Los días previos a un viaje se llenan de voces externas. Opiniones que llegan con entusiasmo, con ansiedad, con algo de urgencia: “No podés dejar de ir a tal lugar”, “Tenés que sacarte una foto allá”, “Incluiste tal punto, ¿no? Porque es imperdible”. Una coreografía de recomendaciones que puede abrumar, pero que a veces esconde pequeñas joyas.
Paolo, uno de mis amigos más viajeros, fue de los primeros en enterarse de que visitaría París. Con dos vueltas a Europa encima, y una forma de viajar que a veces se parecía a la mía y otras no tanto, le di luz verde para que desplegara su habitual catarata de tips.
Versalles fue su obsesión. Me dijo que no había forma de conocerlo en menos de un día. Dudé, claro. Pensé que quizás exageraba. Pero su entusiasmo me convenció: Versalles se llevaría un día entero de mi semana en París.

Llegar
Esa mañana me desperté con una mezcla de ansiedad y curiosidad. Iba camino a uno de los patrimonios de la humanidad más deslumbrantes del mundo. Salimos del departamento, café en mano, y tomamos el RER —la línea C que conecta París con su periferia. El tren, decorado con imágenes del palacio, ya empezaba a contarnos algo. Eran solo treinta minutos, pero lo que se sentía era un pequeño viaje en el tiempo.
Llegamos a la estación Versailles Château – Rive Gauche. Caminamos unos pasos y ahí estaba: imposible de abarcar en una sola mirada. Más de 800 hectáreas de jardines. Un palacio que parece expandirse con el horizonte. Una historia que se respira.

Perderse en los jardines
A pesar de ser temprano, la entrada ya estaba colmada. Por suerte teníamos nuestro París Pass y eso nos permitió evitar la fila. Un empleado se acercó y nos sugirió empezar por los jardines. Nunca había visto un parque así. Nunca me había sentido tan pequeña ante tanto verde ordenado con precisión obsesiva.
Alquilamos un carrito eléctrico para poder recorrer más. Carísimo, sí. Pero necesario. La audio guía nos acompañó como una voz en off que entrelazaba datos, anécdotas y paisajes. Nos habló del Gran Canal, una Venecia en miniatura donde navegaban góndolas traídas especialmente para el capricho real. Del Gran Trianón, ese rincón más íntimo donde Luis XIV se refugiaba del protocolo, o del Petit Trianon, donde María Antonieta tejía su propio universo.
Todo ahí era exceso y detalle, belleza planificada. La nobleza francesa no construyó solo un palacio, sino un teatro del poder. Y sin embargo, en medio de ese derroche, era fácil perderse en cosas simples: la sombra de un árbol, la geometría perfecta de los senderos, el silencio.


Correr para llegar
Cuando devolvimos el carrito, nos dimos cuenta de que nos quedaban apenas 35 minutos para ingresar al Palacio. Corrimos. Mucho. Me costaba respirar, pero no podía no intentarlo. Llegamos con lo justo, como si algo en mí supiera que esa puerta no podía cerrarse en mi cara.
Y valió bastante la pena.

El Palacio
La Galería de los Espejos nos recibió como un sueño barroco. 578 espejos reflejando la luz de una época que quiso brillar para siempre. Los tapices, los techos pintados, los detalles. Todo parecía gritar que ahí había vivido alguien que creyó que el mundo giraba a su alrededor.
Y sin embargo, entre el mármol y el oro, algo se abría también a nosotros, simples visitantes con zapatillas y cámara en mano. Versalles es, a su modo, una lección de historia, de arte, de poder… pero también de tiempo. De cómo el tiempo todo lo transforma.

Regresar
En el tren de regreso a París, agotada y feliz, pensaba en Paolo. En cómo, a veces, hacerle caso a un amigo puede cambiar el rumbo de un día. Y en cómo ese día termina grabado en la memoria como algo más que una excursión: como un paréntesis, un punto de inflexión, una postal que se vuelve refugio.
Algunas informaciones útiles (actualizadas)
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El Palacio cierra los lunes, los jardines abren todos los días a las 8am.
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Los Jardines son gratuitos, salvo los días de espectáculos como las Grandes Aguas Musicales.
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De noviembre a marzo, el primer domingo de cada mes la entrada al Palacio es gratuita.
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Entran sin pagar estudiantes de la UE, menores de 18 años o quienes tienen París Pass / Museum Pass.
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El tren RER línea C sale desde París y cuesta €6,70.
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La visita completa requiere un día entero si se quiere disfrutar sin correr.































