• Primer día en París – Parte II: Descubriendo castillos medievales

    Una vez concluida la visita al Museo de Orsay, era momento de cambiar de aires. Caminar por los márgenes del Sena resultó una excelente decisión. El sol brillaba, y un carrito de helados pasó justo a tiempo para tentar con un frutilla y un dulce de leche. Sentarse a disfrutar del paisaje fue una forma perfecta de continuar el día.

    Por la tarde, surgió un plan improvisado. Un amigo que está viviendo en París propuso encontrarnos, y acordamos hacerlo en el Jardín de las Tullerías. Mientras tanto, un almuerzo sencillo pero efectivo: dos baguettes y una botella de vino blanco en el restaurante del parque. Un momento que unía buena comida, aire libre y una de las postales más lindas de la ciudad.

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    Pasado un rato, llegaron otros conocidos que estaban de paso por París. Ellos ya habían visitado los lugares más icónicos, así que los dejamos proponer. Y fue así como terminamos rumbo al Château de Vincennes. No estaba en los planes, pero la sorpresa fue grata.

    Es el segundo castillo más importante de París, después del Louvre, y actualmente aloja unidades de las Fuerzas Armadas. Aunque parte de su estructura estaba en restauración, la imponencia del sitio no pasó desapercibida.

    Desde allí, la caminata continuó hacia el distrito financiero de La Défense, donde se encuentra el poco conocido «Arche de la Défense» o Arco Nuevo. Su diseño cúbico abierto impacta, y da cierre al eje histórico que une varios puntos emblemáticos de la ciudad: del Louvre, pasando por el Jardín des Tuileries, el Obelisco, los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo.

    Aprovechamos sus escalinatas para descansar y conversar un rato. Estando tan cerca, surgió la idea de visitar la Fundación Louis Vuitton. A medida que nos acercábamos, el edificio, obra del arquitecto Frank Gehry, comenzaba a revelarse como una sinfonía de vidrio en movimiento. Por cuestiones de presupuesto, algunos decidieron no ingresar, así que quedó pendiente para otra ocasión.

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    Cuando la noche empezó a caer y los pies ya pedían tregua, la elección fue un bar para cerrar la jornada. En “Au Diable des Lombards” llegamos justo para el happy hour. Algunas cervezas, una tabla para compartir y la noche parisina, aún desconocida, comenzaba a desplegarse.

    #DatitosExtra:

    • Almuerzo: No es necesario hacer grandes comidas a mitad del día, especialmente si queda mucho por recorrer. Las baguettes son una opción económica y sorprendentemente rendidora. Si se acompaña con vino, el de la casa o los más accesibles suelen ser más que aceptables.
    • Château de Vincennes: Se pueden realizar visitas guiadas todos los días. Entrada: €8,50.
    • Arche de la Défense: Se accede a la cima por un ascensor panorámico. Desde allí se tiene una vista a 110 metros de altura. Entrada: €10. Cuenta con un museo de informática y un restaurante.
    • Fundación Louis Vuitton: Entrada general €14. Cerrado los martes.
  • 10 cosas que me habría encantado saber antes de llegar a la Ciudad de México

    Proyectar un viaje puede llevar tiempo y decisiones. A veces una simplemente se deja llevar, otras veces arma una ruta detallada. Sea cual sea tu estilo, estos datos te pueden ahorrar tiempo, plata y alguna que otra frustración si estás planeando visitar la Ciudad de México.

    1. Horarios de apertura: La mayoría de los locales comerciales del centro abren entre las 9:00 y 10:00 am. Esto complica un poco si tenés excursiones pautadas a primera hora (8:00 o 9:00 am), sobre todo si necesitás pasar antes por una casa de cambio o banco.

    2. Museo Frida Kahlo – Casa Azul: Además del valor del ingreso, si querés sacar fotos (sin flash), tenés que pagar un permiso adicional de $60.00 MXN. Está bueno saberlo de antemano para decidir si lo vas a usar o no.

    3. Entradas a zonas arqueológicas: El ingreso a todos los sitios arqueológicos administrados por el Conaculta tiene un valor general de $64.00 MXN (al menos hasta la fecha en que viajé). Visitamos Monte Albán, Chichén Itzá y el Museo Nacional de Antropología con ese mismo ticket. Si querés filmar, hay que abonar otro permiso adicional.

    4. Teotihuacán es gigante: Y sus pirámides también. No olvides protector solar, agua, ropa cómoda y mochila liviana. La visita requiere al menos un par de horas y el complejo cierra a las 17:00 hs.

    5. Ingreso a Teotihuacán: Cuesta $64.00 MXN y solo se puede pagar en efectivo. No aceptan tarjetas ni reservas online. Tenerlo claro ahorra malentendidos.

    6. Contratar un o una guía puede ser clave: Sobre todo si tenés pocos días y querés aprovecharlos bien. Nosotras contratamos a Fernando Contreras Manjarrez, y fue un golazo. Dejo sus datos tal como figuran en su tarjeta:

    7. Más museos para agendar: Una mexicana con la que conversé me pasó esta lista de lugares imperdibles (además de los típicos):

      • Museo Tamayo Arte Contemporáneo

      • Museo Franz Mayer

      • Museo Nacional de Arte de México

      • Antiguo Palacio de la Inquisición – Museo de Medicina Mexicana

      • Murales de Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública

      • Palacio de Minería

    8. ¡Cuidado con el picante!: En México el picante está presente en casi todos los platos. Si no sos fan o tenés alguna alergia, es importante aclararlo al momento de hacer el pedido.

    9. Museo Nacional de Antropología: Para ingresar tenés que dejar tus pertenencias en el guardarropa por seguridad. En mi caso, solo me dejaron pasar con la cámara en mano.

    10. Y por último… Llevá buen calzado y apertura para asombrarte. Ciudad de México es una metrópolis intensa, llena de historia, arte y vida. Vale cada paso.

  • 48 horas en el Distrito Federal

    Con dos amigas nos dispusimos a recorrer, en maratónicos 15 días, algunos de los lugares recomendados por quienes ya había tenido la oportunidad de visitar México y que también fueron escenario de su historia multifacética.

    Vale aclarar que tardamos casi tres días en llegar al país, lo que hace pensar que a veces conviene analizar mejor el costo/beneficio de ciertas promociones aéreas. Pisamos el Distrito Federal ya muy entrada la tarde, por lo que decidimos descansar y acomodarnos en el hostel para arrancar con todo al día siguiente.

    En nuestro mapa de ruta —confeccionado íntegramente por nosotras— destinamos apenas 48 horas para recorrer una ciudad que, como pronto descubriríamos, no es posible ni abarcar en diez días. El resultado fue que no logramos visitar ni el 10% de todo lo que hubiésemos querido.

    Nos hospedamos en el «Hostel Mundo Joven Catedral», con una ubicación privilegiada en pleno Zócalo. En una de nuestras primeras caminatas encontramos una interesante propuesta para contratar un guía. Dudamos un poco, sobre todo por las advertencias de seguridad que circulan para quienes visitan la ciudad, pero finalmente decidimos confiar.

    Contratamos a Fernando Contreras Manjarrez, quien nos acompañó con su camioneta durante dos días completos. Fue una excelente decisión, porque con tan poco tiempo, necesitábamos aprovechar cada minuto.

    Fernando nos ayudó a organizar el itinerario y quedó finalmente así:

    • Día 1: Zócalo, Tlatelolco (Plaza de las Tres Culturas), Basílica de Guadalupe, Taller de Plata Artesanal, Casa de Artesanías (Galería Media Luna) y Teotihuacán.
    • Día 2: Xochimilco, Museo Frida Kahlo – Casa Azul, Museo Nacional de Antropología y Bosques de Chapultepec.

    La jornada comenzó con algunos preparativos, pero lamentablemente no pudimos ingresar a los edificios del Zócalo: Catedral, Templo Mayor, Palacio Nacional, entre otros. La plaza central estaba ocupada en un 50% por una protesta docente, lo que imposibilitaba el acceso a los edificios públicos. Uno de los pendientes que más lamento es no haber podido ver los murales de Diego Rivera dentro del Palacio Nacional, que retratan la historia de México entre 1886 y 1957. Pero ya habrá otra oportunidad.

    Visitamos luego la Plaza de las Tres Culturas, también conocida como Plaza de Tlatelolco. Está ubicada en el centro de la ciudad y rodeada de conjuntos arquitectónicos pertenecientes a tres épocas históricas diferentes: las ruinas prehispánicas del antiguo centro ceremonial de Tlatelolco, la iglesia colonial de Santiago construida por los españoles en el siglo XVI, y los edificios modernos que representan el México contemporáneo. Esta coexistencia de tres tiempos en un solo lugar ofrece una mirada potente sobre la historia del país y su devenir. El paseo allí es breve, pero vale la pena.

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    Tlatelolco (Plaza de las Tres Culturas) – Foto: Celeste Tomasini

    México es un país con gran tradición en la producción de plata. La simbología prehispánica y los estilos contemporáneos conviven en sus diseños. Nuestro guía, Fernando, nos propuso visitar una pequeña fábrica familiar. La atención fue inmejorable —nos encontramos bebiendo tequila y cerveza a las 11 de la mañana— y los precios, muy accesibles. Terminamos comprando algunas piezas a mitad del precio habitual.

    Camino a Teotihuacán, hicimos una parada en la «Galería Media Luna», una tienda de artesanías ubicada en medio de la nada. Allí probamos tres tipos de mezcal: uno fermentado en cuero con corteza de madera y pulque, otro con miel, y uno con gusano de maguey incluido en la botella. La experiencia fue completa: aprendimos sobre su proceso de producción, su simbolismo y su rol en la vida cotidiana mexicana. Un paseo que vale la pena.

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    Galería Media Luna – Teotihuacán

    Teotihuacán: historia al aire libre

    Con el cielo amenazando lluvia, seguimos rumbo a Teotihuacán. Todo en el sitio arqueológico está al aire libre, así que la visita requería buen clima. El lugar impone desde el primer paso: historia, escala y belleza se conjugan en cada rincón. Nos propusimos subir a todas las pirámides, por lo que llevábamos mochilas livianas, agua y ropa cómoda.

    La Pirámide de la Luna estaba en mantenimiento, pero se podía acceder hasta la mitad. Su vista era impresionante. La Pirámide del Sol, la más grande del complejo, se encuentra en la Calzada de los Muertos y cuenta con 365 escalones. Un pasamanos (una cuerda tensada) ayuda durante la subida. El esfuerzo vale cada paso: una vez en la cima, el paisaje es inolvidable. Luego visitamos La Ciudadela y el Palacio de Quetzalpapálotl, antigua residencia de la élite teotihuacana y decorado con murales que nos dejaron sin palabras. Es fácil perder la noción del tiempo fotografiando cada rincón.

    La lluvia finalmente llegó, así que decidimos dejar la visita a la Basílica de Guadalupe para el día siguiente y buscar refugio en un restaurante para descubrir otra gran protagonista del viaje: la gastronomía mexicana.

  • Primer día en París – Parte I: Museo de Orsay, 3 pisos de historia y arte

    Luego de un merecido descanso, comenzó la aventura del primer día completo en París. Lo primero que hice fue asomarme a la vista desde el altillo del monoambiente: tejados alineados como en una escena de cine francés, detalles imposibles de ver desde la calle. Un amanecer parisino que parecía preparado para dar la bienvenida.

    El cielo estaba despejado, pero la temperatura apenas alcanzaba los diez grados. Salí abrigada y con ganas de explorar. La primera parada fue una cafetería llamada Columbus. Un cartel que decía «Muffins Factory» fue más convincente que cualquier otra invitación. Pedí un café latte y un croissant para llevar. Esa fórmula se volvió ritual durante el resto de los días en la ciudad.

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    La caminata me llevó al Museo de Orsay, una antigua estación de tren transformada en uno de los espacios culturales más impresionantes de París. Ubicado frente al Jardín de las Tullerías y junto al Sena, su arquitectura ya promete antes de poner un pie en el interior. La estructura conserva elementos originales como el gran reloj y el antiguo restaurante, integrados en un recorrido visualmente imponente.

    Orsay organiza su acervo de forma cronológica, lo que permite observar la evolución artística de finales del siglo XIX. El edificio tiene tres pisos, y en todos ellos se despliega una colección que incluye escultura, pintura, dibujos y mobiliario. Más de 2200 esculturas, cinco mil piezas de arte gráfico y una disposición pensada para que no falte ningún eslabón entre el clasicismo y el arte moderno.

    Al final del ala central se exhibe una maqueta longitudinal en yeso de la Ópera de Garnier y una colección de dibujos que vale la pena detenerse a observar. Visitar la Ópera antes ayuda a comprender mejor estos detalles.

    Uno de los movimientos predominantes es el impresionismo, seguido del posimpresionismo. Esta parte del recorrido fue una de las más emocionantes. Para quienes disfrutamos de este lenguaje artístico, entrar a esa sala es como pisar un libro abierto.

    Entre las obras que más me impactaron:

    • «Mujeres de Tahití» de Gauguin,
    • «La noche estrellada sobre el Ródano» de Van Gogh,
    • «La habitación de Vincent en Arles» de Van Gogh,
    • «Autorretrato» de Van Gogh,
    • «Olympia» de Manet,
    • «La mujer de la cafetera» de Cézanne,
    • «Pequeña bailarina de catorce años» de Degas

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    También hubo lugar para lo anecdótico: mientras observaba una escultura, una mujer a mi lado interrumpió el silencio con un exabrupto entre resignación y hartazgo: «¡Basta, basta de museos!». Su tono expresaba el agotamiento de muchos días de recorrido, o tal vez una sobrecarga de belleza.

    Una de las ventajas de Orsay, frente a museos como el Louvre, es que se puede recorrer en menos de un día sin perder intensidad. Ideal para quienes tienen poco tiempo pero quieren llevarse una experiencia profunda.

    #extradatos:

    • Ingreso: 12 €, incluido en el Paris Museum Pass.
    • Guardarropas gratuito, obligatorio para mochilas.
    • Entrada gratuita el primer domingo de cada mes.
    • Horarios: Jueves hasta las 21:30, otros días hasta las 18:00.
    • Dentro del museo hay dos cafeterías y un restaurante.
    • El ticket sirve para obtener descuento en la entrada a la Ópera de Garnier.
  • KLM y el milagro del menú vegetariano (sí, en un avión)

    Cada persona elige qué comer y cómo hacerlo. En mi caso, hace poco más de un año decidí dejar de consumir cualquier tipo de carne (ni vaca, ni pollo, ni cerdo). Cuando estás en casa es fácil planificar el menú. En cambio, cuando viajás, especialmente a otro país o en vuelos largos, eso puede volverse un verdadero desafío.

    Hace unos meses emprendí un viaje desde São Paulo (Brasil) a París (Francia). Luego de comparar opciones, reservé mi pasaje con la aerolínea KLM. Leí que desde 2003 KLM se fusionó con Air France, así que técnicamente, mi experiencia estuvo atravesada por ambas compañías.

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    Durante la compra del ticket, encontré una sección llamada “Special requests” donde era posible especificar preferencias alimentarias. Sin muchas expectativas y con algo de temor a pasar hambre durante las diez horas de vuelo —porque aún hay quien cree que una persona vegetariana se alimenta únicamente de zanahorias y tomates— marqué la opción “VEGETARIAN MEAL”.

    Spoiler: fue una revelación.

    No tengo acciones en KLM ni me dedico a hacerles publicidad, pero la experiencia fue tan buena que sentí la necesidad de compartirla. Voy a enumerar algunas razones para no olvidarlas:

    1. El menú vegetariano se sirve primero. Sin esperas eternas ni menú agotado.

    2. La comida era realmente sabrosa y saludable. Mucho mejor de lo que imaginé posible en un avión.

    3. Las combinaciones estaban bien pensadas. Claramente, quien diseña este menú entiende que comer sin carne no implica comer sin sabor.

    4. La atención fue excelente. Después de cada comida, una azafata se acercó a confirmar si todo estaba bien o si había algún error en el menú.

    5. Cada envase incluía una descripción detallada de los ingredientes. Esto es fundamental para quienes tienen restricciones específicas o alergias.

    Muchas veces señalamos lo que está mal. Pero esta vez, quiero celebrar una experiencia que me hizo sentir cuidada, entendida y, por qué no, bien alimentada a miles de metros de altura.

  • Viajar, elegir y reconfigurar

    ¿Qué estamos dispuestos a hacer por amor? Es una pregunta que cruza a muchas personas, en distintos momentos, de formas inesperadas. A mí me atravesó hace poco más de un año y medio, cuando se presentó una decisión difícil: por un lado, la posibilidad de compartir la vida con alguien a quien quería profundamente; por otro, todo lo que me vinculaba con mi entorno más cercano: amistades, familia, ciudad, idioma, rutina.

    Alejandro —mi compañero— vivía en San Pablo. Yo en Córdoba. Durante más de tres años sostuvimos la distancia como pudimos, con todos los malabares que quienes transitan relaciones así conocen de sobra. Pero inevitablemente, llegan los momentos de quiebre. Y así, decidí mudarme. Me fui sabiendo todo lo que dejaba atrás, y sin saber aún todo lo que me esperaba por delante.

    Llegar a un nuevo país no es solo cambiar de lugar; es reinventar la forma en la que una se relaciona con el mundo. Los vínculos, el idioma, las costumbres, los ritmos. Y en ese contexto, también el propio deseo se transforma. En medio de ese proceso, con todas las preguntas que una se hace cuando todo parece estar patas para arriba, surgió la idea de viajar. Después de tres años sin compartir vacaciones, decidimos emprender un viaje juntos a uno de los destinos muy esperados por mí al menos: París.

    Fue mi primera vez en Europa. Una ciudad que me ha fascinado desde siempre, con todo ese halo literario, estético, cultural. Armé el itinerario con total libertad y devoción, como quien construye una ruta simbólica por un lugar que no se termina nunca de descubrir.

    Sé que hablar de viajes puede sonar frívolo. Acceder a esa posibilidad no es universal, ni mucho menos. Pero también sé que no se trata solo de un destino o de una postal. A veces, moverse de lugar tiene que ver con reordenar las piezas internas. Y en mi caso, viajar fue una manera de volver a encontrarme.

    Planifiqué todo con intensidad: anoté los horarios, los días de cierre de museos, las conexiones entre barrios. Compramos el Paris Museum Pass para evitar filas y optimizar los tiempos. Descubrí rutas, caminé hasta el cansancio, y confirmé algo que ya intuía: París es infinita, aunque uno solo tenga siete días.

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    El itinerario quedó así:

    • Viernes: Panthéon. Jardines de Luxemburgo. Quartier Latin.
    • Sábado: Musée d’Orsay. Château de Vincennes. La Défense (Grande Arche de la Fraternité). Fondation Louis Vuitton.
    • Domingo: Palacio Garnier. Hôtel de Ville. Torre Eiffel. Boulevard Saint-Michel.
    • Lunes: Musée du Louvre. Jardín de las Tullerías. Place de la Concorde. Obelisco de Luxor. Champs-Élysées. Arco del Triunfo.
    • Martes: Villa Savoye (Poissy). Shakespeare and Company. Catedral de Notre-Dame. Basílica del Sagrado Corazón. Montmartre.
    • Miércoles: Château de Versailles. Place de la Bastille.
    • Jueves: Centre Pompidou. Torre Montparnasse. Saint-Germain-des-Prés. Caminata por la orilla del Sena.

    Paris-Museum-Pass-Nada es imposible. Aunque el cuerpo reclame descanso, aunque haya que sortear cambios de clima o pies doloridos. Viajar también es una forma de insistir. De escuchar(se). Y de reconocerse de nuevo, incluso a miles de kilómetros de todo lo conocido.

  • Llegar a París: entre expectativas, caos y belleza

    18:10hs, Puerta 36B. Ahí estoy, con esa mezcla incontrolable de ansiedad y emoción. Más de diez horas de vuelo me separan de un deseo que llevaba tiempo gestando. El París literario no es solo un mito: para quienes amamos leer y escribir, la ciudad es más que un destino, es una promesa.

    El vuelo transcurrió con normalidad, salvo por la cantidad de veces que debimos movernos de lugar, más un pequeño incidente con una copa de vino. Las horas pasaron entre incomodidades mínimas, y pronto estábamos bajando en el aeropuerto Charles de Gaulle, todavía procesando que habíamos llegado.

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    Una vez allí, paramos por café. Había que tomar un tren rumbo al centro de París, con una parada frente a los Jardines de Luxemburgo, y desde ahí caminar hasta el monoambiente que habíamos reservado por internet.

    La compra del ticket fue algo caótica: una pantalla poco intuitiva y el temor clásico de subirnos al tren equivocado. Terminamos ayudando a otra pareja en la misma situación, como si supiéramos lo que hacíamos. Pequeñas victorias del viajero novato.

    Habíamos decidido viajar con mochilas en lugar de valijas, lo que resultó una gran elección. En el tren, ambos equipajes encajaron justo en el espacio disponible y pudimos viajar cómodos, observando el entorno y tratando de absorber los primeros signos del lugar.

    El tren impecable. No es romanticismo turístico, realmente todo estaba ordenado y funcional. Sí, inevitable la comparación. A veces inevitable también, la idealización.

    Al llegar a nuestra parada, el miedo de que la persona con la que habíamos coordinado el alojamiento no apareciera comenzó a hacerse presente. No habíamos pagado nada por adelantado, y aunque el dinero no estaba en juego, sí lo estaban nuestro techo y cierta fe en la humanidad. Esperamos una, dos, casi tres horas. Intentamos comunicarnos con el chip local que habíamos comprado, pero no había forma de activarlo.

    En una búsqueda desesperada, vimos un pequeño cibercafé. Entramos sin hablar francés, confiando en el lenguaje universal de la mímica. Nos recibió un hombre alto, amable, que enseguida detectó nuestra necesidad y, para nuestra suerte, hablaba portugués. Fue él quien nos salvó: activó el chip, nos prestó su teléfono y habló con la dueña del departamento. Al parecer, solo había habido un malentendido en las indicaciones. La mujer estaba a unas cuadras de distancia, esperándonos también.

    Corinne, la anfitriona, resultó ser una mujer de voz suave y tono amable. Nos explicó todo con dedicación. El monoambiente era simple pero acogedor. Tenía detalles encantadores: una caja con folletos, una agenda con teléfonos útiles, mapas, recomendaciones de restaurantes, guías turísticas y hasta chocolates con forma de corazón sobre los platos.

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    Salimos a caminar. Nuestra idea era visitar los Jardines de Luxemburgo en otro momento, así que tomamos la dirección contraria. En el camino nos cruzamos con escuelas, estudiantes saliendo, calles tranquilas.

    Sin darnos cuenta, llegamos al Panthéon, que se encontraba cerrado al público por un evento diplomático. Una pequeña frustración que fue rápidamente disipada con una cerveza y maní con cáscara en un bar cercano, donde escuchamos una acalorada discusión literaria entre parroquianos con look de pensadores.

    Seguimos caminando mientras caía la noche. París comenzaba a vestirse de luces. Una verdulería en la vereda nos tentó: compramos vino, pan, queso, mermelada de arándanos y manzanas. Lo suficiente para una cena improvisada en nuestro nuevo hogar.

    #DatosExtra:

    • Alojamiento: Reservamos a través de Airbnb. Buena experiencia.
    • Comunicación: Si comprás un chip en el aeropuerto, activalo ahí mismo con ayuda del personal. Evitá complicaciones posteriores.
    • Transporte: El tren desde el aeropuerto al centro tiene una tarifa especial. Podés comprar los pasajes en máquinas similares a los cajeros automáticos, y podés usar tarjeta.
  • Estación Luz: carriles responsables de la historia de una ciudad

    Si pienso en transporte lo primero que se viene a mi mente es una línea de colectivos (o buses), específicamente el corredor 73 (Córdoba – Argentina) ya que con él podría llegar al lugar donde vive actualmente mi familia… pero debo decir que en San Pablo si se delibera sobre transporte, el medio de movilidad por excelencia, popularidad y economía es el Metro.

    Recuerdo haber leído en alguna ocasión que, solo aquí, se mueven más de 500 millones de personas al año. Lo que representa un buen numerito, ¿no?

    Una de las estaciones de Metro que más miradas, fotografías y quizás hasta artículos turísticos se lleva, es con certeza la Estación Luz o Estação da Luz. Esta bella construcción fue abierta al público hace más de 114 años y representa una importante pieza articuladora entre el Metro y el servicio de trenes.

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    Panorámica de la Estación Luz en San Pablo / Foto: Shutterstock

    Estilo arquitectónico

    A primera vista, y para quien no comprende mucho de estilos arquitectónicos, te recuerda instintivamente a otro sitio de tarjeta postal. Aunque tarda un poco en caer la ficha, queda claro que su estructura traída desde Inglaterra le dio un parecido con el Big Ben. La construcción, de una marcada estética victoriana, quedó a cargo del ingeniero James Ford, quien colocó un enorme reloj que se convirtió rápidamente en un ícono histórico y punto de referencia.

    Y si de referencias hablamos debo admitir que, personalmente, conocerla fue una herramienta de inclusión social. Para explicarme un poco mejor debería recordar que mi nombre es Luz (el mismo que lleva la estación), cuando llegué a San Pablo nadie lograba entender cómo me llamaba exactamente. Para algunos era Luis (a una persona le dije una vez ¿de verdad tengo cara de Luis?), para otros Luiza o Lucía. Sin perder mucho el tiempo me armé un speech bien simple: «Hola, me llamo Luz como la Estação da Luz». Con él, logre que todos los brasileños pudiesen comprender cuál era mi nombre y hasta cómo se escribía.

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    Estación Luz en San Pablo / Foto: Shutterstock

    Jamón del medio

    La Estación Luz se encuentra rodeada de importantes espacios culturales de la ciudad de San Pablo, entre ellos podría destacar: la Pinacoteca del Estado, el Museo de la Lengua Portuguesa y el Jardín de Luz. Lo que vuelve a este cuarteto una ruta interesante para quienes visitan la ciudad y quieren conocer varios sitios en pocos kilómetros.

    La Pinacoteca (a mi modo de ver, sitio que hay que visitar sí o sí) es el museo de artes visuales más antiguo de la ciudad y pertenece a la Secretaria de Cultura del Estado. Según informan en su sitio oficial, realizan cerca de 30 exposiciones al año con más de 500 mil visitantes. Aunque supongo que este año rompieron el récord… durante el verano, las esculturas hiperrealistas de Ron Mueck reunieron a más de 400 mil personas en solo tres meses de exposición. Lamentablemente, mis cinco intentos de ingresar fueron fallidos: con cuatro horas de cola por delante, solo pude apreciar uno de sus trabajos.

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    Muestra de Ron Mueck en la Pinacoteca / Fotos: Luz Rubio

    Datos útiles para organizar la visita

    Pinacoteca del Estado

    • Dónde queda: Praça Da Luz, 66 – Bom Retiro
    • Horarios: Martes a domingos de 10:00 a 18:00hs (feriados también). Lunes, cerrado.
    • Cómo llegar: Metro Línea Amarilla, sentido «Luz»
    • Entrada: Gratuita del 18/07 al 18/10. Fuera de este período, el costo depende de la muestra.
    • Servicios: Tiene bicicletero y estacionamiento gratuito. Otro estacionamiento cercano cobra R$13,00 por 3 horas.
    • Más info: pinacoteca.org.br

    Estación Luz

    • Dónde queda: Praça da Luz, 1 – Bom Retiro
    • Horarios: Todos los días de 04:00 a 00:00hs
    • Cómo llegar: Metro Línea Azul, sentido «Luz»
    • Entrada: Gratuita
    • Más info: estacaodaluz.org.br

    Museo de la Lengua Portuguesa

    • Dónde queda: Praça da Luz, s/nº – Bom Retiro
    • Horarios: Martes a domingos de 10:00 a 18:00hs
    • Cómo llegar: Metro Línea Amarilla, sentido «Luz»
    • Entrada: R$6 general / R$3 estudiantes / Gratis los sábados
    • Más info: museulinguaportuguesa.org.br

    Jardín de Luz

    • Dónde queda: Praça da Luz, s/nº – Bom Retiro
    • Horarios: Todos los días de 09:00 a 18:00hs
    • Cómo llegar: Metro Línea Amarilla, sentido «Luz»
    • Entrada: Gratuita
  • Roberto Burle Marx: «hacer paisajismo es crear la permanencia de lo inestable»

    Mientras una deambula por las múltiples propuestas vinculadas al arte que ostenta la ciudad de San Pablo, sin querer se va topando con numerosos exponentes que pueden resultar familiares o no. Aquellos artistas a quienes los medios de comunicación no dieron una notoria exposición pueden parecernos desconocidos, sobre todo para alguien en formación como yo. Aunque, al mismo tiempo, esta situación despierta una curiosidad difícil de esquivar.

    La Pinacoteca de San Pablo posee en su programación una muestra dedicada a Roberto Burle Marx. Y aunque parte de su apellido pueda sonar conocido, nada tiene que ver con el revolucionario alemán que a veces nos viene a la mente.

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    Para empezar, va una brevísima ficha técnica:

    • Nombre completo: Roberto Burle Marx
    • Nacionalidad: Brasileña (nació en São Paulo)
    • Fecha de nacimiento: 4 de agosto de 1909
    • Fecha de fallecimiento: 4 de junio de 1994

    Roberto Burle Marx es reconocido como uno de los arquitectos paisajistas más importantes del siglo XX. Fue un hombre multifacético, ya que se desempeñó también como diseñador, pintor, grabador, litógrafo, escultor, tejedor, ceramista, joyero y decorador.

    Aunque nació en São Paulo, vivió parte de su infancia en Río de Janeiro y más tarde en Berlín, donde estudió pintura y tuvo sus primeros encuentros con obras de Picasso, Van Gogh y Klee. Esos estímulos marcaron su estilo.

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    Los jardines diseñados por Burle Marx eran comparados con pinturas abstractas: algunos curvilíneos, otros de líneas rectas, siempre con una característica central: el uso de especies nativas brasileñas para crear bloques de color.

    Trabajó junto a reconocidos arquitectos modernos como Lúcio Costa, Rino Levi, Affonso Eduardo Reidy y Oscar Niemeyer, en proyectos donde arquitectura y paisajismo dialogan e integran.

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    Su inspiración estaba profundamente ligada a las formas de la naturaleza. Sus pinturas reflejan esa experiencia como paisajista y botánico. Algunas de sus obras más reconocidas incluyen:

    • Abóboras com Bananas (1933)
    • Morro do Querosene (1936)
    • Cataventos (1940)
    • Morro de São Diogo (1941)
    • Figura em Cadeira de Balanço (1941)
    • Peixes (1944)

    En los años 70, tuvo un rol activo como ecologista, promoviendo la necesidad de formar conciencia crítica frente a la destrucción del medio ambiente.

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    Investigando un poco más, encontré una serie documental de cuatro episodios producida por la televisión brasileña, que explora sus facetas como coleccionista, paisajista, botánico y ambientalista. Ideal para quien quiera seguir conociéndolo.

    La muestra que motivó esta búsqueda se titula Uma Vontade de Beleza y se expuso en la Pinacoteca de São Paulo del 29 de noviembre al 19 de abril.

    Dato extra:

    Un proyecto de casa que nunca llegó a construirse dio origen a lo que hoy se conoce como el Parque Burle Marx, con una superficie de 138 mil m². Allí conviven más de 90 especies de animales y una gran diversidad de flora nativa de la Mata Atlántica, combinada con reforestación de eucaliptus. Este parque representa una síntesis del arte y la mirada paisajística de Burle Marx, y está abierto al público todos los días de 7 a 19 h (entrada: R$10 de lunes a viernes / R$12 fines de semana).

  • Frida Kahlo por Reinaldo Berto

    Nota para Gala Visuales *

    Para quienes conocen un poco de la obra de Frida Kahlo no resultaría extraño el concluir que sus cuadros son ricos en colores vibrantes y brillantes. Y que al mismo tiempo, ella supo darles un simbolismo especial para reflejar ciertos sentimientos o ideas.

    Frida ha resultado ser la musa para muchos y una referencia clave para adentrarse en el arte mexicano. Su muerte temprana y una vida de leyenda motivan a diferentes artistas, a inmortalizar parte de su legado y su filosofía.

    Reynaldo Berto se define como autodidacta, considerándose un observador atento y sensible de los paisajes urbanos como una gran fuente de inspiración. Su exposición titulada a secas “Frida Kahlo” muestra la influencia en él de la pintora, no solo en cuadros sino también en la intervención de diversos objetos como sillas, ventiladores, almohadas, entre otros.

    Con trazos fuertes y colores vibrantes, Berto utiliza su estilo divertido y caricaturesco para personificar por ejemplo a “Mônica” un personaje creado por Maurício de Sousa, en una escultura de 1,60 m. denominada “Monikahlo”.

    Colores de México

    El corazón de cada país, está en su pueblo. Para representar el orgullo de los mexicanos y de la mismísima Frida por sus raíces, Reynaldo trabajó en unos de sus cuadros los colores de la bandera de dicho país, que representan la esperanza y la sangre de los héroes nacionales.

    Vientos de México

    Entre los objetos expuestos e intervenidos por el artista, se encuentran dos pequeños ventiladores de pie. Está obra participó del Design Weekend 2014, Festival de decoración, arquitectura, arte e innovación tecnológica, siendo parte de la exposición de ventiladores retro personalizados.

    Datos de la Exposición:
    “Frida Kahlo” por Reynaldo Berto
    Del 24 de Julio al 31 de Agosto
    Shopping Frei Caneca – Rua Frei Caneca, 569 – São Paulo
    De lunes a sábados de 10hs a 22hs. Domingos de 12hs a 20hs
    Entrada gratuita