonces decidí seguir el hilo. Mandé cartas a los ayuntamientos de los pueblos donde habían nacido mis bisabuelos. Algunos contestaron. Uno de ellos me envió la partida original de mi bisabuela. Otro me explicó por qué no podía darme la del bisabuelo: los libros habían ardido en un incendio en Vega de Ruiponce, Valladolid. Pero esa negativa fue el inicio de otra cosa.

    Desde el ayuntamiento se comunicaron con Victorina Revuelta, conocida como Tori, una mujer de más de 80 años que pasaba los veranos en el pueblo. Le contaron que desde Argentina alguien preguntaba por su tío. Ella le pidió a su yerno que me escribiera. Nos conocimos por correo, después por WhatsApp, y más tarde nos supimos familia: ella era hija del hermano menor de mi bisabuelo. Prima carnal de mi abuela Isabel.

    Y entonces llegó la invitación.
    Que fuéramos. Que nos conociéramos.
    Que lleváramos fotos. Que compartiéramos historias.
    Eso fue en agosto de 2016. Desde entonces, cada fin de año intercambiamos saludos, imágenes, deseos.

    Familia Revuelta

    Seguí investigando. Escaneé fotos. Revisé cajas.
    Volví a hablar con otra tía, esta vez por el lado de mi abuelo Nicolás.
    Ella, Elma, había viajado años antes a España.
    Tenía los teléfonos de varias tías en Madrid y Bilbao.
    Me los pasó.
    Yo las agregué a WhatsApp.
    Pero no me animé a escribirles.

    Todavía no sé si fue por timidez, o porque no sabía cómo explicar quién soy.
    ¿Cómo empezás un mensaje que dice: “hola, soy hija de la nieta de tu tía abuela”?
    ¿Qué palabras se usan cuando querés volver a entrar a una historia que te excede?

    Mi abuelo Nicolás y sus hermanos

    En noviembre de 2017, pegué varias hojas tamaño A4 y dibujé a mano el árbol genealógico con todo lo que había logrado reunir: las fechas, los nombres, los relatos que me pasaron mis tías, mis hermanas, los documentos que aparecieron sin querer.

    Un mes después, mientras caminaba con Alejandro por una avenida de Santa Fe, me sugirió algo que resonó fuerte:

    “¿Y si viajás a España? No para cerrar la historia. Sino para abrirla.”

    Y ahí empezó a tomar forma el viaje.
    El de las tres hermanas.
    El de las fotos compartidas.
    El del cuaderno.
    El de la memoria escrita a mano.

    Parte del árbol que fui creando

    No sé si este camino tenga un final.
    Pero sí sé que cada pedacito encontrado me devolvió algo que no sabía que estaba buscando: sentido.

    La historia continuará…

  • 365 días no entran ni en un blog

    Hace unos años armé este blog como espacio para dejar huellas de lo que vivía al moverme por el mundo. Pero el 2018 pasó entero sin que escribiera una sola palabra. No porque no hubiera nada para contar. Justamente por todo lo contrario.

    Fue un año raro.
    No raro mal. Raro intenso.
    Raro de esos que te sacuden, te desarman y después te piden que sigas.
    Un año de aprendizajes.
    De esos que no siempre se eligen, pero llegan igual.

    Hubo momentos en los que me sentí desbordada. En los que el cuerpo me volvió a hablar en voz alta. En los que tuve que aprender a extrañar sin que duela tanto.
    Y también hubo risas, abrazos, desafíos, viajes, rituales, conquistas.
    Un poco de todo, como la vida misma.

    En algún momento le dije a alguien:
    “Siento que me apagué un poco”.
    Y me causó gracia, porque mi nombre es Luz.
    Pero bueno, todos tenemos un colmo.

    Las Rubio en Madrid

    En diciembre de 2017, Alejandro me propuso hacer un viaje con una de mis hermanas.
    Terminamos viajando las tres.
    Una especie de odisea familiar por tierras españolas: Madrid, Valladolid, Bilbao, Barcelona.
    La excusa (o el origen) fue una investigación que venía haciendo sobre nuestra historia familiar, buscando las raíces españolas que quizás me permitieran acceder a la ciudadanía.

    Encontré más de lo que esperaba:
    Direcciones, fotos antiguas, iglesias donde se casaron mis bisabuelos, la calle donde había una librería en la que mi tatarabuelo compró un cuaderno que, sin saberlo, sería el comienzo de toda esta búsqueda.
    (De eso escribí más en otro post. Spoiler: el cuaderno era casi una vida entera).

    Después del viaje, una de mis hermanas volvió a Argentina.
    Con la que quedaba, partimos una semana a Doha.
    Ciudad que —sin saberlo del todo— se convertiría en mi nuevo hogar.
    O en algo parecido.

    Volví a Córdoba por unos meses.
    Estuve con mis viejos, volví a ver amigxs, marché por causas que me atraviesan, trabajé en un espacio hermoso llamado Espacio Abasto, y me saqué una deuda personal que me venía pesando: me gradué.
    Sí, la nena mayor de mi mamá se recibió.
    Aunque, sinceramente, todavía no sé muy bien qué hacer con ese papel lleno de sellos.

    Girl Power Family

    En julio empezaron los preparativos de una nueva mudanza.
    Y con eso, el estrés de llevar a Juana, mi compañera de cuatro patas.
    Papeles, vacunas, escalas, calor, trámites, más trámites.
    El viaje entero duró casi quince días.
    Pasamos por Buenos Aires, por San Pablo (donde fuimos recibidas con un amor gigante por Jean y Fabio), y finalmente, un vuelo de 17 horas a Doha.

    Yo solo quería una cosa:
    Que Juana llegara viva.
    Y entera.
    Porque por su tamaño, debe viajar sola en bodega.
    Cuando por fin la vi salir, respirando y agitada, sentí que el corazón volvía a su lugar.

    Doha nos recibió con 45 grados y una humedad del 85%.
    Venía de Buenos Aires, con 10 grados y olor a invierno.
    Todo era distinto: la comida, el idioma, los gestos, las vestimentas, las reglas.

    Después de dos meses, surgió la idea de hacer un curso intensivo de inglés en Oxford.
    El inglés siempre fue un hueso duro para mí.
    Y en Doha, o hablás inglés o hablás árabe.
    Y el árabe… es otra galaxia.

    Así que me lancé a otra aventura.
    Doha → Estambul → Londres → Oxford.
    Un mes entero en un país que hablaba justo ese idioma que siempre me dio vergüenza.
    Conviviendo con una familia británica.
    Asistiendo a seis horas de clase diaria.
    Viajando sola para visitar ciudades como Liverpool y Londres.
    Y aunque al principio dudé de todo, terminé encontrando gente hermosa que hizo de esos días algo extraordinario.

    Por las calles de Londres

    Al volver a Doha, no había ni deshecho la valija que ya estaba viajando otra vez.
    Esta vez, a Córdoba.
    Me esperaba el acto de colación, el título físico, la foto oficial.
    Lo que mis viejos, creo, esperaban desde siempre.
    Aunque esa vez, debo admitirlo: no tenía ganas de subirme a un avión.
    Ni siquiera si el destino era “volver a casa”.

    Me quedé mes y medio.
    El acto cambió de fecha.
    La universidad pública estaba en conflicto.
    Nada salió como estaba planeado, pero igual lo atravesé.
    Y entre noticias que no fueron fáciles, hubo algo que no cambió: la entereza.
    La que me sale cuando ya no sé cómo hacer.
    Esa que aprendí de mi viejo.
    Y esa que, cuando se puso a prueba, nos dejó ilesos.

    Acto de Colación UNC

    El año terminó como empezó: volando.
    Desde Córdoba a Madrid, para pasar las fiestas. Y después, de vuelta a Doha.
    A ese lugar que no sé cuánto tiempo me va a tener. Pero que, por ahora, me aloja.

    Llegamos al 2019.
    Estoy entera.
    Algunas piezas sueltas, algunos tornillos flojos.
    Pero entera.

    A veces me apagué, sí. Pero también me mudé, me gradué, me animé. Y acá estoy.

  • Caminar una ciudad (aunque sea por primera vez)

    Sobre los free walking tours, y otras formas de empezar a entender un lugar

    Cuando miro un mapa y empiezo a imaginar un destino nuevo, siempre aparece esa duda:
    ¿Por dónde empiezo?
    ¿Qué dejar afuera? ¿Qué priorizar? ¿Qué vale la pena si tengo solo un par de días? ¿Y si tengo una semana entera pero sin energía para organizar todo?

    Con el tiempo descubrí una respuesta sencilla y generosa: los Free Walking Tours.
    Y no, no son la fórmula mágica.
    Pero sí una buena forma de dar los primeros pasos en una ciudad desconocida. Literalmente.

    Cuando viajás con poco tiempo, estos recorridos te ofrecen un primer pantallazo. Caminás con alguien que conoce, que vivió ahí o que eligió quedarse. Y eso, para mí, ya es un montón. Porque hay una diferencia entre leer una historia en Wikipedia y escucharla en una plaza, con las voces, los olores, los gestos de ese lugar.

    Y si tenés más tiempo, los tours también sirven para lo contrario: elegir con más conciencia dónde querés quedarte más rato. Qué museo vale la entrada. Qué barrio merece una segunda caminata en soledad. Qué historias te dan ganas de buscar más.

    Recuerdo uno de los recorridos por el centro de Ámsterdam. Entre anécdotas y mitos, alguien nombró una obra de Rembrandt. Ese pequeño comentario fue suficiente para que decidiera visitar el Rijksmuseum al día siguiente. Y ahí, en silencio, frente a la pintura original, entendí que a veces un paseo gratuito puede llevarte a una emoción que no imaginaste que existiría.

    Algunas cosas que aprendí en estos tours

    • El recorrido ya está armado, no lo elegís vos. Pero eso no le quita valor. A veces está bueno dejarse llevar.

    • No hay un precio fijo. Al final, cada quien aporta lo que cree justo (o lo que puede). Y eso democratiza la experiencia.

    • Los puntos de encuentro suelen estar bien señalizados. No es buena idea unirse a la mitad: llegá al principio, y mejor si te registrás antes.

    • Caminás. Bastante. Así que calzado cómodo y, según el clima, sombrero o paraguas.

    • El idioma por defecto es el inglés, pero cada vez hay más opciones en español. Y algunos tours incluso suman otras lenguas.

    • Los guías son locales, o casi. No leen de un folleto. Hablan desde la experiencia. Y al final, si les preguntás dónde comer o qué calle evitar, probablemente tengan la mejor respuesta.

    • Casi nunca se entra a los edificios. Se mira desde afuera, se cuenta lo esencial, y si te interesa más, después volvés por tu cuenta.

    • Lo mejor, para mí, son las historias pequeñas. Esas que no están en los libros: una leyenda, un rumor, una costumbre extraña. Eso también hace a una ciudad.

    • Duran entre una y tres horas. Depende del recorrido. Pero casi siempre se te pasa volando.

    No digo que un Free Walking Tour te revele todos los secretos. Pero sí creo que puede darte algo mucho más valioso: un primer vínculo. Acercarte un modo de mirar.
    Caminar una ciudad con alguien que ya la caminó es, en cierta forma, una forma de pertenecerle —aunque sea por un rato.

    Y a veces, ese rato alcanza para no sentirte tan de afuera.
    A veces, ese rato es el principio de algo que te va a acompañar por un tiempo.

  • Diez cosas que me sorprendieron de Ámsterdam

    Estuve en Ámsterdam solo dos días. El clima no ayudó, llovía intermitente, y hacía ese frío que no deja pensar con claridad. Pero aun así, la ciudad logró hacerme frenar.
    Hay lugares que no necesitan sol para enamorar.
    Ámsterdam fue uno de esos.

    Estas son diez cosas que me sorprendieron, me hicieron sonreír, o me dejaron pensando mientras caminaba por sus calles, con el paraguas mal abierto y los ojos bien abiertos.

    ✦ Las casas que parecen respirar juntas

    Lo primero que me llamó la atención fue la arquitectura. Las casas son altas, finitas, apretadas entre sí, como si se ayudaran a mantenerse erguidas. Me explicaron que, antiguamente, los impuestos se cobraban según el ancho de la fachada. De ahí su forma. Eso también explica por qué las mudanzas son un caos: los muebles se suben por fuera, con ganchos y sogas. Algunas casas están levemente inclinadas hacia adelante, justamente para evitar golpear los muebles al subir. Casi todas tienen inscripciones con el año de construcción. Algunas, incluso, dibujos o símbolos en vez de números. Como si te dijeran: “Hola, acá vivió alguien antes que vos. Y antes que ella, otra persona.”

    Vista de las viviendas desde los canales – Foto: @lzrubio

    ✦ Un museo que no esquiva temas incómodos

    El Ámsterdam Museum cuenta la historia de la ciudad, pero no solo desde lo turístico. Habla del comercio, sí, pero también de la legalización de la marihuana, del matrimonio igualitario, de la prostitución, del derecho a ser quien se es. En uno de los pisos hay una alfombra hecha con retazos de tela de diferentes países. Argentina está en el cuadro 27a. Y yo estuve ahí, mirando ese retazo y pensando en qué parte del mundo me ubico cuando camino por otras calles.

    Alfombra internacional – Foto: @lzrubio

    ✦ El Begijnhof, o cómo llegar a 1346 sin querer

    Encontramos este lugar por casualidad.
    Un vecindario cerrado, en silencio, donde el tiempo parece haber hecho una pausa.
    Fue fundado en 1346 para albergar a las beguinas, mujeres católicas que vivían en comunidad.
    Allí se encuentra la casa más antigua de la ciudad, hecha de madera, y pequeñas capillas escondidas que servían para practicar la religión en secreto durante siglos de prohibición.
    Todavía hoy, solo viven mujeres allí.
    El jardín, cuidado hasta el último rincón, parece un homenaje silencioso a todas ellas.

    Vista panorámica de Begijnhof – Foto: @lzrubio

    ✦ Ver la ciudad desde el agua

    Hicimos un paseo por los canales. Nada muy elaborado, un tour básico.
    Pero fue hermoso.
    Escuchar la historia de Ámsterdam desde el agua es otra cosa.
    Te das cuenta de cuánto construyeron para sobrevivirle al río, de cómo usaron el mar como aliado y frontera al mismo tiempo.
    Así aprendí que fue en este país donde nacieron objetos como el atlas y el globo terráqueo.
    Y que no hay postal más auténtica que una casa al borde del agua con una bici atada en la puerta.

    Paseo por los Canales con audioguía – Foto: @lzrubio

    ✦ Bicis everywhere

    No es un mito. Hay más bicicletas que personas. Y tienen prioridad absoluta. Más de una vez creí que me iban a atropellar. Los estacionamientos de bicis parecen esculturas futuristas. Una ilusión óptica que no termina nunca.

    Bicicletario en el Distrito Financiero – Foto: @lzrubio

    ✦ Una calle de un metro de ancho

    Se llama Trompettersteeg y tiene un metro de ancho. Sí, un metro. Está en pleno Barrio Rojo. Intentamos meternos, pero era tanta la gente que parecía una broma. Una de esas cosas que parecen de ficción, pero están ahí.

    ✦ Monumentos que no se esconden

    En la Plaza de la Vieja Iglesia hay una estatua en homenaje a las trabajadoras sexuales. Se llama “Belle”, está hecha de bronce y muestra a una mujer de pie, firme, con el pecho en alto. Es la primera escultura del mundo que reconoce ese oficio desde el respeto. Cerca de ahí, en los adoquines, hay una mano que toca un pecho. Otra escultura, anónima. Ya intentaron removerla, pero ahí sigue.

    Escultura anónima – Foto: @lzrubio

    ✦ El Homomonument

    Tres triángulos rosas en el suelo. Recordando a las personas LGTBIQ+ perseguidas durante el nazismo.
    Los triángulos apuntan hacia tres puntos clave: el Monumento Nacional, la Casa de Ana Frank y la sede de un colectivo histórico de liberación gay. En uno se puede leer un verso:

    “Tal deseo infinito de amistad.”

    No hay mucho más que decir. Solo quedarse en silencio.

    Triángulo que apunta a la Casa de Ana Frank – Foto: @lzrubio

    ✦ La tienda de condones

    Sí, hay una y se llama Condomerie. Tiene preservativos de todos los tamaños, formas, colores y sentidos del humor posibles. Y aunque puede parecer solo una curiosidad graciosa, detrás hay campañas de educación sexual, prevención y derechos. El sexo, en Ámsterdam, también se aborda sin miedo.

    Tienda de Condones – Foto: @lzrubio

    ✦ Zuecos y pies que no se rinden

    En todas las tiendas hay zuecos. De madera, de colores, con flores pintadas. Cuentan que se usaban desde el siglo XIV para proteger los pies de la humedad. No puedo imaginar lo que debe ser caminar con eso todo el día. Pero ahí están. Fijos en la historia, como si quisieran decir que lo incómodo también forma parte del camino.

    Zueco sobre la peatonal – Foto: @lzrubio

    Ámsterdam me pareció una ciudad llena de contradicciones hermosas: caótica y ordenada, antigua y provocadora, libre y solemne.
    Pasé solo dos días. Pero volví con muchas más preguntas que fotos. Y con la certeza de que hay ciudades que no se entienden… se caminan.

  • Floripa más allá de la playa

    Algunas formas de conocer la isla cuando el sol no pica (o cuando simplemente no querés arena entre los dedos).

    Florianópolis es sinónimo de playa para la mayoría. Y no los culpo. Las playas son hermosas, extensas, salvajes, algunas casi secretas. Pero después de vivir ahí por un tiempo, entendí algo: la isla no termina donde empieza el mar.

    Hay otras formas de habitarla. Otros recorridos posibles, con los pies en el asfalto, la cabeza en las historias y los ojos bien abiertos.

    Estas son algunas de las rutas que me regalaron otras Floripas. La de las calles antiguas, la de los barrios con olor a cocina, la de los barcos piratas, la de los árboles centenarios.

    ✦ Caminar el centro con historias en la mochila

    Una de las cosas que más disfruté fue el Free Walking Tour por el Centro Histórico, organizado por Guia Manezinho. No es un tour para turistas internacionales, está en portugués y pensado para los locales.
    Eso ya te da una pista: no es una postal, es una conversación.

    Durante dos horas caminás por calles que ya pisaron otros hace siglos. Te cuentan sobre el origen de la ciudad, la Catedral que fue iglesia, la Casa de Cámara que fue prisión. Y te sorprende pensar que la Plaza 15 de Noviembre alguna vez tuvo horario de entrada y salida.

    El guía, Rodrigo Stüpp, mezcla datos con anécdotas, y te deja con ganas de seguir investigando. Al final te manda por mail parte del material trabajado. (¿Quién no ama un tour con bibliografía?)

    • Guia Manezinho ofrece otros recorridos como: Las Brujas de Franklin Cascaes, Coqueiros Histórico y San Antonio de Lisboa: Tour del Sol Poniente.

    ✦ Barcos piratas y fortalezas coloniales

    Un día, caminando por la costanera, vi un cartel que prometía paseos en barco. Y me acordé de las fortalezas coloniales que había leído que solo se podían visitar por mar.  Así conocí Scuna Sul, una empresa que hace este tipo de recorridos desde 1983.

    El tour se llama Dia da Fantasia, y lo es. Subís a un barco con estética pirata, cruzás el puente Hercílio Luz, pasás por islas con nombres que parecen salidos de una leyenda (Ratones Grande, Anhatomirim), y visitás fortalezas del siglo XVIII que todavía resisten al viento y al olvido.

    También pasás por la Bahía de los Delfines, una zona protegida, donde a veces —si el día se presta— se ven a lo lejos las aletas jugando.

    ✦ Floripa sobre ruedas (y con techo descubierto)

    Si sos de quienes prefieren recorrer sin caminar tanto, o querés ver toda la isla sin preocuparte por el GPS, hay otra opción: los recorridos de Floripa by Bus.
    Los ómnibus turísticos sin techo te llevan por distintas zonas, con relatos y paradas previstas.

    Estos son los tres recorridos que probé o me recomendaron más:

    1. Todo el Sur

    Una joya. Te lleva por la parte menos turística, más silvestre y preservada. Playas como Matadeiro, Pântano do Sul o Ribeirão da Ilha que todavía guardan el ritmo de antes. Sale los domingos, dura medio día, y si te gusta la historia colonial y los paisajes más tranquilos, es un gol.

    2. Toda la Isla

    Este es el tour para quien quiere tener una vista panorámica y rápida de todo. Pasás por la mayoría de las playas importantes: Joaquina, Mole, Ingleses, Canasvieiras, Jurerê, entre otras. También por el centro histórico, la Laguna da Conceição, y algunos parques. Ideal si estás poco tiempo o querés armar tu propio itinerario después.

    3. Luces de la Ciudad

    Este paseo ocurre al atardecer. Y si hay algo que me encanta, es ver cómo una ciudad se va encendiendo.
    Pasás por la zona continental, el Puente Hercílio Luz, el barrio Coqueiros con su ruta gastronómica, y el centro histórico ya iluminado. Todo termina bajo una higuera centenaria, que parece una especie de guardiana silenciosa de la ciudad.

    Floripa también se camina, se navega y se cuenta. A veces, cuando vivís en un lugar con playa, necesitás descansar de la playa. Y ahí aparecen estas otras formas de mirar. Caminás, subís a un bus, te subís a un barco, escuchás historias. Y de pronto entendés que viajar también es hacer espacio para lo inesperado. Para lo que no estaba en el plan. Para lo que no se moja.

  • Lo que me habría gustado que me dijeran antes de viajar por Europa (y algo que solo descubrí después)

    Si estás leyendo esto, capaz estás por viajar a Europa. Capaz ya sacaste el pasaje. Capaz no. Capaz estás solo dejando que la idea crezca. Como semilla. Como deseo postergado. Como escape. O como inicio.

    Yo también estuve ahí. Con la cabeza llena de mapas, las ganas multiplicadas por mil, y una lista imposible de ciudades que quería ver. Y un miedo tonto a que me faltara algo. A que lo estuviera haciendo mal. A no entender cómo se viajaba sola. A no saber con qué me iba a encontrar.

    Por eso escribo esto. No como una lista definitiva de cosas que hacer, sino como una carta. Una carta con consejos que me habría gustado recibir. Y con algunas certezas que solo se encuentran cuando una ya está en camino.

    ¿Cuándo viajar?

    Si podés elegir, viajá en primavera u otoño. No solo porque hace menos calor o hay menos turistas. Viajá en esas estaciones porque las ciudades respiran distinto. Porque la luz cambia. Porque los ritmos son otros. Porque todo florece o todo se apaga, y vos también podés mimetizarte con eso.

    ¿Cuánto tiempo quedarte?

    Te lo digo sin vueltas: menos es más. No quieras ver diez ciudades en diez días. Vas a pasar más tiempo en traslados que en plazas. Más tiempo corriendo que caminando. Si tenés 15 días, elegí 3 lugares. Como mucho. Quedate. Explorá. Repetí calles. Tomá café en el mismo bar dos veces. Y mirá qué pasa. La magia está ahí.

    ¿Cómo elegir las ciudades?

    Hacete una lista. Anotá todo lo que soñás conocer. Después poneles números. El 1 para los imprescindibles. El 2 para los que podrían esperar. El 3 para los que, bueno, quizás algún día. Y cuando tengas eso, abrí Google Maps. Ahí se vuelve real. Vas a ver las distancias. Y vas a poder trazar una ruta con sentido.

    ¿Cómo llegar a Europa sin perder la paciencia?

    Buscar pasajes puede ser un arte o un calvario. Hay apps, alertas, descuentos. Pero sobre todo hay paciencia. Si podés, comprá con tiempo. Y evitá julio, agosto, fin de año. En lo posible, volá martes o miércoles. Si tenés la suerte de viajar en otoño europeo, vas a encontrar precios y colores que te cambian el humor.

    Armar el itinerario sin morir en el intento

    Hacelo como quieras: en Excel, en papel, en servilletas (o no lo hagas). Anotá qué querés ver. Averiguá días de cierre, entradas gratis, descuentos para estudiantes, feriados. Y no subestimes las filas. A veces una hora de espera arruina el mejor plan.

    Consejo extra: armá los días según zonas. Si dos lugares están cerca, visitalos juntos. No te enamores del plan perfecto. Enamorate de lo que te sorprenda en el medio.

    Cómo moverse (sin gastar todo en trenes o taxis)

    Los trenes son hermosos. Cómodos. Rápidos. Y, a veces, caros. Si vas a moverte mucho, fijate en el EURAIL PASS. Las aerolíneas low cost son una opción, pero ojo con el equipaje. Lo que no pesa en el cuerpo, pesa en el bolsillo.

    Dentro de las ciudades, usá el metro, las bicis, o tus pies. En ciudades como París o Berlín, cada estación es una historia. Y andar a pie sigue siendo mi forma preferida de conocer.

    ¿Dónde dormir?

    Depende del viaje. Del presupuesto. Y de cómo te guste vivir el día. Hay hostels cómodos, hoteles baratos, Airbnb con encanto. Yo una vez alquilé un monoambiente frente a los Jardines de Luxemburgo por HomeAway. Tenía una ventana con vista a los tejados y ahí entendí que a veces el lujo es solo eso: una ventana que te hace sentir en casa.

    ¿Qué llevar?

    Llevá poco. En serio. Viajá liviana. Una mochila para los días, una valija que puedas subir vos sola a un tren. Y dejá espacio para traer algo más que cosas: postales, libretas, panfletos, historias.

    Cosas que a veces nadie te dice

    Te pueden pedir la reserva de hotel al entrar. O el seguro médico. O mostrar que tenés un pasaje de regreso. A veces no piden nada, pero mejor ir preparada.

    Descargá los mapas de Google para usarlos offline. Llevá una copia digital de tus documentos. Comprá un chip local si vas a estar varios días. Aprendé a decir gracias en todos los idiomas que puedas. Eso abre más puertas que cualquier clave de WiFi.

    El verdadero viaje empieza cuando soltás el control

    Te lo digo ahora porque aprendí tarde: no hace falta cumplir todo lo que anotaste. Lo importante no es tachar ciudades, es dejar que algo de vos se quede allá. Y que algo de allá se venga con vos.

    Viajá como puedas. Como quieras. Pero sobre todo, viajá sin culpa. Viajar es también perderse un poco. Cambiar el plan. Comer sola. Llorar en una plaza. Mandar una postal. Perder un tren. Volver distinta.

    Y ojalá que algo de eso, incluso lo que no salga perfecto, te recuerde que estás viva. Y que estás en camino.

    Porque no se trata solo de viajar. Se trata de moverse sin perderse. Y ojalá, encontrarse un poco en el camino.

  • El Palacio Barolo y el poema que lo habita

    En los últimos años, mi vínculo con Argentina ha oscilado entre lo cotidiano y lo extraordinario. La habito como quien la conoce desde siempre y, al mismo tiempo, la recorro como si la descubriera por primera vez. Así me pasa con Buenos Aires, una ciudad que me abruma y me abraza, que a veces me desubica en el subte, pero también me empuja a caminarla sin rumbo.

    En uno de esos paseos azarosos por la Avenida de Mayo, me topé con una fachada que parecía contar secretos. Era el Palacio Barolo. Lo había visto mil veces, pero esa tarde me detuve de verdad. Su arquitectura, cargada de símbolos, invitaba a ir más allá. Así llegué a reservar una visita guiada por dentro del edificio. Lo hice con «Palacio Barolo Tours», que organiza los recorridos y coordina los cupos, los días y los horarios.

    Inspiraciones árabes en su construcción

    Un poema hecho piedra

    Diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti e inaugurado en 1923, el Barolo es mucho más que un edificio. Es una interpretación arquitectónica de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Cada piso, cada escalera, cada número y cada ventana encierra una alegoría. No es casualidad que tenga 100 metros de altura, como los 100 cantos del poema, o 22 pisos, como las estrofas que lo componen. La dirección misma del edificio —1370— suma 11, un número cargado de significados dentro de la obra dantesca y del universo masónico.

    El recorrido guiado te lleva desde el Infierno hasta el Cielo. Literalmente. La planta baja representa el Infierno, los pisos intermedios el Purgatorio, y los superiores —más sobrios, más luminosos— el Paraíso. El faro en la cima simboliza a los «Nueve Coros Angelicales» y, al llegar, la ciudad se extiende a tus pies como una visión celestial.

    Vista del Congreso de la Nación desde uno de los balcones del Barolo

    Escaleras que hablan y estilos que se mezclan

    Caminar por el Barolo es entrar a un universo donde conviven estilos como el neogótico, el hindú y el neorrománico. Las escaleras de caracol son angostas, casi claustrofóbicas, pero vale la pena subir. Desde uno de los balcones se puede ver el Congreso, como si estuviera al alcance de la mano. En el camino, el suelo de damero blanco y negro propone una lectura dual del mundo, de lo correcto y lo incorrecto, de la luz y la sombra.

    Aunque hoy el edificio alberga oficinas y locales comerciales, todavía puede recorrerse el pasaje que une Avenida de Mayo con Hipólito Yrigoyen, como si se tratara de un atajo entre épocas.

    Algunas informaciones:

    • Las visitas guiadas se hacen los lunes, miércoles, jueves y viernes a las 10, 12, 14, 16, 17, 18 y 19 h; y los sábados, cada hora de 10 a 19 h.

    • Se requiere reserva previa. Los cupos rondan entre 20 y 25 personas por grupo.

    • El valor aproximado era de $220 por persona (consultar tarifas actualizadas); argentinos con DNI tenían un precio reducido.

    • La duración del recorrido es de aproximadamente 1 hora y media.

    • Para reservas: WhatsApp +54 9 11 6915 2385.

    • Hay visitas en español e inglés.

    • Parte del ascenso al faro se realiza por escaleras estrechas, así que es importante tenerlo en cuenta.

    Salir del Barolo no es solo volver a la ciudad, es volver con los ojos llenos de símbolos. Es comprobar que, a veces, un edificio no solo guarda oficinas o pasillos, sino historias, mitologías y preguntas sin responder. Y que, si nos damos el tiempo de recorrerlo, tal vez podamos reencontrarnos con el Dante —o con nosotras mismas— en alguna de sus esquinas.