El Atelier Urbano

Soy Luz y acá dejo crónicas personales, observaciones sociales y análisis desde el movimiento.

Discreto pensamiento discal. Pequeña hernia discal postero-mediana, con conflicto radicular bilateral. Discopatía protrusiva moderada, con conflicto radicular bilateral sobre las raíces. Lesiones tipo Modic en espejo a ambos lados del último disco.

Así empieza el informe. Lo leí cuatro, cinco veces, y cada vez entendía menos. Terminé haciendo lo que hace cualquiera que no tuvo nunca un acercamiento al mundo médico: googlear cada palabra, una por una, tratando de armar con retazos de internet una imagen de mi propia espalda.

Mi doctora fue paciente, me explicó, con otras palabras, que mi columna no estaba en buen estado. Y en algún momento, entre tantas definiciones, dijo algo que no sonaba a diagnóstico: que todas las personas, a medida que envejecemos, tendemos a achicarnos, pero que yo me estaba achicando más de la cuenta. Que había que volver a estirar, volver a una posición más erguida, recuperar el espacio perdido entre las vértebras.

Salí del consultorio con eso dando vueltas, sin prestarle demasiada atención. No explotó ahí. Explotó despacio, unas horas después, mientras hacía otra cosa completamente distinta… no me acuerdo qué.

Empezó como una idea suelta, casi tonta: «me estoy achicando». Y de esa frase, sin pedirlo, empezaron a desprenderse otras cosas. Pensé en el trabajo, en realidad, pensé en que no tengo uno. Pensé en lo difícil que ha sido no tenerlo y, por consiguiente, no contar con sus beneficios: compañeros, una rutina, algo que te desafíe aunque sea de vez en cuando, un objetivo que hace que la cabeza y el cuerpo estén activos, la posibilidad de aprender algo nuevo, hasta la posibilidad de mandarte una cagada y tener que resolverla. Nunca supe del todo la importancia que yo le daba a todo eso hasta que no estuvo más en mi día a día, hasta que llegué a lugares donde no conocía a nadie ni hablaba la lengua, y siempre tuve que empezar de cero. Situación que no pasó una vez, pasó cuatro.

De ahí la idea siguió bajando, pensé en los años en terapia, en cómo hace poco empecé a nombrar cosas que llevaba cargando sin saberlo, en cómo, en algún momento que no puedo señalar con precisión, me había desdibujado por completo. Había perdido noción de quién era, no porque alguien me lo hubiera quitado, sino porque la vida profesional (o la falta de ella) se había bifurcado y se había comido a todo el resto de la luz, que es, dicho sea de paso, mi nombre.

Y recién ahí, con todo eso puesto sobre la mesa, apareció la frase de la doctora otra vez, pero distinta a como la había escuchado en el consultorio. «Me estoy achicando» ya no era sobre mi columna, era sobre esto.

Achicándome en tamaño profesional, en ambición, en las ganas de comerme el mundo. Achicándome en la relación con mi cuerpo, con el dinero, con la mujer que era antes de migrar. No un achicarse de volumen (todo lo contrario, en un momento hasta subí de peso) sino un achicarme en las ganas de mostrarme.

La primera hernia me la encontraron en 2018/2019. Ya han pasado siete años desde entonces, siete años que, ahora que lo pienso desde la espalda, se explican bastante bien desde otro lugar.

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