El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Un día fuera de París: Villa Savoye y otros hallazgos

    Durante mi estadía en París, hubo un pequeño desvío dentro de lo que sería una ruta tradicional por la ciudad. La profesión de mi compañero de viaje pedía una parada obligatoria: conocer uno de los íconos de la arquitectura moderna. Al parecer, todo aquel que se diga arquitecto tiene una especie de mandato no escrito de pasar por allí.

    La Villa Savoye, también conocida como Les Heures Claires, se ubica en Poissy, un pequeño y apacible pueblo a orillas del Sena, en las afueras de París. Llegamos luego de un viaje de unos 45 minutos en tren.

    Poissy es un lugar tranquilo y diminuto. Mi primera impresión fue de color verde. Árboles que se movían con el viento, canteros llenos de flores que no supe identificar, y enredaderas que cubrían por completo las fachadas, como si jugaran a esconderlas. Por puro desconocimiento, tomamos un taxi desde la estación hasta la Villa Savoye. En el regreso, la historia fue distinta: caminamos un poco por la ciudad y aprovechamos la red de colectivos locales.

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    Calles de Poissy – Francia

    Una casa en el aire

    Un enorme parque rodea la Villa, funcionando como antesala perfecta de una construcción que forma parte del patrimonio histórico de Francia. Un grupo de niños —con sus maestras de jardín, supongo— jugaba al aire libre mientras disfrutaba de un picnic. Me generó una buena sensación ver que estos espacios, tan significativos para la historia, siguen siendo parte del día a día de la gente.

    A simple vista, la casa parece flotar sobre el paisaje. Se apoya sobre pilares delgados que se pierden entre los árboles. Según los folletos informativos, la familia Savoye eligió al taller de Charles-Édouard Jeanneret, más conocido como Le Corbusier, luego de estudiar algunas de sus obras anteriores. Su estilo rompía con el academicismo arquitectónico de la época. Y eso, evidentemente, gustó.

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    Vista completa de la construcción

    Geometría, luz y aire

    Construida entre 1928 y 1931, la casa fue concebida como residencia de fin de semana. Su apodo, “Caja en el aire”, da cuenta de una idea inquietante pero fascinante. Aunque mis conocimientos sobre arquitectura son básicos, hay algunos elementos que saltan a la vista. A Le Corbusier le gustaban las formas geométricas y la composición cúbica. Cada ambiente es amplio, funcional y bañado por una luz que se cuela desde todos los ángulos. El sol entra con fuerza durante el día, haciendo que cualquier rincón se convierta en un escenario ideal para jugar con la cámara.

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    Frente de la construcción

    Si tuviera que elegir tres cosas que más me llamaron la atención serían:

    1. La terraza-jardín, como un pulmón abierto en lo alto.

    2. La escalera caracol, que une los pisos de forma elegante.

    3. Y sus ventanas apaisadas, que recorren prácticamente todo el ancho de la casa y enmarcan el exterior como si fueran cuadros vivos.

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    Escalera caracol

    Un pueblo que respira calma

    Nuestra visita no duró más de una hora… aunque con alguien dispuesto a analizar cada detalle arquitectónico, el tiempo puede diluirse fácilmente. Sacamos una buena cantidad de fotos y seguimos nuestro paseo por Poissy.

    La ciudad nos sorprendió con su serenidad. En el camino visitamos uno de sus monumentos más representativos: la Collégiale Notre-Dame, un emblema local que representa la transición entre el estilo románico y el gótico.

    Collégiale Notre-Dame | Calles de Poissy
    Collégiale Notre-Dame | Calles de Poissy
  • El Cerro de los Siete Colores: La leyenda que tiñó la montaña

    En el corazón de un pueblo mágico llamado Purmamarca, una montaña se alza con la elegancia de una flor recién abierta. El Cerro de los Siete Colores, con sus tonalidades cálidas y onduladas, podría formar parte de la paleta de un pintor rococó: matices suaves, caprichosos, que parecen haber sido puestos allí a mano, uno por uno.

    Se suele decir que lo que importa no es el destino, sino el camino que se recorre para llegar. Pero en este caso, basta con contemplar para que esa frase pierda peso. Purmamarca tiene una de las cartas de presentación más hermosas de toda la Argentina.

    Las explicaciones científicas sobre la formación de este paisaje existen y son tan fascinantes como complejas, pero los relatos que circulan entre los pobladores son infinitamente más poéticos.

    Cuenta la leyenda que, mucho tiempo atrás —cuando aún no existía el pueblo al pie del cerro—, este no tenía los colores que hoy lo distinguen. Cuando llegaron las primeras familias, un grupo de niños decidió que pintaría el cerro. Durante siete noches seguidas se ausentaron de sus camas y, con cada nuevo amanecer, los adultos quedaban asombrados: el cerro amanecía teñido de un nuevo color. En la séptima noche, los mayores decidieron despertarse antes del alba para entender qué estaba ocurriendo. Al buscar a los niños, los encontraron descendiendo alegres por la colina, orgullosos por lo logrado y por la experiencia vivida. Desde entonces, el cerro se muestra así, vestido de fiesta, como quien sabe que ha sido tocado por algo sagrado.

    La Pachamama guarda más poesía de la que podemos imaginar. ¿Quién diría que tanta aridez podría ofrecer tanta belleza? Viajé en verano, y al pasar las horas el sol jugaba a esconderse entre los cerros, tiñendo de dorado los tejados de las casitas que duermen a los pies de la montaña.

    Una tarde, mientras caminaba, una señora que vendía tutucas me regaló un papel diminuto, escrito a mano. Era un fragmento del cancionero popular jujeño que decía:

    “Algún día me han de ver, gozando la mejor flor, brillante como la luna, claro como alumbra el sol.”

    No sé si existe un significado más profundo en esas líneas, una verdad local que se me escapa. Pero algo en mí se quedó con esa imagen: el Cerro de los Siete Colores viste su mejor flor, todos los días.

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  • Proyecto TAMAR: «De cada mil tortugas nacidas, solo una o dos alcanzan la madurez»

    Desde 2005, la ciudad de Florianópolis alberga la base número 22 del Proyecto TAMAR, una red de centros distribuidos por la costa brasileña que tiene como misión conservar y proteger las cinco especies de tortugas marinas que habitan este territorio.

    Durante mi visita, aprendí que hay cinco amenazas principales para la supervivencia de estas especies, todas provocadas por la intervención humana. Estas son, en orden de gravedad:

    1. La pesca y la caza.

    2. El desarrollo costero.

    3. El calentamiento global.

    4. La contaminación y las enfermedades.

    5. El consumo y uso directo.

    Ubicado en la región sur de la isla, más precisamente en Barra da Lagoa, el centro cuenta con cinco tanques de agua salada conectados directamente al mar, donde se recuperan ejemplares heridos o enfermos. Una vez rehabilitadas, las tortugas son devueltas a su hábitat natural por biólogos especializados.

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    Un espacio para aprender y sensibilizar

    La observación de las tortugas en recuperación es la actividad más esperada por quienes visitan el parque. Se trata de un lugar ideal para el aprendizaje, especialmente para los más pequeños. Hay videos educativos, talleres de dibujo, escenografías para sacarse fotos y paneles interactivos que explican cómo viven, qué comen y qué rol cumplen en el ecosistema marino.

    Aunque las cinco especies de tortugas que habitan en Brasil están representadas en la muestra, durante mi visita estaban presentes estas tres:

    • Tortuga Carey (Eretmochelys imbricata): críticamente amenazada a nivel mundial.

    • Tortuga Boba (Caretta caretta): en peligro de extinción.

    • Tortuga Olivácea (Lepidochelys olivacea): vulnerable.

    También aprendí sobre la Tortuga Laúd y la Tortuga Verde, ambas igualmente en riesgo, tanto en Brasil como en el resto del mundo.

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    Imagen Oficial | Facebook Proyecto TAMAR

    Guardianas del mar

    Las tortugas marinas son ingenieras del ecosistema: su actividad impacta directamente en la salud de los arrecifes de coral, los bancos de algas y los fondos arenosos del océano. Son esenciales para el equilibrio de la vida submarina. Y aunque resulta triste verlas en cautiverio, los voluntarios del Proyecto TAMAR se sienten profundamente orgullosos de su trabajo: cada liberación al mar es una victoria.

    Visitas con sentido

    Durante el año, el centro recibe un promedio de 400 personas por día. En temporada alta, ese número asciende a 1.900. Si cada visitante se retira entendiendo el daño que causamos a diario —y lo urgente que es cambiar—, entonces este esfuerzo colectivo habrá valido la pena.

    En toda la isla hay señalizaciones que promueven la visita al Proyecto TAMAR. Si pensás ir en temporada alta, tené paciencia: el lugar suele estar repleto. Al final del recorrido podés pasar por la tienda y llevarte un recuerdo con causa.

    Información útil

    📍 Dirección: Rua Professor Ademir Francisco s/n, Barra da Lagoa
    🕒 Horario: Todos los días (feriados incluidos) del 22/02 al 20/12 – de 9:30 a 17:30 hs
    🎟️ Entradas:

    • General: R$ 12,00

    • Media entrada: R$ 6,00 (niños hasta 12 años, estudiantes y personas mayores de 60)

  • Gira Cafetera | Episodio 1 en Florianópolis: Café Cultura y Café François

    Mi amor por el café se ha convertido, sin dudas, en uno de mis hobbies. Aunque algunas cuestiones médicas me limitan en la cantidad que puedo tomar, eso no impide que esté siempre a la caza de nuevas cafeterías: artesanales, clásicas, modernas, no importa… lo importante es que tengan alma.

    Cuando me mudé a Florianópolis, en plena temporada de verano, la ciudad estaba invadida por turistas ansiosos por una pizza o algún plato con frutos de mar. Esa marea retrasó un poco mi descubrimiento de los sabores locales. Pero con paciencia y algunas buenas charlas, pude dar con lugares donde el café es protagonista.

    Café Cultura

    Este Café Bistró, con más de diez años de historia, acompaña el proceso del café desde la plantación hasta la taza. Su grano proviene de fincas seleccionadas en el sur de Minas Gerais y en la región de Alta Mogiana, dos zonas claves para el café arábigo brasileño.

    Café Cultura ofrece cuatro blends propios, cada uno con una personalidad única:

    • House Blend: Baja acidez cítrica, cuerpo redondo, dulzura de caña y un regusto persistente.

    • Moka / Peaberry: Cuerpo medio, baja acidez, notas achocolatadas y un toque de vainilla.

    • Café Orgánico: Acidez equilibrada, cuerpo acentuado, sabores de caramelo y frutos rojos.

    • Bourbon Amarelo: Acidez intensa de limón siciliano, cuerpo sedoso y notas de bergamota y azúcar mascabo.

    También podés encontrar los clásicos infaltables: Espresso, Latte, Macchiato, Moca y Capuccino, pero con un toque local. Algunas opciones bien brasileñas que descubrí:

    • Capuccino Brasileiro: espresso con leche, chocolate y canela.

    • Café Bombón: espresso con leche condensada.

    • Café Nutella: espresso, leche vaporizada, Nutella y nueces. (No apto para poco dulceros)

    Merienda CaféCultura

    Sucursales recomendadas:

    • Lagoa da Conceição: Rua Manoel Severino de Oliveira, 669 – Abierto todos los días de 9:00 a 00:30 hs.

    • Shopping Iguatemi: Av. Madre Benvenuta, Piso L2 – Lunes a sábados de 10:00 a 22:00 hs; domingos y feriados de 13:00 a 20:00 hs.

    • Espaço Primavera Garden: SC-401, Km 4 – Todos los días de 9:00 a 21:00 hs.

    Café François

    La historia de François comenzó en Italia, cruzó Francia, y aterrizó en Brasil de la mano de Benoit Cousin. En Florianópolis, este espacio mezcla café, boulangerie, pâtisserie, bar y vinos en un ambiente muy parisino… aunque siempre lleno de gente.

    Todo aquí se elabora en el momento, sin conservantes ni aditivos. El pan es hecho con fermento natural, los postres parecen salidos de una vitrina de película y el mostrador es un espectáculo de tentaciones.

    El café de la casa es Segafredo, una marca italiana con historia y prestigio mundial. El espresso es la estrella del menú, en sus versiones solo, cortado, descafeinado o gourmet (una selección premium).

    Mil Hojas

    🍰 Mis imperdibles: Mille-feuilles, Croissants, Tartelettes, y un Creme Brûlée que merece todos los suspiros.

    📍 Dirección: SC-401, 8600 – Corporate Park, Santo Antônio de Lisboa. 

    Bonus track

    Un proverbio etíope dice: «No le escapes al café». Y aunque todavía no encontré una cultura cafetera tan desarrollada como en otras ciudades de Brasil, estos rincones de Floripa hacen que la búsqueda valga cada sorbo.

  • Champs-Élysées: Entre Dior y la Revolución

    “Je m’baladais sur l’avenue, le cœur ouvert à l’inconnu… J’avais envie de dire bonjour à n’importe qui…”
    Ese es el comienzo de una canción que supo acompañarme muy bien durante mi paseo por una de las avenidas más famosas del mundo: los Campos Elíseos. Aux Champs-Élysées!

    Después de una extensa visita al Museo del Louvre, el día aún no había terminado. Nuestra próxima parada era el Arco del Triunfo, y nos separaban poco más de tres kilómetros y medio. Iniciamos la marcha con calma, decididas a disfrutar cada rincón.

    Del Louvre a la Plaza de la Concordia

    La Champs-Élysées tiene más de dos kilómetros de largo, y uno de sus primeros puntos de interés es el Jardín de las Tullerías. Paso a paso, nos fuimos adentrando en su belleza serena. A diario, decenas de personas descansan al sol, leen, toman vino entre amigos o se entregan a un rato de contemplación. Estatuas, espejos de agua y fuentes se intercalan con elegancia.

    Al llegar a la Plaza de la Concordia, el Obelisco de Luxor, con sus 23 metros de altura, se lleva todas las miradas. Donado por Egipto en 1829, está completamente cubierto por jeroglíficos de la época de Ramsés III.

    Pero este lugar también tiene un lado oscuro: fue aquí donde la guillotina ejecutó a figuras clave durante la Revolución Francesa, entre ellos Luis XVI y María Antonieta.

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    Marcas, historia y el Arco del Triunfo

    Dejando atrás el obelisco, empezamos a notar que la avenida se transforma: fachadas antiguas conviven con un despliegue de vidrieras de lujo (Chanel, Dior, Louis Vuitton, Cartier, Hugo Boss). Aunque algunos podrían considerar esta parte de la Champs-Élysées excesivamente turística, lo cierto es que ha sido testigo de momentos históricos clave, como el desfile de liberación de Francia en 1944.

    Ya cerca del Arco del Triunfo, aparece un detalle que muchos desconocen: no se puede cruzar la calle directamente. Para llegar al monumento hay que bajar por un pasaje subterráneo que conecta con la boletería y evita atravesar el tráfico denso.

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    Subir, sufrir… y maravillarse

    Lo que tampoco sabíamos era que nos esperaban casi 300 escalones hasta la cima. Luego de seis horas dentro del Louvre y más de una caminata intensa, la noticia no cayó con gracia… pero allá fuimos.

    La subida es estrecha, empinada y no hay mucho lugar para descansar. Pero la recompensa lo vale: París desde las alturas. Desde lo alto del Arco, se pueden ver la Torre Eiffel, el Arco de la Defensa, la Torre Montparnasse y la Basílica del Sagrado Corazón, todos perfectamente alineados con las avenidas radiales.
    Nos quedamos un buen rato ahí arriba, descansando, contemplando, tomando fotos…

    Final de jornada

    Desde lo alto del Arco del Triunfo, París se revela con todos sus contrastes: una ciudad que supo ser escenario de revoluciones y de resistencias, pero que hoy se rinde —al menos en los Campos Elíseos— al imperio de las marcas. Caminamos por una avenida donde las vidrieras relucen como templos del deseo y, sin embargo, bajo esas mismas baldosas, retumban historias de sangre, coraje y cambio. Tal vez el hechizo de París esté en eso: en convivir con elegancia su pasado feroz y su presente ostentoso, como si la memoria y el marketing no se contradijeran, sino que caminaran de la mano, al son de una canción vieja que todos, de alguna manera, seguimos tarareando.

  • Louvre: entre multitudes y memorias prestadas

    Siempre hay alguien que, en tono burlón (o no tanto), afirma que ciertos países van a dominar el mundo. Y debo reconocer que, por un momento, durante mi visita al Museo del Louvre, sentí que ese extraño presagio podía confirmarse, al ver cómo algunas salas se convertían en verdaderos escenarios de turismo masivo.

    Probablemente el Louvre sea uno de los museos más famosos del mundo. Quedamos pasmados por la gran superficie que abarca, y el esplendor que transmite no es algo que pueda pasarse por alto.

    El primer paso fue conseguir un mapa. Después de examinarlo, decidimos que sería útil alguna otra guía para no perdernos o dar vueltas en círculos. Dentro de las opciones disponibles, elegimos alquilar una audioguía gratuita, instalada en un dispositivo similar a un GPS. La guía propone diferentes rutas. Nosotros, visitantes primerizos, optamos por el recorrido que pasa por los principales íconos del arte. Así nos asegurábamos ver lo que todo el mundo (y todos los amigos que ya estuvieron allí) recomienda.

    La ruta nos llevó a La Victoria de Samotracia, la Gioconda de Da Vinci, la Venus de Milo, el Esclavo moribundo de Miguel Ángel, los Caballos de Marly de Coustou, los Aposentos de Napoleón III, el Escriba Sentado, La encajera de Vermeer, entre otras tantas piezas de renombre.

    El momento más caótico —y fotográficamente disputado— se dio frente a la Gioconda. La multitud apretujada, palos de selfie en alto, celulares titilando y mochilas chocándose eran parte del paisaje. Conseguir una buena vista se volvió una pequeña hazaña. Alejandro, que es más alto que yo, se abrió paso entre el gentío y conseguimos nuestra foto para luego escapar hacia uno de los balcones del museo. Entre el humo del cigarrillo y el aire fresco, nos reacomodamos el ánimo.

    Habiendo completado la primera ruta, nos dirigimos a una cafetería interna para disfrutar de un merecido café y debatir nuestros próximos pasos. La guía ofrecía otras tres o cuatro rutas, pero fuimos lo suficientemente honestos como para saber que el ritmo propuesto no sería exactamente el nuestro.

    Así que decidimos continuar por cuenta propia, aunque con cierta colaboración. Cada vez que ingresábamos a una sala, el GPS nos indicaba las obras «más relevantes» y ofrecía una breve contextualización histórica.

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    Uno de los sectores que más me impresionó fue el de los aposentos de Napoleón III. Qué increíble despliegue. Colores vibrantes, texturas, molduras talladas con una delicadeza envidiable… todo a nuestro alrededor era lujo e historia en su máxima expresión. Cerca de allí, una guía de un grupo en español relataba algunos «chismes» de época sobre María Antonieta. La tertulia parecía más bien una sobremesa, digna de un té de las cinco.

    Seguimos nuestro camino, ya algo cansados. Todo lo que nos habían dicho sobre la magnitud del Louvre era cierto: es gigantesco y parece no terminar nunca. Sala tras sala, se despliegan fragmentos de la historia de muchas civilizaciones.

    Y no puedo negar que más de una vez me pregunté por qué tantas piezas que pertenecen a la esencia de otras culturas están aquí, y no en sus respectivos lugares de origen. Es una reflexión que merece más voces, más matices y, probablemente, más coraje institucional.

    Una vez fuera del Louvre, nos sumamos a la clásica tradición: sacarnos una foto «tomando» con los dedos la punta de la pirámide. Parece que para facilitar la tarea, han colocado algunos cubos de cemento donde subirse. A veces una intenta esquivar los lugares comunes de un viaje, pero incluso cuando se resiste… termina cayendo. Y quizás, está bien así.

  • Inaugurando mis tres décadas en París

    “Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”…

    Y así mis sensaciones se van mezclando con las palabras contenidas en uno de los capítulos (21) del libro más hermoso de Cortázar.

    Cuando le di inicio a mis relatos sobre París, creo que se me escapó algún que otro detalle. Según el cronograma de viaje, nuestro domingo no sería un domingo cualquiera. Como buena previsora que soy, destiné el día no solo a conocer, sino también a esperar la puesta del sol en la Torre Eiffel. Y así, coronar el día en que se cumplen mis tres décadas de vida.

    Reconozco que tenía cierta expectativa ante la cita con uno de los íconos parisinos por excelencia. Al mismo tiempo, un leve temor me asaltaba: días atrás habíamos escuchado en los medios locales que la Torre había permanecido cerrada al público debido a protestas de sus empleados, quienes exigían mayores medidas de seguridad. Por el momento, solo se habilitaba el ingreso hasta el segundo nivel. Mi suerte estaba echada al azar.

    De camino al destino compramos agua para hidratarnos. El sol había decidido salir con más fuerza que los días anteriores. Cámara en mano, como casi todo el viaje, retraté cada detalle pintoresco de París: balcones, arreglos florales, fachadas de bares y casas, toldos coloridos y ventanas especiales. En mi vorágine fotográfica perdí un poco el sentido del tiempo y del espacio, y sin darme cuenta ya me encontraba a pocos metros de uno de los símbolos más visitados del mundo.

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    Ya en la base, una increíble mole de acero de más de 300 metros de altura se alzaba sobre nuestras cabezas. Personalmente creo que la imagen de la Torre, tal como la tenemos en la mente, comienza a volverse difusa al verla de cerca. Al mirar hacia arriba solo vemos hierros entrecruzados, que cautivan y generan curiosidad en sus admiradores.

    Reconozco que puede ser un poco perturbador el aluvión de personas que intentan acceder a la Torre, pero después de cuatro horas de fila conseguimos llegar a la boletería. Momento crucial: al comprar los ingresos le pregunté a la vendedora en qué situación se encontraba el ascenso. Para mi sorpresa, pocas horas antes habían autorizado el acceso a la cima. Mi sonrisa fue difícil de esconder.

    Cada uno de los niveles ofrece una vista distinta de París y desde lo alto, el espectáculo se traslada a la ciudad en sí. En su último nivel, la respiración se entrecorta un poco… pero tranquila, solo es de emoción. Las postales son infinitas: es posible ver el Arco del Triunfo, el Louvre, la torre de Montparnasse, la Catedral de Notre Dame o la Basílica del Sagrado Corazón, íconos que hacen a la esencia de la ciudad. El Sena parece nunca terminar, y las innumerables perspectivas pueden entretenerte más tiempo del imaginable. En el interior existe un gráfico que enumera uno a uno los monumentos más altos y característicos del mundo, claro que con el objetivo de situar a la Torre como una de las más imponentes.

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    El sol se despedía de un domingo maravilloso mientras disfrutábamos de un café en uno de los bares internos. Para cerrar un día lleno de matices, se encendieron las más de 20 mil luces que iluminan por completo a la Torre Eiffel.

    Decidimos que la vuelta al departamento sería caminando y me acompañaría un algodón de azúcar, como para seguir sumando regalos a mi cumpleaños número treinta. A medida que nos alejábamos se volvió imposible no tomar algunas fotografías más: la dama de hierro y la luna fundida en un cielo limpio pedían a gritos ser capturadas.

    Finalmente, vimos caer la noche mientras recorríamos el Boulevard Saint-Michel.

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  • Al supermercado en portugués: guía de supervivencia veggie

    Uno de mis primeros «choques culturales» al mudarme a Brasil fue ir al supermercado. Parece una cosa sencilla, parte de la rutina diaria, pero cuando los productos no se llaman igual ni lucen como lo que conocías, puede volverse todo un desafío.

    Mi alimentación incluye un 90% de vegetales y legumbres, y el 10% restante se lo lleva, esporádicamente, algún plato con pescado. Así que mi radar dentro del mercado se enfoca, sin dudas, en el sector de frutas y verduras.

    Este texto es un pequeño mapa de navegación sobre los productos que más dolores de cabeza me dieron al principio. No esperen un orden alfabético, esto va según el desconcierto que me generaron ☺

    Palta: En Brasil hay dos variedades similares. Una es el avocado (más pequeño y caro), y el otro es el abacate, que suele usarse en preparaciones dulces. En casa preferimos el primero, aunque duela al bolsillo.

    Limón: El limón amarillo que conocemos como «común» se llama Limão Siciliano y es bastante caro. El de uso doméstico y más accesible es el Limão Tahiti, verde y más pequeño.

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    Lechuga: Mi base de alimentación. Acá es alface y hay muchas variantes: americana, crespa, roxa, lisa…

    Papa: Este es un clásico enredos: la papa que conocemos en Argentina se llama batata, mientras que la batata es batata doce. Confuso, pero cierto.

    Remolacha: Se llama beterraba. Al menos su aspecto es reconocible.

    Calabacín: Lo más parecido es la abóbora paulista, aunque su color es más claro y el sabor difiere un poco. El universo abóbora es amplísimo.

    Sandía: Misma fruta, distinto nombre: melancia.

    Naranja: Casi igual: laranja. Mi favorita para jugo es la laranja bahia.

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    Banana: En mi ingenuidad, pensé que la banana era banana en todos lados. Pero no. En Brasil hay entre cuatro y seis tipos, todas distintas: figo, maçã, branca, caturra, da terra, ouro…

    Diccionario exprés de frutas y verduras:

    • Albahaca: Manjericão
    • Durazno: Pêssego
    • Puerro: Alho-poró
    • Perejil: Salsa
    • Apio: Aipo
    • Manzana: Maçã
    • Choclo: Milho
    • Zanahoria: Cenoura
    • Pimiento/Morrón: Pimentão
    • Berenjena: Berinjela
    • Menta: Hortelã
    • Ciruela: Ameixa
    • Coliflor: Couve-flor
    • Chauchas: Vagem macarrão
    • Melón: Melão
    • Ananá: Abacaxi
    • Huevo: Ovo
    • Pera: Pêra
    • Espinaca: Espinafre
    • Frutilla: Morango
    • Romero: Alecrim
    • Cilantro: Coentro
    • Cereza: Cereja
    • Higo: Figo
    • Arándanos: Mirtilo
    • Rabanito: Rabanete
    • Ajo: Alho
    • Berro: Agrião

    En un próximo artículo les voy a contar sobre productos que existen en Brasil pero no en Argentina. Algunos tienen sabores increíbles… y otros todavía no sé muy bien para qué vinieron al mundo.

  • Pensar la exposición como un concepto expandido

    Nota para Gala Visuales *

    La Fundación Cultural Badesc ubicada en la ciudad de Florianópolis, fue el espacio elegido para el desarrollo del Workshop sobre Curaduría Contemporánea, dictado justamente por una de las actuales curadoras de la Bienal del Mercosur, Ana Zavadil.

    La jornada comenzó con una cita interesante y significativa, como quien busca abrir camino para la entrada de otros protagonistas, “El arte no es hecho apenas por artistas” de Vera Zolberg. El contenido propondría una mirada sobre aquellos conceptos que envuelven al mundo de la curaduría y sus diversas realidades. Inevitablemente, el programa incluyó un encuadramiento histórico con el fin de construir una visión más analítica y crítica sobre la práctica en el circuito cultural.

    Duchamp decía que “el acto creativo no lo realiza sólo el artista; el espectador pone a la obra en contacto con el mundo exterior descifrando e interpretando su cualificación interna y así añade su contribución al acto creativo”. Pierre Bourdieu por otro lado, explicaba que la promoción del valor de la obra sería dada por un conjunto de agentes e instituciones.

    Según indica Zavadil, el curador no es necesariamente formado en arte y su tarea es la de crear y orientar contenidos para generar una estructura estética y así mediar entre destinatario y autor. Inicialmente su trabajo era un tanto incognito a cargo de la manutención de los acervos en galerías y museos. Pero ese escenario se vio modificado paulatinamente a fines de la década del 70 en conjunción con las necesidades del momento.

    Ana puso un fuerte foco en el desarrollo de aquellos textos ensayísticos que acompañan, y en parte definen, a las exposiciones hoy en día. Desde un punto de vista muy personal, acredita que los mismos se tornan valiosos documentos sobre el arte en cada ciudad, institución, período o movimiento artístico. Hizo referencia también al estudio de Brian O’DohertyInside the White Cube” en el cual se plantea que “los campos de fuerza perceptivos que existen dentro de la galería son tan potentes que, al salir de ella, el arte puede llegar a perder su carácter sagrado. Y, a la inversa, las cosas se convierten en arte cuando se hallan en un espacio en el que confluyen ideas potentes relativas a la creación artística”.

    Otro de los momentos de mayor especificidad de la jornada, se dio al intentar esclarecer que Crítico de Arte y Curador de Arte, no son lo mismo. En palabras de Ana, si bien la curaduría no es un acto neutro, la crítica juzga el trabajo del artista, el montaje, la selección de obras, etc.

    Aquí, en Brasil, se señalan algunos de estos nombres como los primeros críticos de arte: Mário Xavier de Andrade Pedrosa, Geraldo Ferraz, Sérgio Milliet, entre otros. Y a Frederico Morais como uno de los primeros en organizar una muestra desde el rol de curador. Dos de las exposiciones más recordadas se titularon “Objeto e Participação” y “Do Corpo à Terra” (Belo Horizonte, 1970).

    Con el pasar de los años el rol de curador sufrió algunos achaques debido a que en algunos casos, el interés económico superaba al cultural. Poco se ha escrito académicamente sobre la actividad de curador pero Ana rescata del artículo “O fardo da curadoría” de Olu Oguibe (artista, crítico y curador) cuatro ramas dentro de ella: Curador Burócrata, Curador Connaisseur, Curador Corredor Cultural y Curador Facilitador. Haciendo hincapié en la última de ellas, argumenta que en este caso el curador es un facilitador cuya contribución permite la realización y efectivización del proceso creativo como consecuencia de un vínculo genuino con la obra y el artista.

    Por otro parte se plantean ciertos aspectos críticos de una curaduría que naturalmente resultan interesantes disparadores ¿Cuál será su concepto crítico? ¿Cuáles serán los criterios para definir ese concepto? ¿Quiénes serán los artistas? ¿Cuáles serán las obras de esos artistas? ¿Dónde y cómo será realizada la muestra para lograr definir la museología? Para Ana Zavadil uno de los secretos está en conocer y visitar cada atelier, acompañar el proceso de creación de los artistas locales. Y más importante aún, pensar la exposición como un concepto expandido. Ir más allá de lo que resultaría obvio.

    La primera experiencia de Ana a gran escala, fue durante su gestión como curadora del MARGS (Museu de Arte do Rio Grande do Sul). Según comenta, el acervo del museo se encuentra completamente digitalizado, factor que acelero el proceso de producción. Así fue que detectó la existencia de al menos 1800 obras que remitían al concepto de Naturaleza Muerta, por lo que decidió trazar un paralelismo entre pasado y presente, entre piezas tradicionales versus obras contemporáneas. Todo este análisis trajo como resultado la muestra «A Bela Morte – Confrontos com a Natureza-Morta no Século XXI» que reunió a más de 100 obras y 90 artistas.

    Para finalizar la jornada Ana Zavadil instó a los asistentes a recorrer, junto a ella, la exposición colectiva “Paisagem Plural” con curaduría de ella misma. En la sala, dentro de la Fundación Cultural Badesc, se reúne lo mejor de la producción contemporánea de Rio Grande do Sul. El objetivo del paseo fue el de comentar y aclarar dudas sobre cada una de las decisiones que debió tomar para la construcción del espacio, la selección y el uso conceptual de las obras.

    Observaciones

    Ana Zavadil es “Mestre em Arte Contemporânea” por el Programa de Pos Graduación en Artes Visuales de la “Universidade Federal de Santa Maria-RS”, posee graduación en Artes Plásticas por la “Universidade Federal do Rio Grande do Sul” con habilitación en Pintura y en Historia, Teoría y Crítica de Arte. Actualmente es curadora del “Museu de Arte do Rio Grande do Sul Ado Malagoli (MARGS)” y fue parte del Comité de Acervo y Curaduría del mismo museo. De 2011 a 2013, fue integrante del Consejo Estadual de Cultura de Rio Grande do Sul.

    Tiene experiencia en el Área de Curaduría y Producción ejecutiva de exposiciones de arte, escribe textos críticos para el sitio http://www.babilonica.com, es Profesora del Curso de Pos Graduación en Artes Visuales: Diseño, Fotografía, Pintura y Grabado en la «Universidade de Caxias do Sul-RS», donde dicta la disciplina Introducción a la Curaduría.

  • Escalones, espejos y 1500 lámparas: crónica de una visita a Garnier

    El segundo día en París comenzó igual que el anterior: contemplando la vista matinal y haciendo una breve parada en una cafetería. El plan era visitar la Ópera de Garnier. Ya en la puerta, con ganas de conocer más sobre el lugar, decidimos alquilar la audioguía disponible en español (y en otras nueve lenguas).

    Para describir Garnier, tal vez la única palabra justa sea: despampanante. Muchos conocen solo su fachada, pero tomarse dos o tres horas para explorar su interior es una experiencia completamente distinta.

    Uno de los primeros datos que desconocía era que, antes de esta construcción, en el mismo sitio funcionaba la Ópera Montansier. Su demolición fue ordenada tras el asesinato del Duque de Berry a la salida de una función. Tras años de incertidumbre, se convocó a un concurso público para levantar un nuevo edificio. Entre más de 170 proyectos, y sin ser el favorito de la aristocracia, fue elegido el de Charles Garnier.

    Lo curioso es que Garnier no fue invitado formalmente a la inauguración de la Ópera que él mismo diseñó. Tuvo que pagar su propio palco para asistir.

    En esa época, a veces ni siquiera importaba el espectáculo en sí. Se vendían todas las localidades sin que el público supiera qué iba a ver. El edificio era, por sí mismo, el show.

    Hoy París cuenta con dos grandes óperas: Garnier y la Bastilla. Cuando se construyó esta última, se temió por el futuro de Garnier, pero finalmente se llegó a un acuerdo: en la Bastilla se presentarían los espectáculos de gran producción, mientras que en Garnier se reservarían los más intimistas, especialmente ballets y obras líricas.

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    Mientras recorríamos sus pasillos, uno no podía evitar dejarse llevar por la imaginación. Es inevitable pensar en aquellas representaciones teatrales fastuosas, en los vestuarios ostentosos, en la presencia de figuras históricas como Napoleón y, por supuesto, en el Fantasma de la Ópera.

    La audioguía reveló un detalle encantador: gran parte de los dorados de la Ópera están hechos con la técnica «dorado con efecto», que consiste en aplicar oro solo en las superficies donde la luz se refleja; el resto se pinta del mismo color.

    Es imposible no mirar hacia arriba. El techo de la gran escalera está decorado con cuatro composiciones alegóricas:

    • Norte: El triunfo de Apolo.
    • Este: Minerva combatiendo la fuerza bruta.
    • Sur: El encanto de la música.
    • Oeste: París recibiendo el plano de la nueva Ópera.

    En uno de los pasillos, escuchamos a una guía contar una anécdota deliciosa: cuando la esposa de Napoleón III visitó el lugar por primera vez, preguntó con desdén: “¿Qué estilo es este? Aquí no hay estilo”. A lo que Garnier respondió: “Señora, esto es estilo Napoleón III”.

    Las liras, símbolo de Apolo, dios de la música y de la luz, están por todas partes. Y hablando de luz, la Ópera tiene 1500 lámparas.

    Una de las mejores salas del mundo

    Llegamos finalmente a la sala de espectáculos, a la que casi no accedemos por un ensayo. A simple vista nadie imaginaría que está construida íntegramente en hierro, ya que todo está cubierto por terciopelo y oro. El corazón de la sala es una araña de bronce y cristal con 340 luces y siete toneladas de peso.

    Con Alejandro no parábamos de sacar fotos. Por momentos, perdía el hilo de la audioguía. Uno de los datos que alcancé a escuchar fue que el color rojo dominante se eligió porque reflejaba un tono rosado que realzaba el brillo y la juventud de los rostros femeninos.

    Justo cuando pensábamos que ya nada podía sorprendernos, giramos 180 grados y apareció el Gran Foyer. Mientras los visitantes sacaban millones de fotos, yo preferí quedarme quieta, observando. Alejandro salió al balcón, desde donde se escuchaba un concierto callejero.

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    El salón, largo y deslumbrante, está adornado con dos espejos enormes de 2,50 x 6,25 metros. Imposible no mirarse. Las pinturas del techo fueron obra de Paul Baudry, quien tardó nueve años en completar los 33 lienzos que cubren 500 metros cuadrados.

    Con el alma colmada de arte y música, nos fuimos no sin antes pasar por la tienda de souvenirs. Me llevé un DVD de María Callas y un sencillo lápiz. Una despedida perfecta para una experiencia inolvidable.