El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Floripa más allá de la playa

    Algunas formas de conocer la isla cuando el sol no pica (o cuando simplemente no querés arena entre los dedos).

    Florianópolis es sinónimo de playa para la mayoría. Y no los culpo. Las playas son hermosas, extensas, salvajes, algunas casi secretas. Pero después de vivir ahí por un tiempo, entendí algo: la isla no termina donde empieza el mar.

    Hay otras formas de habitarla. Otros recorridos posibles, con los pies en el asfalto, la cabeza en las historias y los ojos bien abiertos.

    Estas son algunas de las rutas que me regalaron otras Floripas. La de las calles antiguas, la de los barrios con olor a cocina, la de los barcos piratas, la de los árboles centenarios.

    ✦ Caminar el centro con historias en la mochila

    Una de las cosas que más disfruté fue el Free Walking Tour por el Centro Histórico, organizado por Guia Manezinho. No es un tour para turistas internacionales, está en portugués y pensado para los locales.
    Eso ya te da una pista: no es una postal, es una conversación.

    Durante dos horas caminás por calles que ya pisaron otros hace siglos. Te cuentan sobre el origen de la ciudad, la Catedral que fue iglesia, la Casa de Cámara que fue prisión. Y te sorprende pensar que la Plaza 15 de Noviembre alguna vez tuvo horario de entrada y salida.

    El guía, Rodrigo Stüpp, mezcla datos con anécdotas, y te deja con ganas de seguir investigando. Al final te manda por mail parte del material trabajado. (¿Quién no ama un tour con bibliografía?)

    • Guia Manezinho ofrece otros recorridos como: Las Brujas de Franklin Cascaes, Coqueiros Histórico y San Antonio de Lisboa: Tour del Sol Poniente.

    ✦ Barcos piratas y fortalezas coloniales

    Un día, caminando por la costanera, vi un cartel que prometía paseos en barco. Y me acordé de las fortalezas coloniales que había leído que solo se podían visitar por mar.  Así conocí Scuna Sul, una empresa que hace este tipo de recorridos desde 1983.

    El tour se llama Dia da Fantasia, y lo es. Subís a un barco con estética pirata, cruzás el puente Hercílio Luz, pasás por islas con nombres que parecen salidos de una leyenda (Ratones Grande, Anhatomirim), y visitás fortalezas del siglo XVIII que todavía resisten al viento y al olvido.

    También pasás por la Bahía de los Delfines, una zona protegida, donde a veces —si el día se presta— se ven a lo lejos las aletas jugando.

    ✦ Floripa sobre ruedas (y con techo descubierto)

    Si sos de quienes prefieren recorrer sin caminar tanto, o querés ver toda la isla sin preocuparte por el GPS, hay otra opción: los recorridos de Floripa by Bus.
    Los ómnibus turísticos sin techo te llevan por distintas zonas, con relatos y paradas previstas.

    Estos son los tres recorridos que probé o me recomendaron más:

    1. Todo el Sur

    Una joya. Te lleva por la parte menos turística, más silvestre y preservada. Playas como Matadeiro, Pântano do Sul o Ribeirão da Ilha que todavía guardan el ritmo de antes. Sale los domingos, dura medio día, y si te gusta la historia colonial y los paisajes más tranquilos, es un gol.

    2. Toda la Isla

    Este es el tour para quien quiere tener una vista panorámica y rápida de todo. Pasás por la mayoría de las playas importantes: Joaquina, Mole, Ingleses, Canasvieiras, Jurerê, entre otras. También por el centro histórico, la Laguna da Conceição, y algunos parques. Ideal si estás poco tiempo o querés armar tu propio itinerario después.

    3. Luces de la Ciudad

    Este paseo ocurre al atardecer. Y si hay algo que me encanta, es ver cómo una ciudad se va encendiendo.
    Pasás por la zona continental, el Puente Hercílio Luz, el barrio Coqueiros con su ruta gastronómica, y el centro histórico ya iluminado. Todo termina bajo una higuera centenaria, que parece una especie de guardiana silenciosa de la ciudad.

    Floripa también se camina, se navega y se cuenta. A veces, cuando vivís en un lugar con playa, necesitás descansar de la playa. Y ahí aparecen estas otras formas de mirar. Caminás, subís a un bus, te subís a un barco, escuchás historias. Y de pronto entendés que viajar también es hacer espacio para lo inesperado. Para lo que no estaba en el plan. Para lo que no se moja.

  • Lo que me habría gustado que me dijeran antes de viajar por Europa (y algo que solo descubrí después)

    Si estás leyendo esto, capaz estás por viajar a Europa. Capaz ya sacaste el pasaje. Capaz no. Capaz estás solo dejando que la idea crezca. Como semilla. Como deseo postergado. Como escape. O como inicio.

    Yo también estuve ahí. Con la cabeza llena de mapas, las ganas multiplicadas por mil, y una lista imposible de ciudades que quería ver. Y un miedo tonto a que me faltara algo. A que lo estuviera haciendo mal. A no entender cómo se viajaba sola. A no saber con qué me iba a encontrar.

    Por eso escribo esto. No como una lista definitiva de cosas que hacer, sino como una carta. Una carta con consejos que me habría gustado recibir. Y con algunas certezas que solo se encuentran cuando una ya está en camino.

    ¿Cuándo viajar?

    Si podés elegir, viajá en primavera u otoño. No solo porque hace menos calor o hay menos turistas. Viajá en esas estaciones porque las ciudades respiran distinto. Porque la luz cambia. Porque los ritmos son otros. Porque todo florece o todo se apaga, y vos también podés mimetizarte con eso.

    ¿Cuánto tiempo quedarte?

    Te lo digo sin vueltas: menos es más. No quieras ver diez ciudades en diez días. Vas a pasar más tiempo en traslados que en plazas. Más tiempo corriendo que caminando. Si tenés 15 días, elegí 3 lugares. Como mucho. Quedate. Explorá. Repetí calles. Tomá café en el mismo bar dos veces. Y mirá qué pasa. La magia está ahí.

    ¿Cómo elegir las ciudades?

    Hacete una lista. Anotá todo lo que soñás conocer. Después poneles números. El 1 para los imprescindibles. El 2 para los que podrían esperar. El 3 para los que, bueno, quizás algún día. Y cuando tengas eso, abrí Google Maps. Ahí se vuelve real. Vas a ver las distancias. Y vas a poder trazar una ruta con sentido.

    ¿Cómo llegar a Europa sin perder la paciencia?

    Buscar pasajes puede ser un arte o un calvario. Hay apps, alertas, descuentos. Pero sobre todo hay paciencia. Si podés, comprá con tiempo. Y evitá julio, agosto, fin de año. En lo posible, volá martes o miércoles. Si tenés la suerte de viajar en otoño europeo, vas a encontrar precios y colores que te cambian el humor.

    Armar el itinerario sin morir en el intento

    Hacelo como quieras: en Excel, en papel, en servilletas (o no lo hagas). Anotá qué querés ver. Averiguá días de cierre, entradas gratis, descuentos para estudiantes, feriados. Y no subestimes las filas. A veces una hora de espera arruina el mejor plan.

    Consejo extra: armá los días según zonas. Si dos lugares están cerca, visitalos juntos. No te enamores del plan perfecto. Enamorate de lo que te sorprenda en el medio.

    Cómo moverse (sin gastar todo en trenes o taxis)

    Los trenes son hermosos. Cómodos. Rápidos. Y, a veces, caros. Si vas a moverte mucho, fijate en el EURAIL PASS. Las aerolíneas low cost son una opción, pero ojo con el equipaje. Lo que no pesa en el cuerpo, pesa en el bolsillo.

    Dentro de las ciudades, usá el metro, las bicis, o tus pies. En ciudades como París o Berlín, cada estación es una historia. Y andar a pie sigue siendo mi forma preferida de conocer.

    ¿Dónde dormir?

    Depende del viaje. Del presupuesto. Y de cómo te guste vivir el día. Hay hostels cómodos, hoteles baratos, Airbnb con encanto. Yo una vez alquilé un monoambiente frente a los Jardines de Luxemburgo por HomeAway. Tenía una ventana con vista a los tejados y ahí entendí que a veces el lujo es solo eso: una ventana que te hace sentir en casa.

    ¿Qué llevar?

    Llevá poco. En serio. Viajá liviana. Una mochila para los días, una valija que puedas subir vos sola a un tren. Y dejá espacio para traer algo más que cosas: postales, libretas, panfletos, historias.

    Cosas que a veces nadie te dice

    Te pueden pedir la reserva de hotel al entrar. O el seguro médico. O mostrar que tenés un pasaje de regreso. A veces no piden nada, pero mejor ir preparada.

    Descargá los mapas de Google para usarlos offline. Llevá una copia digital de tus documentos. Comprá un chip local si vas a estar varios días. Aprendé a decir gracias en todos los idiomas que puedas. Eso abre más puertas que cualquier clave de WiFi.

    El verdadero viaje empieza cuando soltás el control

    Te lo digo ahora porque aprendí tarde: no hace falta cumplir todo lo que anotaste. Lo importante no es tachar ciudades, es dejar que algo de vos se quede allá. Y que algo de allá se venga con vos.

    Viajá como puedas. Como quieras. Pero sobre todo, viajá sin culpa. Viajar es también perderse un poco. Cambiar el plan. Comer sola. Llorar en una plaza. Mandar una postal. Perder un tren. Volver distinta.

    Y ojalá que algo de eso, incluso lo que no salga perfecto, te recuerde que estás viva. Y que estás en camino.

    Porque no se trata solo de viajar. Se trata de moverse sin perderse. Y ojalá, encontrarse un poco en el camino.

  • El Palacio Barolo y el poema que lo habita

    En los últimos años, mi vínculo con Argentina ha oscilado entre lo cotidiano y lo extraordinario. La habito como quien la conoce desde siempre y, al mismo tiempo, la recorro como si la descubriera por primera vez. Así me pasa con Buenos Aires, una ciudad que me abruma y me abraza, que a veces me desubica en el subte, pero también me empuja a caminarla sin rumbo.

    En uno de esos paseos azarosos por la Avenida de Mayo, me topé con una fachada que parecía contar secretos. Era el Palacio Barolo. Lo había visto mil veces, pero esa tarde me detuve de verdad. Su arquitectura, cargada de símbolos, invitaba a ir más allá. Así llegué a reservar una visita guiada por dentro del edificio. Lo hice con «Palacio Barolo Tours», que organiza los recorridos y coordina los cupos, los días y los horarios.

    Inspiraciones árabes en su construcción

    Un poema hecho piedra

    Diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti e inaugurado en 1923, el Barolo es mucho más que un edificio. Es una interpretación arquitectónica de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Cada piso, cada escalera, cada número y cada ventana encierra una alegoría. No es casualidad que tenga 100 metros de altura, como los 100 cantos del poema, o 22 pisos, como las estrofas que lo componen. La dirección misma del edificio —1370— suma 11, un número cargado de significados dentro de la obra dantesca y del universo masónico.

    El recorrido guiado te lleva desde el Infierno hasta el Cielo. Literalmente. La planta baja representa el Infierno, los pisos intermedios el Purgatorio, y los superiores —más sobrios, más luminosos— el Paraíso. El faro en la cima simboliza a los «Nueve Coros Angelicales» y, al llegar, la ciudad se extiende a tus pies como una visión celestial.

    Vista del Congreso de la Nación desde uno de los balcones del Barolo

    Escaleras que hablan y estilos que se mezclan

    Caminar por el Barolo es entrar a un universo donde conviven estilos como el neogótico, el hindú y el neorrománico. Las escaleras de caracol son angostas, casi claustrofóbicas, pero vale la pena subir. Desde uno de los balcones se puede ver el Congreso, como si estuviera al alcance de la mano. En el camino, el suelo de damero blanco y negro propone una lectura dual del mundo, de lo correcto y lo incorrecto, de la luz y la sombra.

    Aunque hoy el edificio alberga oficinas y locales comerciales, todavía puede recorrerse el pasaje que une Avenida de Mayo con Hipólito Yrigoyen, como si se tratara de un atajo entre épocas.

    Algunas informaciones:

    • Las visitas guiadas se hacen los lunes, miércoles, jueves y viernes a las 10, 12, 14, 16, 17, 18 y 19 h; y los sábados, cada hora de 10 a 19 h.

    • Se requiere reserva previa. Los cupos rondan entre 20 y 25 personas por grupo.

    • El valor aproximado era de $220 por persona (consultar tarifas actualizadas); argentinos con DNI tenían un precio reducido.

    • La duración del recorrido es de aproximadamente 1 hora y media.

    • Para reservas: WhatsApp +54 9 11 6915 2385.

    • Hay visitas en español e inglés.

    • Parte del ascenso al faro se realiza por escaleras estrechas, así que es importante tenerlo en cuenta.

    Salir del Barolo no es solo volver a la ciudad, es volver con los ojos llenos de símbolos. Es comprobar que, a veces, un edificio no solo guarda oficinas o pasillos, sino historias, mitologías y preguntas sin responder. Y que, si nos damos el tiempo de recorrerlo, tal vez podamos reencontrarnos con el Dante —o con nosotras mismas— en alguna de sus esquinas.

  • Un día en Versalles

    Los días previos a un viaje se llenan de voces externas. Opiniones que llegan con entusiasmo, con ansiedad, con algo de urgencia: “No podés dejar de ir a tal lugar”, “Tenés que sacarte una foto allá”, “Incluiste tal punto, ¿no? Porque es imperdible”. Una coreografía de recomendaciones que puede abrumar, pero que a veces esconde pequeñas joyas.

    Paolo, uno de mis amigos más viajeros, fue de los primeros en enterarse de que visitaría París. Con dos vueltas a Europa encima, y una forma de viajar que a veces se parecía a la mía y otras no tanto, le di luz verde para que desplegara su habitual catarata de tips.

    Versalles fue su obsesión. Me dijo que no había forma de conocerlo en menos de un día. Dudé, claro. Pensé que quizás exageraba. Pero su entusiasmo me convenció: Versalles se llevaría un día entero de mi semana en París.

    Llegar

    Esa mañana me desperté con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Iba camino a uno de los patrimonios de la humanidad más deslumbrantes del mundo. Salimos del departamento, café en mano, y tomamos el RER —la línea C que conecta París con su periferia. El tren, decorado con imágenes del palacio, ya empezaba a contarnos algo. Eran solo treinta minutos, pero lo que se sentía era un pequeño viaje en el tiempo.

    Llegamos a la estación Versailles Château – Rive Gauche. Caminamos unos pasos y ahí estaba: imposible de abarcar en una sola mirada. Más de 800 hectáreas de jardines. Un palacio que parece expandirse con el horizonte. Una historia que se respira.

    Perderse en los jardines

    A pesar de ser temprano, la entrada ya estaba colmada. Por suerte teníamos nuestro París Pass y eso nos permitió evitar la fila. Un empleado se acercó y nos sugirió empezar por los jardines. Nunca había visto un parque así. Nunca me había sentido tan pequeña ante tanto verde ordenado con precisión obsesiva.

    Alquilamos un carrito eléctrico para poder recorrer más. Carísimo, sí. Pero necesario. La audio guía nos acompañó como una voz en off que entrelazaba datos, anécdotas y paisajes. Nos habló del Gran Canal, una Venecia en miniatura donde navegaban góndolas traídas especialmente para el capricho real. Del Gran Trianón, ese rincón más íntimo donde Luis XIV se refugiaba del protocolo, o del Petit Trianon, donde María Antonieta tejía su propio universo.

    Todo ahí era exceso y detalle, belleza planificada. La nobleza francesa no construyó solo un palacio, sino un teatro del poder. Y sin embargo, en medio de ese derroche, era fácil perderse en cosas simples: la sombra de un árbol, la geometría perfecta de los senderos, el silencio.

    Correr para llegar

    Cuando devolvimos el carrito, nos dimos cuenta de que nos quedaban apenas 35 minutos para ingresar al Palacio. Corrimos. Mucho. Me costaba respirar, pero no podía no intentarlo. Llegamos con lo justo, como si algo en mí supiera que esa puerta no podía cerrarse en mi cara.

    Y valió bastante la pena.

    La Galería de los Espejos

    El Palacio

    La Galería de los Espejos nos recibió como un sueño barroco. 578 espejos reflejando la luz de una época que quiso brillar para siempre. Los tapices, los techos pintados, los detalles. Todo parecía gritar que ahí había vivido alguien que creyó que el mundo giraba a su alrededor.

    Y sin embargo, entre el mármol y el oro, algo se abría también a nosotros, simples visitantes con zapatillas y cámara en mano. Versalles es, a su modo, una lección de historia, de arte, de poder… pero también de tiempo. De cómo el tiempo todo lo transforma.

    Regresar

    En el tren de regreso a París, agotada y feliz, pensaba en Paolo. En cómo, a veces, hacerle caso a un amigo puede cambiar el rumbo de un día. Y en cómo ese día termina grabado en la memoria como algo más que una excursión: como un paréntesis, un punto de inflexión, una postal que se vuelve refugio.

    Algunas informaciones útiles (actualizadas)

    • El Palacio cierra los lunes, los jardines abren todos los días a las 8am.

    • Los Jardines son gratuitos, salvo los días de espectáculos como las Grandes Aguas Musicales.

    • De noviembre a marzo, el primer domingo de cada mes la entrada al Palacio es gratuita.

    • Entran sin pagar estudiantes de la UE, menores de 18 años o quienes tienen París Pass / Museum Pass.

    • El tren RER línea C sale desde París y cuesta €6,70.

    • La visita completa requiere un día entero si se quiere disfrutar sin correr.

  • Gira cafetera | Episodio 4 en París: Gay Lussac Café, Columbus, Café Diane, Mollien, Deux Moulins y Beaubourg

    No sé bien qué es lo que me apasiona de las cafeterías. Tal vez es la suma de cosas: la infinidad de historias que pasan por sus mesas, las confesiones en voz baja, los brindis espontáneos, los duelos que se lloran frente a una taza, la hoja en blanco que espera en soledad… Quizás, también, sea una forma de conocer ciudades desde sus rincones más íntimos, los que no salen en las postales, pero guardan el pulso de lo cotidiano.

    Cuando llegamos a París, apenas dejamos las mochilas en el monoambiente que alquilamos en la Rue Royer-Collard, salimos sin rumbo en busca de un café. Y, como suele pasar con las mejores cosas, lo encontramos sin buscarlo: el Gay Lussac Café, a metros del Panteón. Adentro, un aire detenido, aroma a tabaco y amplias ventanas por donde la luz entraba tímida. Ahí entendí que el viaje había comenzado. Pedimos café con leche primero, cerveza después. La moza trajo un tazón de maní con cáscara. Y sonreímos.

    Columbus Café & Co

    Entre jardines y rituales cotidianos

    A la mañana siguiente nos detuvimos en Columbus Café & Co, una cadena francesa que se volvió habitual en esos días. Quedaba de paso rumbo a los Jardines de Luxemburgo, donde hacíamos nuestras primeras caminatas sin mapas. Probamos sus cafés (latte, macchiato, cappuccino) y nos rendimos ante sus muffins con chips de chocolate. París todavía era una promesa.

    Le Café Diane

    Un respiro entre el arte y el verde

    Después de recorrer el Museo de Orsay, decidimos esperar a un amigo en los Jardines de las Tullerías. El cuerpo pedía pausa. Nos sentamos en Le Café Diane, entre árboles, vino blanco y baguettes. El mozo intentó hablar en español y nos hizo sentir como en casa. Fue uno de esos momentos simples que no se olvidan: sentarse en una silla de metal, mirar a los demás pasar y sentir que no hay apuro.

    “Yo he medido mi vida en cucharitas de café.”
    —T.S. Eliot

    Café Mollien

    Arte y refugio dentro del Louvre

    En medio de la maratón de salas del Louvre, dimos con Café Mollien, a pasos de la Mona Lisa. Las columnas altas, los ventanales, la vista al Jardín Carrusel… Nos sentamos un rato largo. Allí el arte también se respira en el silencio, entre turistas que se detienen para bajar la guardia. No hay mucho más que decir: ver París desde adentro del Louvre, con una taza en la mano, fue algo especial.

    Café des Deux Moulins

    Un guiño a Amélie en Montmartre

    Subimos a Montmartre, con la Basílica del Sagrado Corazón esperándonos. Y después de las escaleras, decidimos ir al icónico Café des Deux Moulins, escenario de Le fabuleux destin d’Amélie Poulain. El lugar conserva su magia, aunque se ha vuelto un imán turístico. Pedí un crème brûlée, por supuesto. No rompí la costra con la parte de atrás de la cucharita como lo hacía Amélie, pero no estuve tan lejos.

    En el baño, una especie de altar con recuerdos del film me arrancó una sonrisa. A veces, el cine deja huellas más profundas que un monumento.

    Café Beaubourg

    El último café (por ahora)

    Antes de despedirnos de París, visitamos el Centre Pompidou. Arte moderno, tienda de libros, y un cielo que parecía teñido de nostalgia. Enfrente, el Café Beaubourg fue nuestro último café. Esta vez lo cambiamos por una cerveza bien fría. Nos sentamos afuera, entre turistas y locales, sabiendo que nos íbamos, pero también que habíamos vivido algo que se queda.

    “Silbido, gorgoreo y goteo.
    Buenas cosas llegan a aquellos que esperan.
    Taza caliente de karma.”

    —Haiku del Café

  • Shakespeare and Company, un rincón que abriga a quienes escriben (y a quienes sueñan hacerlo)

    París tiene lugares que no se explican, se viven. Y entre todos ellos, hay uno que me dejó el corazón tibio: Shakespeare and Company. Esta librería no es solo una parada turística, es un refugio. Un lugar donde la historia literaria respira entre estanterías torcidas, alfombras gastadas y gatos dormidos.

    George Whitman, su fundador, supo desde el inicio que estaba construyendo algo más que un espacio para vender libros. Abrió las puertas a un universo compartido, donde los libros eran excusa y compañía, y los lectores, potenciales escritores. Hay quienes confunden a George con Walt Whitman —y quizás no sea tan desacertado—, porque ambos creyeron en el poder de las palabras para unir mundos.

    En esta casa verde y amarilla, habitar era también escribir. Muchos jóvenes poetas y narradores se quedaron a vivir entre sus muros a cambio de unas horas de trabajo en la librería. Se les pedía leer un libro al día, escribir una breve autobiografía y ayudar en lo que hiciera falta. Así, en esa mezcla de oficio y utopía, se fue tejiendo un hogar para la Generación Beat, y para tantos otros.

    No es casual que te pidan no tomar fotos en el interior. Tal vez no es solo por respeto al lugar, sino también porque hay espacios donde la magia no necesita pruebas. Y aun así, entre sus rincones polvorientos, cada quien registra a su manera: una frase apuntada en una libreta, el subrayado en una página, el suspiro frente a un verso que nos toca.

    Me senté en un sillón improvisado a partir de una cama, rodeada de libros que no sabía cómo elegir. Me dolía no poder llevarlos todos. Finalmente, me decidí por “The Diary of Frida Kahlo: An Intimate Self-Portrait” y un cuaderno con la imagen de la librería en la tapa. Siempre tengo la sensación de que los cuadernos nuevos guardan promesas, y ese parecía prometerme algo que aún no sé nombrar.

    Una de las paredes lleva escrita una frase de Yeats:

    “No seas hostil con los extraños, quizá sean ángeles disfrazados”.

    Y me hizo pensar en cuántas veces juzgamos, evitamos, esquivamos a personas que podrían ser simplemente eso: un regalo en tránsito.

    En un rincón, un gato blanco dormía como si tuviera siglos en el cuerpo. Y en ese gesto tan simple y tan manso, comprendí que hay lugares que no solo se recorren, se quedan con vos. Y las librerías suelen ser eso para mi.

    Volví a la calle con la sensación de haber visitado una parte de mí que estaba un poco olvidada. El amor por los libros, por los cuadernos, por las historias que aún no escribí. Me prometí volver. No sé cuándo, pero sé que volveré. Porque algunos espacios, como ciertos libros, no se terminan nunca.

  • Gira cafetera | Episodio 3 en Buenos Aires: Los Galgos y Bar La Poesía

    “Los Galgos”, un lugar perfecto para entender el sentir porteño

    Después de tres días recorriendo Buenos Aires en solitario, la dueña del departamento en el que me alojaba volvió de un viaje con aires mendocinos. Ponerse al día con una amiga a la que no ves hace dos años no es tarea sencilla, aunque el enmarañado de tópicos que fuimos capaces de desplegar en cinco minutos fue encantador.

    Creo haber mencionado alguna vez que soy fanática de las medialunas, sobre todo ahora que vivo en un país que no las produce (los domingos a la mañana me agarra la nostalgia solo de pensarlo). Y como el plan era sucumbir ante unas de manteca o con dulce de leche, salimos rumbo al bar de una amiga de mi amiga: Los Galgos.

    A pocos metros de Callao y Corrientes, en plena ciudad de Buenos Aires, un señor de camisa negra nos abrió la puerta de lo que podría haber sido una máquina del tiempo. Sus paredes, celosas de tantos secretos, parecen custodiar no solo las historias de personalidades como Discépolo, Troilo o Frondizi, sino también algo del ADN porteño.

    Para mi desilusión, las medialunas se habían agotado. Sin desanimarme, pedí un alfajor de maicena con dulce de leche, y aquella ausencia se convirtió en la excusa perfecta para volver.

    Los paneles de madera que revisten las paredes nos hacían sentir como en los años 30. El gesto de sus actuales dueños de conservar esa estética clásica, a pesar del modernismo reinante, y de rendirle culto a los aperitivos como el vermú, le da aún más valor.

    Me llamó la atención cómo ninguna mesa quedaba vacía por más de dos minutos. Entra y sale gente con criterio cinematográfico. Es cierto que hay barullo, pero del bueno: amigos conversando, señores que hojean el diario, sillas de madera que resuenan en el piso, cucharas que giran en el café, sifones que apuntan directo a los vasos del aperitivo de estación.

    Durante mi estadía en Buenos Aires, volví tres veces a Los Galgos. La última fue para acompañar la inauguración de su planta alta, donde un oscuro piano y una enorme biblioteca de madera con libros de arte dan la bienvenida. A la luz de una vela, con una cerveza tirada bien fría, hablamos sobre futuros viajes mientras observábamos desde la ventana el movimiento del fin de una jornada porteña más.

    En San Telmo hay una esquina que huele a poesía

    La llegada fue una casualidad planeada. Salimos desde Congreso rumbo al estudio-taller-imprenta que una amiga de mi amiga montó hace casi siete años. Después de conocer el trabajo extraordinario que hacen en Papel Principal, y de almorzar con ellas, caímos en cuenta de que el Bar La Poesía quedaba a poquísimos metros.

    Este lugar abrió sus puertas en 1982 de la mano del poeta Rubén Derlis, nacido en Entre Ríos en 1938, radicado en Buenos Aires desde 1941 y parte de la llamada Generación del Sesenta. Apenas se cruza la puerta parece un bar pequeño, pero basta atravesar un pasillo para entender que es mucho más grande.

    En sus paredes, poemas, textos sueltos, cartas y frases se camuflan como parte de la decoración. San Telmo, durante los años ochenta, fue el barrio elegido por muchos bohemios porteños. Y no tengo dudas de que La Poesía albergó a cientos de ellos, a sus ideas… y a sus palabras.

  • Gira cafetera | Episodio 2 en Buenos Aires: Los 36 Billares

    Mi paseo por Buenos Aires tuvo un poco de todo: visitas guiadas, eventos culturales, noches con amigos (y amigos de mis amigos), caminatas sin destino, tardes de librerías en Calle Corrientes… pero, por encima de todo, hubo aroma a café.

    Hace un tiempo leí en un paquete de café que los olores despiertan sensaciones difíciles de explicar. Y con el café, eso me pasa siempre: me pone de buen humor, automáticamente. En la capital argentina sobran rincones para disfrutar de esta bebida, aunque —confieso— alguna que otra vez terminé cayendo en un Starbucks. Pero mi foco estaba puesto en otra cosa: sumergirme en esa idea tan porteña que encontré de casualidad, «los bares notables».

    Cuando lo comenté con una persona muy cercana, me dijo que la palabra notable le molesta tanto como casero. Y es verdad que, a veces, ciertos adjetivos se agotan de tanto usarlos. La publicidad suele exprimirlos hasta dejarlos sin alma, volviendo a los productos un tanto pretenciosos o demasiado “in”.

    Pero… ¿qué tiene de notable un bar notable?

    Hoy, hay 84 bares reconocidos oficialmente en la ciudad. Fueron elegidos por su aporte a la cultura popular y muchos de ellos fueron declarados Patrimonio Histórico de Buenos Aires. Son bares que, de alguna manera, construyen identidad. A mí me alcanzó con entrar a uno para entender por qué.

    Seis razones para visitar “Los 36 Billares”

    Este bar fue fundado en 1894 (sí, hace más de un siglo) y está en plena Avenida de Mayo. Lo descubrí por accidente, durante mi primera tarde en la ciudad, cuando una tormenta me sorprendió sin piedad. Mientras los titulares de TN anunciaban “diluvio en la ciudad”, yo me refugiaba en una mesa frente a la ventana, con mi mini paraguas azul en una mano y mi libreta en la otra.

    El mozo me dejó instalarme tranquila y vino con la carta. No pasó mucho tiempo hasta que ambos sabíamos el pedido de memoria: dos porciones de pizza con fainá y un exprimido de naranja.

    Desde esa ventana presencié una escena de ciudad coreografiada por la lluvia: gente corriendo con diarios sobre la cabeza, pilotos plásticos recién comprados, paraguas rotos en combate, autos detenidos en doble fila para dejar a alguien en la vereda. Y los que, como yo, buscaban un techo con historia.

    Mientras esperaba, me puse a hojear el menú, mirar detalles, anotar cosas. Y encontré varias perlitas:

    1. No cobran servicio de mesa. Puede parecer menor, pero si vivís en otro país, como yo, donde eso ya viene incluido, lo agradecés el doble.

    2. El menú está en braille, además de estar en español, inglés y portugués. Detalles que suman. Que incluyen.

    3. La bebida más barata de la carta es el sifón de soda. Sifón. No vaso, no botella. Sifón. Argentina.

    4. Una de las meriendas lleva el nombre de Federico García Lorca, quien solía frecuentar el bar. Es abundante, ideal para compartir, y cuesta $230.

    5. Es considerado el centro de billar más importante del país, y también tiene mesas de pool y snooker. Una de ellas tiene 120 años.

    6. Producen pan dulce todo el año. Mi abuelo estaría feliz con este dato. Y yo también.

  • Libros que llegan en el momento justo

    Pasé dos meses en Argentina. Estuve en Córdoba, en Buenos Aires. Se podría decir que fui turista en mi propio país.

    La semana pasada volví a mi hogar brasilero, aunque no lo hice sola. Entre los objetos que me acompañaron de regreso, hubo uno en particular que llegó con insistencia. Me lo recomendó una gran amiga y, como suele pasar con esos libros que se nos imponen sin presión, terminé haciéndole caso.

    El autor es Stephen Nachmanovitch y la obra se llama Free Play: la improvisación en el arte y en la vida.
    Como después de todo viaje, necesité unos días para acomodarme. Recién el lunes logré posar los ojos sobre sus páginas. Cada párrafo pide una pausa. No porque sea complejo, sino porque es revelador. Es de esos libros que te invitan a parar, a pensar, a subrayar. Y me di cuenta de que esta lectura va a llevarme un poco más de lo habitual. Cuestión que, por cierto, no me incomoda para nada.

    En uno de los primeros capítulos, habla sobre la inspiración y el fluir del tiempo. Invita a hacer sin preocuparse tanto por el tiempo. A dejarse llevar. A improvisar.

    Comparto un fragmento que me quedó rebotando adentro:

    “Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno.Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”

    No sé si me trajo alivio o ganas de seguir viajando. Tal vez un poco de las dos cosas.

  • Un paseo por Ribeirão da Ilha: calma, historia y sabor

    A solo 36 kilómetros del centro de Florianópolis, uno de los puntos turísticos más concurridos de Santa Catarina, se encuentra un pedacito vivo de la historia de Brasil. Fundado en 1760, Ribeirão conserva hasta hoy la arquitectura colonial más antigua y original de la isla.

    Entre los siglos XVI y XVIII, el litoral catarinense fue ocupado por los portugueses. Aunque hubo disputas territoriales con los españoles, el gobierno de Portugal decidió poblar la región con ciudadanos provenientes de las Islas Azores y Madeira para reforzar su dominio.

    Las Azores, un archipiélago de nueve islas portuguesas en pleno Atlántico, están situadas sobre el mismo paralelo que Lisboa. Madeira, también de origen portugués, se ubica a unos 750 kilómetros. La herencia cultural de estas migraciones no solo se ve en la arquitectura, sino también en otras costumbres como el cultivo de ostras, la renda de bilro y las fiestas tradicionales.

    Caminar por Ribeirão da Ilha —sobre todo bien temprano o en la hora de la siesta— es viajar en el tiempo. Las calles, calmas y poco transitadas en comparación con otras zonas de Florianópolis, están bordeadas por fachadas de colores vibrantes, locales con estética antigua, veredas casi inexistentes y rincones que parecen ajenos al paso del tiempo.

    Ribeirão-da-Ilha-arquitectura-azoriana

    ¿Qué visitar?

    La ruta de visitas arquitectónicas es breve, pero suficiente para entender el pulso de la zona. Tres construcciones están abiertas al público:

    • Igreja de Nossa Senhora da Lapa do Ribeirão da Ilha, de inspiración barroca, construida entre 1763 y 1806.

    • Capilla del Divino Espíritu Santo.

    • Ecomuseu do Ribeirão da Ilha, creado en 1971, que cuenta la historia de las actividades rurales de los azorianos (con visitas solo con agendamiento previo).

    ¿Qué comer?

    Ribeirão da Ilha se destaca por ser el mayor productor de ostras de Brasil. El cultivo está en manos de quienes viven en la región, y al alejarse un poco de la zona céntrica, se pueden ver casas dedicadas a la reparación de redes o a la construcción de herramientas para la maricultura.

    Esa combinación de producción local y herencia portuguesa crea un escenario ideal para probar sabores auténticos. Dos lugares se roban todas las miradas (y el apetito):

    Restaurante “Ostradamus”

    Como su nombre lo indica, las ostras son la especialidad de la casa, aunque el menú también incluye otros frutos de mar. Fundado en 1997, el ambiente recrea el interior de una embarcación, con detalles marinos y una carta tan generosa como sabrosa.

    Mi recomendación: pedir la docena de ostras en cualquiera de sus formas (gratinadas, al natural, al vapor). La porción rinde, el precio acompaña, y el sabor no falla. Mientras esperás, llega a la mesa un pan de almendras con aceto balsámico que, sinceramente, es una entrada en sí misma.

    📍 Martes a sábados hasta las 23 hs, domingos hasta las 17 hs.
    💰 Docena de ostras: R$40 | Cerveza: R$12
    💡 Pro tip: andá antes del atardecer. El restaurante tiene un pequeño muelle vidriado con una vista increíble al sol cayendo sobre el agua.

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    Café “Tens Tempo”

    Ideal para fanáticos de lo dulce, este café funciona en una antigua casa azoriana y ofrece productos típicos de Portugal como el Pastel de Nata, la Almohada de Periquita (crema de huevos con almendras), las Almohadillas de Coímbra(crema de huevos con nueces) y el Dulce de Santa Clara.
    Además, hay vinos, jaleas, chocolates, suvenires y una sensación de estar en casa.

    📍 Martes a sábados de 12 a 20 hs | Domingos hasta las 17 hs
    💰 Café expreso: R$5 | Pastel de Nata: R$8

    Foto por aquí, foto por allá

    Si estás de vacaciones en Florianópolis, este paseo no te tomará más de un día. Pero sí te dejará postales distintas: con tonos pastel, historia en cada esquina y una calma que se siente en los hombros. Ribeirão da Ilha combina naturaleza, gastronomía y arquitectura de época en dosis perfectas.

    Un respiro del mar. Un salto en el tiempo. Un lugar que vale la pena conocer.

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