Hoy releía las partes que subrayé de un libro que es, en realidad, una serie de cartas. En una de ellas, la autora dice algo que me quedó resonando: que todo puede ser un desastre, pero que si podés escribirlo, ya no tanto. Que escribir es una proposición ante el dolor, una forma de no hacer como si nada hubiera pasado.
Y sin embargo, para mí no siempre fue así.
Hay momentos en los que escribir no funcionó como estrategia ante el desastre, sino todo lo contrario: me enfrentó a él. Me obligó a ordenar lo que me estaba pasando, lo que me estaba doliendo, y ese ordenamiento no siempre fue posible. Me acuerdo de sentarme a escribir para intentar expresar lo que sentía, como algo terapéutico, y no poder pasar de cuatro o cinco palabras sin quebrarme.

Creo que tiene que ver con cómo proceso las cosas: primero por el cuerpo, después hacia afuera. Sentarme a escribir implicaba pasar por el cuerpo experiencias, sensaciones, dolores, felicidades… y no siempre podía hacer eso sin que me inundara por completo y me bloqueara al mismo tiempo.
Pero también es cierto lo otro… Hay momentos en los que escribir, de alguna manera, me salvó. Suena exagerado decirlo así, pero hay algo de un espacio que, si lo encontrás, si lo podés aprovechar, es muy terapéutico, no necesariamente porque lo que escribas suene bonito, sino por el espacio en sí.
Desde muy chica me vinculo con las palabras, siempre hubo quienes me hicieron saber que tenía la facilidad de encontrar las palabras adecuadas para determinados momentos. Al principio eso fue, sobre todo, un elogio: la que siempre sabe qué decir, la que encuentra la frase justa cuando nadie más la encuentra. Y por un tiempo lo viví así, como algo que me definía y que me gustaba que me definiera.
Pero en algún momento ese elogio empezó a pesar distinto. Dejó de ser algo que yo tenía y pasó a ser algo que se esperaba de mí. Como si mi lugar, en cualquier situación, fuera el de encontrar las palabras para resolver, para definir, para amenizar, feliz o triste, no importaba. Y cuando una es la que siempre tiene las palabras para los demás, es más difícil todavía admitir que, para una misma, a veces no las tiene.

Repensando esto ahora, me doy cuenta de algo: en los momentos en los que más perdida estuve, fue en los momentos donde más difícil se me hizo escribir. Es como si se bloqueara ese cable conductor que hay entre mi cabeza, mi corazón y mi mano. Ese triángulo se rompe.
No sé si es por miedo a encontrar las palabras adecuadas para definir lo que siento (porque ahí no se trata de algo que enuncio de otra persona, sino de mí misma). Cuando escribo para otro, aunque también lo paso por el cuerpo, esa experiencia sigue siendo de esa otra persona. Cuando tiene que ver conmigo, ese mismo ejercicio no lo puedo sostener igual, algo se corta, y dejo que el desastre me tome por completo.
Y entonces pienso: ¿y si en ese momento en el que realmente estaba pasando la horrible me hubiera refugiado en la escritura, en vez de alejarme a propósito? ¿Qué hubiera pasado? ¿Qué palabras hubieran sido las protagonistas de esos momentos tan oscuros?
No tengo la respuesta, y creo que es la primera vez que no me urge tenerla. Me quedo un rato ahí, en esa pregunta abierta, sin la necesidad de resolverla con una frase prolija, sin buscarle la palabra exacta que le dé cierre. Quizás esa sea, después de todo, otra forma de escribir el desastre: no explicándolo, no encontrándole la salida, sino quedándose el tiempo que haga falta con lo que todavía no se entiende.
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