El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

  • Gira cafetera | Episodio 2 en Buenos Aires: Los 36 Billares

    Mi paseo por Buenos Aires tuvo un poco de todo: visitas guiadas, eventos culturales, noches con amigos (y amigos de mis amigos), caminatas sin destino, tardes de librerías en Calle Corrientes… pero, por encima de todo, hubo aroma a café.

    Hace un tiempo leí en un paquete de café que los olores despiertan sensaciones difíciles de explicar. Y con el café, eso me pasa siempre: me pone de buen humor, automáticamente. En la capital argentina sobran rincones para disfrutar de esta bebida, aunque —confieso— alguna que otra vez terminé cayendo en un Starbucks. Pero mi foco estaba puesto en otra cosa: sumergirme en esa idea tan porteña que encontré de casualidad, «los bares notables».

    Cuando lo comenté con una persona muy cercana, me dijo que la palabra notable le molesta tanto como casero. Y es verdad que, a veces, ciertos adjetivos se agotan de tanto usarlos. La publicidad suele exprimirlos hasta dejarlos sin alma, volviendo a los productos un tanto pretenciosos o demasiado “in”.

    Pero… ¿qué tiene de notable un bar notable?

    Hoy, hay 84 bares reconocidos oficialmente en la ciudad. Fueron elegidos por su aporte a la cultura popular y muchos de ellos fueron declarados Patrimonio Histórico de Buenos Aires. Son bares que, de alguna manera, construyen identidad. A mí me alcanzó con entrar a uno para entender por qué.

    Seis razones para visitar “Los 36 Billares”

    Este bar fue fundado en 1894 (sí, hace más de un siglo) y está en plena Avenida de Mayo. Lo descubrí por accidente, durante mi primera tarde en la ciudad, cuando una tormenta me sorprendió sin piedad. Mientras los titulares de TN anunciaban “diluvio en la ciudad”, yo me refugiaba en una mesa frente a la ventana, con mi mini paraguas azul en una mano y mi libreta en la otra.

    El mozo me dejó instalarme tranquila y vino con la carta. No pasó mucho tiempo hasta que ambos sabíamos el pedido de memoria: dos porciones de pizza con fainá y un exprimido de naranja.

    Desde esa ventana presencié una escena de ciudad coreografiada por la lluvia: gente corriendo con diarios sobre la cabeza, pilotos plásticos recién comprados, paraguas rotos en combate, autos detenidos en doble fila para dejar a alguien en la vereda. Y los que, como yo, buscaban un techo con historia.

    Mientras esperaba, me puse a hojear el menú, mirar detalles, anotar cosas. Y encontré varias perlitas:

    1. No cobran servicio de mesa. Puede parecer menor, pero si vivís en otro país, como yo, donde eso ya viene incluido, lo agradecés el doble.

    2. El menú está en braille, además de estar en español, inglés y portugués. Detalles que suman. Que incluyen.

    3. La bebida más barata de la carta es el sifón de soda. Sifón. No vaso, no botella. Sifón. Argentina.

    4. Una de las meriendas lleva el nombre de Federico García Lorca, quien solía frecuentar el bar. Es abundante, ideal para compartir, y cuesta $230.

    5. Es considerado el centro de billar más importante del país, y también tiene mesas de pool y snooker. Una de ellas tiene 120 años.

    6. Producen pan dulce todo el año. Mi abuelo estaría feliz con este dato. Y yo también.

  • Libros que llegan en el momento justo

    Pasé dos meses en Argentina. Estuve en Córdoba, en Buenos Aires. Se podría decir que fui turista en mi propio país.

    La semana pasada volví a mi hogar brasilero, aunque no lo hice sola. Entre los objetos que me acompañaron de regreso, hubo uno en particular que llegó con insistencia. Me lo recomendó una gran amiga y, como suele pasar con esos libros que se nos imponen sin presión, terminé haciéndole caso.

    El autor es Stephen Nachmanovitch y la obra se llama Free Play: la improvisación en el arte y en la vida.
    Como después de todo viaje, necesité unos días para acomodarme. Recién el lunes logré posar los ojos sobre sus páginas. Cada párrafo pide una pausa. No porque sea complejo, sino porque es revelador. Es de esos libros que te invitan a parar, a pensar, a subrayar. Y me di cuenta de que esta lectura va a llevarme un poco más de lo habitual. Cuestión que, por cierto, no me incomoda para nada.

    En uno de los primeros capítulos, habla sobre la inspiración y el fluir del tiempo. Invita a hacer sin preocuparse tanto por el tiempo. A dejarse llevar. A improvisar.

    Comparto un fragmento que me quedó rebotando adentro:

    “Un paseo por las calles de una ciudad en el extranjero, guiado por las indicaciones de la intuición, resulta mucho más gratificante que una excursión planeada según lo ya probado y experimentado. Ese paseo es algo totalmente distinto de un vagabundeo al azar. Dejando los ojos y los oídos bien abiertos, uno permite que sus gustos y sus rechazos, sus deseos e irritaciones inconscientes, sus pálpitos irracionales lo guíen cuando hay que optar entre doblar a la derecha o a la izquierda. Uno se abre camino en una ciudad que es sólo suya, que le depara sorpresas destinadas sólo a uno.Y descubre conversaciones y amistades, encuentros con personas notables. Cuando uno viaja de esta manera es libre; no “debe” ni “tiene que” hacer nada. Tal vez la única estructuración es el horario del avión al partir. A medida que se despliega el dibujo de la gente y los lugares, el viaje, como una improvisada pieza musical, revela su propia estructura y ritmos internos. Así se prepara el escenario para los encuentros que brinda el azar.”

    No sé si me trajo alivio o ganas de seguir viajando. Tal vez un poco de las dos cosas.

  • Un paseo por Ribeirão da Ilha: calma, historia y sabor

    A solo 36 kilómetros del centro de Florianópolis, uno de los puntos turísticos más concurridos de Santa Catarina, se encuentra un pedacito vivo de la historia de Brasil. Fundado en 1760, Ribeirão conserva hasta hoy la arquitectura colonial más antigua y original de la isla.

    Entre los siglos XVI y XVIII, el litoral catarinense fue ocupado por los portugueses. Aunque hubo disputas territoriales con los españoles, el gobierno de Portugal decidió poblar la región con ciudadanos provenientes de las Islas Azores y Madeira para reforzar su dominio.

    Las Azores, un archipiélago de nueve islas portuguesas en pleno Atlántico, están situadas sobre el mismo paralelo que Lisboa. Madeira, también de origen portugués, se ubica a unos 750 kilómetros. La herencia cultural de estas migraciones no solo se ve en la arquitectura, sino también en otras costumbres como el cultivo de ostras, la renda de bilro y las fiestas tradicionales.

    Caminar por Ribeirão da Ilha —sobre todo bien temprano o en la hora de la siesta— es viajar en el tiempo. Las calles, calmas y poco transitadas en comparación con otras zonas de Florianópolis, están bordeadas por fachadas de colores vibrantes, locales con estética antigua, veredas casi inexistentes y rincones que parecen ajenos al paso del tiempo.

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    ¿Qué visitar?

    La ruta de visitas arquitectónicas es breve, pero suficiente para entender el pulso de la zona. Tres construcciones están abiertas al público:

    • Igreja de Nossa Senhora da Lapa do Ribeirão da Ilha, de inspiración barroca, construida entre 1763 y 1806.

    • Capilla del Divino Espíritu Santo.

    • Ecomuseu do Ribeirão da Ilha, creado en 1971, que cuenta la historia de las actividades rurales de los azorianos (con visitas solo con agendamiento previo).

    ¿Qué comer?

    Ribeirão da Ilha se destaca por ser el mayor productor de ostras de Brasil. El cultivo está en manos de quienes viven en la región, y al alejarse un poco de la zona céntrica, se pueden ver casas dedicadas a la reparación de redes o a la construcción de herramientas para la maricultura.

    Esa combinación de producción local y herencia portuguesa crea un escenario ideal para probar sabores auténticos. Dos lugares se roban todas las miradas (y el apetito):

    Restaurante “Ostradamus”

    Como su nombre lo indica, las ostras son la especialidad de la casa, aunque el menú también incluye otros frutos de mar. Fundado en 1997, el ambiente recrea el interior de una embarcación, con detalles marinos y una carta tan generosa como sabrosa.

    Mi recomendación: pedir la docena de ostras en cualquiera de sus formas (gratinadas, al natural, al vapor). La porción rinde, el precio acompaña, y el sabor no falla. Mientras esperás, llega a la mesa un pan de almendras con aceto balsámico que, sinceramente, es una entrada en sí misma.

    📍 Martes a sábados hasta las 23 hs, domingos hasta las 17 hs.
    💰 Docena de ostras: R$40 | Cerveza: R$12
    💡 Pro tip: andá antes del atardecer. El restaurante tiene un pequeño muelle vidriado con una vista increíble al sol cayendo sobre el agua.

    Ribeirão-da-Ilha-Ostradamus

    Café “Tens Tempo”

    Ideal para fanáticos de lo dulce, este café funciona en una antigua casa azoriana y ofrece productos típicos de Portugal como el Pastel de Nata, la Almohada de Periquita (crema de huevos con almendras), las Almohadillas de Coímbra(crema de huevos con nueces) y el Dulce de Santa Clara.
    Además, hay vinos, jaleas, chocolates, suvenires y una sensación de estar en casa.

    📍 Martes a sábados de 12 a 20 hs | Domingos hasta las 17 hs
    💰 Café expreso: R$5 | Pastel de Nata: R$8

    Foto por aquí, foto por allá

    Si estás de vacaciones en Florianópolis, este paseo no te tomará más de un día. Pero sí te dejará postales distintas: con tonos pastel, historia en cada esquina y una calma que se siente en los hombros. Ribeirão da Ilha combina naturaleza, gastronomía y arquitectura de época en dosis perfectas.

    Un respiro del mar. Un salto en el tiempo. Un lugar que vale la pena conocer.

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  • Un día fuera de París: Villa Savoye y otros hallazgos

    Durante mi estadía en París, hubo un pequeño desvío dentro de lo que sería una ruta tradicional por la ciudad. La profesión de mi compañero de viaje pedía una parada obligatoria: conocer uno de los íconos de la arquitectura moderna. Al parecer, todo aquel que se diga arquitecto tiene una especie de mandato no escrito de pasar por allí.

    La Villa Savoye, también conocida como Les Heures Claires, se ubica en Poissy, un pequeño y apacible pueblo a orillas del Sena, en las afueras de París. Llegamos luego de un viaje de unos 45 minutos en tren.

    Poissy es un lugar tranquilo y diminuto. Mi primera impresión fue de color verde. Árboles que se movían con el viento, canteros llenos de flores que no supe identificar, y enredaderas que cubrían por completo las fachadas, como si jugaran a esconderlas. Por puro desconocimiento, tomamos un taxi desde la estación hasta la Villa Savoye. En el regreso, la historia fue distinta: caminamos un poco por la ciudad y aprovechamos la red de colectivos locales.

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    Calles de Poissy – Francia

    Una casa en el aire

    Un enorme parque rodea la Villa, funcionando como antesala perfecta de una construcción que forma parte del patrimonio histórico de Francia. Un grupo de niños —con sus maestras de jardín, supongo— jugaba al aire libre mientras disfrutaba de un picnic. Me generó una buena sensación ver que estos espacios, tan significativos para la historia, siguen siendo parte del día a día de la gente.

    A simple vista, la casa parece flotar sobre el paisaje. Se apoya sobre pilares delgados que se pierden entre los árboles. Según los folletos informativos, la familia Savoye eligió al taller de Charles-Édouard Jeanneret, más conocido como Le Corbusier, luego de estudiar algunas de sus obras anteriores. Su estilo rompía con el academicismo arquitectónico de la época. Y eso, evidentemente, gustó.

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    Vista completa de la construcción

    Geometría, luz y aire

    Construida entre 1928 y 1931, la casa fue concebida como residencia de fin de semana. Su apodo, “Caja en el aire”, da cuenta de una idea inquietante pero fascinante. Aunque mis conocimientos sobre arquitectura son básicos, hay algunos elementos que saltan a la vista. A Le Corbusier le gustaban las formas geométricas y la composición cúbica. Cada ambiente es amplio, funcional y bañado por una luz que se cuela desde todos los ángulos. El sol entra con fuerza durante el día, haciendo que cualquier rincón se convierta en un escenario ideal para jugar con la cámara.

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    Frente de la construcción

    Si tuviera que elegir tres cosas que más me llamaron la atención serían:

    1. La terraza-jardín, como un pulmón abierto en lo alto.

    2. La escalera caracol, que une los pisos de forma elegante.

    3. Y sus ventanas apaisadas, que recorren prácticamente todo el ancho de la casa y enmarcan el exterior como si fueran cuadros vivos.

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    Escalera caracol

    Un pueblo que respira calma

    Nuestra visita no duró más de una hora… aunque con alguien dispuesto a analizar cada detalle arquitectónico, el tiempo puede diluirse fácilmente. Sacamos una buena cantidad de fotos y seguimos nuestro paseo por Poissy.

    La ciudad nos sorprendió con su serenidad. En el camino visitamos uno de sus monumentos más representativos: la Collégiale Notre-Dame, un emblema local que representa la transición entre el estilo románico y el gótico.

    Collégiale Notre-Dame | Calles de Poissy
    Collégiale Notre-Dame | Calles de Poissy
  • El Cerro de los Siete Colores: La leyenda que tiñó la montaña

    En el corazón de un pueblo mágico llamado Purmamarca, una montaña se alza con la elegancia de una flor recién abierta. El Cerro de los Siete Colores, con sus tonalidades cálidas y onduladas, podría formar parte de la paleta de un pintor rococó: matices suaves, caprichosos, que parecen haber sido puestos allí a mano, uno por uno.

    Se suele decir que lo que importa no es el destino, sino el camino que se recorre para llegar. Pero en este caso, basta con contemplar para que esa frase pierda peso. Purmamarca tiene una de las cartas de presentación más hermosas de toda la Argentina.

    Las explicaciones científicas sobre la formación de este paisaje existen y son tan fascinantes como complejas, pero los relatos que circulan entre los pobladores son infinitamente más poéticos.

    Cuenta la leyenda que, mucho tiempo atrás —cuando aún no existía el pueblo al pie del cerro—, este no tenía los colores que hoy lo distinguen. Cuando llegaron las primeras familias, un grupo de niños decidió que pintaría el cerro. Durante siete noches seguidas se ausentaron de sus camas y, con cada nuevo amanecer, los adultos quedaban asombrados: el cerro amanecía teñido de un nuevo color. En la séptima noche, los mayores decidieron despertarse antes del alba para entender qué estaba ocurriendo. Al buscar a los niños, los encontraron descendiendo alegres por la colina, orgullosos por lo logrado y por la experiencia vivida. Desde entonces, el cerro se muestra así, vestido de fiesta, como quien sabe que ha sido tocado por algo sagrado.

    La Pachamama guarda más poesía de la que podemos imaginar. ¿Quién diría que tanta aridez podría ofrecer tanta belleza? Viajé en verano, y al pasar las horas el sol jugaba a esconderse entre los cerros, tiñendo de dorado los tejados de las casitas que duermen a los pies de la montaña.

    Una tarde, mientras caminaba, una señora que vendía tutucas me regaló un papel diminuto, escrito a mano. Era un fragmento del cancionero popular jujeño que decía:

    “Algún día me han de ver, gozando la mejor flor, brillante como la luna, claro como alumbra el sol.”

    No sé si existe un significado más profundo en esas líneas, una verdad local que se me escapa. Pero algo en mí se quedó con esa imagen: el Cerro de los Siete Colores viste su mejor flor, todos los días.

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  • Proyecto TAMAR: «De cada mil tortugas nacidas, solo una o dos alcanzan la madurez»

    Desde 2005, la ciudad de Florianópolis alberga la base número 22 del Proyecto TAMAR, una red de centros distribuidos por la costa brasileña que tiene como misión conservar y proteger las cinco especies de tortugas marinas que habitan este territorio.

    Durante mi visita, aprendí que hay cinco amenazas principales para la supervivencia de estas especies, todas provocadas por la intervención humana. Estas son, en orden de gravedad:

    1. La pesca y la caza.

    2. El desarrollo costero.

    3. El calentamiento global.

    4. La contaminación y las enfermedades.

    5. El consumo y uso directo.

    Ubicado en la región sur de la isla, más precisamente en Barra da Lagoa, el centro cuenta con cinco tanques de agua salada conectados directamente al mar, donde se recuperan ejemplares heridos o enfermos. Una vez rehabilitadas, las tortugas son devueltas a su hábitat natural por biólogos especializados.

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    Un espacio para aprender y sensibilizar

    La observación de las tortugas en recuperación es la actividad más esperada por quienes visitan el parque. Se trata de un lugar ideal para el aprendizaje, especialmente para los más pequeños. Hay videos educativos, talleres de dibujo, escenografías para sacarse fotos y paneles interactivos que explican cómo viven, qué comen y qué rol cumplen en el ecosistema marino.

    Aunque las cinco especies de tortugas que habitan en Brasil están representadas en la muestra, durante mi visita estaban presentes estas tres:

    • Tortuga Carey (Eretmochelys imbricata): críticamente amenazada a nivel mundial.

    • Tortuga Boba (Caretta caretta): en peligro de extinción.

    • Tortuga Olivácea (Lepidochelys olivacea): vulnerable.

    También aprendí sobre la Tortuga Laúd y la Tortuga Verde, ambas igualmente en riesgo, tanto en Brasil como en el resto del mundo.

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    Imagen Oficial | Facebook Proyecto TAMAR

    Guardianas del mar

    Las tortugas marinas son ingenieras del ecosistema: su actividad impacta directamente en la salud de los arrecifes de coral, los bancos de algas y los fondos arenosos del océano. Son esenciales para el equilibrio de la vida submarina. Y aunque resulta triste verlas en cautiverio, los voluntarios del Proyecto TAMAR se sienten profundamente orgullosos de su trabajo: cada liberación al mar es una victoria.

    Visitas con sentido

    Durante el año, el centro recibe un promedio de 400 personas por día. En temporada alta, ese número asciende a 1.900. Si cada visitante se retira entendiendo el daño que causamos a diario —y lo urgente que es cambiar—, entonces este esfuerzo colectivo habrá valido la pena.

    En toda la isla hay señalizaciones que promueven la visita al Proyecto TAMAR. Si pensás ir en temporada alta, tené paciencia: el lugar suele estar repleto. Al final del recorrido podés pasar por la tienda y llevarte un recuerdo con causa.

    Información útil

    📍 Dirección: Rua Professor Ademir Francisco s/n, Barra da Lagoa
    🕒 Horario: Todos los días (feriados incluidos) del 22/02 al 20/12 – de 9:30 a 17:30 hs
    🎟️ Entradas:

    • General: R$ 12,00

    • Media entrada: R$ 6,00 (niños hasta 12 años, estudiantes y personas mayores de 60)

  • Gira Cafetera | Episodio 1 en Florianópolis: Café Cultura y Café François

    Mi amor por el café se ha convertido, sin dudas, en uno de mis hobbies. Aunque algunas cuestiones médicas me limitan en la cantidad que puedo tomar, eso no impide que esté siempre a la caza de nuevas cafeterías: artesanales, clásicas, modernas, no importa… lo importante es que tengan alma.

    Cuando me mudé a Florianópolis, en plena temporada de verano, la ciudad estaba invadida por turistas ansiosos por una pizza o algún plato con frutos de mar. Esa marea retrasó un poco mi descubrimiento de los sabores locales. Pero con paciencia y algunas buenas charlas, pude dar con lugares donde el café es protagonista.

    Café Cultura

    Este Café Bistró, con más de diez años de historia, acompaña el proceso del café desde la plantación hasta la taza. Su grano proviene de fincas seleccionadas en el sur de Minas Gerais y en la región de Alta Mogiana, dos zonas claves para el café arábigo brasileño.

    Café Cultura ofrece cuatro blends propios, cada uno con una personalidad única:

    • House Blend: Baja acidez cítrica, cuerpo redondo, dulzura de caña y un regusto persistente.

    • Moka / Peaberry: Cuerpo medio, baja acidez, notas achocolatadas y un toque de vainilla.

    • Café Orgánico: Acidez equilibrada, cuerpo acentuado, sabores de caramelo y frutos rojos.

    • Bourbon Amarelo: Acidez intensa de limón siciliano, cuerpo sedoso y notas de bergamota y azúcar mascabo.

    También podés encontrar los clásicos infaltables: Espresso, Latte, Macchiato, Moca y Capuccino, pero con un toque local. Algunas opciones bien brasileñas que descubrí:

    • Capuccino Brasileiro: espresso con leche, chocolate y canela.

    • Café Bombón: espresso con leche condensada.

    • Café Nutella: espresso, leche vaporizada, Nutella y nueces. (No apto para poco dulceros)

    Merienda CaféCultura

    Sucursales recomendadas:

    • Lagoa da Conceição: Rua Manoel Severino de Oliveira, 669 – Abierto todos los días de 9:00 a 00:30 hs.

    • Shopping Iguatemi: Av. Madre Benvenuta, Piso L2 – Lunes a sábados de 10:00 a 22:00 hs; domingos y feriados de 13:00 a 20:00 hs.

    • Espaço Primavera Garden: SC-401, Km 4 – Todos los días de 9:00 a 21:00 hs.

    Café François

    La historia de François comenzó en Italia, cruzó Francia, y aterrizó en Brasil de la mano de Benoit Cousin. En Florianópolis, este espacio mezcla café, boulangerie, pâtisserie, bar y vinos en un ambiente muy parisino… aunque siempre lleno de gente.

    Todo aquí se elabora en el momento, sin conservantes ni aditivos. El pan es hecho con fermento natural, los postres parecen salidos de una vitrina de película y el mostrador es un espectáculo de tentaciones.

    El café de la casa es Segafredo, una marca italiana con historia y prestigio mundial. El espresso es la estrella del menú, en sus versiones solo, cortado, descafeinado o gourmet (una selección premium).

    Mil Hojas

    🍰 Mis imperdibles: Mille-feuilles, Croissants, Tartelettes, y un Creme Brûlée que merece todos los suspiros.

    📍 Dirección: SC-401, 8600 – Corporate Park, Santo Antônio de Lisboa. 

    Bonus track

    Un proverbio etíope dice: «No le escapes al café». Y aunque todavía no encontré una cultura cafetera tan desarrollada como en otras ciudades de Brasil, estos rincones de Floripa hacen que la búsqueda valga cada sorbo.

  • Champs-Élysées: Entre Dior y la Revolución

    “Je m’baladais sur l’avenue, le cœur ouvert à l’inconnu… J’avais envie de dire bonjour à n’importe qui…”
    Ese es el comienzo de una canción que supo acompañarme muy bien durante mi paseo por una de las avenidas más famosas del mundo: los Campos Elíseos. Aux Champs-Élysées!

    Después de una extensa visita al Museo del Louvre, el día aún no había terminado. Nuestra próxima parada era el Arco del Triunfo, y nos separaban poco más de tres kilómetros y medio. Iniciamos la marcha con calma, decididas a disfrutar cada rincón.

    Del Louvre a la Plaza de la Concordia

    La Champs-Élysées tiene más de dos kilómetros de largo, y uno de sus primeros puntos de interés es el Jardín de las Tullerías. Paso a paso, nos fuimos adentrando en su belleza serena. A diario, decenas de personas descansan al sol, leen, toman vino entre amigos o se entregan a un rato de contemplación. Estatuas, espejos de agua y fuentes se intercalan con elegancia.

    Al llegar a la Plaza de la Concordia, el Obelisco de Luxor, con sus 23 metros de altura, se lleva todas las miradas. Donado por Egipto en 1829, está completamente cubierto por jeroglíficos de la época de Ramsés III.

    Pero este lugar también tiene un lado oscuro: fue aquí donde la guillotina ejecutó a figuras clave durante la Revolución Francesa, entre ellos Luis XVI y María Antonieta.

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    Marcas, historia y el Arco del Triunfo

    Dejando atrás el obelisco, empezamos a notar que la avenida se transforma: fachadas antiguas conviven con un despliegue de vidrieras de lujo (Chanel, Dior, Louis Vuitton, Cartier, Hugo Boss). Aunque algunos podrían considerar esta parte de la Champs-Élysées excesivamente turística, lo cierto es que ha sido testigo de momentos históricos clave, como el desfile de liberación de Francia en 1944.

    Ya cerca del Arco del Triunfo, aparece un detalle que muchos desconocen: no se puede cruzar la calle directamente. Para llegar al monumento hay que bajar por un pasaje subterráneo que conecta con la boletería y evita atravesar el tráfico denso.

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    Subir, sufrir… y maravillarse

    Lo que tampoco sabíamos era que nos esperaban casi 300 escalones hasta la cima. Luego de seis horas dentro del Louvre y más de una caminata intensa, la noticia no cayó con gracia… pero allá fuimos.

    La subida es estrecha, empinada y no hay mucho lugar para descansar. Pero la recompensa lo vale: París desde las alturas. Desde lo alto del Arco, se pueden ver la Torre Eiffel, el Arco de la Defensa, la Torre Montparnasse y la Basílica del Sagrado Corazón, todos perfectamente alineados con las avenidas radiales.
    Nos quedamos un buen rato ahí arriba, descansando, contemplando, tomando fotos…

    Final de jornada

    Desde lo alto del Arco del Triunfo, París se revela con todos sus contrastes: una ciudad que supo ser escenario de revoluciones y de resistencias, pero que hoy se rinde —al menos en los Campos Elíseos— al imperio de las marcas. Caminamos por una avenida donde las vidrieras relucen como templos del deseo y, sin embargo, bajo esas mismas baldosas, retumban historias de sangre, coraje y cambio. Tal vez el hechizo de París esté en eso: en convivir con elegancia su pasado feroz y su presente ostentoso, como si la memoria y el marketing no se contradijeran, sino que caminaran de la mano, al son de una canción vieja que todos, de alguna manera, seguimos tarareando.

  • Louvre: entre multitudes y memorias prestadas

    Siempre hay alguien que, en tono burlón (o no tanto), afirma que ciertos países van a dominar el mundo. Y debo reconocer que, por un momento, durante mi visita al Museo del Louvre, sentí que ese extraño presagio podía confirmarse, al ver cómo algunas salas se convertían en verdaderos escenarios de turismo masivo.

    Probablemente el Louvre sea uno de los museos más famosos del mundo. Quedamos pasmados por la gran superficie que abarca, y el esplendor que transmite no es algo que pueda pasarse por alto.

    El primer paso fue conseguir un mapa. Después de examinarlo, decidimos que sería útil alguna otra guía para no perdernos o dar vueltas en círculos. Dentro de las opciones disponibles, elegimos alquilar una audioguía gratuita, instalada en un dispositivo similar a un GPS. La guía propone diferentes rutas. Nosotros, visitantes primerizos, optamos por el recorrido que pasa por los principales íconos del arte. Así nos asegurábamos ver lo que todo el mundo (y todos los amigos que ya estuvieron allí) recomienda.

    La ruta nos llevó a La Victoria de Samotracia, la Gioconda de Da Vinci, la Venus de Milo, el Esclavo moribundo de Miguel Ángel, los Caballos de Marly de Coustou, los Aposentos de Napoleón III, el Escriba Sentado, La encajera de Vermeer, entre otras tantas piezas de renombre.

    El momento más caótico —y fotográficamente disputado— se dio frente a la Gioconda. La multitud apretujada, palos de selfie en alto, celulares titilando y mochilas chocándose eran parte del paisaje. Conseguir una buena vista se volvió una pequeña hazaña. Alejandro, que es más alto que yo, se abrió paso entre el gentío y conseguimos nuestra foto para luego escapar hacia uno de los balcones del museo. Entre el humo del cigarrillo y el aire fresco, nos reacomodamos el ánimo.

    Habiendo completado la primera ruta, nos dirigimos a una cafetería interna para disfrutar de un merecido café y debatir nuestros próximos pasos. La guía ofrecía otras tres o cuatro rutas, pero fuimos lo suficientemente honestos como para saber que el ritmo propuesto no sería exactamente el nuestro.

    Así que decidimos continuar por cuenta propia, aunque con cierta colaboración. Cada vez que ingresábamos a una sala, el GPS nos indicaba las obras «más relevantes» y ofrecía una breve contextualización histórica.

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    Uno de los sectores que más me impresionó fue el de los aposentos de Napoleón III. Qué increíble despliegue. Colores vibrantes, texturas, molduras talladas con una delicadeza envidiable… todo a nuestro alrededor era lujo e historia en su máxima expresión. Cerca de allí, una guía de un grupo en español relataba algunos «chismes» de época sobre María Antonieta. La tertulia parecía más bien una sobremesa, digna de un té de las cinco.

    Seguimos nuestro camino, ya algo cansados. Todo lo que nos habían dicho sobre la magnitud del Louvre era cierto: es gigantesco y parece no terminar nunca. Sala tras sala, se despliegan fragmentos de la historia de muchas civilizaciones.

    Y no puedo negar que más de una vez me pregunté por qué tantas piezas que pertenecen a la esencia de otras culturas están aquí, y no en sus respectivos lugares de origen. Es una reflexión que merece más voces, más matices y, probablemente, más coraje institucional.

    Una vez fuera del Louvre, nos sumamos a la clásica tradición: sacarnos una foto «tomando» con los dedos la punta de la pirámide. Parece que para facilitar la tarea, han colocado algunos cubos de cemento donde subirse. A veces una intenta esquivar los lugares comunes de un viaje, pero incluso cuando se resiste… termina cayendo. Y quizás, está bien así.

  • Inaugurando mis tres décadas en París

    “Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras y días y perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso”…

    Y así mis sensaciones se van mezclando con las palabras contenidas en uno de los capítulos (21) del libro más hermoso de Cortázar.

    Cuando le di inicio a mis relatos sobre París, creo que se me escapó algún que otro detalle. Según el cronograma de viaje, nuestro domingo no sería un domingo cualquiera. Como buena previsora que soy, destiné el día no solo a conocer, sino también a esperar la puesta del sol en la Torre Eiffel. Y así, coronar el día en que se cumplen mis tres décadas de vida.

    Reconozco que tenía cierta expectativa ante la cita con uno de los íconos parisinos por excelencia. Al mismo tiempo, un leve temor me asaltaba: días atrás habíamos escuchado en los medios locales que la Torre había permanecido cerrada al público debido a protestas de sus empleados, quienes exigían mayores medidas de seguridad. Por el momento, solo se habilitaba el ingreso hasta el segundo nivel. Mi suerte estaba echada al azar.

    De camino al destino compramos agua para hidratarnos. El sol había decidido salir con más fuerza que los días anteriores. Cámara en mano, como casi todo el viaje, retraté cada detalle pintoresco de París: balcones, arreglos florales, fachadas de bares y casas, toldos coloridos y ventanas especiales. En mi vorágine fotográfica perdí un poco el sentido del tiempo y del espacio, y sin darme cuenta ya me encontraba a pocos metros de uno de los símbolos más visitados del mundo.

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    Ya en la base, una increíble mole de acero de más de 300 metros de altura se alzaba sobre nuestras cabezas. Personalmente creo que la imagen de la Torre, tal como la tenemos en la mente, comienza a volverse difusa al verla de cerca. Al mirar hacia arriba solo vemos hierros entrecruzados, que cautivan y generan curiosidad en sus admiradores.

    Reconozco que puede ser un poco perturbador el aluvión de personas que intentan acceder a la Torre, pero después de cuatro horas de fila conseguimos llegar a la boletería. Momento crucial: al comprar los ingresos le pregunté a la vendedora en qué situación se encontraba el ascenso. Para mi sorpresa, pocas horas antes habían autorizado el acceso a la cima. Mi sonrisa fue difícil de esconder.

    Cada uno de los niveles ofrece una vista distinta de París y desde lo alto, el espectáculo se traslada a la ciudad en sí. En su último nivel, la respiración se entrecorta un poco… pero tranquila, solo es de emoción. Las postales son infinitas: es posible ver el Arco del Triunfo, el Louvre, la torre de Montparnasse, la Catedral de Notre Dame o la Basílica del Sagrado Corazón, íconos que hacen a la esencia de la ciudad. El Sena parece nunca terminar, y las innumerables perspectivas pueden entretenerte más tiempo del imaginable. En el interior existe un gráfico que enumera uno a uno los monumentos más altos y característicos del mundo, claro que con el objetivo de situar a la Torre como una de las más imponentes.

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    El sol se despedía de un domingo maravilloso mientras disfrutábamos de un café en uno de los bares internos. Para cerrar un día lleno de matices, se encendieron las más de 20 mil luces que iluminan por completo a la Torre Eiffel.

    Decidimos que la vuelta al departamento sería caminando y me acompañaría un algodón de azúcar, como para seguir sumando regalos a mi cumpleaños número treinta. A medida que nos alejábamos se volvió imposible no tomar algunas fotografías más: la dama de hierro y la luna fundida en un cielo limpio pedían a gritos ser capturadas.

    Finalmente, vimos caer la noche mientras recorríamos el Boulevard Saint-Michel.

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