Durante mi estadía en París, hubo un pequeño desvío dentro de lo que sería una ruta tradicional por la ciudad. La profesión de mi compañero de viaje pedía una parada obligatoria: conocer uno de los íconos de la arquitectura moderna. Al parecer, todo aquel que se diga arquitecto tiene una especie de mandato no escrito de pasar por allí.
La Villa Savoye, también conocida como Les Heures Claires, se ubica en Poissy, un pequeño y apacible pueblo a orillas del Sena, en las afueras de París. Llegamos luego de un viaje de unos 45 minutos en tren.
Poissy es un lugar tranquilo y diminuto. Mi primera impresión fue de color verde. Árboles que se movían con el viento, canteros llenos de flores que no supe identificar, y enredaderas que cubrían por completo las fachadas, como si jugaran a esconderlas. Por puro desconocimiento, tomamos un taxi desde la estación hasta la Villa Savoye. En el regreso, la historia fue distinta: caminamos un poco por la ciudad y aprovechamos la red de colectivos locales.

Una casa en el aire
Un enorme parque rodea la Villa, funcionando como antesala perfecta de una construcción que forma parte del patrimonio histórico de Francia. Un grupo de niños —con sus maestras de jardín, supongo— jugaba al aire libre mientras disfrutaba de un picnic. Me generó una buena sensación ver que estos espacios, tan significativos para la historia, siguen siendo parte del día a día de la gente.
A simple vista, la casa parece flotar sobre el paisaje. Se apoya sobre pilares delgados que se pierden entre los árboles. Según los folletos informativos, la familia Savoye eligió al taller de Charles-Édouard Jeanneret, más conocido como Le Corbusier, luego de estudiar algunas de sus obras anteriores. Su estilo rompía con el academicismo arquitectónico de la época. Y eso, evidentemente, gustó.

Geometría, luz y aire
Construida entre 1928 y 1931, la casa fue concebida como residencia de fin de semana. Su apodo, “Caja en el aire”, da cuenta de una idea inquietante pero fascinante. Aunque mis conocimientos sobre arquitectura son básicos, hay algunos elementos que saltan a la vista. A Le Corbusier le gustaban las formas geométricas y la composición cúbica. Cada ambiente es amplio, funcional y bañado por una luz que se cuela desde todos los ángulos. El sol entra con fuerza durante el día, haciendo que cualquier rincón se convierta en un escenario ideal para jugar con la cámara.

Si tuviera que elegir tres cosas que más me llamaron la atención serían:
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La terraza-jardín, como un pulmón abierto en lo alto.
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La escalera caracol, que une los pisos de forma elegante.
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Y sus ventanas apaisadas, que recorren prácticamente todo el ancho de la casa y enmarcan el exterior como si fueran cuadros vivos.

Un pueblo que respira calma
Nuestra visita no duró más de una hora… aunque con alguien dispuesto a analizar cada detalle arquitectónico, el tiempo puede diluirse fácilmente. Sacamos una buena cantidad de fotos y seguimos nuestro paseo por Poissy.
La ciudad nos sorprendió con su serenidad. En el camino visitamos uno de sus monumentos más representativos: la Collégiale Notre-Dame, un emblema local que representa la transición entre el estilo románico y el gótico.

























