• Un día en Versalles

    Los días previos a un viaje se llenan de voces externas. Opiniones que llegan con entusiasmo, con ansiedad, con algo de urgencia: “No podés dejar de ir a tal lugar”, “Tenés que sacarte una foto allá”, “Incluiste tal punto, ¿no? Porque es imperdible”. Una coreografía de recomendaciones que puede abrumar, pero que a veces esconde pequeñas joyas.

    Paolo, uno de mis amigos más viajeros, fue de los primeros en enterarse de que visitaría París. Con dos vueltas a Europa encima, y una forma de viajar que a veces se parecía a la mía y otras no tanto, le di luz verde para que desplegara su habitual catarata de tips.

    Versalles fue su obsesión. Me dijo que no había forma de conocerlo en menos de un día. Dudé, claro. Pensé que quizás exageraba. Pero su entusiasmo me convenció: Versalles se llevaría un día entero de mi semana en París.

    Llegar

    Esa mañana me desperté con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Iba camino a uno de los patrimonios de la humanidad más deslumbrantes del mundo. Salimos del departamento, café en mano, y tomamos el RER —la línea C que conecta París con su periferia. El tren, decorado con imágenes del palacio, ya empezaba a contarnos algo. Eran solo treinta minutos, pero lo que se sentía era un pequeño viaje en el tiempo.

    Llegamos a la estación Versailles Château – Rive Gauche. Caminamos unos pasos y ahí estaba: imposible de abarcar en una sola mirada. Más de 800 hectáreas de jardines. Un palacio que parece expandirse con el horizonte. Una historia que se respira.

    Perderse en los jardines

    A pesar de ser temprano, la entrada ya estaba colmada. Por suerte teníamos nuestro París Pass y eso nos permitió evitar la fila. Un empleado se acercó y nos sugirió empezar por los jardines. Nunca había visto un parque así. Nunca me había sentido tan pequeña ante tanto verde ordenado con precisión obsesiva.

    Alquilamos un carrito eléctrico para poder recorrer más. Carísimo, sí. Pero necesario. La audio guía nos acompañó como una voz en off que entrelazaba datos, anécdotas y paisajes. Nos habló del Gran Canal, una Venecia en miniatura donde navegaban góndolas traídas especialmente para el capricho real. Del Gran Trianón, ese rincón más íntimo donde Luis XIV se refugiaba del protocolo, o del Petit Trianon, donde María Antonieta tejía su propio universo.

    Todo ahí era exceso y detalle, belleza planificada. La nobleza francesa no construyó solo un palacio, sino un teatro del poder. Y sin embargo, en medio de ese derroche, era fácil perderse en cosas simples: la sombra de un árbol, la geometría perfecta de los senderos, el silencio.

    Correr para llegar

    Cuando devolvimos el carrito, nos dimos cuenta de que nos quedaban apenas 35 minutos para ingresar al Palacio. Corrimos. Mucho. Me costaba respirar, pero no podía no intentarlo. Llegamos con lo justo, como si algo en mí supiera que esa puerta no podía cerrarse en mi cara.

    Y valió bastante la pena.

    La Galería de los Espejos

    El Palacio

    La Galería de los Espejos nos recibió como un sueño barroco. 578 espejos reflejando la luz de una época que quiso brillar para siempre. Los tapices, los techos pintados, los detalles. Todo parecía gritar que ahí había vivido alguien que creyó que el mundo giraba a su alrededor.

    Y sin embargo, entre el mármol y el oro, algo se abría también a nosotros, simples visitantes con zapatillas y cámara en mano. Versalles es, a su modo, una lección de historia, de arte, de poder… pero también de tiempo. De cómo el tiempo todo lo transforma.

    Regresar

    En el tren de regreso a París, agotada y feliz, pensaba en Paolo. En cómo, a veces, hacerle caso a un amigo puede cambiar el rumbo de un día. Y en cómo ese día termina grabado en la memoria como algo más que una excursión: como un paréntesis, un punto de inflexión, una postal que se vuelve refugio.

    Algunas informaciones útiles (actualizadas)

    • El Palacio cierra los lunes, los jardines abren todos los días a las 8am.

    • Los Jardines son gratuitos, salvo los días de espectáculos como las Grandes Aguas Musicales.

    • De noviembre a marzo, el primer domingo de cada mes la entrada al Palacio es gratuita.

    • Entran sin pagar estudiantes de la UE, menores de 18 años o quienes tienen París Pass / Museum Pass.

    • El tren RER línea C sale desde París y cuesta €6,70.

    • La visita completa requiere un día entero si se quiere disfrutar sin correr.

  • Gira cafetera | Episodio 4 en París: Gay Lussac Café, Columbus, Café Diane, Mollien, Deux Moulins y Beaubourg

    No sé bien qué es lo que me apasiona de las cafeterías. Tal vez es la suma de cosas: la infinidad de historias que pasan por sus mesas, las confesiones en voz baja, los brindis espontáneos, los duelos que se lloran frente a una taza, la hoja en blanco que espera en soledad… Quizás, también, sea una forma de conocer ciudades desde sus rincones más íntimos, los que no salen en las postales, pero guardan el pulso de lo cotidiano.

    Cuando llegamos a París, apenas dejamos las mochilas en el monoambiente que alquilamos en la Rue Royer-Collard, salimos sin rumbo en busca de un café. Y, como suele pasar con las mejores cosas, lo encontramos sin buscarlo: el Gay Lussac Café, a metros del Panteón. Adentro, un aire detenido, aroma a tabaco y amplias ventanas por donde la luz entraba tímida. Ahí entendí que el viaje había comenzado. Pedimos café con leche primero, cerveza después. La moza trajo un tazón de maní con cáscara. Y sonreímos.

    Columbus Café & Co

    Entre jardines y rituales cotidianos

    A la mañana siguiente nos detuvimos en Columbus Café & Co, una cadena francesa que se volvió habitual en esos días. Quedaba de paso rumbo a los Jardines de Luxemburgo, donde hacíamos nuestras primeras caminatas sin mapas. Probamos sus cafés (latte, macchiato, cappuccino) y nos rendimos ante sus muffins con chips de chocolate. París todavía era una promesa.

    Le Café Diane

    Un respiro entre el arte y el verde

    Después de recorrer el Museo de Orsay, decidimos esperar a un amigo en los Jardines de las Tullerías. El cuerpo pedía pausa. Nos sentamos en Le Café Diane, entre árboles, vino blanco y baguettes. El mozo intentó hablar en español y nos hizo sentir como en casa. Fue uno de esos momentos simples que no se olvidan: sentarse en una silla de metal, mirar a los demás pasar y sentir que no hay apuro.

    “Yo he medido mi vida en cucharitas de café.”
    —T.S. Eliot

    Café Mollien

    Arte y refugio dentro del Louvre

    En medio de la maratón de salas del Louvre, dimos con Café Mollien, a pasos de la Mona Lisa. Las columnas altas, los ventanales, la vista al Jardín Carrusel… Nos sentamos un rato largo. Allí el arte también se respira en el silencio, entre turistas que se detienen para bajar la guardia. No hay mucho más que decir: ver París desde adentro del Louvre, con una taza en la mano, fue algo especial.

    Café des Deux Moulins

    Un guiño a Amélie en Montmartre

    Subimos a Montmartre, con la Basílica del Sagrado Corazón esperándonos. Y después de las escaleras, decidimos ir al icónico Café des Deux Moulins, escenario de Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. El lugar conserva su magia, aunque se ha vuelto un imán turístico. Pedí un crème brûlée, por supuesto. No rompí la costra con la parte de atrás de la cucharita como lo hacía Amélie, pero no estuve tan lejos.

    En el baño, una especie de altar con recuerdos del film me arrancó una sonrisa. A veces, el cine deja huellas más profundas que un monumento.

    Café Beaubourg

    El último café (por ahora)

    Antes de despedirnos de París, visitamos el Centre Pompidou. Arte moderno, tienda de libros, y un cielo que parecía teñido de nostalgia. Enfrente, el Café Beaubourg fue nuestro último café. Esta vez lo cambiamos por una cerveza bien fría. Nos sentamos afuera, entre turistas y locales, sabiendo que nos íbamos, pero también que habíamos vivido algo que se queda.

    “Silbido, gorgoreo y goteo.
    Buenas cosas llegan a aquellos que esperan.
    Taza caliente de karma.”

    —Haiku del Café

  • Shakespeare and Company, un rincón que abriga a quienes escriben (y a quienes sueñan hacerlo)

    París tiene lugares que no se explican, se viven. Y entre todos ellos, hay uno que me dejó el corazón tibio: Shakespeare and Company. Esta librería no es solo una parada turística, es un refugio. Un lugar donde la historia literaria respira entre estanterías torcidas, alfombras gastadas y gatos dormidos.

    George Whitman, su fundador, supo desde el inicio que estaba construyendo algo más que un espacio para vender libros. Abrió las puertas a un universo compartido, donde los libros eran excusa y compañía, y los lectores, potenciales escritores. Hay quienes confunden a George con Walt Whitman —y quizás no sea tan desacertado—, porque ambos creyeron en el poder de las palabras para unir mundos.

    En esta casa verde y amarilla, habitar era también escribir. Muchos jóvenes poetas y narradores se quedaron a vivir entre sus muros a cambio de unas horas de trabajo en la librería. Se les pedía leer un libro al día, escribir una breve autobiografía y ayudar en lo que hiciera falta. Así, en esa mezcla de oficio y utopía, se fue tejiendo un hogar para la Generación Beat, y para tantos otros.

    No es casual que te pidan no tomar fotos en el interior. Tal vez no es solo por respeto al lugar, sino también porque hay espacios donde la magia no necesita pruebas. Y aun así, entre sus rincones polvorientos, cada quien registra a su manera: una frase apuntada en una libreta, el subrayado en una página, el suspiro frente a un verso que nos toca.

    Me senté en un sillón improvisado a partir de una cama, rodeada de libros que no sabía cómo elegir. Me dolía no poder llevarlos todos. Finalmente, me decidí por “The Diary of Frida Kahlo: An Intimate Self-Portrait” y un cuaderno con la imagen de la librería en la tapa. Siempre tengo la sensación de que los cuadernos nuevos guardan promesas, y ese parecía prometerme algo que aún no sé nombrar.

    Una de las paredes lleva escrita una frase de Yeats:

    “No seas hostil con los extraños, quizá sean ángeles disfrazados”.

    Y me hizo pensar en cuántas veces juzgamos, evitamos, esquivamos a personas que podrían ser simplemente eso: un regalo en tránsito.

    En un rincón, un gato blanco dormía como si tuviera siglos en el cuerpo. Y en ese gesto tan simple y tan manso, comprendí que hay lugares que no solo se recorren, se quedan con vos. Y las librerías suelen ser eso para mi.

    Volví a la calle con la sensación de haber visitado una parte de mí que estaba un poco olvidada. El amor por los libros, por los cuadernos, por las historias que aún no escribí. Me prometí volver. No sé cuándo, pero sé que volveré. Porque algunos espacios, como ciertos libros, no se terminan nunca.

  • Gira cafetera | Episodio 3 en Buenos Aires: Los Galgos y Bar La Poesía

    “Los Galgos”, un lugar perfecto para entender el sentir porteño

    Después de tres días recorriendo Buenos Aires en solitario, la dueña del departamento en el que me alojaba volvió de un viaje con aires mendocinos. Ponerse al día con una amiga a la que no ves hace dos años no es tarea sencilla, aunque el enmarañado de tópicos que fuimos capaces de desplegar en cinco minutos fue encantador.

    Creo haber mencionado alguna vez que soy fanática de las medialunas, sobre todo ahora que vivo en un país que no las produce (los domingos a la mañana me agarra la nostalgia solo de pensarlo). Y como el plan era sucumbir ante unas de manteca o con dulce de leche, salimos rumbo al bar de una amiga de mi amiga: Los Galgos.

    A pocos metros de Callao y Corrientes, en plena ciudad de Buenos Aires, un señor de camisa negra nos abrió la puerta de lo que podría haber sido una máquina del tiempo. Sus paredes, celosas de tantos secretos, parecen custodiar no solo las historias de personalidades como Discépolo, Troilo o Frondizi, sino también algo del ADN porteño.

    Para mi desilusión, las medialunas se habían agotado. Sin desanimarme, pedí un alfajor de maicena con dulce de leche, y aquella ausencia se convirtió en la excusa perfecta para volver.

    Los paneles de madera que revisten las paredes nos hacían sentir como en los años 30. El gesto de sus actuales dueños de conservar esa estética clásica, a pesar del modernismo reinante, y de rendirle culto a los aperitivos como el vermú, le da aún más valor.

    Me llamó la atención cómo ninguna mesa quedaba vacía por más de dos minutos. Entra y sale gente con criterio cinematográfico. Es cierto que hay barullo, pero del bueno: amigos conversando, señores que hojean el diario, sillas de madera que resuenan en el piso, cucharas que giran en el café, sifones que apuntan directo a los vasos del aperitivo de estación.

    Durante mi estadía en Buenos Aires, volví tres veces a Los Galgos. La última fue para acompañar la inauguración de su planta alta, donde un oscuro piano y una enorme biblioteca de madera con libros de arte dan la bienvenida. A la luz de una vela, con una cerveza tirada bien fría, hablamos sobre futuros viajes mientras observábamos desde la ventana el movimiento del fin de una jornada porteña más.

    En San Telmo hay una esquina que huele a poesía

    La llegada fue una casualidad planeada. Salimos desde Congreso rumbo al estudio-taller-imprenta que una amiga de mi amiga montó hace casi siete años. Después de conocer el trabajo extraordinario que hacen en Papel Principal, y de almorzar con ellas, caímos en cuenta de que el Bar La Poesía quedaba a poquísimos metros.

    Este lugar abrió sus puertas en 1982 de la mano del poeta Rubén Derlis, nacido en Entre Ríos en 1938, radicado en Buenos Aires desde 1941 y parte de la llamada Generación del Sesenta. Apenas se cruza la puerta parece un bar pequeño, pero basta atravesar un pasillo para entender que es mucho más grande.

    En sus paredes, poemas, textos sueltos, cartas y frases se camuflan como parte de la decoración. San Telmo, durante los años ochenta, fue el barrio elegido por muchos bohemios porteños. Y no tengo dudas de que La Poesía albergó a cientos de ellos, a sus ideas… y a sus palabras.

  • Gira cafetera | Episodio 2 en Buenos Aires: Los 36 Billares

    Mi paseo por Buenos Aires tuvo un poco de todo: visitas guiadas, eventos culturales, noches con amigos (y amigos de mis amigos), caminatas sin destino, tardes de librerías en Calle Corrientes… pero, por encima de todo, hubo aroma a café.

    Hace un tiempo leí en un paquete de café que los olores despiertan sensaciones difíciles de explicar. Y con el café, eso me pasa siempre: me pone de buen humor, automáticamente. En la capital argentina sobran rincones para disfrutar de esta bebida, aunque —confieso— alguna que otra vez terminé cayendo en un Starbucks. Pero mi foco estaba puesto en otra cosa: sumergirme en esa idea tan porteña que encontré de casualidad, «los bares notables».

    Cuando lo comenté con una persona muy cercana, me dijo que la palabra notable le molesta tanto como casero. Y es verdad que, a veces, ciertos adjetivos se agotan de tanto usarlos. La publicidad suele exprimirlos hasta dejarlos sin alma, volviendo a los productos un tanto pretenciosos o demasiado “in”.

    Pero… ¿qué tiene de notable un bar notable?

    Hoy, hay 84 bares reconocidos oficialmente en la ciudad. Fueron elegidos por su aporte a la cultura popular y muchos de ellos fueron declarados Patrimonio Histórico de Buenos Aires. Son bares que, de alguna manera, construyen identidad. A mí me alcanzó con entrar a uno para entender por qué.

    Seis razones para visitar “Los 36 Billares”

    Este bar fue fundado en 1894 (sí, hace más de un siglo) y está en plena Avenida de Mayo. Lo descubrí por accidente, durante mi primera tarde en la ciudad, cuando una tormenta me sorprendió sin piedad. Mientras los titulares de TN anunciaban “diluvio en la ciudad”, yo me refugiaba en una mesa frente a la ventana, con mi mini paraguas azul en una mano y mi libreta en la otra.

    El mozo me dejó instalarme tranquila y vino con la carta. No pasó mucho tiempo hasta que ambos sabíamos el pedido de memoria: dos porciones de pizza con fainá y un exprimido de naranja.

    Desde esa ventana presencié una escena de ciudad coreografiada por la lluvia: gente corriendo con diarios sobre la cabeza, pilotos plásticos recién comprados, paraguas rotos en combate, autos detenidos en doble fila para dejar a alguien en la vereda. Y los que, como yo, buscaban un techo con historia.

    Mientras esperaba, me puse a hojear el menú, mirar detalles, anotar cosas. Y encontré varias perlitas:

    1. No cobran servicio de mesa. Puede parecer menor, pero si vivís en otro país, como yo, donde eso ya viene incluido, lo agradecés el doble.

    2. El menú está en braille, además de estar en español, inglés y portugués. Detalles que suman. Que incluyen.

    3. La bebida más barata de la carta es el sifón de soda. Sifón. No vaso, no botella. Sifón. Argentina.

    4. Una de las meriendas lleva el nombre de Federico García Lorca, quien solía frecuentar el bar. Es abundante, ideal para compartir, y cuesta $230.

    5. Es considerado el centro de billar más importante del país, y también tiene mesas de pool y snooker. Una de ellas tiene 120 años.

    6. Producen pan dulce todo el año. Mi abuelo estaría feliz con este dato. Y yo también.

  • Libros que llegan en el momento justo

    Pasé dos meses en Argentina. Estuve en Córdoba, en Buenos Aires. Se podría decir que fui turista en mi propio país.

    La semana pasada volví a mi hogar brasilero, aunque no lo hice sola. Entre los objetos que me acompañaron de regreso, hubo uno en particular que llegó con insistencia. Me lo recomendó una gran amiga y, como suele pasar con esos libros que se nos imponen sin presión, terminé haciéndole caso.

    El autor es Stephen Nachmanovitch y la obra se llama Free Play: la improvisación en el arte y en la vida.
    Como después de todo viaje, necesité unos días para acomodarme. Recién el lunes logré posar los ojos sobre sus páginas. Cada párrafo pide una pausa. No porque sea complejo, sino porque es revelador. Es de esos libros que te invitan a parar, a pensar, a subrayar. Y me di cuenta de que esta lectura va a llevarme un poco más de lo habitual. Cuestión que, por cierto, no me incomoda para nada.

    En uno de los primeros capítulos, habla sobre la inspiración y el fluir del tiempo. Invita a hacer sin preocuparse tanto por el tiempo. A dejarse llevar. A improvisar.

    Comparto un fragmento que me quedó rebotando adentro:

    “Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno.Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”

    No sé si me trajo alivio o ganas de seguir viajando. Tal vez un poco de las dos cosas.

  • Un paseo por Ribeirão da Ilha: calma, historia y sabor

    A solo 36 kilómetros del centro de Florianópolis, uno de los puntos turísticos más concurridos de Santa Catarina, se encuentra un pedacito vivo de la historia de Brasil. Fundado en 1760, Ribeirão conserva hasta hoy la arquitectura colonial más antigua y original de la isla.

    Entre los siglos XVI y XVIII, el litoral catarinense fue ocupado por los portugueses. Aunque hubo disputas territoriales con los españoles, el gobierno de Portugal decidió poblar la región con ciudadanos provenientes de las Islas Azores y Madeira para reforzar su dominio.

    Las Azores, un archipiélago de nueve islas portuguesas en pleno Atlántico, están situadas sobre el mismo paralelo que Lisboa. Madeira, también de origen portugués, se ubica a unos 750 kilómetros. La herencia cultural de estas migraciones no solo se ve en la arquitectura, sino también en otras costumbres como el cultivo de ostras, la renda de bilro y las fiestas tradicionales.

    Caminar por Ribeirão da Ilha —sobre todo bien temprano o en la hora de la siesta— es viajar en el tiempo. Las calles, calmas y poco transitadas en comparación con otras zonas de Florianópolis, están bordeadas por fachadas de colores vibrantes, locales con estética antigua, veredas casi inexistentes y rincones que parecen ajenos al paso del tiempo.

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    ¿Qué visitar?

    La ruta de visitas arquitectónicas es breve, pero suficiente para entender el pulso de la zona. Tres construcciones están abiertas al público:

    • Igreja de Nossa Senhora da Lapa do Ribeirão da Ilha, de inspiración barroca, construida entre 1763 y 1806.

    • Capilla del Divino Espíritu Santo.

    • Ecomuseu do Ribeirão da Ilha, creado en 1971, que cuenta la historia de las actividades rurales de los azorianos (con visitas solo con agendamiento previo).

    ¿Qué comer?

    Ribeirão da Ilha se destaca por ser el mayor productor de ostras de Brasil. El cultivo está en manos de quienes viven en la región, y al alejarse un poco de la zona céntrica, se pueden ver casas dedicadas a la reparación de redes o a la construcción de herramientas para la maricultura.

    Esa combinación de producción local y herencia portuguesa crea un escenario ideal para probar sabores auténticos. Dos lugares se roban todas las miradas (y el apetito):

    Restaurante “Ostradamus”

    Como su nombre lo indica, las ostras son la especialidad de la casa, aunque el menú también incluye otros frutos de mar. Fundado en 1997, el ambiente recrea el interior de una embarcación, con detalles marinos y una carta tan generosa como sabrosa.

    Mi recomendación: pedir la docena de ostras en cualquiera de sus formas (gratinadas, al natural, al vapor). La porción rinde, el precio acompaña, y el sabor no falla. Mientras esperás, llega a la mesa un pan de almendras con aceto balsámico que, sinceramente, es una entrada en sí misma.

    📍 Martes a sábados hasta las 23 hs, domingos hasta las 17 hs.
    💰 Docena de ostras: R$40 | Cerveza: R$12
    💡 Pro tip: andá antes del atardecer. El restaurante tiene un pequeño muelle vidriado con una vista increíble al sol cayendo sobre el agua.

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    Café “Tens Tempo”

    Ideal para fanáticos de lo dulce, este café funciona en una antigua casa azoriana y ofrece productos típicos de Portugal como el Pastel de Nata, la Almohada de Periquita (crema de huevos con almendras), las Almohadillas de Coímbra(crema de huevos con nueces) y el Dulce de Santa Clara.
    Además, hay vinos, jaleas, chocolates, suvenires y una sensación de estar en casa.

    📍 Martes a sábados de 12 a 20 hs | Domingos hasta las 17 hs
    💰 Café expreso: R$5 | Pastel de Nata: R$8

    Foto por aquí, foto por allá

    Si estás de vacaciones en Florianópolis, este paseo no te tomará más de un día. Pero sí te dejará postales distintas: con tonos pastel, historia en cada esquina y una calma que se siente en los hombros. Ribeirão da Ilha combina naturaleza, gastronomía y arquitectura de época en dosis perfectas.

    Un respiro del mar. Un salto en el tiempo. Un lugar que vale la pena conocer.

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  • Un día fuera de París: Villa Savoye y otros hallazgos

    Durante mi estadía en París, hubo un pequeño desvío dentro de lo que sería una ruta tradicional por la ciudad. La profesión de mi compañero de viaje pedía una parada obligatoria: conocer uno de los íconos de la arquitectura moderna. Al parecer, todo aquel que se diga arquitecto tiene una especie de mandato no escrito de pasar por allí.

    La Villa Savoye, también conocida como Les Heures Claires, se ubica en Poissy, un pequeño y apacible pueblo a orillas del Sena, en las afueras de París. Llegamos luego de un viaje de unos 45 minutos en tren.

    Poissy es un lugar tranquilo y diminuto. Mi primera impresión fue de color verde. Árboles que se movían con el viento, canteros llenos de flores que no supe identificar, y enredaderas que cubrían por completo las fachadas, como si jugaran a esconderlas. Por puro desconocimiento, tomamos un taxi desde la estación hasta la Villa Savoye. En el regreso, la historia fue distinta: caminamos un poco por la ciudad y aprovechamos la red de colectivos locales.

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    Calles de Poissy – Francia

    Una casa en el aire

    Un enorme parque rodea la Villa, funcionando como antesala perfecta de una construcción que forma parte del patrimonio histórico de Francia. Un grupo de niños —con sus maestras de jardín, supongo— jugaba al aire libre mientras disfrutaba de un picnic. Me generó una buena sensación ver que estos espacios, tan significativos para la historia, siguen siendo parte del día a día de la gente.

    A simple vista, la casa parece flotar sobre el paisaje. Se apoya sobre pilares delgados que se pierden entre los árboles. Según los folletos informativos, la familia Savoye eligió al taller de Charles-Édouard Jeanneret, más conocido como Le Corbusier, luego de estudiar algunas de sus obras anteriores. Su estilo rompía con el academicismo arquitectónico de la época. Y eso, evidentemente, gustó.

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    Vista completa de la construcción

    Geometría, luz y aire

    Construida entre 1928 y 1931, la casa fue concebida como residencia de fin de semana. Su apodo, “Caja en el aire”, da cuenta de una idea inquietante pero fascinante. Aunque mis conocimientos sobre arquitectura son básicos, hay algunos elementos que saltan a la vista. A Le Corbusier le gustaban las formas geométricas y la composición cúbica. Cada ambiente es amplio, funcional y bañado por una luz que se cuela desde todos los ángulos. El sol entra con fuerza durante el día, haciendo que cualquier rincón se convierta en un escenario ideal para jugar con la cámara.

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    Frente de la construcción

    Si tuviera que elegir tres cosas que más me llamaron la atención serían:

    1. La terraza-jardín, como un pulmón abierto en lo alto.

    2. La escalera caracol, que une los pisos de forma elegante.

    3. Y sus ventanas apaisadas, que recorren prácticamente todo el ancho de la casa y enmarcan el exterior como si fueran cuadros vivos.

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    Escalera caracol

    Un pueblo que respira calma

    Nuestra visita no duró más de una hora… aunque con alguien dispuesto a analizar cada detalle arquitectónico, el tiempo puede diluirse fácilmente. Sacamos una buena cantidad de fotos y seguimos nuestro paseo por Poissy.

    La ciudad nos sorprendió con su serenidad. En el camino visitamos uno de sus monumentos más representativos: la Collégiale Notre-Dame, un emblema local que representa la transición entre el estilo románico y el gótico.

    Collégiale Notre-Dame | Calles de Poissy
    Collégiale Notre-Dame | Calles de Poissy
  • El Cerro de los Siete Colores: La leyenda que tiñó la montaña

    En el corazón de un pueblo mágico llamado Purmamarca, una montaña se alza con la elegancia de una flor recién abierta. El Cerro de los Siete Colores, con sus tonalidades cálidas y onduladas, podría formar parte de la paleta de un pintor rococó: matices suaves, caprichosos, que parecen haber sido puestos allí a mano, uno por uno.

    Se suele decir que lo que importa no es el destino, sino el camino que se recorre para llegar. Pero en este caso, basta con contemplar para que esa frase pierda peso. Purmamarca tiene una de las cartas de presentación más hermosas de toda la Argentina.

    Las explicaciones científicas sobre la formación de este paisaje existen y son tan fascinantes como complejas, pero los relatos que circulan entre los pobladores son infinitamente más poéticos.

    Cuenta la leyenda que, mucho tiempo atrás —cuando aún no existía el pueblo al pie del cerro—, este no tenía los colores que hoy lo distinguen. Cuando llegaron las primeras familias, un grupo de niños decidió que pintaría el cerro. Durante siete noches seguidas se ausentaron de sus camas y, con cada nuevo amanecer, los adultos quedaban asombrados: el cerro amanecía teñido de un nuevo color. En la séptima noche, los mayores decidieron despertarse antes del alba para entender qué estaba ocurriendo. Al buscar a los niños, los encontraron descendiendo alegres por la colina, orgullosos por lo logrado y por la experiencia vivida. Desde entonces, el cerro se muestra así, vestido de fiesta, como quien sabe que ha sido tocado por algo sagrado.

    La Pachamama guarda más poesía de la que podemos imaginar. ¿Quién diría que tanta aridez podría ofrecer tanta belleza? Viajé en verano, y al pasar las horas el sol jugaba a esconderse entre los cerros, tiñendo de dorado los tejados de las casitas que duermen a los pies de la montaña.

    Una tarde, mientras caminaba, una señora que vendía tutucas me regaló un papel diminuto, escrito a mano. Era un fragmento del cancionero popular jujeño que decía:

    “Algún día me han de ver, gozando la mejor flor, brillante como la luna, claro como alumbra el sol.”

    No sé si existe un significado más profundo en esas líneas, una verdad local que se me escapa. Pero algo en mí se quedó con esa imagen: el Cerro de los Siete Colores viste su mejor flor, todos los días.

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  • Proyecto TAMAR: «De cada mil tortugas nacidas, solo una o dos alcanzan la madurez»

    Desde 2005, la ciudad de Florianópolis alberga la base número 22 del Proyecto TAMAR, una red de centros distribuidos por la costa brasileña que tiene como misión conservar y proteger las cinco especies de tortugas marinas que habitan este territorio.

    Durante mi visita, aprendí que hay cinco amenazas principales para la supervivencia de estas especies, todas provocadas por la intervención humana. Estas son, en orden de gravedad:

    1. La pesca y la caza.

    2. El desarrollo costero.

    3. El calentamiento global.

    4. La contaminación y las enfermedades.

    5. El consumo y uso directo.

    Ubicado en la región sur de la isla, más precisamente en Barra da Lagoa, el centro cuenta con cinco tanques de agua salada conectados directamente al mar, donde se recuperan ejemplares heridos o enfermos. Una vez rehabilitadas, las tortugas son devueltas a su hábitat natural por biólogos especializados.

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    Un espacio para aprender y sensibilizar

    La observación de las tortugas en recuperación es la actividad más esperada por quienes visitan el parque. Se trata de un lugar ideal para el aprendizaje, especialmente para los más pequeños. Hay videos educativos, talleres de dibujo, escenografías para sacarse fotos y paneles interactivos que explican cómo viven, qué comen y qué rol cumplen en el ecosistema marino.

    Aunque las cinco especies de tortugas que habitan en Brasil están representadas en la muestra, durante mi visita estaban presentes estas tres:

    • Tortuga Carey (Eretmochelys imbricata): críticamente amenazada a nivel mundial.

    • Tortuga Boba (Caretta caretta): en peligro de extinción.

    • Tortuga Olivácea (Lepidochelys olivacea): vulnerable.

    También aprendí sobre la Tortuga Laúd y la Tortuga Verde, ambas igualmente en riesgo, tanto en Brasil como en el resto del mundo.

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    Imagen Oficial | Facebook Proyecto TAMAR

    Guardianas del mar

    Las tortugas marinas son ingenieras del ecosistema: su actividad impacta directamente en la salud de los arrecifes de coral, los bancos de algas y los fondos arenosos del océano. Son esenciales para el equilibrio de la vida submarina. Y aunque resulta triste verlas en cautiverio, los voluntarios del Proyecto TAMAR se sienten profundamente orgullosos de su trabajo: cada liberación al mar es una victoria.

    Visitas con sentido

    Durante el año, el centro recibe un promedio de 400 personas por día. En temporada alta, ese número asciende a 1.900. Si cada visitante se retira entendiendo el daño que causamos a diario —y lo urgente que es cambiar—, entonces este esfuerzo colectivo habrá valido la pena.

    En toda la isla hay señalizaciones que promueven la visita al Proyecto TAMAR. Si pensás ir en temporada alta, tené paciencia: el lugar suele estar repleto. Al final del recorrido podés pasar por la tienda y llevarte un recuerdo con causa.

    Información útil

    📍 Dirección: Rua Professor Ademir Francisco s/n, Barra da Lagoa
    🕒 Horario: Todos los días (feriados incluidos) del 22/02 al 20/12 – de 9:30 a 17:30 hs
    🎟️ Entradas:

    • General: R$ 12,00

    • Media entrada: R$ 6,00 (niños hasta 12 años, estudiantes y personas mayores de 60)